viernes, 15 de junio de 2012

Humanidad y posthumanidad (una aclaración)


¿Es la Criatura del doctor Frankenstein un ser humano reformado quirúrgicamente a partir de órganos humanos y devuelto a la vida por la ciencia médica, o es otra cosa?

En otras palabras: el posthumano, ¿es aún humano?, ¿ha dejado ya de serlo, o qué?


En el centro de toda la polémica transhumanista sobre la posthumanidad yace esta simple cuestión: ¿Qué es la humanidad? Pero no hay una sola respuesta.

Enseguida, al examinar el asunto desde una perspectiva antropológica (el primer paso a dar, según yo lo entiendo), surgen las primeras complicaciones. Por una parte, tenemos la humanidad como pertenencia a un género animal, Homo. Por otra parte, tenemos la humanidad como pertenencia a una especie animal concreta, Homo sapiens sapiens. Cuando uno se centra en esta segunda acepción, tiende a olvidarse de la primera y aparecen las confusiones: Si humanidad es pertenencia a la especie Homo sapiens sapiens, entonces, ¿acaso el Homo erectus no era humano? Para los antropólogos, que tienen en cuenta la primera acepción (al menos, la mayoría de ellos), los individuos pertenecientes a la especie Homo erectus eran humanos. Si la especie Homo sapiens sapiens es humana es, lógicamente, porque pertenece al género Homo. Pero el caso es que, actualmente, la especie Homo sapiens sapiens es la única especie humana existente; las otras están extintas, así que es fácil caer en el error de concebir la humanidad exclusivamente como pertenencia a esta especie.

Es un error muy extendido. En realidad es un error lógico, es decir, un sofisma, resultado de una premisa falsa. Sin meternos en temas de lógica cuantificacional, es fácil ver el fallo a que puede dar lugar esa premisa. Veamos… Aquí llega Aristóteles para echarnos una mano con el resumen del problema:

Todos los humanos son Homo sapiens sapiens

¡Alto! Bueno, sí, actualmente eso es verdad. Pero no siempre lo ha sido, y eso es algo que nos conviene recordar.

Una especie que evolucione a partir de la nuestra, por anagénesis o por el mecanismo de especiación que sea, no será ya Homo sapiens sapiens, pero seguirá perteneciendo al mismo género y, por tanto, será humana.

Entonces, ¿a qué nos referimos con la palabra “posthumano”? ¿Tiene algún sentido referirnos a una nueva especie humana como posthumana? Desde el punto de vista antropológico, aparentemente no. Sin embargo…

Hay dos problemas principales, derivados de lo que los filósofos llaman “la naturaleza humana”, pero se pueden resumir en uno: la gente no se lo traga, se empecina en caer en el error.

En nuestra arrogancia, nos creemos prácticamente el colmo de la evolución, la etapa final. Homo sapiens sapiens, nuestra especie, es la única superviviente del género humano. Somos el humano definitivo, o eso creen muchos (posiblemente, la mayoría). Y, francamente, la antropología les da igual; no sólo somos humanos, somos los humanos, los de verdad; los otros eran sólo versiones beta. La humanidad que cuenta es la nuestra. Lo que venga después tendrá que buscarse su propia denominación; nadie nos va a “robar” lo que somos.

Para otros, por el contrario, ser humano no es gran cosa. Hay, incluso, quien se avergüenza de ello. Hemos manchado tanto el nombre de la humanidad con nuestros “pecados” que los seres del futuro no querrán tener nada que ver con ella. En su deseo de dejarnos atrás, de superarnos, renegarán de su pasado (como algunas personas, de hecho, reniegan ya de su presente). Nuestros sustitutos en la senda de la evolución, dicen, deberían ser mejores que nosotros, más que humanos.

Hay justificaciones para todos los gustos, pero al final, para todos los que, en el fondo, no acaban de asimilar que las personas pueden ser diferentes a nosotros sin dejar de ser humanas, la necesidad de encontrar un término para nuestros sucesores resulta imperiosa. De ahí la acuñación de esta palabra, “posthumanidad” (básicamente, lo que viene después de nosotros), que al final ha acabado abarcando un montón de conceptos.


Para aclararnos un poco, basta ver qué tenemos hoy los humanos y qué nos falta. Tenemos, por lo general, cinco dedos en cada mano. Pero podemos tener seis y no por eso dejamos de ser humanos, ¿no? Sobre esto hay un extendido consenso. La amputación de un miembro no nos hace menos humanos tampoco, ¿verdad? Verdad, acordaremos la mayoría. Los humanos tenemos inteligencia, pero a una persona con inteligencia reducida no dejamos de considerarla humana, ¿a que no? Pues no.

Sin embargo, siempre habrá quien ponga pegas.

Siempre hay una minoría que cree que humanos son sólo ellos y los que son como ellos. Con cinco dedos en cada mano y pie, por supuesto. Pero para cierto tipo de gente, eso no basta. Al fin y al cabo, también los simios tienen cinco dedos en cada mano y pie. El problema es que esas minorías siempre llevan los hechos diferenciales al extremo de considerarse humanos ellos solos. Así, para algunos, los humanos deben ser también altos, rubios y de piel blanquecina, por ejemplo. Para este tipo de minorías excluyentes, un mutante con seis dedos en cada mano se convierte automáticamente en un “fenómeno” o un “monstruo”. Y el Homo erectus, con sus cinco dedos en manos y pies, pero algo corto de entendederas, en un ser “subhumano”. Es el peligro de la estandarización. ¿Quiénes somos para definir qué es ser humano y qué no? ¡Eso es puro nazismo!

No es lo que tenemos (y otros no) lo que nos iguala como especie, sino lo que ninguno tenemos, lo que nunca hemos tenido. Ninguno tenemos agallas para respirar bajo el agua. Ninguno tenemos la capacidad de izar una roca de una tonelada sobre nuestras cabezas por nosotros mismos. Así que fabricamos herramientas, escafandras y grúas, que cualquiera con la adecuada formación puede utilizar.

Ahora bien, ¿y si unos lograran adquirir esas capacidades, sin necesidad de usar herramientas para respirar bajo el agua o levantar una tonelada? “Posthumanos”, “metahumanos”… Da igual. No dejan de ser simples etiquetas.

En el momento que un ser humano adquiere una capacidad física hasta entonces inexistente en la especie, la incorpora a la humanidad; no se excluye él de la especie, sino que la especie adquiere un rasgo nuevo. Esta es mi manera de verlo, al menos. Pero las etiquetas tienen su utilidad. Porque, claramente, hay una línea de separación entre el hombre que no era capaz de modificarse a sí mismo, dotándose de capacidades nuevas o superiores por medio de la tecnología, y el que sí. El hombre natural y el adulterado (es decir, en mayor o menor medida, artificial). Al hombre fruto de ese cambio, de esa tecnología, lo llamo posthumano. Por convención. Podría llamarlo de otra manera; “neohumano”, “Homo sapiens novus”, por ejemplo. ¿Pero para qué, si ya existe ese otro término sobre el que ya hay tanto consenso?


Homo excelsior
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (I)
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (II)
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (III)
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (IV)
Sobre «Transhumanidad y posthumanidad en la CF»
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (V)

jueves, 14 de junio de 2012

El que avisa no es traidor: Bookcrossing de «Danza de dragones»


Santander ha sido una de las ciudades elegidas para liberar unos cuantos ejemplares de la nueva entrega novelística de la saga «Canción de Hielo y Fuego» de George R. R. Martin, «Danza de dragones» (en una edición especial para la campaña promocional de Gigamesh). En www.danzadedragones.com podréis encontrar pistas para encontrarlos, así como en Twitter (con el hashtag #cazaDdD) y en Facebook. Esta actividad, una variedad de BookCrossing sui generis, se llevará a cabo también en A Coruña, Barcelona, Gijón, Madrid, Sevilla, Valencia y Vitoria. Será el próximo domingo, 17 de junio. ¡Estad atentos!

miércoles, 13 de junio de 2012

www.danzadedragones.com

La campaña de lanzamiento de Gigamesh para la nueva entrega novelística de la saga Canción de Hielo y Fuego de George R. R. Martin, «Danza de dragones», está resultando muy interesante. Os aconsejo que os registréis y probéis suerte en las actividades de la web. ¡Ánimo y a divertirse! ¡Hay premios!

martes, 12 de junio de 2012

Los desmanes galácticos de Vértice (V): «Hombre contra mundo»


A pesar de las apariencias externas, esto no es una novela de Isaac Asimov; ni siquiera es una antología de cuentos de Asimov. Se le atribuye el libro en la cubierta (bueno, se atribuye a un tal Isaac A. Asimov; la inicial del medio se la sacaron de la manga, claro) pero no es más que una triquiñuela comercial para engañar al comprador impulsivo. O sea, otro timo.

Ya sabemos que Vértice no destacaba precisamente por su ética profesional y comercial (ver el caso de «Navío estelar» en esta misma colección). Esto ya no roza la estafa; es que lo es. Se trata de un engaño deliberado.

Para más INRI, el verdadero protagonismo del libro, en este caso, corresponde sin lugar a dudas a Theodore Sturgeon, otro cuentista clásico del género (aunque, evidentemente, mucho menos conocido y aún menos en esa época, a mediados de los años sesenta) que aporta nada menos que tres de los cinco relatos que forman el volumen. Sin embargo, en ninguna parte se menciona a otro autor que no sea Isaac Asimov. Sin duda estas omisiones no tenían otra intención que la de engañar a lectores incautos, con la fama de Asimov como gancho para perpetrar el fraude.

Para los incautos que lo compraron creyendo que se llevaban una nueva antología de Isaac Asimov, una burla monumental. Casi me imagino a los responsables riéndose como hienas mientras pergeñaban su alevosa trampa.

lunes, 11 de junio de 2012

Mi «Top Five» de relatos, cuentos largos, «novelettes»... de ciencia ficción

El otro día, sábado 9 de junio, fue el cumpleaños de Joe Haldeman (autor del clásico de la ciencia ficción «La guerra interminable») y me acordé de la conversación que tuve la suerte de tener con él en Gijón hace unos años, durante la Semana Negra. Hablamos un rato de su amigo Jack Williamson, que entonces era el decano indiscutido de la ciencia ficción norteamericana, ya que yo iba disfrazado de un personaje suyo (estábamos en una fiesta de disfraces y, ¡sorpresa!, soy un friki y a veces me disfrazo de legionario del espacio y cosas así). De Jack Williamson es uno de mis relatos favoritos de ciencia ficción: «De brazos cruzados» (1948), del que también hablamos un rato.

Pensando en lo bueno que es «De brazos cruzados», se me ha ocurrido hacer un Top Five de cuentos largos de ciencia ficción, lo que los anglosajones llaman novelettes. Es un formato al que no estoy muy habituado, pero creo que después de los novelones que me he tragado últimamente, es hora de cambiar.

Tengo cientos de relatos en casa sin leer, a montones. Los evité durante años, deliberadamente, esperando que algún día llegaría a cansarme de leer novelas-río y sagas interminables. Hice bien, porque gracias a eso dispongo de material de sobra para contentar mi afición sin empacharme, hasta que vuelva a apetecerme leerme un tocho gordo.

En general, el formato al que me refiero es el americano novelette, entre 7500 y 17500 palabras. Según el “método Edu” (de Eduardo Vaquerizo, que fue quien me lo enseñó), para «De brazos cruzados» me salen unas 15.000 palabras. Es fácil calcularlo; sólo hay que multiplicar el número de páginas del libro que ocupa el relato por 300. Para hacerse una idea va bastante bien.

Aunque «De brazos cruzados» me encanta, mi relato favorito de ciencia ficción en este formato es «El fantasma de Kansas», de John Varley, que tiene unas 40 páginas, o sea, unas 12.000 palabras. Es sencillamente genial. Todavía hoy en día pienso que Varley es el mejor cuentista que ha dado el género.

Los otros tres relatos son estos:

«Segunda variedad», de Philip K. Dick.
«La polilla lunar», de Jack Vance.
«Los reyes de la arena», de George R. R. Martin.

Debo aclarar que es mi Top Five. Ya he dicho que en los últimos años apenas he prestado atención a este formato, así que no me extrañaría encontrar varios igual de buenos en los próximos meses. No digo que estos cinco sean los mejores, pero sí, probablemente, los que más me han impactado (y, sin duda, los que recuerdo mejor).

Se me ocurren más relatos estupendos, como «No tengo boca y debo gritar», de Harlan Ellison, pero no se ajustan a las medidas estándar referidas arriba. Además, en varios casos, creo que si los leyera hoy no me gustarían tanto como hace veinte años. Por ejemplo, «La ciudad-máquina», de Walter M. Miller, Jr., que sí se ajusta al formato y me maravilló en su momento, no sé si habrá envejecido muy bien (ni me atrevo a comprobarlo). Por otra parte, algunos los tengo demasiado recientes para verlos con perspectiva, como los de Greg Egan o Ted Chiang que he leído en los últimos años (la abstinencia no ha sido total).

En próximas entradas hablaré un poco de cada cuento, y espero comentar muchos más este verano. De momento, os animo a soltarme vuestro Top Five de cuentos largos en los comentarios o en vuestros blogs. El mío, por ahora, queda así:

  1. «El fantasma de Kansas», de John Varley (1976).
  2. «De brazos cruzados», de Jack Williamson (1948).
  3. «Segunda variedad», de Philip K. Dick (1953).
  4. «La polilla lunar», de Jack Vance (1961).
  5. «Los reyes de la arena», de George R. R. Martin (1979).

Como veis, ninguno tiene menos de 30 años. Menudo carcamal estoy hecho. :-D


domingo, 10 de junio de 2012

Los desmanes galácticos de Vértice (IV): «Tres×infinito»

Otra vileza editorial de Vértice. Esta “edición”, de tan infame y torpe, llega a indignar. Se trata del noveno volumen de la colección Galaxia. En su cubierta podemos leer: «Tres-X INFINITO». Y, debajo, «Ray Bradbury». Una mentira y media.

Para empezar, el título debía ser (supuestamente) «Tres×infinito», pero el diseñador confundió el signo de multiplicar con una X. De ahí ese estúpido “TRES-X INFINITO” de la primera de cubierta.

En este volumen se incluye una novela corta escrita a medias por Ray Bradbury y Leigh Brackett. La primera en la frente: la responsabilidad de Brackett, que cuando el cuento apareció en EEUU tenía, de hecho, más prestigio e importancia como autora que el joven Bradbury (a mediados de los años 40, Ray estaba en los comienzos de su carrera literaria) se omite absolutamente.

Además, el editor completa el volumen (hay que aprovechar el papel) con un relato de Edmond Hamilton.

El problema es que los títulos que figuran en el volumen («Tres×infinito» y «Hacia las estrellas» respectivamente) no se corresponden con los relatos que aparecen en realidad en el mismo, que son «Lorelei of the Red Mist» y «Mundo olvidado» («Forgotten World»). Y es que el editor, inexplicablemente, les puso los títulos de sendas antologías de Leo Margulies, de donde había extraído cada uno de ellos.

WTF? De verdad que no lo entiendo. :-)))) Es una auténtica locura.

Para más INRI, en la cuarta de cubierta, dicen: «TRES POR INFINITO, que presentamos hoy bajo nuestro sello, es la obra de Ray Bradbury que más ediciones ha hecho en EE. UU.» ¡Una mentira de proporciones jupiterinas, con toda la cara! Qué tíos...

En fin, valga esta pequeña crónica de cómo los bellacos de Vértice arrastraron el nombre de Ray Bradbury por el fango editorial español, con esta abyecta chapuza en forma de libro, como homenaje cavernario a su figura. Como ya sabréis todos, el autor de novelas como «Fahrenheit 451» y antologías memorables como «El hombre ilustrado», «Las doradas manzanas del Sol», «Crónicas marcianas», «Cuentos espaciales» y muchas más, guionista de cine y televisión, y uno de los últimos autores de la Edad de oro del género que nos quedaban, falleció el pasado martes, 5 de junio, a los 91 años de edad. Requiescat In Pace.

sábado, 9 de junio de 2012

Los desmanes galácticos de Vértice (III): «Navío estelar»


Hoy, en nuestra serie dedicada a las tropelías editoriales cometidas por Vértice en su colección Galaxia, nos ocupamos de «Navío estelar», número 17 de la misma, editado en 1964.

Ejemplo perfecto de las estafas que algunas editoriales de los años 60 se empeñaban en perpetrar sobre sus clientes lectores, este volumen tiene dos menciones de responsabilidad referentes a su autoría, una en el lomo (Brian Aldiss, autor de una conocida novela de título similar) y otra en la portada (Lloyd Baxter), ambas falsas; también son falsas las menciones relativas a la traducción y la edición original.

A ver, imaginemos por un momento: Eres un traductor mediocre que trabaja a destajo para una editorial cutre en la España de los años 60. El jefe te encarga que escribas una novela de aventuras espaciales para llenar un hueco en su colección de ciencia ficción. Como es habitual, es publicada bajo seudónimo. Hasta aquí, bien. Lo malo viene luego.

Lo malo es que tu jefe la publique con el título «Navío estelar» y se la atribuya a Brian Aldiss en el lomo del libro. La sorpresa para el lector viene al ver, enseguida, en la portada, que es de un tal Lloyd Baxter. ¿No era de Aldiss? Pues no. Es de un tal Lloyd Baxter. Que no existe, claro; es el seudónimo del que hablábamos antes. El verdadero autor es Fernando Manuel Sesén. Pero eso el lector no lo sabe.

Luego, para “redondear” la cosa, tu jefe se inventa un original americano (una supuesta «Starship» publicada supuestamente seis años atrás), y pone como supuesto traductor al auténtico autor, o sea, tú. Sí, el currito del que hablaba al principio. No vaya a pensar el lector que tiene en las manos otra cosa que no sea auténtica ciencia ficción anglosajona.

Y a facturar.

Esto pasa hoy y seguro que aparecemos unos cuantos frikis con antorchas para quemar la editorial.