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viernes, 30 de agosto de 2013

«Los Héroes», de Joe Abercrombie

☆☆☆☆½

«Los Héroes» es la quinta novela del escritor británico Joe Abercrombie, del que ya hablé aquí para comentar su novela anterior, «La mejor venganza». Ambas están ambientadas en el mismo universo fantástico que las tres precedentes, que conforman la trilogía de la Primera Ley: «La voz de las espadas», «Antes de que los cuelguen» y «El último argumento de los reyes». Como «La mejor venganza», «Los Héroes» es de lectura independiente, aunque comparte muchos detalles con las anteriores. Además, se ha confirmado la próxima publicación en España de su sexta novela, «Red Country», cuya acción transcurre también en el mismo mundo de ficción. Todas (excepto la última, claro) están editadas por Alianza. ¹

Si la trilogía de la Primera Ley era una fantasía épica pura y dura en clave de low fantasy (en el sentido rolero) con su bárbaro, su mago, su príncipe, su chica guerrera, sus intrigas palaciegas, su espada mágica y su señor oscuro, sus torres, asedios, batallas y demás parafernalia, pero pasada por el filtro realista de Abercrombie, en sus otras novelas el autor británico ha practicado con alegría la mezcla de géneros encontrando su inspiración, principalmente, en las películas de acción de los años 60 y 70.

Así, «La mejor venganza» es, como indica su título español, una clásica historia de venganza inspirada en el hard boiled criminal y el spaguetti western, heredera de “vendettas” cinematográficas como «A quemarropa» (una referencia a la que hizo alusión el propio Abercrombie, en el Festival Celsius 232 celebrado este verano en Avilés), «Coffy», «Lady Snowblood», «De hombre a hombre» o «El gran Silencio». Por su parte, «Red Country» es una especie de western crepuscular que recuerda un poco a «Centauros del desierto», con elementos de las películas de spaguetti western y de exploitation antes mencionadas. Todo ello, naturalmente, en clave de Espada y Brujería; más espada que brujería, eso sí, algo típico de las novelas de Abercrombie. Una mezcla de lo más espectacular.

En «Los Héroes», Abercrombie nos ofrece una novela de guerra inspirada en el cine bélico de los 60 y 70. En todas sus novelas hay ecos del trabajo de directores como Samuel Fuller o Sam Peckinpah pero parece que, en este caso, la inspiración le vino directamente de dos películas basadas en novelas de Cornelius Ryan: «Un puente lejano» (de nuevo mencionada por Abercrombie en su encuentro con los lectores en Avilés) y «El día más largo».

Si habéis leído alguna novela de Cornelius Ryan o James Jones (mi favorito de este género, con obras maestras como «La delgada línea roja» (t.c.c. «Morir o reventar»), «De aquí a la eternidad» o «Silbido», ambientadas en la II Guerra Mundial), podéis haceros alguna idea de lo que os espera en este libro.

«Los Héroes» narra las vicisitudes de un conflicto de tres días entre tropas de la Unión, una civilización de nivel renacentista, y una coalición de hombres del Norte, semibárbaros, liderados por el temible Dow el Negro, un personaje al que conocimos en la trilogía de la Primera Ley. Un punto que tiene en común esta novela con otras de Abercrombie es que suelen compartir personajes, aunque su protagonismo varía mucho de novela en novela. Sin embargo, como en el caso de «La mejor venganza», no es necesario haber leído las anteriores para disfrutar de ella.

En «Los Héroes», la intención del autor era dar un tratamiento más realista a las típicas batallas de fantasía, que generalmente son narradas de manera muy superficial. Desde luego, ha logrado totalmente su objetivo. Aplicar las técnicas narrativas del género bélico al género de la fantasía épica ha sido un gran acierto; creo que nunca se había hecho antes con tanto empeño, y el resultado merece la pena. Personalmente, nunca había visto una batalla tan bien contada en una novela de fantasía.

Otro objetivo de Abercrombie era examinar con atención y detalle el concepto de héroe, un tipo de personaje tradicional en el género de fantasía (de hecho existe todo un subgénero, hermano de la fantasía épica, conocido como fantasía heroica). ²

Una pista del enfoque elegido por Abercrombie nos la da el propio título de la novela. No se refiere a nadie; Los Héroes es el nombre de un monumento lítico que domina una pequeña colina; es un topónimo, como El Álamo (lugar de una importante batalla, crucial en la guerra de independencia de Texas, que tuvo lugar en 1836). En «Los Héroes» no hay héroes de una pieza, a excepción de esos grandes trozos de piedra. El modelo de héroe tradicional de la fantasía épica es diseccionado y analizado en todas sus partes hasta las últimas consecuencias. Abercrombie hace en esta novela un verdadero estudio sobre el heroísmo, explorando y explotando todas sus posibilidades a través de los personajes, con su afán iconoclasta de siempre.

A Joe Abercrombie lo mueve, en buena medida, un impulso de innovación; siempre intenta aportar algo nuevo al género de la fantasía épica. En la trilogía de la Primera Ley quiso aportar un “plus” de verosimilitud en los personajes, los diálogos, los combates, incluso la magia. El resultado es que el esfuerzo que el lector debe hacer para suspender su incredulidad es menor, así que se engancha mucho más a la narración y, cuando lo maravilloso surge, el efecto es mucho más potente.

Joe Abercrombie puebla sus novelas con personajes llenos de vida, con sus complejidades psicológicas y emocionales; la acción, salvaje, soberbiamente narrada, está salpicada de momentos de calma donde brilla el humor negro de los diálogos, frescos y naturales, y todo ello está aliñado con una interesante falta de escrúpulos morales (como la vida misma), algo que para mí siempre es de agradecer. Son novelas corales, en las que el protagonismo se reparte a lo largo de un buen número de páginas (nunca bajan de 700). «Los Héroes» no es una excepción; cumple con todo lo que acabo de referir. Pero, además, el estilo de Abercrombie está más depurado, se nota un progreso en su manera de narrar. Es, creo, su obra más redonda.

¡La recomiendo!



¹ La publicación de «Tierras rojas» (Red Country) está prevista para octubre de este año.

² Aprovecho para insistir en que no se deben confundir ambos términos. En la fantasía heroica (término acuñado por L. Sprague de Camp para designar cierto tipo de historias de espada y brujería, un término acuñado a su vez por Fritz Leiber) siempre hay un héroe principal, protagonista absoluto de la historia (bueno, en las historias de Fafhrd y el Ratonero Gris, de Leiber, son dos; vale, ya me entendéis); en cambio, en la fantasía épica, el protagonismo se reparte y la escala del conflicto entre el “bien” y el “mal” es mucho mayor. Ambos subgéneros tienen otras características peculiares de cada cual que no voy a referir ahora porque no es el momento. Quizá lo deje para otra entrada.

Digo esto porque hasta en Wikipedia mezclan los dos subgéneros (tienen montado un cacao impresionante, dicho sea de paso), y no. Esta confusión data de hace más de 50 años, cuando Michael Moorcock propuso el término “fantasía épica” para el tipo de narraciones de fantasía heroica que escribía Robert E. Howard. Fue entonces cuando Leiber se sacó “espada y brujería” de la chistera. Luego se aprovechó el término propuesto por Moorcock para describir epopeyas fantásticas como «El Señor de los Anillos», enmarcadas en el subgénero High Fantasy. Cuando digo que la trilogía de la Primera Ley es una fantasía épica en clave de low fantasy «en el sentido rolero» es porque los jugadores de rol dan un sentido diferente a estos términos; en realidad, si nos guiamos por criterios estrictamente literarios, la trilogía de la Primera Ley es High Fantasy. También se confunde fantasía épica con High Fantasy, cuando no es más que un subgénero de ésta. En fin, ya digo que no es momento para profundizar en estos asuntos, digamos, “taxonómicos”. Quizá más adelante.

jueves, 18 de julio de 2013

«Danza de tinieblas», de Eduardo Vaquerizo

☆☆☆☆

En Danza de tinieblas, Eduardo Vaquerizo presenta una España alternativa de ambiente steampunk. La historia arranca en la primavera de 1571, cuando don Juan de Austria, que acaba de alzarse con la victoria en la batalla de Lepanto, recibe la noticia de la muerte de su hermano, el rey Felipe II, en un accidente de caza. Don Juan regresa entonces para ocupar el trono. De este modo se forja una España diferente, que en el año 1927 conserva todos los territorios del imperio, está enfrentada con el Papa de Roma y acoge aún a moriscos y judíos.

En Madrid, capital del Imperio, el cabo de alguaciles Joannes Salamanca es llamado a investigar la muerte en extrañas circunstancias de un joven cabalista judío. Junto a un agente de la Inquisición y la misteriosa y bella Rebeca, pronto averiguará que este crimen está relacionado con una serie de asesinatos, que parecen deberse a un intento de desestabilización del Estado por parte de siniestros grupos que ambicionan el poder.

Encontramos aquí un steampunk a la española, con un carácter propio, fruto de una excelente labor de extrapolación de tendencias de toda índole que, sin embargo, a pesar de cambiar el imperio británico por otro español (con su peculiar idiosincrasia que, lógicamente, exige una serie de cambios), es muy fiel en su desarrollo a los cánones del steampunk.

Así, encontramos en esta obra elementos de la ciencia ficción clásica, como los robots, mezclados con tecnología propia de la era del vapor, mecánica de precisión, magia y personajes pintorescos, todo ello aliñado con una acción trepidante y un toque de extravagancia. Para mí, Danza de tinieblas —finalista del segundo premio Minotauro (que ganó Rodolfo Martínez con Los sicarios del cielo)—, sigue siendo la mejor novela steampunk escrita en castellano y la que mejor ha sabido respetar las claves del subgénero, adaptándolo hábilmente a nuestra tradición cultural.

Danza de tinieblas ha conocido ya dos ediciones (Minotauro, 2005; Sportula, 2012) y tiene una secuela, Memorias de tinieblas (Sportula, 2013), que acabo de empezar a leer. Ambas novelas están disponibles en formato electrónico, a un precio muy competitivo, gracias a Sportula (uno de los sellos que mejor ha entendido cómo vender literatura en este formato).

miércoles, 1 de mayo de 2013

«La voz de su amo», de Stanislaw Lem

☆☆☆☆½

(Publicado originalmente el 8 mayo de 2006 en «C». Revisado para su reedición en «Cavernalia».)

En una de las últimas entrevistas que concedió antes de fallecer, Stanislaw Lem realizó unas declaraciones que no ponían en muy buen lugar la literatura de ciencia ficción. Estas opiniones del gran autor europeo del género, publicadas póstumamente, causaron cierto revuelo en el mundillo. Sin embargo, no eran nada nuevas en él; ya en La voz de su amo, escrita en 1967, Lem había dejado bien clara (a través de su “alter ego” en la novela, el científico Peter E. Hogarth) su parecer sobre este asunto:

   Empecé a visitar más a menudo al doctor Rappaport, mi vecino, y a veces conversábamos horas enteras. Sobre el código estelar hablábamos rara vez y brevemente. Un día lo encontré en medio de grandes paquetes de los que salían atractivos y brillantes libros en rústica con cubiertas en las que aparecían motivos míticos. Había intentado utilizar como “generadores de ideas” —porque estábamos quedándonos sin ellas— esas obras de literatura fantástica, ese género popular (especialmente en los Estados Unidos) llamado, por persistente error, “ciencia ficción”. Hasta entonces, él nunca había leído este tipo de libros; estaba molesto —e incluso indignado—, porque había esperado variedad y había encontrado monotonía.
   —Tienen de todo, salvo fantasía —dijo. Una equivocación, sin duda. Los autores de estos cuentos de hadas pseudocientíficos suministran al público lo que éste quiere: tópicos, clichés, estereotipos, y todo ello lo suficientemente engalanado y vuelto “maravilloso” como para que el lector pueda sumirse en un estado de sorpresa sin riesgos y, al mismo tiempo, no se conmueva la filosofía que tiene de la vida. Si hay progreso en una cultura, dicho progreso es sobre todo conceptual, pero la literatura, y en especial la ciencia ficción, nada tiene que ver con él.

(La voz de su amo, capítulo nueve.)

Estas opiniones, repetidas en aquella entrevista que mencioné al principio, parecieron sorprender —y hasta escandalizar— a bastantes aficionados. Pero, en general, este rechazo de Lem a la literatura de ciencia ficción (que, según él, le valió la expulsión de la SFWA) fue muy malinterpretado. Stanislaw Lem se desmarcó de la ciencia ficción como realidad literaria, no como género en sí. Esto último habría sido absurdo; él mismo la cultivó durante cuarenta años; no iba a tirar piedras contra su propio tejado. Pero una parte considerable del público ha interpretado estas declaraciones como un ataque a la ciencia ficción en sí.

No es así, repito. Lem rechaza la ciencia ficción no como concepto sino como realidad escrita y publicada, en una generalización no muy diferente de la que hiciera Sturgeon con su famoso porcentaje («Yeah, ninety-five percent of science fiction is crud; but then, ninety-five percent of everything is crud»).

Pero no sólo se desmarca de la literatura de ciencia ficción de palabra, sino con sus obras. Si analizamos La voz de su amo a la luz de las palabras de Lem/Hogarth al comienzo del capítulo nueve, vemos que es justamente la antítesis de la ciencia ficción que él critica: no da al público lo que quiere, sino lo que siente que puede necesitar, y está especialmente ausente de tópicos, clichés y estereotipos (precisamente una de las mejores cosas de la novela es cómo retrata a los científicos, cada uno con sus obsesiones, personalidades y motivos), todo ello descrito con acerba y desafiante ironía, rebosando ideas y variedad temática en cada página, y tocando asuntos que afectan directa y lisamente a los fundamentos de nuestra visión del mundo y de la vida.

La voz de su amo es, para mí, la novela definitiva de Stanislaw Lem. En sus páginas reúne temas y características de todo el resto de su producción “seria”, desde la crítica feroz a la burocracia (que desarrolló en Memorias encontradas en una bañera) a la imposibilidad de comunicarse con inteligencias alienígenas (Solaris, Fiasco), pasando por la cibernética, la teoría de la información, el antiquísimo conflicto entre libertad y necesidad, la psicología, el conflicto entre fe y razón, la ética científica, la posición del hombre y de lo humano en el universo…

Leí esta novela hace veinte años, dos veces seguidas. La segunda vez empecé a anotar uno por uno los temas que iba tratando Lem en la novela. A las pocas páginas, la lista era tan larga que tuve que dejarlo, agotado. Desde entonces, es uno de mis libros favoritos.

La galería de personajes es impresionante, desde el mismo narrador, el profesor Hogarth, que abre la novela con un autorretrato estremecedor, hasta el genial doctor Rappaport: físicos, matemáticos, biólogos, especialistas en todo tipo de ciencias y pseudociencias, filósofos, filólogos, burócratas, telepredicadores, militares y agentes de la CIA que se reúnen en un aislado paraje del desierto de Mojave, desfilan y se toman de la mano en un frustrante baile de dos años de duración al son de un supuesto mensaje extraterrestre, captado accidentalmente en el observatorio de Monte Palomar.

El plan ultrasecreto que surge para descifrarlo, y que da nombre a la novela, es el caldo de cultivo ideal para la mejor literatura de Lem, que explora sus temas favoritos desde perspectivas diferentes, desde el realismo hasta el absurdo, que va impregnando la narración a medida que el proyecto se empantana en la más abyecta incomprensión.

Un libro indispensable para cualquiera que desee adentrarse en el mundo de Stanislaw Lem; hay que ir por sus páginas a machetazos, es como una jungla de ideas, pero el viaje merece mucho la pena.

domingo, 4 de marzo de 2012

«Naufragio», de Charles Logan

☆☆☆☆☆

Cuando cerré el libro después de leerlo (hace unos 20 años) pensé: «¡Qué suerte tengo!» Esta novela figura en mi «Top Five» particular del género, haciendo compañía a obras de Disch, Lem, Pohl... ¡Y es una opera prima!

Una novela dura, hard en más de un sentido, realista, sin concesiones, sin más diálogo que el del náufrago con su destino. Como dijo Planells, «extrañamente patética», y es que su emotividad no es aquí fruto del empleo de recursos facilones o trampas burdas para buscar la lagrimita, blandenguería chirriante al uso. El náufrago despierta nuestra empatía, nos identificamos con sus sufrimientos y eso es el patetismo bien entendido; sentimos pena porque lo que le pasa al pobre hombre no es para otra cosa...

¡Claro!, es mentira todo, una ficción. Ahí está la magia de Logan: hacérnosla creer, mientras la leemos; mientras la leemos, sentimos, nos emocionamos. Hasta se nos puede escapar una lagrimita.

Se ha criticado que el tema fuera poco original. Pamplinas. Como si no se pudieran escribir historias de náufragos después de Robinson Crusoe. Es más, precisamente resulta muy original por el tratamiento del tema, diferente en todo del que hizo Daniel Defoe.

Charles Logan nació en 1930 y trabajaba como enfermero en un hospital psiquiátrico cuando se publicó Naufragio, que es su única novela. Aparte de eso, sólo escribió dos relatos cortos que siguen inéditos por decisión del autor. No sé por qué decidió no volver a escribir, pero es una verdadera lástima.

sábado, 22 de enero de 2011

«La mejor venganza», de Joe Abercrombie

☆☆☆☆

«La mejor venganza» es una novela de fantasía medieval-renacentista (con unos toquecillos de fantasía nada más) escrita por el especialista Joe Abercrombie, autor de la trilogía de «La Primera Ley», a cuyo “universo” pertenece.

Es la primera novela que leí de este autor y debo reconocer que me gustó bastante. Sus más de 800 páginas no me pesaron (bueno, mi muñeca se resintió un poco, pero no me refiero a eso), es bastante entretenida y a ratos incluso divertida, irónica y cruel, con un punto de sangrienta brutalidad que personalmente agradezco. La edición está bien, con poquitas erratas y una traducción del “espadero” Martín Lalanda que, a primera vista (sin cotejarla con la versión inglesa), es más que digna.

La historia gira en torno a una terrible venganza que resulta sólo ligeramente machacona, gracias al oficio del autor, que la adereza con sutil humor y agradable ironía, diálogos chispeantes y un desparpajo a la hora de repartir sangre e intriga que es muy de agradecer.

La acción transcurre años después de los acontecimientos narrados en «La Primera Ley», con la que comparte algunos personajes que en la trilogía eran secundarios y aquí adquieren una mayor dimensión, como el norteño Escalofríos, que en esta ocasión es uno de los protagonistas, el mercenario Nicomo Cosca o la eficiente y letal Vitari. Con esta obra, Abercrombie vuelve a mostrar su habilidad para la creación de personajes, uno de sus puntos más fuertes.

Los que disfruten con esta novela no se pueden perder los tres volúmenes de «La Primera Ley», que es todavía más entretenida, con elementos fantásticos mucho más presentes (magos, semidioses y demonios adornan la trama con papeles destacados) y personajes igual de atractivos.

Título: La mejor venganza
Autor: Joe Abercrombie
Traductor: Javier Martín Lalanda
Editorial: Alianza
Colección: Runas
ISBN 13: 978-84-206-8332-4
Descripción: 824 páginas, 22×15 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
Precio: 20,9 euros en Cyberdark.

jueves, 20 de enero de 2011

«Wild Cards» y los cómics

Seguramente muchos habréis oido hablar ya, a estas alturas, de George R. R. Martin o, por lo menos, os sonará su saga de novelas Canción de Hielo y Fuego. HBO está preparando una superproducción basada en la primera de esas novelas, la estupenda Juego de Tronos, para la televisión.

Yo conozco a Martin literariamente desde hace casi veinte años, desde que leí su cuento «Los reyes de la arena» (también adaptado a la televisión, por cierto, inaugurando la segunda época de The Outer Limits, Más allá del límite en España) en una recopilación de «Los Premios Hugo». El relato hizo doblete ganando el Hugo y el Nébula, entre otros premios. Pero hasta hace pocos años no supe nada de sus labores editoriales.

Descubrí su franquicia Wild Cards por casualidad, investigando para un proyecto propio, uno de esos sueños literarios que llevo siempre arrastrando sin acabar de decidirme a realizarlos. Para mí fue un palo, porque tiene puntos en común importantes con la idea que yo tenía en mente (cosa que me desanimó bastante) pero luego resultó ser un descubrimiento agradable, aunque confieso que al final llegué a hartarme de los libros. ¡Son más de veinte! (Y de calidad bastante irregular, en general, por no decir mala.)

¿Que qué es Wild Cards? Pues Wild Cards es un universo compartido de superhéroes, con la peculiaridad de que nació a partir de un juego de rol y que la mayor parte de su “canon” es puramente literario: cuentos y novelas publicados en una serie de libros por Bantam Books bajo la supervisión de un editor, el gran George R. R. Martin, que también aporta sus granitos de arena como escritor.

Cuenta uno de los fundadores del universo Wild Cards, John J. Miller, que todo comenzó en Albuquerque (Nuevo México, EEUU) a finales de 1983 con una larga partida de Superworld, un juego de rol de la compañía Chaosium creado por Steve Perrin. El director de juego de la campaña era George R. R. Martin y entre los jugadores había varios escritores de ciencia ficción, entre ellos la guionista Melinda M. Snodgrass, el creador de la trilogía Hardwired Walter John Williams (a quien frecuentemente confundo con George Alec Effinger, autor de la llamada “Trilogía Cyberpunk”) y Víctor W. Milán, que inició todo el asunto al regalar a Martin un ejemplar de Superworld por su cumpleaños.

El grupo, que se reunía periódicamente para jugar a La llamada de Cthulhu y a The Morrow Project, pronto se olvidó de estos y se sumergió completamente en Superworld, que se convirtió para sus integrantes en una auténtica obsesión. Bajo la dirección de Martin, llevaron el juego a un alto nivel.

Lo malo es que Martin se apasionó tanto con la campaña y se metió tan a fondo en su tarea de director de juego que ello empezó a afectar a su trabajo como escritor. Sí, amigos, sé lo que estáis pensando... Pero, dándole vueltas al problema, enseguida vio la solución. Siendo escritor y jugando con escritores, qué mejor que utilizar todo ese material para escribir historias que pudiera vender. Así, de paso, se sacarían unos dólares. Dicho y hecho: propuso a sus compañeros la creación de un universo compartido con los personajes que habían creado, en un marco propio, con una visión realista del mundo de los superhéroes. Así nació Wild Cards. Curiosamente fue el primer contrato de la conocida editora Shawna McCarthy en Bantam Books, el día que empezó a currar allí.

La premisa de la historia es relativamente sencilla. En 1946, un virus mutagénico alienígena cae a raudales sobre Nueva York causando un enorme desastre. Decenas de miles de personas son infectadas por el virus y sufren sus efectos de manera fulminante. El 90% de los afectados muere al cabo de unos minutos en una agonía indescriptible. El 90% de los supervivientes sufre grotescas transformaciones convirtiéndose en poco menos que monstruos. El resto, el 1% del total, obtiene algún poder. Y de estos, el 1% consigue un superpoder.

A los pocos años la franquicia era ya muy popular. En 1990 Marvel se interesó por adaptar la historia al cómic y Martin aceptó con la condición de controlar el producto para que no acabara convertido en una chufa deforme. A la miniserie Wild Cards de Marvel se añadieron algunas historias muy cortas en la revista Epic Illustrated y ahí quedó todo.

La miniserie está bastante bien; está ambientada en 1988, entre los libros Down and Dirty y Ace in the Hole, y está hecha un poco como los libros, con la colaboración de muchos escritores y artistas diferentes, algunos buenos como el ya mentado Walter Jon Williams, que también colaboraba con Martin en la serie literaria, y se nota, pero gracias a la labor de Martin no pasa como con otros trabajos colectivos que terminan siendo una cosa informe.

Lo mejor, las partes de Walter Jon Williams; más flojas las de Howard Waldrop, conocido en España por la infame «1999: ¡Guerra Texas-Israel!» y que últimamente (bueno, el año pasado más bien)... parece haber ido ganando puestos en el ranking de escritores de ciencia ficción norteamericanos gracias a sus cuentos. En la parte gráfica hay de todo, pero en general bastante bueno.

La noticia (para mí, que no me había enterado hasta hace unos días) es que la traslación del universo Wild Cards al cómic se ha repetido recientemente dentro de la actual fiebre por adaptar éxitos del fantástico literario al cómic. Wild Cards: The Hard Call es una miniserie de seis comic-books con guión de Daniel Abraham y arte de Eric Battle, publicada casi enteramente por Dabel Brothers (sello especializado en adaptar al cómic importantes obras de la literatura fantástica, incluyendo dos novelas cortas de Martin pertenecientes al universo de Canción de Hielo y Fuego), siendo el sexto y último de la serie publicado por Dynamite, tras cesar Dabel Brothers en su actividad.


Está prevista su edición en formato electrónico para Kindle en Amazon el 17 de agosto y se planea también una edición en tapa dura (formato "novela gráfica") para Navidad del año que viene, según Amazon.

sábado, 21 de agosto de 2010

«El tapiz del vampiro», de Suzy McKee Charnas

☆☆☆½

Puede que las cuatro estrellas que le puse en aNobii le vayan un poco grandes a este fix-up un tanto irregular (como suele ocurrir con este tipo de novelas, construidas mediante la unión de dos o más cuentos relacionados) protagonizado por un atípico chupasangres, profesor universitario, con problemas existenciales. En conjunto, está más cerca del "bastante bueno" que del "regular". Vamos, que está bien.

En una primera lectura, a mediados de los 90, me pareció aburrida y estuve a punto de abandonarla. Al reeditarla Alamut en 2009, le di otra oportunidad. Quince años después soy un lector bastante más paciente y tanto mi actitud como mis intereses han cambiado, como es lógico. En la relectura me ha resultado bastante interesante, aunque sigo echando de menos algo más de nervio en la narración.

El vampiro de Suzy McKee Charnas constituye una original excepción en el mundillo de la literatura vampírica, como la propia novela, y por las mismas razones. Con un tratamiento casi materialista, más de ciencia ficción que de fantasía, lo fantástico está explicado en clave de anomalía biológica; no hay fenómenos sobrenaturales sino accidentes adaptativos, desprovistos de cualquier carácter mágico-religioso. Además, es una novela profundamente antirromántica, casi tan fría y racionalista como el personaje central, el depredador para quien la emoción humana es un lujo, un lujo que le atrae pero no se puede permitir.

Con partes brillantes y otras un poco más flojas (recordemos que se trata de un fix-up) y hasta aburridas, a veces rozando el ensayo especulativo, no es una novela ligera para adolescentes en busca de emociones de baratillo como "Crepúsculo" y sus secuelas, ni una historia de acción morboerótica como las novelas de Anne Rice. Es una novela sutil, adulta, bastante profunda, realista dentro de lo que cabe esperar de una novela de sus características y, a pesar de esa frialdad que la domina, con picos de emoción y suspense, eficazmente inquietante y hasta perturbadora, que se sigue disfrutando después de la lectura gracias a las reflexiones que promueve, no sólo de carácter especulativo sino también sobre nuestra propia naturaleza.

A destacar, dentro del fix-up, el relato central del mismo: "El tapiz del unicornio", que ganó el premio Nebula a la mejor novela corta.

jueves, 7 de enero de 2010

«Marsbound» y «Starbound», de Joe Haldeman

Bueno, no sé si sabréis que Joe Haldeman ha estado pachucho a finales de año. (También puede que no sepáis quién es Joe Haldeman; si es así, pasaos por Wikipedia y volved más tarde).

Todavía está fastidiado, pero mejor; ha salido del hospital y está en su casa. El caso es que, cuando me enteré de que estaba enfermo, me dio un poco de angustia. No sólo porque me gustan sus libros (no soy un gran fan, pero me gustan) sino porque tuve la suerte de conocerlo, charlar con él y comprobar que es una persona estupenda. Es el único autor galardonado con el Grand Master Nebula al que conozco personalmente, y encima le caigo bien. Quiero que siga siendo así.

Afortunadamente Joe y Gay, su mujer, se acordaban de mí cuando reanudé el contacto. Supongo que no era fácil olvidarme considerando que, cuando nos conocimos, yo iba disfrazado de Giles Habibula, orondo personaje de la novela «La Legión del Espacio», de su amigo Jack Williamson.

El caso es que últimamente estoy más al tanto de lo que hace Haldeman. La noticia es que acaba de salir en EEUU la continuación de «Marsbound», que se titula «Starbound» y ha sido editada por Ace Books.

«Marsbound» (☆☆☆½) es una especie de novela juvenil a lo Heinlein; quizá los conocedores del género recuerden «Podkayne de Marte» (también editada como «Hija de Marte» en nuestro país), que es la referencia inmediata, igual que lo fue «Tropas del espacio» cuando Haldeman creó «La guerra interminable», su novela más famosa. Salió al mercado en agosto de 2008.

La protagonista es una jovencita llamada Carmen Dula, cuya familia gana un sorteo para visitar la colonia humana establecida en Marte. Allí hará gala de su rebeldía juvenil y vivirá entretenidas aventuras, con sus dosis de humor y drama, junto a sus amigos los marcianos.

Haldeman no es el único que ha tratado de emular a Heinlein dándole una vuelta de tuerca; es notable el caso de John Varley, uno de los mejores cuentistas de la historia del género, que también ha hecho sus incursiones en la novela juvenil heinleniana con novelas como «Trueno Rojo», aunque no con mucha fortuna; el esfuerzo emulador de Varley es tan grande que éste llega a auto-anularse como autor; es una novela sin personalidad propia, carente de originalidad y en el que la brillantez de Varley como estilista destaca por su ausencia.

Haldeman tiene quizá menos capacidad estilística, pero sin duda sus dotes para la novela, para la narración larga en general, son mayores. El homenaje a Heinlein es más sutil, más de fondo, como en «La guerra interminable» o en la trilogía de los Mundos, a la que recuerda un poco por su estilo inconformista. Y, a pesar de su carácter de obra menor, el resultado es mucho más satisfactorio. Espero que «Starbound» resulte igual de entretenida.

miércoles, 18 de junio de 2008

«Los cronocrímenes», de Nacho Vigalondo

☆☆☆½

«Los cronocrímenes» es el primer largometraje de Nacho Vigalondo —el más prometedor cineasta cántabro de la actualidad, que despuntó hace unos años con su candidatura a los Oscars de Hollywood por su corto «Las 7:35 de la mañana»—. Una opera prima que, sin un gran presupuesto ni espectaculares efectos especiales, logra enganchar al espectador (por lo menos yo no noté apenas el paso de sus 88 minutos) con un tema ciertamente arriesgado (y más teniendo en cuenta que se trata de una opera prima): el viaje en el tiempo.

Para el espectador curtido en este tema —alguien, por ejemplo, que haya entendido «Primer» a la primera—, esta película no supondrá una gran novedad, pero al menos quedará satisfecho por el modo como encajan las cosas en el guión, lo cual no es moco de pavo cuando hablamos de viajes en el tiempo. Y podrá disfrutar de la actuación de Karra Elejalde, que está muy bien, del buen hacer de Candela Fernández y del encanto de Bárbara Goenaga (menuda chavala, arfs). Nacho Vigalondo, a pesar de no ser precisamente un actor excelente, cumple su papel con dignidad, pero donde se luce es en la dirección, bastante notable, y en el montaje, realmente bueno.

Otro haber de la película es el final, coherente y no demasiado previsible. Un buen final, algo cada vez más raro de ver en el cine de hoy en día, donde tantas películas tienen un comienzo estupendo y terminan de forma apresurada y chapucera.

La Sala Argenta del Palacio de Festivales de Santander estaba abarrotada de espectadores; había mucha gente de los pueblos de Cantabria donde se ha rodado la película: Isla, Meruelo, Noja..., y también de Cabezón de la Sal, de donde es oriundo el director, al que se notaba emocionado por el apoyo de sus paisanos de toda Cantabria.

En fin, un dignísimo producto que no tiene nada que ver con el cine que se suele hacer en España, que se sale de lo corriente en este país, una película que ha cosechado premios (como el Asteroide de Oro, máximo galardón del Festival Science Plus Fiction de Trieste) y buenas críticas en su gira por los Festivales (incluido Sundance) y que merece sin duda una distribución masiva en nuestro país. No es de extrañar que haya llamado la atención de la industria de Hollywood.

Hay que apoyar a Nacho Vigalondo para que su talento indudable logre desarrollar todo su potencial.

domingo, 1 de junio de 2008

«La transfiguración del Conde Geiger», de Michael Bishop

☆☆☆½
Debo agradecer a Antonio Rodríguez Babiloni que me recomendara esta novela de Michael Bishop.

Hábil sátira superheroica, La transfiguración del Conde Geiger está llena de eso que los catalanes llaman “conya”, esa particular clase de ingenio cuyos frutos oscilan entre lo vulgar y lo sublime, excéntrica gracia que hunde sus manos en el barro de lo bizarro para modelar enanitos de jardín nudistas, bustos de Spawn para pintar en casa, tazas con el rostro del mil veces difunto Kenny, estatuas ecuestres de las Tortugas Ninja, etc., prima del kitsch y el surrealismo, nieta del buen rollo y la mala leche, hermana de la broma, hija del humor.

No es moco de pavo la burla que dedica a los estirados miembros de la “intelligentzia” presuntamente culta, amante celosa de las mal llamadas “Artes Mayores”, que tan bien representa, al principio, el protagonista de la novela (crítico literario y jefe de la sección cultural de un importante periódico). Pero no todo es ironía y sarcasmo en esta novela, divertida pero de ningún modo superficial; Bishop no descuida, en su afán recreativo, la reflexión. En el fondo, esta historia se asemeja a una lección de estética, principalmente sobre la carencia de verdad de los juicios estéticos.

En fin, que la recomiendo.

[Jean Mallart, deleitándose en la pedantería como el protagonista de la novela antes de su transfiguración. Que el cesio 137 me coja confesado.]

martes, 24 de julio de 2007

Kim Newman y su abuso del cameo en «El sanguinario Barón Rojo»

☆½

En Gijón, durante la pasada AsturCon, logré depredar unos cuantos libros de segunda mano a un precio casi razonable. Uno de ellos, El sanguinario Barón Rojo (de Kim Newman, autor de El año de Drácula, con la que está relacionada), lo compré convencido por Ricardo Manzanaro que, ante mis dudas, me aseguró que no estaba mal.

Las historias de vampiros, sobre todo si media un tratamiento moderno, me suelen atraer. Ahí están El ansia, de Whitley Strieber, las primeras Crónicas Vampíricas de Anne Rice, Sueño del Fevre, de George R. R. Martin, El misterio de Salem’s Lot, de Stephen King... Y otras menos populares pero excelentes como la fascinante La fase del rubí, de la valenciana Pilar Pedraza, interesante autora a quien el fandom patrio, desgraciadamente, no ha prestado la atención que merece.

También me he llevado chascos desagradables, claro, como las nauseabundas secuelas y precuelas de Entrevista con un vampiro (excepto Lestat, el vampiro y, con muchas reservas, La reina de los condenados) o la bazofia esa de Laurell K. Hamilton Placeres prohibidos (ya estaba avisado trs hojear la adaptación al cómic, pero me pudo la curiosidad), una caca de vaca empalada en una estaca, oda a la pose hortera y la chulería yanqui más casposa y rancia, más propia de las peores teleseries de los ochenta que de una obra literaria.

No tenía El año de Drácula en mi biblioteca, pero tenía antojo de vampiros, así que la cargué en mi estupendísima Palm T|X... y me la leí de un tirón. Es una novela muy entretenida. La verdad es que me gustó bastante. No es una obra maestra ni falta que le hace; le basta con ser ingeniosa y dar una vuelta de tuerca original al pastiche decimonónico, con una mezcla de personajes que recuerda a obras como La Liga de los Caballeros Extraordinarios, el estupendo cómic guionizado por Alan Moore.

La cosa es que, si en la primera novela aparecían varios personajes clásicos de muchos autores diferentes haciendo “cameos” o, incluso, con cierto protagonismo, y se agradecía, en la continuación se abusa tanto de este recurso que llega a cansar. Sale hasta el apuntador; ya en la página 100 parece que ningún personaje del fantástico decimonónico puede haberse quedado fuera, pero el desfile sigue y sigue. Lo que en El año de Drácula hacía gracia, en El sanguinario Barón Rojo llega a fastidiar y a estorbar. Newman introduce en la historia a estos personajes, la mayoría de las veces, por puro capricho, a veces con calzador, convirtiendo su novela en una especie de "Torrente III" con vampiros.

Una cosa es dar unos toques para ambientar y rendir pleitesía a los ídolos, y otra es lo que hace Newman en El sanguinario Barón Rojo. Es como esos que tienen la suerte de poder casarse en una preciosa catedral gótica y se lían a atiborrarla de lazos de falso satén rosa con flores de plástico para “adornarla”.

Sirva como ejemplo de lo que no se debe hacer cuando se decide recurrir a este tipo de homenajes.

jueves, 31 de mayo de 2007

«Neverwhere», la serie de TV

☆

Muchos conoceréis la primera novela de Neil Gaiman, Neverwhere, que recientemente ha sido brillantemente adaptada al cómic por Mike Carey y Dann Fabry para el sello Vertigo de la compañía DC. Es, como bien resume Xavier Riesco, «un curioso cruce entre Bosque Mitago de Robert Holdstock y Dentro del laberinto de Jim Henson». Una historia típicamente suya, sobre el solapamiento de lo mítico y lo cotidiano, esta vez en la persona de un simple mortal que, casi por accidente, se ve inmerso en una realidad subterránea, mágica, poblada por personajes fantásticos.

Teniendo en cuenta que se trata de la primera novela de Gaiman y que tiene todos los errores y los aciertos típicos de él, recomiendo tanto la novela como el cómic a quienes no conozcan la obra, si les gusta la fantasía. Ahora bien, que nadie cometa el error de ver la serie de televisión. Ni siquiera los más fans de Gaiman, aunque sé que algunos no podrán resistirse, deben hacerlo. Nadie debería sufrir lo que yo he sufrido viéndola.

Lo primero que llama la atención de este telefilme de 180 minutos repartidos en seis capítulos es su temprana producción: 1996. Esto se explica porque, en realidad, la novela es una novelización de la serie. En efecto, Neverwhere nació como un proyecto televisivo que la BBC hizo triste realidad en 1996. Luego Gaiman aprovechó su propio guión para convertirlo en novela.

Lo segundo que llama la atención es su fealdad. Lo cutre que resulta todo. Estéticamente, es espantosa. Igual a los amantes de lo cutre, fans de Ed Wood y demás fauna, les interesa (me consta que hay gente que ha apreciado el aire “retro” de la serie, a lo Doctor Who; les mola su aspecto chapucero y pobretón porque les recuerda la infancia, las tardes delante de la tele en blanco y negro y las clases de manualidades en el cole). Todo, desde los vestuarios al decorado, es tan pobre que resulta difícil describirlo. Las actuaciones son patéticas, los efectos especiales dan pena. Las virtudes del guión de Gaiman quedan completamente diluidas en un océano de despropósitos estéticos como no se veían desde Plan Nine from Outer Space o el último desfile de Agatha Ruiz de la Prada.

Para rematarlo, las actuaciones son tan malas y la dirección tan cansina que consiguen que la trepidante historia de Gaiman, con su buena intención maravillosa y todo, resulte mortalmente aburrida. Algo que, afortunadamente, no pasa en manos de los habilidosos Carey y Fabry en el cómic, que recomiendo especialmente (incluso más que la novela).

Repito: no veáis la serie de televisión. ¡No la veáis!

sábado, 23 de septiembre de 2006

«Cuentos de Terramar», dirigida por Gorō Miyazaki (Studio Ghibli)

☆

Ring ring.

Hayao: Ursula, queremos hacer una peli de Terramar.
Ursula: Bueno, pero sólo si la haces tú in person.
Hayao: No problemo.
Ursula. Po fale.
Hayao: Po bueno.
Ursula: Po m'alegro.

Ring ring.

Hayao: Oye, que ya no la hago.
Ursula: Vaya por Dios.
Hayao: Pero la puede hacer mi hijo y yo la superviso in person.
Ursula: No sé, no sé.
Hayao: Que sí, que sí. Ya verás cómo queda bien. Que semos Ghibli, oye. Cosa fina.
Ursula: Bueeeno, po fale. Pero ya te vale, porque habíamos quedao...
Hayao: Es que me retiro, que estoy cansao y viejuno.
Ursula: Bueno, bueno. Hala, feliz jubilación.

Ring ring.

Ursula: Oye, qué es eso de que vas a hacer una peli. ¿No te habías jubilao?
Hayao: Sí, bueno... Em... Es que...
Ursula: Ya te vale, ¿eh?, ya te vale.
Hayao: Pero la peli está bien, ¿no?
Ursula. Vamos a dejarlooo, vamos a dejarlo.

martes, 8 de agosto de 2006

«Books of Doom», de Ed Brubaker

☆½

Portada de Paolo Rivera para el nº 1¡Menudo aburrimiento...! Vaya desperdicio de Brubaker.

«Books of Doom» es una cosa inane en plan ficha de personaje (el Doctor Muerte) extendida a seis números. Un rollo de padre y muy señor mío, indigno del talento de Ed Brubaker (qué decepción) con un dibujo correcto de Pablo Raimondi (pero tampoco para echar cohetes), tinta de Mark Farmer (muy eficiente) y color de Brian Reber, irregular (a veces demasiado oscuro, comiéndose el dibujo; otras bien, otras mal).

En fin, un trabajo rutinario y sin imaginación.

Me ha desilusionado especialmente el guión, un trabajo del montón, tirando a mediocre, impropio del autor de Sleeper. ¿Para esto lo contrató Marvel?

Creo que no hace falta comentar más. Mi consejo: Ahorraos el dinerito.

domingo, 15 de enero de 2006

La peor novela que he leído en toda mi puta vida

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¿Cuál es la peor novela que has leído jamás? Seguro que os lo han preguntado alguna vez.

Hasta ayer, quien os escribe habría sido incapaz de responder. No porque no exista tal novela sino porque mi sabio superego, cada vez que surgen en alguna conversación el nombre de su perpetrador o alguno de sus títulos (tiene dos, para mayor peligro) envía a mi hipocampo, automáticamente, la orden de borrar con la mayor premura posible cualquier referencia a esos datos.

Nunca soy capaz de recordarlos. Hasta consigo olvidar, con un poco de insistencia, que ese libro existe. Sin programación neurolingüística ni autosugestión ni drogas exóticas. La diosa del olvido, Lete, a menudo tan cruel, a veces se vuelve pía y concede favores semejantes a quien los suplica con suficiente fervor.

Pero ayer, en la TerSa, con la tenue pista de un apellido que me parecía alemán y alguna relación con unos perros, Vicente Gutiérrez Escudero, el poeta santanderino, fue capaz de adivinarlo y recordármelo... (¡Gracias, majo!, te debo una copa... ¡Espero que te guste la cicuta!) Menos mal que también le parece mala... Como a casi todo el mundo.

Sí, casi. Hay gente a la que le gustó. Se ve que hay gente a la que le gusta todo, desde comerse los mocos hasta El índice de Dios, de Roger Wolfe. Como decía mi Mémé Miyenne en su francés de Picardie, hay quien «comería mierda en la cabeza de un tiñoso».


Vuelvo a mirar la memo que abrí en mi PDA. Roger Wolfe. El índice de Dios. Lo apunté, sí. En cuanto Vicente los nombró, pensé: «¡Tengo que anotarlo rápidamente!, antes de que salte mi antivirus mental y se borre de mi memoria».

Hace tres años, en es.rec.cine (foro de la red Usenet dedicado al séptimo arte), el cinéfilo Rafa Morata (fan número uno de Rainer Werner Fassbinder) nombró al autor reviviendo en mi memoria —sometida pero a veces sediciosa— el recuerdo de aquella experiencia atroz:

—Acabo de subir a mi web fassbinderiana —dijo— un magnífico poema dedicado al genio alemán (···), titulado Los ojos de Fassbinder, de Roger Wolfe.

—¡Uy, uy! —exclamé, no menos alarmado que si se hubiera declarado un incendio en mi biblioteca— No sé cómo será como poeta, pero acabais de recordarme una de mis peores experiencias como lector. Y yo que ya había conseguido olvidar el nombre del autor de aquella estafa literaria... Me refiero a su engendro El índice de Dios.

»Es, sin duda, la peor novela que he leído en toda mi vida. Horrorosa, sin ningún valor literario ni de cualquier otro tipo. Tan mala que, unos días después, no soportando más verla tirada por ahí (me resistía a guardarlo con mis otros libros), asqueado por el recuerdo de tanta mediocridad, lo arrojé a la papelera. Cuando el camión de la basura pasó esa noche para vaciar el contenedor, sentí una gran satisfacción; fue un placer oír el run-run de la máquina mientras trituraba y aplastaba su fétido contenido.

»Es la única vez que he tirado un libro a la basura en toda mi vida. Y eso que soy bibliófilo y era un regalo. Antes de leerlo no hubiera concebido la idea de destruir un libro, y menos habiéndomelo dado un amigo. Pero no soportaba tener esa “cosa” ensuciando mi biblioteca ni cometer la crueldad de endosársela a alguien (ni siquiera a un enemigo; mi rencor tiene un límite).

»Si la veis por ahí, ¡huid!

A esto, el bueno de Andrés Acege (uno de mis foreros favoritos de Usenet, por cierto), que había enviado el poema a Rafael, adujo lo siguiente:

—En cuanto a lo que dice Jean, yo también había oído que el Indice... de Wolfe es patético (de hecho creo que no ha vuelto a intentar nada en prosa). Como poeta no corre peligro de ensombrecer a Gil de Biedma, :-DDD pero practica una “poesía de la experiencia” urbana, cínica y canalla, a veces bastante divertida, al menos en los poemarios suyos que he leído (Días Perdidos en los Transportes Públicos, Hablando de Pintura con un Ciego y Arde Babilonia).

No sé cómo será como poeta, repito; me fío de Andrés y Vicente y acepto que pueda ser bueno. Pero esa novela es lo peor que he leído en toda mi vida y os aseguro que he leído mucho y tengo unas tragaderas muy considerables (léase mi reseña de Slan, de A. E. Van Vogt, si alguien lo duda).

Dice el autor que «es un libro sartreano». Podemos omitir a Sartre y dejarlo en “ano”, ya que de sus páginas no sale más que mierda. (Me parece que estoy citando a alguien.) Aunque si Sartre fuera mierda, no podría estar más de acuerdo con él.

Esta abominación de forma y contenido fue un regalo de un buen amigo que osó compararla con American Psycho, de Bret Easton Ellis, novela que me había impresionado (ugh, y a quién no) y hasta gustado (moderadamente). Algo así como equiparar El Beso de Rodin con el vaciado en escayola de una caca de perro pompeyana.

Espero que mi amigo me perdone por tirar su regalo (es probable que se entere pronto; le di la dirección del blog hace poco). Yo le he perdonado por hacérmelo.

No lo pude evitar, fue algo irreprimible y lo siento por mi amigo pero no me arrepiento. Aunque no quisiera, volvería a hacerlo. Mi superego volvería a tomar el control. La papelera volvería a tambalearse con la violencia del impacto. De nuevo mi boca escupiría sobre la cubierta. Sin pensar en el gesto de amistad que representaba ese objeto, me alegraría por su destrucción cuando el camión de la basura pasara a regogerlo, triturarlo y llevárselo muy lejos (cuanto más, mejor). Y sonreiría perversa, cruelmente. Como aquella vez.

martes, 11 de octubre de 2005

«La Odisea del mañana», de Charles Sheffield

☆☆☆½

Ya el título original, Tomorrow and tomorrow, nos da una primera pista sobre el argumento. Vamos a viajar al futuro (y más allá, añado con regocijo infantil), algo en lo que abunda el título castellano. A la orden de inventarse uno nuevo, el traductor Manuel de los Reyes (cuyo trabajo aprovecho para alabar) no ha podido responder mejor: en efecto, Drake Merlin, el personaje protagonista, es un poco como Ulises en busca de su Penélope, navegando de época en época por los mares del tiempo.

Drake se niega a perder a su amada esposa Ana, que está mortalmente enferma. En el último momento, decide criogenizarla con la esperanza de que en el futuro puedan reanimarla y proporcionarle una cura. Pero la idea es no perderla, así que él también tendrá que congelarse, para estar allí cuando ocurra... Las veces que haga falta.

Tenemos, como siempre, aventura y especulación, con una sólida base científica, que riega la novela con multitud de ideas interesantes. Y la habitual garra narrativa. Pero en esta novela hay, además, un estilo bastante depurado (al menos en comparación con Las crónicas de McAndrew o La caza de Nimrod, que no destacan por su estética). Pero, sobre todo, es más emotiva de lo habitual (sin pasarse; es ciencia ficción hard; pero presta más atención al carácter y los sentimientos de sus personajes que la inmensa mayoría de novelas de esa categoría).

De los libros de Sheffield que he leído (tampoco es que se hayan publicado muchos en España, por otra parte), este es con diferencia el que más me ha gustado.

En el debe de la editorial, los típicos errores tipográficos y de maquetación marca de la casa (recuerdo un párrafo, sobre todo, que era un tremendo lío). ¿Tanto cuesta pagar a un corrector?

La Odisea del mañana / Charles Sheffield ; [traducción de Manuel de los Reyes] . — 1ª ed. — Arganda del Rey, Madrid : La Factoría de Ideas, 2005 . — 352 p. — Rústica . — (Solaris Ficción, nº 63) . — Tít. orig.: Tomorrow and Tomorrow . — ISBN 84-9800-128-5 : 18’95 €

lunes, 3 de octubre de 2005

«Avalon», de Mamoru Oshii

☆☆☆½

Curiosa película esta coproducción polaco-japonesa, Avalon, dirigida por el japonés Mamoru Oshii en 2001, con guión de Ito Kazunori. Éste, que ya trabajó con él en Ghost in the Shell, adaptando el comic original de Masamune Shirow, es un buen conocedor del mundo del videojuego... Y es que, a primera vista, de eso va esta historia: de un peligroso juego bélico de realidad virtual, ilegalizado por las autoridades, en el que los jugadores pueden llegar tan lejos como lo permitan sus habilidades guerreras, arriesgando la mente y la vida en la lucha por alcanzar un nivel superior.

Mamoru Oshii está, como siempre, un poco lento y pretencioso en el montaje (un defecto de todas sus películas, por otra parte), pero la historia es interesante y la puesta en escena tan llamativa como siempre (esta vez con actores reales). A destacar el trabajo del equipo actoral, totalmente polaco, especialmente el de Malgorzata Foremniak, que cumple a la perfección su papel de chica dura (a veces me recuerda a la primera Nikita, la de Besson).

Pocas novedades en el guión para el connoisseur de la cosa nostra; Kazunori explota ideas que ya habían aparecido antes en la fallida Nirvana y también en la literatura de ciencia ficción. Pero estas ideas son presentadas con bastante coherencia y buen sentido; Avalon es como un ikebana de tópicos y referencias relacionadas con la realidad virtual, desde Dick hasta Jeff Noon (Vurt) pasando por Stephenson (Snow Crash), Nivel 13 y muchos más. Por separado, sus elementos no dicen ya gran cosa (especialmente a los friquis resabiados como yo); pero juntos y dispuestos de esa forma, tienen su atractivo.

En fin, he pasado un rato entretenido (a pesar de la morosidad típica de Mamoru Oshii, pero ya le tengo cogido el truco) y he regado mis pobres retinas con algunas imágenes interesantes (esto también es típico de él, por suerte). Si no estuviera yo tan de vuelta de las cosas que nos cuenta, le daría un 7 o así. Está bien, vaya.

Gracias a jm00, de la TerSa, por la recomendación.

jueves, 8 de septiembre de 2005

«Vurt», de Jeff Noon

☆☆☆☆☆

What if you slept? And what if, in your sleep, you dreamed? And what if, in your dream, you went to heaven and there plucked a rare and beautiful flower? And what if, when you awoke, you had the flower in your hand? Ah, what then?

Samuel T. Coleridge


Todos tenemos a alguien de cuya opinión sabes que te puedes fiar a la hora de enfrentarte a nuevas lecturas; gente que no te falla, que siempre acierta con las recomendaciones. Uno de estos guías que nunca me fallan es Miquel Nicolás, Neko.

Gran conocedor del género fantástico, incisivo, curioso y viajero, me ha descubierto a autores imprescindibles como Iain M. Banks, uno de sus favoritos (con M o sin ella), Neil Stephenson (Snow Crash), China Mièville (La estación de la Calle Perdido) y hasta la Canción de Hielo y Fuego la recomendó él antes que nadie que yo conozca (lee mucho en inglés, algo a lo que también me animó, y te pone sobre aviso de las novedades interesantes con mucha antelación).

Uno de sus mayores aciertos fue recomendarnos Vurt, de Jeff Noon. ¡Qué novela! Alucinante (y nunca mejor dicho).

Yo lo recomiendo a todos los dickianos del grupo sin reservas. Y no voy ni a decir de qué va porque sería una estupidez. ¿Que no me creen? Ya lo verán...

A mí me gusta bastante Philip K. Dick y, teniendo en cuenta quién lo recomendaba, no lo dudé.

La novela es todo un viaje; te sumerge desde el principio en la acción, convirtiéndote en testigo de la misma, en un entorno extraño que Noon presenta sin explicaciones castrantes, a palo seco, dejando que vayas asimilándolo y adaptando tu visión, poco a poco, al oscuro escenario en que se mueven sus personajes. Con una estética próxima al cyberpunk, la novela se puede encuadrar dentro de la “movida dickiana” —expresión simplificadora pero significativa; Vurt es como un chute de Ubik (inyéctesela según las instrucciones)— de historias que exploran la labilidad de los límites entre diferentes realidades, estados de conciencia, etc. Pero al mismo tiempo es muy original, salvaje, seductora, tiernamente punk.


Sobre el argumento, sobran explicaciones. Es verdad lo que decía Miquel; es mejor enterarse sobre la marcha. Como señalaba César Higuero en el mismo “hilo”, para explicarlo prácticamente hay que contar la historia, lo que quita parte de gracia al asunto.

Publicada en 1993, cuando el autor tenía 36 años, ganó el Premio Arthur C. Clarke a la mejor novela británica de ciencia ficción y es una de las 100 mejores novelas de la historia del género según una votación del grupo de noticias de Usenet es.rec.ficcion.misc celebrada en 2003. ¡Y es una opera prima!

Hay que experimentarla.

domingo, 4 de septiembre de 2005

El filósofo autodidacto

☆☆☆½

Hace años, durante una conversación en es.humanidades.filosofia, el foro de Usenet especializado en exabruptos y palabrería sin sentido, salió el nombre de Robinson Crusoe. Como siempre que se hace mención a un personaje de ficción, mis orejas virtuales se irguieron alertas. La idea del contertulio Blume (uno de los pocos que se molestaba en debatir cuestiones filosóficas en ese foro, y con mucho acierto) es que Crusoe, en realidad, nunca estuvo solo en la isla, sino que miles de generaciones anteriores a él le permitieron sobrevivir:

La idea es que lo que llamamos mente es, en realidad, una construcción colectiva. Esto, a su manera, lo dicen autores muy diferentes, desde Heidegger (pensar es agradecer) hasta los filósofos que, como D. Dennet, utilizan la teoría de la evolución para derrocar el concepto lockeano de mente (individual, como la de Dios o cada uno de los hombres) entendida como una herramienta más compleja que sus productos. La idea no es nueva, ni mucho menos, y tiene que ver con el antiguo tópico de “enanos a hombros de gigantes”. Sin embargo, a pesar de tenerla a su disposición, el racionalismo a lo Descartes ha sido demasiado influyente a este respecto, y ha propagado el mito de que la mente progresa --actúa racionalmente-- en la medida en que hace tabla rasa de la cultura (en el lenguaje de Descartes, del “prejuicio”). En realidad no hay nada en nuestras acciones que no implique una deuda con el resto de los hombres: desde abrir el grifo por la mañana hasta encender el interruptor de la luz por las noches. ¿Cómo puedo llamarme “inteligente” por tener agua corriente o luz eléctrica, cuando eso es algo que debo siempre a otros? En el ámbito de las ideas ocurriría lo mismo: ¿cuántos errores y aciertos son necesarios antes de que Einstein pueda hablar de la relatividad o Wittgenstein decir que no hay lenguajes privados?

Al hilo de todo esto me acordé de una antiquísima novela (del siglo XII, nada menos) titulada El filósofo autodidacto, novela que, en mi opinión, pertenece al fantástico (incluso, si me apuráis, al género de ciencia ficción).

Es todo un clásico. Su autor, Abú Bakr ibn Tufayl, nacido (ojo al dato) en Guadix hacia el año 1110, presentó al gran Averroes ante la corte almohade, en Marrakesh, cediéndole su puesto de médico del califa. Es muy curiosa la descripción que el propio Averroes hace de aquel encuentro, que conocemos porque se lo contó a un discípulo suyo, ibn Yahyà, que se lo contó a un historiador de la época, Abd al-Walid.

Ibn Tufayl era sufí practicante, un místico, pero también un científico, un hombre ilustrado y amante de la filosofía. El filósofo autodidacto fue su intento por unir filosofía y sufismo, poniendo la primera al servicio de un fin místico: llegar al éxtasis, al conocimiento íntimo de Dios, mediante la razón. En definitiva, un desarrollo de la idea ya apuntada por Avicena sobre las etapas que el gnóstico debe ir superando para alcanzar la unión mística, pero mostrado en forma de novela, cuyo protagonista ejemplifica el proceso. Y aquí viene lo bueno. :-)

El protagonista de El filósofo autodidacto es un tal Hayy. Hayy es, en el sentido que apuntaba Blume, el “anti-Robinson”. Aparece de pronto, recién nacido, en una isla desierta y llega a la madurez sin haber visto nunca a otro ser humano. El autor da dos posibles explicaciones de su origen (en la mejor tradición novelística, inventándolo todo): o bien Hayy era el hijo bastardo de una princesa que lo arrojó al mar para evitar el deshonor, o bien nació en la isla por generación espontánea (la explicación de Tufayl sobre cómo pudo suceder esto es de lo más divertido). Pero es un hombre, capaz de razonar. Como no tiene nada más que hacer, se dedica a hacerse preguntas y a cavilar para responderlas. En el proceso, Hayy va conociendo la realidad circundante y se adapta a ella guiado por la razón, y va perfeccionando su conocimiento de las cosas hasta ser capaz de entrar en éxtasis.

Es corto, muy agradable de leer y sustancioso. La verdad es que afronté su lectura como una obligación, pero en seguida me enganchó y lo leí con placer. Se puede encontrar una excelente edición de Emilio Tornero, con traducción de Ángel González Palencia, en la Editorial Trotta, colección Al-Andalus (por cierto, coordinada por Andrés Martínez Lorca, que fue profesor mío en la UNED y cuyos libros recomiendo), con el ISBN 84-8164-059-X.

miércoles, 17 de agosto de 2005

«Slan», de Alfred Elton Van Vogt


No soy muy dado a comentar libros. Me gustaría hacerlo más a menudo, pero me puede la holgazanería.

Es todo un arte, el del comentario literario, casi tan poco reconocido como el de escribir textos de contracubierta (esa parte del libro que mucha gente llama, erróneamente, contraportada). Aprovecho, por cierto, para enseñaros dos ejemplos de mi cosecha:

El proceso, de Franz Kafka (☆☆☆☆)

El universo literario de Kafka es una pesadilla de frustración eterna e insoslayable. Como todos, Joseph K desea algo, pero nunca obtiene nada. Está condenado al fracaso. Consciente de ello, pide el indulto y le es negado. Toda aspiración es inútil. Alrededor de este hecho central, único seguro e inmutable, gira vertiginosamente, en una brumosa espiral, en un maelstrom de irrealidad tangible, hipérbole metafórica de la estupidez humana y de lo absurdo de la realidad vivida, como en una rueca enloquecida, personajes y situaciones rocambolescas, hilos entramados en un tapiz que nos muestra la futilidad de una lucha predestinada al fracaso.


Los amantes, de Philip J. Farmer (☆☆☆½)

Los amantes es una curiosa historia de amor, un canto al poder de las feromonas, en cierto modo, pero no solamente eso; la moderna mente romántica trascenderá sin dificultad el añejo aroma escandaloso de esta novela para extraer de su narración el placer de comprobar que, como siempre, el amor sale victorioso. Pero el amor no deja de ser un instrumento de la Naturaleza para extender la vida, verdadera vencedora, como Farmer demuestra en un hábil giro final que va preparando con maestría a lo largo de la narración, haciéndoselo ver al lector con diáfana claridad. En mi opinión, una hazaña minusvalorada.

Lo malo es cuando estos textos te los pide un amigo para presentar un libro. ¿Qué pasa si no te ha entusiasmado precisamente? Pues finges que te ha encantado. :-)) Tiene más arte que limitarse a explicar tu opinión, te obliga a ser creativo. :-)))


ALGUNOS COMENTARIOS SOBRE "SLAN", DE A. E. VAN VOGT,
por Jean Mallart.

☆☆½

Nunca había leído nada de Alfred Elton Van Vogt, aunque sabía de él y de sus obras por referencias. Durante años, mi único libro de este autor, una edición francesa de El imperio del átomo, ha esperado en el penúltimo puesto de The Pila (junto con Los siete anillos de Rhea de Richard Bessière, que ocupa el último lugar). Pero, gracias a la iniciativa de diaspar, a quien Santo Tomás Moro guarde, he tenido la oportunidad de leer su estupenda Slan.

Parece increíble que esta obra fuera escrita en 1940; no da esa impresión. Aunque comparte con la literatura de la época (la “época dorada” de la ciencia ficción) muchas características, como es natural, es una historia muy moderna; tanto en su temática como en el estilo de la narración. Han pasado sesenta y cinco años, pero ha envejecido estupendamente. Es una novela llena de oficio, fácil de leer y muy entretenida... La acción se desarrolla de manera trepidante, manteniendo el suspense en todo momento, a través de una compleja trama de secretos y misterios que incitan al lector a seguir leyendo para descubrirlos. Y, además, tiene “mensaje”. ¿Qué más se puede pedir?

Bueno; se podría pedir que no compartiera con la literatura de la época tantas características... digamos “negativas”. Algunas de las explicaciones teóricas y técnico-científicas de Van Vogt son, por decirlo suavemente, un poco ridículas; sus referencias a la entonces incipiente teoría atómica, por ejemplo, son sumamente ingenuas (por no hablar de la propia telepatía). La narración, un tanto atropellada, pasa con vehemencia de una escena a otra, dejándose bastantes cabos sueltos, y tiene un aire de novela juvenil que, aunque personalmente no me molesta, puede irritar al lector más exigente.

Pero estos “defectos”, tan típicos de la Edad de Oro del género, dotan a la novela de un encanto especial, de una pintoresca cualidad. Personalmente, me encanta el sabor añejo de Slan.

Con un estilo directo y sin florituras ni excesivas intelectualidades, explicando con cruda franqueza y claridad las acciones, motivaciones y sentimientos de los personajes, Van Vogt nos cuenta la historia de Jommy Cross, un niño huérfano de nueve años... pero no un niño cualquiera. Es un niño peligroso, miembro de una raza mutante de telépatas mentalmente superdotados creada por el genial genetista Samuel Lann... Los slans.

¿Cómo no identificarse con Jommy, solo en el mundo, odiado, oprimido y perseguido por “gente inferior”, de baja estofa, envidiosa y temerosa del poder de los slans? Pero ese pobre niño es una bomba de relojería andante... ¡Y cómo deseamos que estalle! Porque sabemos que, por su superior intelecto y sabiduría, merece un puesto eminente... Curiosa manera la de Van Vogt de jugar con los deseos y aspiraciones del propio lector. Sin duda esto tuvo que ver con el gran éxito de esta novela.

El tema de Slan es ya clásico. Son muchos los autores que han tratado la aparición de una raza de mutantes con poderes mentales y su relación con la humanidad “normal”: Henry Kuttner con Mutante, Alfred Bester con El hombre demolido, Philip K. Dick con Nuestros amigos de Frolik 8 o Ubik, o Robert Silverberg con Muero por dentro y, especialmente, su serie Tiempo de mutantes, escrita en colaboración con su esposa, Karen Haber. Incluso en el comic-book de superhéroes tenemos como paradigma del mutante al doctor Charles Xavier, un telépata empeñado en lograr la integración de los mutantes con la humanidad, y que lucha con otros mutantes que pretenden dominarla. (También en Slan hay un conflicto entre los propios mutantes, separados por la facultad telepática de los slans “verdaderos”.)

Es notable también el toque negro que acompaña a la narración, algo normal si tenemos en cuenta el enorme éxito que tenía en aquella época el género policiaco. Slan es, además, una novela política, como Dune (asimismo teñida por lo paranormal), aunque debemos reconocer que en la novela de Frank Herbert los acontecimientos de esta índole están hilvanados con más sutileza y habilidad, o como Nuestros amigos de Frolik 8, de Dick, en las que se exploran con mayor o menor profundidad las consecuencias políticas de la existencia de personas con poderes paranormales (la ya mencionada serie Tiempo de mutantes del matrimonio Silverberg es un buen ejemplo de ello).

Slan tiene a veces la belleza de lo indelicado, de lo exagerado y radical, cierta bestialidad, cierta cualidad áspera que la hace atractiva, a pesar de sus defectos formales..., y así es como pienso que debe disfrutarse, sin “comerse la cabeza”... Al fin y al cabo, nosotros no somos slans.