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miércoles, 23 de noviembre de 2022

Mi «Top Five» de novelas de ciencia ficción (2022)

Siguiendo el ejemplo de mi amigo Ignacio Illarregui (y también de los colaboradores de C Julián Díez, Carlos Morgenroth, Mario Amadas, Adolfina García, Alfonso García, Ekaitz Ortega, Santiago L. Moreno y Fernando Ángel Moreno), he actualizado mi Top Five de novelas de ciencia ficción, que data de 2013.

No incluyo antologías, obviamente, pero sí fix-ups, por los que siempre he tenido cierta debilidad. Dejando también al margen bilogías, trilogías y «enelogías», como los dípticos formados por Hyperion y La caída de Hyperion (Dan Simmons) o La estrella de Pandora y Judas desencadenado (Peter F. Hamilton), la trilogía de Thistledown de Greg Bear (t.c.c. «La Vía», formada por Eón, Eternidad y Legado), la saga del Centro Galáctico (Gregory Benford) o El Libro del Sol Nuevo (Gene Wolfe), entre otras cosas, confeccioné una corta lista de títulos de los últimos 40 años, con el fin de facilitarme la tarea de elegir sustitutas para dos novelas (2) que habían perdido su posición en mi particular ranking de favoritas del género.

Esta vez, la primera elección ha sido fácil; para la segunda, he tenido que repasar y meditar largamente.

Pero vayamos por orden. La última vez que compartí en público mi Top Five, hace nueve años, era así:

  1. «Pensad en Flebas» (Consider Phlebas), de Iain M. Banks (1987).
  2. «Vurt», de Jeff Noon (1993).
  3. «Invernáculo» (Hothouse), de Brian W. Aldiss (1962).
  4. «Naufragio» (Shipwreck), de Charles Logan (1975).
  5. «La mano izquierda de la oscuridad» (The Left Hand of Darkness), de Ursula K. Le Guin (1969).

Para empezar, he dejado caer a Naufragio. Me sigue pareciendo notable y la recuerdo con emoción, pero en la última década he leído unas cuantas que son mejores y, sobre todo, me han gustado más, que es de lo que se trata. En su lugar he elegido un fix-up que me maravilló en su momento y me sigue trayendo gratos recuerdos desde que lo leí, allá por el verano de 2015: Diáspora, de Greg Egan.

Diáspora me parece mejor que Naufragio con diferencia, aunque debo reconocer que al principio me costó entrar en la historia. El comienzo me pareció muy complicado y, francamente, para alguien de letras como yo, un latazo. (Vale, es hard science fiction, o sea, ciencia ficción “dura”..., “durísima”, vamos; yo creo que aquí hard se podría traducir, con más propiedad, como “difícil”).

Afortunadamente, la edición de AJEC se benefició de la corrección de estilo de Sergio Mars. Me imagino que su labor resolvió bastantes problemas; la traducción debió de ser muy compleja y sospecho que, sin la colaboración del escritor valenciano, la cosa podría haber sido un tremendo quilombo.

En fin, menos mal que insistí. Después de los primeros baches teóricos, la historia me fue atrapando más y más, casi sin poder soltar el libro, hasta completar su lectura en una especie de éxtasis místico, completamente encandilado.

Diáspora tiene momentos memorables, desbordantes de maravilla, que agradecí especialmente después de la pequeña decepción de Zendegi (2010), mi anterior lectura de Egan, de la que esperaba mucho más tras leer la excelente Ciudad Permutación (1994) y la antología Axiomático (1995), una de las más importantes de los años 90. Sin entrar en spoilers, flipé con lo de las alfombras de Wang (fascinante), con la estatua de los Transmutadores (me voló la cabeza) y otros portentos imaginativos que se van desgranando en la novela.

Como he señalado, al principio pensé que tendría que estudiar física para poder entenderla, pero Egan se las arregla para ir preparándote a medida que vas leyendo, explicando las cosas sin excesivos info-dumps que, personalmente, suelo detestar (es una de las razones por las que no suelo aguantar a Kim Stanley Robinson, por ejemplo). Egan es de los que instruyen deleitando, al menos en esta novela.

No es una novela perfecta, ni mucho menos; tiene el problemilla del comienzo excesivamente árido, el fix-up impone cambios muy acusados tanto en la trama como en el ritmo, que quizá se acelera demasiado en el último tramo... Pero a mí me encantó.

En fin, tras el primer cambio la cosa quedaba así:

  1. «Pensad en Flebas» (Consider Phlebas), de Iain M. Banks (1987).
  2. «Diáspora» (Diaspora), de Greg Egan (1997).
  3. «Vurt», de Jeff Noon (1993).
  4. «Invernáculo» (Hothouse), de Brian W. Aldiss (1962).
  5. «La mano izquierda de la oscuridad» (The Left Hand of Darkness), de Ursula K. Le Guin (1969).

Después de esta primera enmienda estuve pensando mucho en el asunto, buscando obras que me hubiesen gustado especialmente y tratando de imaginar si las que me entusiasmaron en su día lo harían hoy en la misma medida. Hay libros que, en su momento, no me satisficieron mucho y que, con los años y las relecturas, han acabado pareciéndome magistrales, como Excesión (Excession, 1996), de Iain M. Banks (uno de mis escritores favoritos), y otras que me fliparon de jovencito y ahora me parecen buenas, sí, pero como tantas otras.

Creo que un buen ejemplo de esto último es la primera novela que he retirado en esta ocasión de mi Top Five: Naufragio, de Charles Logan, reemplazada por Diáspora. En su día, siendo aún adolescente, la primera y última novela de Logan me emocionó tanto que, en el instante de acabarla, me puse a releerla. Hoy en día, no estoy seguro de que hubiera reaccionado así. Probablemente, no.

Después de encargarme de Naufragio me quedaba hacer otro cambio, el más difícil: Invernáculo, de Brian W. Aldiss. Sigue siendo una de mis predilectas, pero hay otras que pondría al mismo nivel y que podrían haber estado en su lugar perfectamente.

El primer ejemplo que me viene a la cabeza es El Señor de la Luz, de Roger Zelazny, que ya estuvo en su día (hace muchos años) en mi Top Five. Ahora que lo pienso, podría publicar otra entrada titulada «Novelas de ciencia ficción que no están en mi Top Five de favoritas pero podrían caber perfectamente en mi Top Ten» y meterla ahí. Y otra con el título «Novelas de ciencia ficción que no están en mi Top Ten de favoritas pero podrían caber perfectamente en mi Top Fifty». Y así hasta las 1000. Igual lo hago. (Nope).

Voy a comentar, eso sí, dos de esas novelas que han estado a punto de entrar en mi Top Five; creo que merece la pena detenerse un poco en ellas. Y también, de paso, otro par de obras importantes que, por razones ajenas a su calidad, no han llegado a calarme como podrían haberlo hecho (a pesar de tener todas las cosas que más me suelen gustar) y que, por tanto, no están entre mis cinco preferidas (perdón por insistir, pero os recuerdo que no se trata de las que me parecen mejores, sino de las que más me gustan a mí).

Probablemente la más importante de estas últimas (y una de las mejores, en general) sea Cismatrix, de Bruce Sterling.

No es Cismatrix, soy yo. La novela es fenomenal y tiene todos los ingredientes para encantarme. Estoy seguro de que, si la hubiese leído con 18 años o así, llevaría desde entonces en mi Top Five. De hecho, leí algunos cuentos de Sterling en mi juventud, gracias a la antología Crystal Express (Ultramar, 1992), que siguen siendo de mis favoritos.

Entonces, ¿cuál es el problema? Simplemente, que la pillé muy tarde. Originalmente publicada en 1985, no apareció en España hasta 20 años después. Demasiado tiempo, lamentablemente. En el ínterin, varias novelas grandemente influenciadas por Cismatrix (y también por los cuentos ambientados en el mismo universo) fueron apareciendo en nuestro mercado y, cuando la seminal novela de Sterling apareció por fin, la fiesta ya estaba terminando y mucho nos sonaba a repetido, cuando en realidad, en su momento, fue una gran pionera. Una pena, la verdad.

Otra novela seminal muy importante que no pude apreciar como es debido es ...Y mañana serán clones (The Ophiuchi Hotline, 1977), de John Varley.

En este caso no fue el libro lo que llegó tarde, sino yo. ...Y mañana serán clones es un fix-up de varios relatos y, antes de poder conseguir el libro (cosa que no fue fácil, porque no se había reeditado desde 1978 y los ejemplares disponibles eran muy escasos), ya me había leído casi todo en distintas antologías y revistas. Si no, probablemente sería de mis favoritas, porque tiene también todo lo que me suele entusiasmar. Por ponerle un pero, quizá se le vean demasiado las costuras al fix-up... No sé, realmente no puedo juzgarlo adecuadamente, porque mi lectura de la novela estuvo condicionada por el hecho de haber leído y releído los relatos que la conforman durante más de veinte años. Lo que sí puedo decir es que esos cuentos (y otros trabajos de Varley que no forman parte de su universo de los Ocho Mundos, como la novela corta La persistencia de la visión) me siguen pareciendo de lo mejorcito (mención especial para El fantasma de Kansas, que es uno de mi relatos* favoritos).

[*Aquí uso la palabra «relato» con el sentido de cuento largo, el equivalente a novelette en inglés].

Dicho esto, a modo de justificación, por si alguien se pregunta por qué no están en mi quinteto preferido Cismatrix o cualquier otra novela (generalmente, por haberla leído en condiciones desfavorables o, simplemente, por habérseme escapado), pasemos ahora a esas novelas que sí han estado a punto de reemplazar a Invernáculo en mi Top Five.

Hay muchas novelas magníficas que podría haber escogido. Pensando en ello he recordado un montón de títulos, la mayoría del siglo XX. Sin ir más lejos, las ya mentadas Excesión y Ciudad Permutación. Sin embargo, por mucho apego sentimental que tenga por estas y otras novelas del siglo pasado como Los genocidas (Thomas M. Disch, 1965), Neuromante (William Gibson, 1985), Cyteen (Carolyn J. Cherryh, 1988), Un fuego sobre el abismo (Vernor Vinge, 1992), La Era del Diamante (Neal Stephenson, 1995), La quinta cabeza de Cerbero (Gene Wolfe, 1972) y muchas otras, sobre todo de los años 80 y 90, tengo que reconocer que el presente siglo me ha dado algunas lecturas maravillosas, que no tienen nada que envidiar a sus prestigiosas predecesoras y que, en algún caso, superan a casi todas en mi preferencia.

Una de ellas es El Río de los Dioses (2004), del británico Ian McDonald.

El autor nos pinta un mundo terriblemente fascinante en un entorno bastante exótico, una India futura (el río de los dioses del título, lógicamente, es el Ganges) en la que está a punto de armarse una buena marimorena.

Ian McDonald piensa a lo grande. Movidas tochas, que no falten. Esta novela tiene de todo, pasa de todo, es un no parar. Esta es una de las características que me atraen particularmente, que pasen muchas cosas. Y que haya algo muy gordo en juego, también. Aquí lo hay.

Personajazos que se ven atrapados en la historia, metidos en jaleos, uno detrás de otro. Ritmo frenético. Lucha, conflicto. Drama. Variedad, inventiva. Todo eso me encanta. Todo eso lo hay en Cismatrix (que lamentablemente leí a destiempo, como ya he contado) y en muchas de mis novelas favoritas como, sin ir más lejos, Pensad en Flebas.

Al final todo confluye, como los afluentes de un gran río. Ver cómo el aparente sindiós adquiere sentido es muy satisfactorio. El Río de los Dioses es un follón, sí, pero es un follón maravilloso.

Otra obra del siglo XXI que me encanta es Accelerando (Charles Stross, 2005), quizá mi favorita de las últimas dos décadas. Otro escritor británico, otro fix-up.

Hay novelas que manejan material especulativo como para escribir cinco o diez más. Accelerando es una de ellas. Esta es una de las cosas que más me atraen de la ciencia ficción: la audacia conceptual. Meter un montón de ideas alucinantes en una coctelera literaria y menearla «con alegre desparpajo», como decía el blurb de The Library Journal sobre Accelerando.

Me encanta sentirme arrollado mentalmente, que me secuestren de la realidad suspendiendo mi incredulidad y me vuelen la cabeza saturando mi sentido de la maravilla. En una palabra, flipar.

Recuerdo la primera vez que sentí la emoción de experimentar una gran avalancha imaginativa echándose sobre mi cerebro; fue con La Voz de su Amo, de Stanislaw Lem, que sigue siendo una de mis novelas predilectas desde que la leí allá por 1992.

Muchas de mis favoritas comparten esto, ya digo. Cismatrix (Sterling) e ...Y mañana serán clones (Varley) son así y, si no fuera por lo que ya he explicado, seguramente estarían entre ellas. Ya he hablado de Diáspora y Ciudad Permutación (Egan), otras que tal bailan, y de El río de los dioses (McDonald). Pensad en Flebas y Excesión (Banks) también lo tienen. Desbordan «cienciaficcina», esa sustancia misteriosa repleta de imaginación y especulación que da al género su sabor particular.

El despendole inventivo de Accelerando es impresionante. En 2005, cuando salió (o, mejor dicho, cuando su autor la liberó, porque la compartió gratis en Internet), Stross llevaba un lustro fermentando, en una serie de cuentos, las nociones que acabaría mezclando y sirviendo en la novela. Y vaya mezcla le salió.

Sus temas principales son la singularidad tecnológica y la transhumanidad, en una aventura que parte de lo individual para ir desarrollándose a escala cósmica. Otra coincidencia con otros autores que me entusiasman: Stross piensa a lo grande.

Es compleja, es profunda y, encima, es una novela de aventuras de lo más entretenida.

Con algunas dudas, estuve a punto de meter esta obra en mi Top Five. Quizá Accelerando no concite demasiado consenso, pero (again) esta lista va de novelas que me molan a mí. Al final, me ha dado más satisfacción que otras quizá de más enjundia como Anatema (Neal Stephenson, 2008), La chica mecánica (Paolo Bacigalupi, 2009) o Embassytown: La Ciudad Embajada (China Miéville, 2011) o, incluso, El Río de los Dioses.

¿Más que Invernáculo? Creo que sí. ¿Más que Ciudad Permutación? Por ahí le anda. ¿Más que Excesión? Sinceramente, no.

No creo que os sorprenda, después de haberla mencionado varias veces, y menos si me habéis leído en Facebook. Al final he cedido a la tentación, a costa de repetir autor, y he colocado a Excesión en mi Top Five.


Ya he explicado algunas cosas que me gusta encontrar en una novela de ciencia ficción. Sé lo que me gusta y nunca me canso de ello. Un ejemplo de esto es lo bien que me lo he pasado este año leyendo los diarios de Matabot/Murderbot de Martha Wells; no se me han hecho cansinos en ningún momento. Si algo me gusta, quiero más. Y un escritor que me proporcionaba regularmente buena mercancía era Iain Menzies Banks. Desgraciadamente falleció en 2013, víctima de un raro cáncer de vesícula, y me quedé sin suministro.

Después de las tres primeras novelas de su serie de La Cultura, que fueron publicadas en España por Martínez Roca, Excesión y otras novelas de Banks fueron editadas por La Factoría de Ideas, también conocida como La Fechoría en ciertos círculos, una empresa editorial (EMHO) muy poco seria. A menudo encontramos en sus libros algo que lamentar y, desde luego, este no es una excepción. Aunque tampoco es que las ediciones de Martínez Roca fueran maravillosas, la verdad. Recuerdo un fallo muy gordo justo al principio de Pensad en Flebas que... Bueno, vamos a dejarlo, que ahora no toca.

Como muestra, un botón: En 2010, durante una de mis numerosas relecturas de Excesión, me di cuenta de que se había traducido a partir de un escaneo pirata de la edición original, con erratas de OCR y fallos de maquetación, de un aficionado que se hacía llamar “HugHug”. [Gracias, “HugHug”, que el Monstruo de Espagueti Volador te conserve los ojos (en un tarro con formol, después de arrancártelos con una cuchara)]. Naturalmente, tratándose de una edición de La Factoría de Ideas, los errores de “HugHug” pasaron a la traducción. ¡Vaya tela!

Excesión ya es bastante complicada como para, encima, dificultar más su lectura con la inclusión de errores heredados de un OCR mal hecho, con una maquetación incorrecta y, para más INRI, incómoda de leer, mal diseñada: caja demasiado grande, cuerpo de letra demasiado pequeño... Me entristece que una novela tan estupenda haya sufrido semejante maltrato. Todo por ahorrarse pasta, sobre todo en el papel, que encima es pésimo, bajando de las 450 páginas de la edición original hasta las 350, y eso que los textos en inglés suelen “engordar” al ser traducidos al castellano. Traducción, por otra parte, que no está mal pero podría haberse beneficiado de una buena corrección.

Chapuzas así han sido habituales en La Factoría de Ideas, casi marca de la casa. Recuerdo un caso especialmente sangrante: Galveston, la obra maestra de Sean Stewart ganadora del World Fantasy Award, que la descuidada edición de esta editorial devaluó en gran medida, convirtiéndola prácticamente en un bodrio plagado de erratas y mal escrito. La calidad literaria de la traducción desmerecía mucho la del original y resultaba evidente que no había pasado por el más mínimo filtro profesional (corrección de estilo, ortotipográfica, etc.) que cabe esperar de una editorial seria. Una verdadera lástima.

Por otra parte, tropelías como esas fueron las que me animaron, en buena medida, a leer en inglés (una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida). Otro de los motivos de peso fue, precisamente, poder disfrutar de las novelas de Banks que su muerte había dejado sin publicar en España (obras que, a día de hoy, siguen inéditas en nuestro idioma). Para este comentario he querido volver a la edición española y me ha sido imposible; ya solo ver de nuevo la anchura de la caja de texto, con ese cuerpo de letra minúsculo que hace de cada línea un sufrimiento interminable, me ha disuadido y me ha impulsado a releerlo en su versión original, con lo que gana muchos puntos.

Excesión es una novela exigente. En mi primera lectura no me enteré de la misa ni la mitad, pero no fue culpa del libro (bueno, un poco sí, por lo que ya he comentado; quiero decir que no fue culpa de Banks, sino mía); iba desprevenido y me la pegué. He visto por ahí críticas de que es «un lío»; en realidad no es así ni mucho menos. Tiene una estructura perfecta. Simplemente, hay que estar atento, porque tiene muchísimos detalles, la trama es compleja, tiene muchos personajes y te puedes perder.

No me pasó como con Diáspora, que me resultó difícil de leer solo al principio. Excesión se me resistió todo el rato. Cuando pasé la última página, me quedé algo confuso, con la sensación de haberme perdido muchas cosas. Seguro que la edición tuvo algo que ver en eso, porque la maquetación convierte la lectura de esta novela en una actividad más ardua de lo necesario, pero más tarde me di cuenta de que quizá no la había encarado de la manera más adecuada.

Tuve una reacción parecida después de ver Primer, la película de Shane Carruth sobre viajes en el tiempo, ganadora del Premio del Jurado en el Festival de Cine de Sundance de 2004. En 2008, el crítico Mike D'Angelo escribió en la revista Esquire: «cualquiera que se jacte de entender completamente lo que está pasando en Primer después de verla solo una vez, es un superdotado o un mentiroso». No intento compararlas; la trama de Excesión es enrevesada, pero no tanto. Solo trato de transmitir mi perplejidad después de leerla.

En un principio eché la culpa a la novela. Pero luego me percaté de que, sencillamente, no la había leído bien. Excesión no es la típica space opera llena de batallitas que puedes devorar pasando páginas a toda velocidad y sin pensar. No digo que ese tipo de historia no me mole, ojo; me lo he pasado pipa leyendo series enteras en ese plan como la Saga de Chanur (de la gran C. J. Cherryh), pero esto es otra cosa.

Banks me había pillado desprevenido. Tal vez esperaba algo en la línea de otras obras suyas de ciencia ficción, más asequibles, claras y directas, como mi adorada Pensad en Flebas (para mí, como digo siempre, la space opera definitiva), o El jugador (1988). Fue un error por mi parte. Excesión es una novela sofisticada, para paladares exigentes, un poco en la línea de la aclamada (y, para mí, lo reconozco, no muy satisfactoria) El uso de las armas (1990), pero más refinada, y se merece paladearla y disfrutarla despacito.

Con cada relectura, mi opinión sobre Excesión ha ido mejorando en progresión geométrica.

Así, mi Top Five queda, por ahora, como sigue:

  1. «Pensad en Flebas» (Consider Phlebas), de Iain M. Banks (1987).
  2. «Diáspora» (Diaspora), de Greg Egan (1997).
  3. «Excesión» (Excession), de Iain M. Banks (1996).
  4. «Vurt», de Jeff Noon (1993).
  5. «La mano izquierda de la oscuridad» (The Left Hand of Darkness), de Ursula K. Le Guin (1969).

Ojo, repito una vez más: no son las cinco mejores, sino las que más me han gustado hasta el momento. Y ojalá la lista cambie otra vez, más pronto que tarde; eso implicará haber disfrutado con la lectura de más obras maestras de mi género preferido. Sigue siendo una lista bastante viejuna; la novela más reciente tiene 25 años. Seguro que hay por ahí un montón de ellas capaces de desbancarlas, o eso espero.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

¿Criterio? ¿Qué es eso?

Algunos comentaristas de novelas que veo por la red parecen tener unos criterios de evaluación tales que así:

  • ● Tiene sus defectillos pero no está mal; es entretenida.
  • ★ Muy buena, la recomiendo a todos los fans del género.
  • ★★ Excelente, se la recomiendo a todo el mundo.
  • ★★★ Maravillosa, mucho mejor que la película; esta incluso la tengo en papel (no tuve corazón para vender el ejemplar del servicio de prensa de la editorial en el mercadillo dominical).
  • ★★★★ Magistral, trasciende el género; la compré en tapa dura aunque ya tenía la tapa blanda del servicio de prensa.
  • ★★★★★ Una de las novelas fundamentales de la literatura universal, la tengo retractilada y sin abrir en mi estantería/altar y me masturbo pensando en su autor/a.

Y no miro a nadie.

viernes, 4 de octubre de 2013

Críticas, reseñas, comentarios...

Yo siempre digo que casi no escribo críticas ni reseñas; son, simplemente, comentarios en los que expreso mi opinión. ¿Por qué? Veamos las semejanzas y las diferencias.

La crítica y la reseña implican un examen de la obra; en el primer caso, este se acompaña de un dictamen; en el segundo, no (se limita a informar). La opinión pasa directamente al juicio, no requiere que se acompañe de una descripción ni necesita contener más información que el resultado del dictamen.

En mis escritos de opinión, como muchos colegas opinadores de la red, no profundizo en el examen de la obra ni en la información sobre la misma, ni me molesto en ello, porque no soy crítico; soy un aficionado que da su opinión.¹ Esto lo tengo clarísimo, pero otros no. Por eso me mosquea que alguien se meta conmigo porque no he hecho un examen detallado y equilibrado y emitido un juicio con el debido rigor. Perdone usted, don profesional; yo me limito a opinar y a aderezar mi opinión con algunos datos y examino lo que me sale de los cojones con el rigor que me da la gana, porque esto es un país libre que garantiza la libertad de expresión (con los límites un tanto rigurosos que marca la ley; por ejemplo, no puedo llamar gilipollas al autor o puto incompetente al editor, lo cual a veces es un dolor). Yo no critico; comento.

Así que son simples opiniones, vestidas con los datos que me parece adecuado destacar, con el nivel de análisis que me apetece y el rigor que me permite mi pereza mental en ese momento. Y punto.



¹ A veces hay que subrayar lo obvio. Entiéndase como apéndice anejo al aviso con que comencé este blog.




ANEXO (28 de junio de 2014):

Dije que la crítica y la reseña implican un examen de la obra; en el primer caso, este se acompaña de un dictamen; en el segundo, no (se limita a informar). Y lo mantengo. No lo digo yo; basta con consultar el diccionario.

Alguien podrá aducir, y se ha hecho, que el examen de la obra incluye su valoración. Pues no; no si nos atenemos a la definición de examen, aunque el análisis de las cualidades de una obra (buenas o malas) puede dar pie a ello y en una crítica, efectivamente, así es y así debe ocurrir. Pero no en una reseña.

La definición de crítica hace alusión explícita al juicio, es decir, a la valoración. Pero una reseña no es más que una noticia (generalmente breve), antiguamente solo en medios impresos, que da cuenta de la aparición de un libro de tal autor y dedica unas lineas a describirlo; es un término periodístico. Lo que pasa es que a muchos les da cosica decir que hacen críticas y prefieren “reseña”, que se parece a review (es más cool y ya se sabe que lo guay mola) y suena más suave.

Si uno no quiere que le acusen de ser un crítico, ese oficio tan denostado, porque no se siente capacitado o lo que sea, puede decir que escribe comentarios. Es lo que hago yo. Pero si llamamos reseña a lo que no lo es, ¿cómo llamar a las que sí lo son? Pobrecillas, se quedan sin nombre. :-P Se produce una confusión innecesaria. Al final, por no confundir un comentario con una crítica, se confunde con una reseña.

Pero eso ya es cuestión de cómo se tome cada cual el respeto al idioma y lo hipster que sea uno.

lunes, 10 de junio de 2013

Mi «Top Five» de novelas de ciencia ficción

Hay que ver lo que nos gusta a los frikis hacer listas. Recuerdo que cuando era un chavalín imberbe recopilaba como loco todos los nombres de autores de ciencia ficción que podía. Los sacaba de catálogos, principalmente, pero aprovechaba cualquier mención en prensa o televisión para añadir más nombres, con el fin de indagar luego sobre ellos en las librerías o en la biblioteca (otra fuente inestimable: las solapas de los libros y las páginas sobrantes dedicadas a publicidad). Todavía conservo esas listas mecanografiadas en mi vieja Olivetti, ¡qué tiempos!

Pero las listas de los cinco mejores de lo que sea, desde luego, se llevan la palma. ¿Recordáis aquella aplicación para Facebook de hace años? Qué gratos momentos haciendo listas de las cinco marcas de cerveza favoritas, las cinco estrellas del porno favoritas de los 80, las cinco estrellas del porno favoritas de los 90...

Hace algo menos de un año publiqué un post sobre mis cinco relatos favoritos de ciencia ficción y, con el correr de los meses, se ha convertido en el más visitado del blog. Así que, para celebrarlo, me he puesto a pensar en mis cinco novelas favoritas de ciencia ficción.

Con las novelas me ha costado bastante decidirme. Las tres primeras las tengo clarísimas, pero los otros puestos se los disputan unas cuantas obras. Si confeccionara este «Top Five» mañana, seguramente el resultado sería diferente.

Naturalmente, ya he hecho este ejercicio anteriormente, varias veces. Con los años la lista ha ido cambiando; se han ido cayendo libros y han ido entrando otros nuevos. Recuerdo que hace diez o quince años Pórtico (de Frederik Pohl), Dune (de Frank Herbert) y Estación de tránsito (de Clifford D. Dimak) ocupaban el podio; sin embargo, ahora no entrarían siquiera en el «Top Ten». Nuevas lecturas y un creciente refinamiento de mis gustos han ido desplazando esos clásicos a puestos inferiores. Por supuesto, me sigue encantando Estación de tránsito, que me parece la obra maestra de Simak; le tengo un cariño especial y la sigo recomendando, igual que las otras. Pero llegaron otros títulos que los fueron desbancando, como la devastadora Los genocidas (Thomas M. Disch), la inteligente Lengua materna (Suzette Haden Elgin), la vibrante Neuromante (William Gibson), la genial La voz de su amo (Stanislaw Lem), la rutilante Hyperion (y su continuación, La caída de Hyperion, de Dan simmons)...

En fin, aquí está mi «Top Five» de novelas de ciencia ficción de hoy, 10 de junio de 2013:


Pensad en Flebas

Pensad en Flebas / Consider Phlebas, de Iain M. Banks (1987).

Para mí, la novela de space opera definitiva. La cumbre del género. Una montaña rusa repleta de sentido de la maravilla, personajes memorables, acción a raudales, humor, violencia, aventura, alienígenas, naves inteligentes, asesinos cibernéticos, persecuciones, suplantaciones de identidad, partidas de cartas mortales, batallas espaciales, tiroteos, explosiones de todo calibre, abordajes, saqueos, asaltos, rescates in extremis, espionaje, tragedia, desesperación, melancolía, choque de civilizaciones, y visto desde el punto de vista del “malo”, uno de los mejores y más carismáticos personajes que ha dado el género.

Pero no es solamente una space opera clásica llena de acción e intriga. Es sorprendentemente profunda (sorprendente la primera vez que lees a Banks, enseguida te acostumbras a su estilo, es lo que tiene lo bueno). Es desvergonzadamente alocada y palpitante, pero también es capaz de sobrecogerte y emocionarte con gran sutileza, está soberbiamente escrita (a diferencia de tantas obras del género) con una prosa deliciosa, diálogos brillantes e imágenes alucinantes. Y todavía le da tiempo a realizar una reflexión sobre la guerra, el fanatismo y el sentido de la vida en un universo en que cualquiera puede vivir el tiempo que quiera en las condiciones que le dé la gana. Lo tiene todo, T-O-D-O.

La space opera es mi debilidad, así que esta tenía que ser la primera. Como muchos sabéis, adoro a Banks, nunca estaré lo bastante agradecido a Miquel Nicolás (Neko en es.rec.ficcion.misc) por dármelo a conocer. Es más, me ha costado no meter más cosas suyas en esta lista.

Cada vez que leo esta novela me reafirmo en lo maravillosa que es. Es mi novela de ciencia ficción ideal.

Unas horas después de escribir las líneas de arriba, me he enterado del fallecimiento de Iain Banks, víctima de un cáncer. Es una gran pérdida. Sólo tenía 59 años. Vaya esta entrada como homenaje temprano a su figura excepcional. Próximamente intentaré dar un repaso a su trayectoria literaria, algo que le debo desde hace muchos años.

Vurt

Vurt, de Jeff Noon (1993).

Poco puedo añadir a lo que ya expuse en mi blog hace ocho años. «Original, salvaje, seductora, tiernamente punk». Ganadora del Arthur C. Clarke Award de 1994 con toda justicia. A pesar del tiempo transcurrido, ninguna obra ha sido capaz de desbancarla de su sitio. Jeff Noon es un auténtigo mago.

Últimamente ha “resucitado” creativamente, después de unos años de confusión y problemas personales que parecen superados, algo de lo que me alegro enormemente. Acaba de presentar una nueva obra, Channel SK1N, que espero leer pronto, y de vez en cuando me alegra el día en Twitter con sus preciosas “microesporas”.

Vurt tiene una secuela, la lisérgica Polen, y una precuela inédita en castellano, Nynphomation, pero aunque están muy bien escritas no son tan arrolladoras como Vurt. Por cierto, esta novela también me la recomendó Miquel Nicolás (gracias, tío).

Vurt

Invernáculo / Hothouse, de Brian W. Aldiss (1962).

Para mí, la mejor novela de ciencia ficción de Brian W. Aldiss, un fix-up compuesto por cinco relatos largos (novelettes) publicados en The Magazine of Fantasy & Science Fiction que, curiosamente, fueron premiados con el Hugo al mejor relato en su conjunto. Yo lo cuento como si le hubieran dado el Hugo a la mejor novela (que ese año ganó Heinlein con Forastero en tierra extraña).

El autor sitúa la acción en un remotísimo futuro, en una Tierra salvaje cuyas formas de vida (humanidad incluida) han evolucionado a formas completamente diferentes de las actuales (en esta novela, los hombrecitos verdes somos nosotros, por la adaptación al medio vegetal circundante). El esfuerzo de imaginación de Aldiss es simplemente abrumador. La ecología que se curra, dominada casi absolutamente por el reino vegetal, es maravillosa. James Blish (autor de la excelente Un caso de conciencia, premio Hugo 1959) señaló una vez, un tanto contrariado, que la configuración del sistema Tierra-Luna-Sol que idea Aldiss no tenía sentido, pero ante una imagen como la que se nos describe, ¡a la porra la física!, ¿qué más da? Así que la novela tiene fallos científicos, de acuerdo. Pero es por un buen motivo: así mola mucho más. :-))

La leí hace diez años y todavía recuerdo lo que sentía haciéndolo, algo muy poco habitual en mí (no tengo muy buena memoria emocional). Aventura, tragedia, imaginación, seres inteligentes no humanos (no los puedo llamar alienígenas porque son terrestres, al fin y al cabo), un toque de melancólico patetismo que siempre agradezco y un notable sentido de la maravilla son ingredientes que también están presentes en Invernáculo.

La mejor novela que leí en 2003, EMHO.

Vurt

Naufragio / Shipwreck, de Charles Logan (1975).

Tenía mis dudas sobre esta novela, pero ayer estuve en la tertulia de Santander (TerSa) y, comentándolas con mis colegas lectores de ciencia ficción, me di cuenta de que no había ningún motivo para bajarla del pedestal. Sigo sintiendo una oleada de entusiasmo al hablar con otros aficionados de esta novela singular (nunca mejor dicho, porque fue la única que escribió su autor). Quizá se debiera a la cerveza, pero lo cierto es que me emocioné recordándola, como ocurre siempre que la saco a colación.

Siempre que comento Naufragio con otros aficionados recuerdo una pequeña anécdota que, no sé por qué, olvidé mencionar en el comentario que hice hace tiempo en este blog. Decía que, al cerrar el libro, me sentía afortunado por haber podido leerla, y así fue. Pero no fue solo eso. Seguí conmocionado un par de minutos, con el libro entre las manos, rememorando lo que acababa de leer.

¡Qué hazaña la de Charles Logan! Me recordaba un poco a lo que Kevin O'Donnell había logrado en ORA:CLE, que con muy pocos personajes y una habitación construyó una novela fascinante. Pero lo de Logan iba más allá, lo superaba con creces. ¡Un solo personaje en todo un planeta!, y sin aburrir en ningún momento. Al contrario, es una aventura apasionante.

Miré el libro que tenía cerrado entre mis manos, lo volví a abrir y lo releí desde el principio.

La mano izquierda de la oscuridad

La mano izquierda de la oscuridad / The Left Hand of Darkness, de Ursula K. Le Guin (1969).

Probablemente es la novela que más tiempo lleva en mi «Top Five». Comparte con el resto de la lista ciertas características que la hacen especialmente atractiva para mí: es una space opera, está muy bien escrita, tiene sus buenas dosis de maravilla, tiene acción, intriga, personajes «más grandes que la vida», bellas descripciones de parajes exóticos (un mundo helado) y también sirve de vehículo para la reflexión. Ganadora de los dos premios mayores del género, el Hugo y el Nebula, y recogida en El Canon Occidental de Harold Bloom, la historia de Genly y Estraven no es sólo una aventura espacial, un canto a la fraternidad por encima de las diferencias y una oda a la supervivencia (otro punto en común con las otras novelas de mi «Top Five»); también es un inteligente ejercicio de especulación social, en este caso sobre los sexos y la identidad sexual, con un toque de amargura y melancolía que, no sé por qué, como ya he comentado, siempre me ha agradado (otro ingrediente común a las cinco novelas del «Top»).

Planetas lejanos, culturas exóticas, reflexiones sobre el poder y el deber, sobre el entendimiento entre gente diferente, lucha por la supervivencia, intrigas palaciegas, mucha originalidad y una historia conmovedora escrita con un estilo literario sencillamente brillante (y, algo que me importa mucho, es emotiva sin resultar en absoluto empalagosa).

Tenía que estar en la lista.

  1. «Pensad en Flebas» (Consider Phlebas), de Iain M. Banks (1987).
  2. «Vurt», de Jeff Noon (1993).
  3. «Invernáculo» (Hothouse), de Brian W. Aldiss (1962).
  4. «Naufragio» (Shipwreck), de Charles Logan (1975).
  5. «La mano izquierda de la oscuridad» (The Left Hand of Darkness), de Ursula K. Le Guin (1969).

miércoles, 31 de mayo de 2006

Y dale con el canon


No, no voy a quejarme de la SGAE (por lo menos ahora no). Lo que voy a hacer es comentar un poco por encima la lista de relatos de ciencia ficción que Yarhel ha colgado en su estupendo blog.

Me alegra la inclusión de bastantes relatos (aunque no sé si novelas cortas valen como narrativa breve, pa’ mí que no) que están entre mis favoritos. Será que no tengo tan mal gusto. Yo me considero sobre todo un lector de novela; los relatos me saben a poco y para que uno me guste ya puede ser rico, rico. Leer una novela es como zamparse un buen primer plato; el relato es una especie de entrante, canapé o pincho, según el número de palabras. Un cocido montañés, como mínimo me llena. Pero el canapé tiene que ser la pera o no vale la molestia de mancharse los dedos. Si no veo caviar de Sturgeon, se queda en la bandeja. No sé si me explico.

Lo primero que he hecho, al ver que había novelas cortas, ha sido comprobar que estuviera La persistencia de la visión. Está, vale. Al margen de la indudable calidad del jurado, es una lista decente. Ahora, a ver el resto. :-))

Voy a comentar sólo lo que me llama más la atención y tengo fresco en la memoria. Si callo sobre mi adorada Le Guin (por ejemplo), no es que no me gusten sus relatos, o sea... Es que en ese momento no se me ocurre qué decir sobre ellos.

El árbol de saliva / Brian Aldiss

No consigo ponerme en situación para leerla. La tengo desde hace años y sigue en The Pila. Yo tampoco lo entiendo.

El niño feo / Isaac Asimov

Esta me sobra; está bien, pero vamos, tampoco para echar cohetes.

Luchacruenta / Greg Bear

Hombre, era original. Buenas ideas y curiosa confección. Pero... Bueno, un par de cohetes los merece.

El hombre Pi / Alfred Bester

Los hombres que asesinaron a Mahoma / Alfred Bester

Tiernamente Fahrenheit / Alfred Bester


Para mi gusto, la narrativa breve de Bester está sobrevalorada. Su punto de inescrutabilidad seduce a los más gafapastas pero a mí no me dice nada.

El ruido de un trueno / Ray Bradbury

Quizá mi favorito de Bradbury. Pero para opinar de verdad sobre Bradbury hay que conocerlo en inglés. En España se le ha traducido “de aquella manera”.

Hijo de sangre / Octavia Butler

Bueno y original, pero tampoco para echar cohetes, EMHO. Bueno, uno sí. Mejor que El niño feo ya es.

La torre de Babilonia / Ted Chiang

A ver si saco la antología de The Pila de una santa vez. Si no tuviera tanta space opera pendiente... :-))

El centinela / Arthur C. Clarke

Pues vaya una cosa; EMHO, no vale mucho. Fue la semilla de algo grandioso... pero una bellota no es un roble, vamos.

Segunda variedad / Philip K. Dick

EMHO, lo mejor que hizo Dick en ciencia ficción.

Minority Report / Philip K. Dick

Está bien, PTPEC (cohetes no, gracias).

Podemos recordarlo por usted al por mayor / Philip K. Dick

Mediocre, supongo que lo han incluido por su valor seminal. La idea está bien pero está escrito con el culo.

La costa asiática / Thomas Disch

Tengo que leerlo. Me suele gustar Disch y este no lo conozco.

No tengo boca y debo gritar / Harlan Ellison

Jeffty tiene cinco años / Harlan Ellison


Estupendos. Creo que a Ellison no se le reconoce debidamente como escritor, al menos aquí. Cuando se ponía a ello, lo hacía muy bien.

El continuo Gernsback / William Gibson

Johnny Mnemonic / William Gibson

Quemando cromo / William Gibson


No me parecen especialmente memorables, excepto Quemando a Cromo, que tiene bastante salero.

Todos vosotros, zombis / Robert A. Heinlein

Había que demostrar que “Heil” sabía escribir cuentos.

Flores para Algernon / Daniel Keyes

Un tanto pasteloso, pero vale. En vez de un cohete, echaremos un petardo. :-P

La marcha de los imbéciles / Cyril Kornbluth

No recuerdo haberlo leído, un acto de potencia bastante escasa pues cada vez que veo el apellido Kornbluth en un libro o revista, suelto el ejemplar como si la hoja fuera de ortiga. No soporto al jodío Kornbluth.

Ya me estoy cansando. Así cualquiera hace un canon... Pones cuarenta mil relatos y seguro que aciertas con los suficientes como para convencer al lector antes de que se canse.

Voy a poner la directa.

Enemigo mío / Barry Longyear

Bien, PTPEC (no pomm).

Los reyes de la arena / George R. R. Martin

Chupi.

El camino de la cruz y el dragón / George R. R. Martin

Psché.

Acero / Richard Matheson

Nacido de hombre y mujer / Richard Matheson


De Matheson yo destacaría Desaparición. [He pedido que cierren la web, así que aprovechad.]

A continuación me limitaré a dejar constancia de mis favoritos. Esto cansa una barbaridad.

Luz de otros días / Bob Shaw

La séptima víctima / Robert Sheckley

Alas nocturnas / Robert Silverberg


Echo de menos Camino a Bizancio. Hace poco gané un adepto para la causa (un lector de mainstream de los que leen premios Nobel y Cervantes casi exclusivamente) gracias a esta novela corta, ganadora del Nebula, cuya ausencia de la lista me parece incomprensible. Se quedó acojonado y suplicando más, másss...

La gruta de los ciervos danzarines / Clifford D. Simak

Va, venga, un cohete. Tengo debilidad por Simak.

Enjambre / Bruce Sterling

Aquí faltan otras cosas del universo Formador/Mecanicista (sí, me quedo con la traducción de Marín). [Y, aunque sea fantasía, me gustaría mencionar Flores de Edo, una preciosidad.]

La polilla lunar / Jack Vance

Magistral, puro Vance y, a la vez, un prodigio literario. Además trata un tema, el de las máscaras, que me es muy caro.

La persistencia de la visión / John Varley

En el salón de los reyes marcianos / John Varley

El Pusher / John Varley

Pulse Enter [] / John Varley


John Varley es, EMHO, el mejor cuentista de la historia de la ciencia ficción. Quitaría, de todos modos, El pusher (está bien, pero le falta nervio para ser magistral) y lo cambiaría por otro que echo mucho de menos en la lista y que para mí es su obra maestra (incluso por encima del reconocidísimo La persistencia de la visión, que nunca falta en estas listas)... Hablo de El fantasma de Kansas.

Los pollos feos / Howard Waldrop

Herederos del perisferio / Howard Waldrop


...¿Y este quién coño es? :-?

Pájaros lentos / Ian Watson

Psché. Ya sé que dije que iba a seguir sólo lo que me gusta, pero le tengo manía desde Empanada alienígena.

La quinta cabeza de Cerbero / Gene Wolfe

¿Ein?

24 vistas del monte Fuji, por Hokusai / Roger Zelazny

Muy bueno, sí señor, y bastante desconocido. Habría que editar alguna antología de relatos de Zelazny, seguro que hay más relatos guapos suyos escondidos por ahí.

Echo de menos El cartero, lo mejor de David Brin (mejor dicho, lo único bueno). :-))) Y me alivia no ver El juego de Ender, que está bien PTPEC.

miércoles, 19 de octubre de 2005

El Quijote fantástico


El Quijote, en un foro dedicado al género fantástico, ¿es off topic?

Yo pienso que, por lo menos, se puede debatir sobre ello. Desde luego, materia para hacerlo, hayla sobrada.

Consideremos el punto de vista de los protagonistas, Sancho incluido (recordemos el episodio de Clavileño, por ejemplo)... Gran cantidad de las cosas que don Quijote y su escudero creen experimentar o presenciar son puramente fantásticas. Según la rebuscada idea de Todorov sobre lo fantástico (e insisto en la perspectiva de los protagonistas), sí que habría momentos de carácter fantástico, de esos en los que el edificio mental de nuestra visión de la realidad se tambalea en el terremoto de lo inexplicable.

En este aspecto, está emparentada, en cierto modo, con El perro de los Baskerville de Arthur Conan Doyle. No hay fenómenos fantásticos en sí, pero sí en apariencia, aunque de cara al lector se pierda esa magia narrativa a la que aludía Todorov en su Introducción a la literatura fantástica (que algún día comentaré).


Pero hay más. La figura clave del carácter fantástico de esta novela es Cide Hamete Benengeli.

Fijémonos, por ejemplo, en el estupor del sensato Sancho, en el capítulo II de la segunda parte, al conocer que se había escrito un libro con sus aventuras; ¡¿cómo podía conocerlas el autor?!

[...] anoche llegó el hijo de Bartolomé Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y, yéndole yo a dar la bienvenida, me dijo que andaba ya en libros la historia de vuestra merced, con nombre del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha; y dice que me mientan a mí en ella con mi mesmo nombre de Sancho Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos nosotros a solas, que me hice cruces de espantado cómo las pudo saber el historiador que las escribió.

—Yo te aseguro, Sancho —dijo don Quijote—, que debe de ser algún sabio encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre nada de lo que quieren escribir.

—Y ¡cómo —dijo Sancho— si era sabio y encantador, pues (según dice el bachiller Sansón Carrasco, que así se llama el que dicho tengo) que el autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena!

—Ese nombre es de moro —respondió don Quijote.

—Así será —respondió Sancho—, porque por la mayor parte he oído decir que los moros son amigos de berenjenas.

—Tú debes, Sancho —dijo don Quijote—, errarte en el sobrenombre de ese Cide, que en arábigo quiere decir señor.

—Bien podría ser —replicó Sancho [...].

De esto se desprende lo siguiente: ¿Acaso ellos dos, Quijote y Sancho, y todos los demás, no son más que personajes de una ficción...? Nosotros sabemos que sí. Puro Dick, oigan. :-))

Sobre el nombre de Benengeli que discuten, en el diálogo de arriba, don Quijote y su escudero, se puede especular y se ha especulado. La investigadora Luce López-Baralt, apoyándose en las tradiciones del Islam y los posibles orígenes del nombre Benengeli, realizó un análisis de la “conversación” que el propio Benengeli tiene con su pluma, con la que ha escrito la historia del Quijote, justo al final; insinúa en su sesudo artículo —El Cálamo Supremo (Al-Qalam Al-aclā) de Cide Hamete Benengeli— que Benengeli es un ser sobrenatural, una especie de ángel intermediario de la inteligencia suprema cuya voluntad determina sus destinos: el propio Cervantes, claro, y para registrarlos emplea este ángel una pluma mágica parecida al Cálamo Supremo de la tradición islámica. Es un aviso para que Avellaneda se abstenga de ofender al Divino Creador, don Miguel de Cervantes, plagiándole otra vez.

Sólo son dos ejemplos, más o menos traídos de los pelos.

Aparte, tenemos en los episodios de la cueva de Montesinos, el mono adivino de maese Pedro, la cabeza encantada de don Antonio Moreno, Clavileño, la ínsula Barataria..., elementos que, si consideramos el punto de vista de los personajes, se pueden considerar como fantásticos (siguiendo en parte a Todorov; ya sé que me repito, haced como que no os dais cuenta).

En fin, yo no acabo de aclararme, que conste. Pero, desde luego, no se puede desechar la idea con el desprecio con que he visto rechazarla a algunos ultras del pretendido realismo de la Magna Obra del Inmortal Cervantes (MOIC) en ciertos foros de literatura mainstream...

jueves, 15 de septiembre de 2005

La victoria de la evasión (disclaimer)


Con mi insistencia en la evasión puede parecer que reduzco la importancia de la fantasía a su capacidad para distraer a la gente de sus problemas. Nada más lejos de mi intención. Muchas obras de fantasía pura contienen crítica social, reflexiones políticas, enseñanzas filosóficas, etc. Pensemos, por ejemplo, ya que Nacho menciona 1984 al hilo de estas reflexiones, en la fabulosa (nunca mejor dicho) Rebelión en la granja, también de George Orwell.

Pero reconozcamos que dentro del género de fantasía hay una enorme cantidad de obras que sólo buscan eso: proporcionar una vía de escape, distraer... Igual que en cualquier otro género, desde luego; la ciencia ficción, obviamente, no es ajena a ello. Pero, entre los subgéneros del fantástico, la fantasía se lleva la palma.

Esto tiene mucha importancia para la cosa nostra, porque, no nos engañemos, lo que más vende es lo que entretiene más.

Y si en algo tiene razón Fernández-Armesto (me estoy obsesionando con este tipo, lo sé) es en el hecho de que la fantasía vende. Y en tiempos como los que nos toca vivir, se vende más aún. De eso va mi “mini-ensayo” Tiempo de cambios: crisis sociopolíticas y literatura de género, que estoy escribiendo estos días.

Quizá por eso (pero no sólo por eso; ya lo aclararé) la ciencia ficción con abundancia de elementos puramente fantásticos y grandes dosis de tontería, new-age, “buenrollismo” y corrección política («dragones buenos», como decía Jesús Palacios) tienen mejores ventas, en general, que la ciencia ficción “seria”.

Más: Tampoco digo que sea bueno evadirse por completo de la realidad. Soy un epicúreo convencido (aunque no muy consecuente que digamos) y sé que la moderación es la clave de una vida equilibrada y feliz. Nada es bueno en exceso; como dijo Aristóteles, «en el término medio está la virtud».

Pero el hecho es que hay muchas personas que, para bien o para mal, buscan esa evasión. Lo preocupante es que no haya manera de que la obtengan de libros un poco más dignos de elogio que El código da Vinci.

sábado, 10 de septiembre de 2005

Fantasía y lotofagia... o cómo confundir "ocio" con "opio".


Hace tiempo, en respuesta a un artículo del historiador Felipe Fernández-Armesto, hice un encendido elogio de la fantasía. Empleando mi mejor tono exaltado y mi famosa habilidad demagógica, di gracias a la humanidad por haberla creado. Para Fernández-Armesto, la fantasía es «el opio del ignorante y el indolente», algo pernicioso (aunque, paradójicamente, confiesa disfrutar de sus placeres). Para mí, la fantasía es un alivio maravilloso por el que hay que dar gracias.

Fernández-Armesto: «El realismo es definitivamente interesante: por ello la observación social es la base de todos los mejores libros del mundo. Cuando existe tanta realidad a nuestro alrededor, es dificil de entender por qué las audiencias se inclinan por la fantasía.»

Mallart: «Es muy fácil interesarse por la realidad cuando ocupas una cátedra en Londres; estás realizado, apenas alienado (tan poco que ni te das cuenta... y si llegas a percibirlo te encoges de hombros y piensas: “otros están peor; que me quiten lo bailao”, quizá recordando la última novela realista que leíste), trabajando en algo que te gusta. Pero para muchísima gente la realidad es una mierda.

»Hay que ser masoquista para sobrellevar una vida difícil, llena de sinsabores, de desagradables encontronazos con esa realidad que tanto interés despierta en Fernandez-Armesto, y salir a buscar otra dosis en tu escaso tiempo de ocio. El realismo es para la elite acomodada, que puede observar la triste y cruda realidad desde la barrera, sin padecerla, sin que le salpique.

Yo creo que es fácil de entender. Existe un deseo creciente de evadirse de una realidad desagradable. Siempre ha estado ahí, pero en tiempos de crisis (como los actuales), lógicamente, la necesidad aumenta. Tal vez si algunos se dedicaran a mejorar el presente en vez de analizar tan minuciosamente el pasado, ese deseo de evasión no fuese tan acuciante.

La población lectora no es ajena a esto, evidentemente.

El siglo XIX vio nacer la literatura fantástica moderna. El fantástico encontró sus primeros éxitos en las capas altas de la sociedad, la aristocracia y la rica burguesía industrial, atrapados por el romanticismo. Para ellos, la realidad era demasiado fea como para molestarse en prestarle atención durante demasiado tiempo. Pero, a nivel popular, el XIX fue el siglo del realismo. Sin televisión ni cine, las masas leían (mucho más que ahora, desde luego) y empezaban a interesarse por su clase, ya que nadie más lo hacía. Leían historias en las que autores como Zola, Hugo, Dickens o Balzac retrataban las penurias que ellos mismos podían experimentar. Quizá fuese una forma de consuelo ver que otros lo pasaban igual o peor. Quizá fuese una forma de conocerse y adquirir conciencia de clase, que falta les hacía en las condiciones en que se hallaban.

Hoy, la gente “bien” se interesa por la fea realidad, por los desfavorecidos... ¡Qué guay!... Siempre que no haya que mancharse ni tratar directamente con ellos, claro. (Recomiendo la lectura de El camino de Wigan Pier, de George Orwell; la cosa no ha cambiado tanto como pueda parecer.)

En cuanto a las masas de gente pobre, en su inmensa mayoría, ya no leen. Han encontrado otros entretenimientos, especialmente en la televisión.

Precisamente ahí es donde debería apuntar Fernández-Armestos con su dedito acusador. La tele, con su telebasura; eso es verdaderamente el opio del ignorante y del indolente: Aquí hay tomate, ¿Dónde estás, corazón?, Salsa rosa, los programas de comadreo, los culebrones lobotomizantes. ¡No Tolkien! ¡Ni Julio Cortázar! Y aquí no se me caen los anillos por generalizar como lo hizo, tan bastamente, Fernández-Armesto.