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domingo, 28 de junio de 2015

Mad Max 2²

☆☆☆☆½

Mañana volveré a ver «Mad Max: Fury Road». Creo que no os he contado mis impresiones cuando fui a verla la primera vez. Aprovecharé la chapa que le he dado a mi amigo Fran hace un momento: Es apabullante. Maravillosa.

Hay una secuencia al principio que me hizo abrir tanto la boca que me empezó a doler la mandíbula. En serio, hacía años que no me quedaba boquiabierto en el cine sin que fuera un bostezo. Esta peli tiene tal cantidad de molonio concentrado en cada fotograma que debe de ser tóxica. Es como Mad Max 2 elevado al cuadrado. Se debería titular Mad Max 2². En fin, ¡he sido testigo! Y mañana, más.

viernes, 30 de agosto de 2013

«Los Héroes», de Joe Abercrombie

☆☆☆☆½

«Los Héroes» es la quinta novela del escritor británico Joe Abercrombie, del que ya hablé aquí para comentar su novela anterior, «La mejor venganza». Ambas están ambientadas en el mismo universo fantástico que las tres precedentes, que conforman la trilogía de la Primera Ley: «La voz de las espadas», «Antes de que los cuelguen» y «El último argumento de los reyes». Como «La mejor venganza», «Los Héroes» es de lectura independiente, aunque comparte muchos detalles con las anteriores. Además, se ha confirmado la próxima publicación en España de su sexta novela, «Red Country», cuya acción transcurre también en el mismo mundo de ficción. Todas (excepto la última, claro) están editadas por Alianza. ¹

Si la trilogía de la Primera Ley era una fantasía épica pura y dura en clave de low fantasy (en el sentido rolero) con su bárbaro, su mago, su príncipe, su chica guerrera, sus intrigas palaciegas, su espada mágica y su señor oscuro, sus torres, asedios, batallas y demás parafernalia, pero pasada por el filtro realista de Abercrombie, en sus otras novelas el autor británico ha practicado con alegría la mezcla de géneros encontrando su inspiración, principalmente, en las películas de acción de los años 60 y 70.

Así, «La mejor venganza» es, como indica su título español, una clásica historia de venganza inspirada en el hard boiled criminal y el spaguetti western, heredera de “vendettas” cinematográficas como «A quemarropa» (una referencia a la que hizo alusión el propio Abercrombie, en el Festival Celsius 232 celebrado este verano en Avilés), «Coffy», «Lady Snowblood», «De hombre a hombre» o «El gran Silencio». Por su parte, «Red Country» es una especie de western crepuscular que recuerda un poco a «Centauros del desierto», con elementos de las películas de spaguetti western y de exploitation antes mencionadas. Todo ello, naturalmente, en clave de Espada y Brujería; más espada que brujería, eso sí, algo típico de las novelas de Abercrombie. Una mezcla de lo más espectacular.

En «Los Héroes», Abercrombie nos ofrece una novela de guerra inspirada en el cine bélico de los 60 y 70. En todas sus novelas hay ecos del trabajo de directores como Samuel Fuller o Sam Peckinpah pero parece que, en este caso, la inspiración le vino directamente de dos películas basadas en novelas de Cornelius Ryan: «Un puente lejano» (de nuevo mencionada por Abercrombie en su encuentro con los lectores en Avilés) y «El día más largo».

Si habéis leído alguna novela de Cornelius Ryan o James Jones (mi favorito de este género, con obras maestras como «La delgada línea roja» (t.c.c. «Morir o reventar»), «De aquí a la eternidad» o «Silbido», ambientadas en la II Guerra Mundial), podéis haceros alguna idea de lo que os espera en este libro.

«Los Héroes» narra las vicisitudes de un conflicto de tres días entre tropas de la Unión, una civilización de nivel renacentista, y una coalición de hombres del Norte, semibárbaros, liderados por el temible Dow el Negro, un personaje al que conocimos en la trilogía de la Primera Ley. Un punto que tiene en común esta novela con otras de Abercrombie es que suelen compartir personajes, aunque su protagonismo varía mucho de novela en novela. Sin embargo, como en el caso de «La mejor venganza», no es necesario haber leído las anteriores para disfrutar de ella.

En «Los Héroes», la intención del autor era dar un tratamiento más realista a las típicas batallas de fantasía, que generalmente son narradas de manera muy superficial. Desde luego, ha logrado totalmente su objetivo. Aplicar las técnicas narrativas del género bélico al género de la fantasía épica ha sido un gran acierto; creo que nunca se había hecho antes con tanto empeño, y el resultado merece la pena. Personalmente, nunca había visto una batalla tan bien contada en una novela de fantasía.

Otro objetivo de Abercrombie era examinar con atención y detalle el concepto de héroe, un tipo de personaje tradicional en el género de fantasía (de hecho existe todo un subgénero, hermano de la fantasía épica, conocido como fantasía heroica). ²

Una pista del enfoque elegido por Abercrombie nos la da el propio título de la novela. No se refiere a nadie; Los Héroes es el nombre de un monumento lítico que domina una pequeña colina; es un topónimo, como El Álamo (lugar de una importante batalla, crucial en la guerra de independencia de Texas, que tuvo lugar en 1836). En «Los Héroes» no hay héroes de una pieza, a excepción de esos grandes trozos de piedra. El modelo de héroe tradicional de la fantasía épica es diseccionado y analizado en todas sus partes hasta las últimas consecuencias. Abercrombie hace en esta novela un verdadero estudio sobre el heroísmo, explorando y explotando todas sus posibilidades a través de los personajes, con su afán iconoclasta de siempre.

A Joe Abercrombie lo mueve, en buena medida, un impulso de innovación; siempre intenta aportar algo nuevo al género de la fantasía épica. En la trilogía de la Primera Ley quiso aportar un “plus” de verosimilitud en los personajes, los diálogos, los combates, incluso la magia. El resultado es que el esfuerzo que el lector debe hacer para suspender su incredulidad es menor, así que se engancha mucho más a la narración y, cuando lo maravilloso surge, el efecto es mucho más potente.

Joe Abercrombie puebla sus novelas con personajes llenos de vida, con sus complejidades psicológicas y emocionales; la acción, salvaje, soberbiamente narrada, está salpicada de momentos de calma donde brilla el humor negro de los diálogos, frescos y naturales, y todo ello está aliñado con una interesante falta de escrúpulos morales (como la vida misma), algo que para mí siempre es de agradecer. Son novelas corales, en las que el protagonismo se reparte a lo largo de un buen número de páginas (nunca bajan de 700). «Los Héroes» no es una excepción; cumple con todo lo que acabo de referir. Pero, además, el estilo de Abercrombie está más depurado, se nota un progreso en su manera de narrar. Es, creo, su obra más redonda.

¡La recomiendo!



¹ La publicación de «Tierras rojas» (Red Country) está prevista para octubre de este año.

² Aprovecho para insistir en que no se deben confundir ambos términos. En la fantasía heroica (término acuñado por L. Sprague de Camp para designar cierto tipo de historias de espada y brujería, un término acuñado a su vez por Fritz Leiber) siempre hay un héroe principal, protagonista absoluto de la historia (bueno, en las historias de Fafhrd y el Ratonero Gris, de Leiber, son dos; vale, ya me entendéis); en cambio, en la fantasía épica, el protagonismo se reparte y la escala del conflicto entre el “bien” y el “mal” es mucho mayor. Ambos subgéneros tienen otras características peculiares de cada cual que no voy a referir ahora porque no es el momento. Quizá lo deje para otra entrada.

Digo esto porque hasta en Wikipedia mezclan los dos subgéneros (tienen montado un cacao impresionante, dicho sea de paso), y no. Esta confusión data de hace más de 50 años, cuando Michael Moorcock propuso el término “fantasía épica” para el tipo de narraciones de fantasía heroica que escribía Robert E. Howard. Fue entonces cuando Leiber se sacó “espada y brujería” de la chistera. Luego se aprovechó el término propuesto por Moorcock para describir epopeyas fantásticas como «El Señor de los Anillos», enmarcadas en el subgénero High Fantasy. Cuando digo que la trilogía de la Primera Ley es una fantasía épica en clave de low fantasy «en el sentido rolero» es porque los jugadores de rol dan un sentido diferente a estos términos; en realidad, si nos guiamos por criterios estrictamente literarios, la trilogía de la Primera Ley es High Fantasy. También se confunde fantasía épica con High Fantasy, cuando no es más que un subgénero de ésta. En fin, ya digo que no es momento para profundizar en estos asuntos, digamos, “taxonómicos”. Quizá más adelante.

miércoles, 1 de mayo de 2013

«La voz de su amo», de Stanislaw Lem

☆☆☆☆½

(Publicado originalmente el 8 mayo de 2006 en «C». Revisado para su reedición en «Cavernalia».)

En una de las últimas entrevistas que concedió antes de fallecer, Stanislaw Lem realizó unas declaraciones que no ponían en muy buen lugar la literatura de ciencia ficción. Estas opiniones del gran autor europeo del género, publicadas póstumamente, causaron cierto revuelo en el mundillo. Sin embargo, no eran nada nuevas en él; ya en La voz de su amo, escrita en 1967, Lem había dejado bien clara (a través de su “alter ego” en la novela, el científico Peter E. Hogarth) su parecer sobre este asunto:

   Empecé a visitar más a menudo al doctor Rappaport, mi vecino, y a veces conversábamos horas enteras. Sobre el código estelar hablábamos rara vez y brevemente. Un día lo encontré en medio de grandes paquetes de los que salían atractivos y brillantes libros en rústica con cubiertas en las que aparecían motivos míticos. Había intentado utilizar como “generadores de ideas” —porque estábamos quedándonos sin ellas— esas obras de literatura fantástica, ese género popular (especialmente en los Estados Unidos) llamado, por persistente error, “ciencia ficción”. Hasta entonces, él nunca había leído este tipo de libros; estaba molesto —e incluso indignado—, porque había esperado variedad y había encontrado monotonía.
   —Tienen de todo, salvo fantasía —dijo. Una equivocación, sin duda. Los autores de estos cuentos de hadas pseudocientíficos suministran al público lo que éste quiere: tópicos, clichés, estereotipos, y todo ello lo suficientemente engalanado y vuelto “maravilloso” como para que el lector pueda sumirse en un estado de sorpresa sin riesgos y, al mismo tiempo, no se conmueva la filosofía que tiene de la vida. Si hay progreso en una cultura, dicho progreso es sobre todo conceptual, pero la literatura, y en especial la ciencia ficción, nada tiene que ver con él.

(La voz de su amo, capítulo nueve.)

Estas opiniones, repetidas en aquella entrevista que mencioné al principio, parecieron sorprender —y hasta escandalizar— a bastantes aficionados. Pero, en general, este rechazo de Lem a la literatura de ciencia ficción (que, según él, le valió la expulsión de la SFWA) fue muy malinterpretado. Stanislaw Lem se desmarcó de la ciencia ficción como realidad literaria, no como género en sí. Esto último habría sido absurdo; él mismo la cultivó durante cuarenta años; no iba a tirar piedras contra su propio tejado. Pero una parte considerable del público ha interpretado estas declaraciones como un ataque a la ciencia ficción en sí.

No es así, repito. Lem rechaza la ciencia ficción no como concepto sino como realidad escrita y publicada, en una generalización no muy diferente de la que hiciera Sturgeon con su famoso porcentaje («Yeah, ninety-five percent of science fiction is crud; but then, ninety-five percent of everything is crud»).

Pero no sólo se desmarca de la literatura de ciencia ficción de palabra, sino con sus obras. Si analizamos La voz de su amo a la luz de las palabras de Lem/Hogarth al comienzo del capítulo nueve, vemos que es justamente la antítesis de la ciencia ficción que él critica: no da al público lo que quiere, sino lo que siente que puede necesitar, y está especialmente ausente de tópicos, clichés y estereotipos (precisamente una de las mejores cosas de la novela es cómo retrata a los científicos, cada uno con sus obsesiones, personalidades y motivos), todo ello descrito con acerba y desafiante ironía, rebosando ideas y variedad temática en cada página, y tocando asuntos que afectan directa y lisamente a los fundamentos de nuestra visión del mundo y de la vida.

La voz de su amo es, para mí, la novela definitiva de Stanislaw Lem. En sus páginas reúne temas y características de todo el resto de su producción “seria”, desde la crítica feroz a la burocracia (que desarrolló en Memorias encontradas en una bañera) a la imposibilidad de comunicarse con inteligencias alienígenas (Solaris, Fiasco), pasando por la cibernética, la teoría de la información, el antiquísimo conflicto entre libertad y necesidad, la psicología, el conflicto entre fe y razón, la ética científica, la posición del hombre y de lo humano en el universo…

Leí esta novela hace veinte años, dos veces seguidas. La segunda vez empecé a anotar uno por uno los temas que iba tratando Lem en la novela. A las pocas páginas, la lista era tan larga que tuve que dejarlo, agotado. Desde entonces, es uno de mis libros favoritos.

La galería de personajes es impresionante, desde el mismo narrador, el profesor Hogarth, que abre la novela con un autorretrato estremecedor, hasta el genial doctor Rappaport: físicos, matemáticos, biólogos, especialistas en todo tipo de ciencias y pseudociencias, filósofos, filólogos, burócratas, telepredicadores, militares y agentes de la CIA que se reúnen en un aislado paraje del desierto de Mojave, desfilan y se toman de la mano en un frustrante baile de dos años de duración al son de un supuesto mensaje extraterrestre, captado accidentalmente en el observatorio de Monte Palomar.

El plan ultrasecreto que surge para descifrarlo, y que da nombre a la novela, es el caldo de cultivo ideal para la mejor literatura de Lem, que explora sus temas favoritos desde perspectivas diferentes, desde el realismo hasta el absurdo, que va impregnando la narración a medida que el proyecto se empantana en la más abyecta incomprensión.

Un libro indispensable para cualquiera que desee adentrarse en el mundo de Stanislaw Lem; hay que ir por sus páginas a machetazos, es como una jungla de ideas, pero el viaje merece mucho la pena.