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miércoles, 22 de enero de 2025

Origen del fantástico (anexo): El primer relato de la literatura fantástica

Hace años, en 2013, indagué en los orígenes de la ficción, con especial atención a la ficción fantástica. O, mejor dicho, de la ficción como la concibo yo: la elaborada por un autor plenamente consciente de estar creando una obra original, producto de su propia mente, sin la intervención de entidad sobrenatural alguna, sin musas ni dioses ni demonios que hablasen por su boca, como se creía antiguamente. Ni mitos ni leyendas; obras originales de personas conscientes de su propia creatividad.

En aquella serie de entradas no mencioné la rica literatura mesopotámica, como tampoco las de otras civilizaciones, porque quería centrarme en la tradición occidental, griega y romana. Así, la sorpresa que tenía preparada para el final, tras referir la aparición del gran sirio romano Luciano de Samosata en el siglo II, resaltaría más: La verdadera cuna de la ficción (y también de la ficción fantástica) fue Egipto.

Sin embargo, siento que debería haber dedicado, al menos, unas líneas a Gilgamesh. Seguro que más de uno, leyéndome, se preguntó: «Y Gilgamesh, ¿qué?» Aparentemente, su epopeya rivaliza en antigüedad con los primeros ejemplos conocidos de literatura de ficción en Egipto. En mi entrega final mencionaba algunos que, de hecho, son posteriores a las primeras versiones sumerias de la Epopeya de Gilgamesh (que son, aproximadamente, del año 2100 antes de Cristo, en la Tercera Dinastía de Ur), como los cuentos recogidos en el papiro de Westcar, que son de la XII Dinastía faraónica, algo más tardía (la XII Dinastía arrancó hacia 1985 a. de C.).

De todos modos, la primera obra de ficción propiamente dicha, al menos siguiendo los parámetros establecidos en las primeras entregas de mi serie —básicamente, la condición expresada en el primer párrafo de arriba—, sigue siendo egipcia. Yo la mencioné brevemente entonces, pero visto lo visto, debería haberme explayado un poco más. Se trata de la «Historia del Marinero Náufrago», que está datada alrededor del año 2200 a.C. y es, por tanto, un siglo anterior a las primeras versiones del «Poema de Gilgamesh», aunque también es verdad que algunos investigadores retrasan su creación hasta los inicios de la XII Dinastía. Aún así, si eso fuera cierto, seguiría pensando igual. Ya veréis.

Llevado por las prisas, cuando escribí aquellas entradas sobre el origen del fantástico, no me entretuve demasiado en comentar los relatos en sí. Mi interés estaba centrado en la idea de autoría, de la ficción como fruto de la imaginación humana, y en la precedencia de la literatura egipcia de ficción. Ahora me apetece detenerme a comentar el relato del náufrago egipcio, que tiene una gran importancia, no solo porque es el más antiguo que conozco sino porque, además, también es un relato fantástico. Dudo que realmente fuera el primero, pero sí es el más antiguo que se conserva.

Su antigüedad lo hace acreedor de varios récords, aparte del ya referido; es el primer relato de náufragos que se conoce, por ejemplo. También es la primera narración enmarcada de la ficción (siempre, ojo, siguiendo el criterio ya explicado, que excluye mitos, leyendas y libros sagrados de inspiración “divina”); la historia del náufrago está anidada dentro de otra historia, que narra (muy brevemente, eso sí) el regreso de un príncipe de la corte que ha fracasado en su misión comercial a tierras nubias. El smsu del príncipe (un acompañante designado por el faraón) trata de consolarle contándole la historia de cómo naufragó en un viaje por mar al rico país de Punt (que, según se cree hoy en día, estaba situado en el cuerno de África). Pero eso no es todo; el náufrago, cuya nave se hundió en el Mar Rojo a causa de una tormenta, es arrastrado por las olas hasta una isla maravillosa, donde se encuentra con una poderosa criatura, una especie de serpiente mágica, que lo rescata y le cuenta su propia historia de cómo arribó a ese lugar. Además, es la obra literaria más antigua que se conserva con la firma de su autor: un escriba de la corte faraónica de nombre Ameni, hijo de Amenaa. (Afirmar que Ameni fue el autor de este relato puede ser un poco aventurado, pero a mí me gusta creer que no fue un mero copista y tampoco hay pruebas en contra).

Me queda, además, la duda de si la epopeya de Gilgamesh se puede considerar algo más que una leyenda con elementos míticos, es decir, si merece entrar en la categoría de ficción propiamente dicha, teniendo en cuenta la autoría (ser un creador consciente, etc.), al menos en sus primeras manifestaciones. Digo “manifestaciones” porque no se trataba al principio de una obra unitaria; la versión acadia clásica es un fix-up de cinco poemas sumerios (que sepamos; son los que han llegado hasta nuestros días), compuesto por el escriba y sacerdote acadio Sîn-lēqi-unninni muchos siglos después. Es más, la propia naturaleza de este autor es dudosa, semi-legendaria, un poco a la manera de Homero. Ciertamente, en su remoto origen sumerio, la epopeya de Gilgamesh no tiene pinta de ser una creación original. En cambio, la originalidad de la «Historia del Marinero Náufrago» está bien establecida.

Uno de los poemas sumerios que dieron origen a la Epopeya de Gilgamesh es «Gilgamesh, Enkidu y el inframundo». Este poema parece, a su vez, un fix-up compuesto de varias historias diferentes que probablemente circularon por separado hasta que, en algún momento, se unieron en este primer poema, lo cual nos aleja de la idea de un autor/creador original e independiente de mitos y leyendas. De nuevo, en cambio, la autoría individual de la «Historia del Marinero Náufrago» parece más clara, aunque haya dudas sobre la identidad del creador original (ya que no se puede afirmar categóricamente que fuera fruto de la imaginación de Ameni, el escriba «de hábiles dedos» hijo de Amenaa).

La propia narración de «Gilgamesh, Enkidu y el inframundo» es de naturaleza eminentemente mítica, más que legendaria, y así ocurre con el resto de poemas (menos uno, que luego mencionaré). La alta probabilidad de que el rey Gilgamesh existiera realmente en una época pretérita (quizá hacia el siglo XXVII antes de Cristo, a comienzos del Período Dinástico Temprano) no la convierte en material legendario. Hay que tener en cuenta que Gilgamesh fue deificado y, a raíz de ello, pasó a ser un héroe mitológico por definición. De hecho, la primera parte de este poema, que sirve a modo de prólogo, es puramente mitológica y cosmológica; describe el origen del mundo y de la civilización, refiriendo cómo los dioses se repartieron el pastel. Luego se cuenta un viajecito de Enkidu (el amigo y compañero de Gilgamesh) al Inframundo; más mitología. Luego viene la historia del árbol de Inanna, diosa del amor y la fertilidad (entre otras cosas); más mitología. Y así. No os voy a contar toda la epopeya; os la leéis, si queréis, y ya. Pero es todo muy mítico. De hecho, solo uno de los cinco poemas, «Gilgamesh y Aga», carece de elementos mitológicos. En cambio, los elementos maravillosos de la «Historia del Marinero Náufrago», como la generosa serpiente inteligente o su isla, no pertenecen a la mitología egipcia; son una invención propia de su autor, pura fantasía.

La primera versión combinada de la Epopeya de Gilgamesh, conocida como «La Versión Babilónica Antigua», presenta una historia más elaborada, pero data del siglo XVIII a. de C., y la forma acadia definitiva es aún más inventiva; Sîn-lēqi-unninni añadió muchas cosas de su cosecha y parecía el tipo de autor al que me he ido refiriendo constantemente, pero eso ocurrió muchos siglos después, entre el 1300 y el 1000 a. de C. (no se sabe exactamente de qué época es, ya lo siento).

Por eso, para mí la cosa está clara: el relato más antiguo y el que mejor se ajusta a mi “teoría” es la «Historia del Marinero Náufrago», de Ameni de Amenaa. Y los cuentos del papiro de Westcar también son anteriores, como otros relatos egipcios de la XII Dinastía faraónica, desde ese punto de vista, porque los poemas sumerios, sencillamente, no encajan ni pintan gran cosa aquí.

jueves, 8 de octubre de 2015

«Irontown Blues», de John Varley, en el horno

La carrera literaria de John Varley se puede dividir cronológicamente, grosso modo, en dos partes: siglo XX y siglo XXI. Empezó a destacar hacia 1975 y durante los diez años siguientes, más o menos, se convirtió (EMHO) en el rey del cuento de ciencia ficción de aquella época, con una serie de narraciones de calidad y originalidad apabullantes, entre las que destacan las novelas cortas «La persistencia de la visión» y «Pulse Enter █», además de relatos como «El fantasma de Texas» (mi favorito), «El asesino de Barbies», «En el salón de los reyes marcianos»...

Su obra breve recibió grandes y merecidos elogios (y premios importantes) e influyó sobremanera en el género, adelantándose una década a movimientos que deben mucho a su imaginación, como el cyberpunk, por no hablar del “boom” de la temática transhumanista durante los años 80, con Bruce Sterling a la cabeza.

Sin embargo, su carrera como novelista ha sido, desde el principio, tirando a mediocre. Con la excepción de la primera, Y mañana serán clones, que es un fix-up de algunos de sus mejores relatos de los años 70 (y, como es natural, retiene gran parte de su encanto, aunque la endeblez estructural propia de su origen no le hace un favor precisamente), ninguna de sus novelas se acerca a la altura de su obra breve.

La mayor parte de los cuentos que escribió en el siglo pasado están ambientados en un mismo “universo” de ficción, la mar de interesante, denominado «Los Ocho Mundos». A este universo pertenecen también el ya mencionado fix-up, como es lógico, y las novelas Playa de acero (1992) y El Globo de Oro (1998), que forman parte de una trilogía inacabada.

Playa de acero narra las aventuras de una persona dedicada al periodismo, El Globo de Oro cuenta las desventuras de un actor y se supone que la tercera, Irontown Blues, iba a ser la historia de un policía.

A pesar de algún éxito puntual, como Millenium (1983, basada en un interesante relato de 1977, «Incursión aérea»), que se vendió bastante bien, fue finalista del premio Hugo y llegó incluso a tener una versión cinematográfica (por desgracia, totalmente olvidable), está claro que las novelas no son el fuerte de John Varley. Anteriormente había escrito otra trilogía de ciencia ficción, la llamada “Trilogía de Gea”, formada por Titán (1979), La Hechicera (1980) y Daemon (1984, inédita en España), que no goza de muchas simpatías. Playa de acero tiene un nivel bastante digno, pero no llega al notable, y El Globo de Oro es una novela fallida, con algunos puntos de interés, pero intrascendente.

El escaso éxito de El Globo de Oro llevó a Varley a cambiar de rumbo, dejando la trilogía colgada durante más de una década.

Sin embargo, Varley ha insistido en trabajar con este formato y, durante este siglo, se ha dedicado a escribir otro par de medianías en plan best-seller y una serie de novelas de ciencia ficción de corte tirando a juvenil, inspirada en cierta medida en las novelas de este estilo que escribió Robert A. Heinlein para Scribner's (Planeta rojo —el primer libro que leyó Varley, por cierto, a los 12 o 13 años—, Consigue un traje espacial: Viajarás, Ciudadano de la galaxia, etc.). Iniciada con El Trueno Rojo (2003), que descolocó a muchos fans en su momento, esta serie ha recibido en general grandes dosis de desdén. La verdad, no sé qué esperaban los aficionados. Su intención de homenajear a Heinlein, uno de sus autores preferidos, estaba muy clara desde el principio.

Pero ahora me he enterado de que Varley está trabajando en la tercera novela de la trilogía de los Ocho Mundos, Irontown Blues, al menos desde el año pasado. Yo pensaba que ya no la iba a escribir nunca (incluso Varley llegó a dudar de ello en alguna entrevista, por si se moría antes; un cachondo, este hombre). Y me ha hecho ilusión. Tengo ganas de ver si Varley se ha adocenado totalmente o si, en cambio, retiene algo de la imaginación, la garra y la osadía que lo convirtieron en una referencia del género hace 40 años. Y, quién sabe, igual ya ha aprendido a escribir novelas como es debido y nos sorprende con algo realmente bueno. ¡Ojalá!

domingo, 21 de septiembre de 2014

Otros 10 libros que me dejaron marca

Bueno, parece que el meme de «Los 10 libros que más te han marcado» ha vuelto, y esta vez he respondido con otros diferentes:

  • «El guardián entre el centeno», de John D. Salinger.
  • «Pórtico», de Frederik Pohl, mi primer libro de ciencia ficción verdaderamente adulta.
  • «Emmanuelle», de Emmanuelle Arsan, que leí a los 13 años en casa, a escondidas, y diez años después, en francés, en un cuartel de La Legión, también a escondidas.
  • «Miedo a volar», de Erica Jong, que leí también muy joven (con 15 o 16 años) y fue también muy instructivo.
  • «El anillo del rey Salomón», del etólogo y Premio Nobel de Medicina Konrad Lorenz, que me enseñó a querer y respetar a los animales sin humanizarlos, por ser lo que son.
  • «Bueno para comer», de Marvin Harris, mi primera lectura antropológica, muchos años antes de tener que empollarme sus libros más académicos en la carrera de Filosofía.
  • «Obras de Epicuro», en edición de Monserrat Jufresa para Tecnos, que me cambió la vida a los 21 años.
  • «Fundación», de Asimov, que me mostró el poder del conocimiento bien aplicado y un montón de cosas más.
  • «Los viajes de Gulliver», de Jonathan Swift, en la edición íntegra de Anaya, que me enseñó que por mucho que pasen los siglos la gente sigue siendo, con preciosas excepciones, igual de necia y cabrona.
  • «Psicoanálisis de los cuentos de hadas», de Bruno Bettelheim, que me enseñó a ver la literatura, especialmente la literatura de transmisión oral tradicional, de otra manera.

Hay más, claro. Precisamente viendo la lista de mi amigo Ekaitz Ortega me he acordado de los cuentos de Poe, que también me marcaron mucho, sobre todo «Los crímenes de la Rue Morgue» (en la antología de Anaya Tus Libros «El escarabajo de oro y otros cuentos»). El entusiasmo tras leer este libro me llevó a guindarle a mi abuelo una recopilación de «Narraciones», con prólogo de Baudelaire, que sacó Giner en una colección de esas para decorar salones (muy bien editada, sin embargo) con casi toda su narrativa y una esmerada traducción de Julio Gómez de la Serna (hermano de Ramón, el de las greguerías), bastante mejor que la de Cortázar (EMHO). Gracias a estos dos libros se me abrieron dos horizontes enormes, el de la novela negra y el del terror.

El libro de Anaya, especialmente, traía una introducción estupenda de Juan José Millás sobre la novela policiaca, de la que aprendí muchísimo. Ese libro me llevó a Arthur Conan Doyle y a un estuche con todas las novelas y cuentos de Sherlock Holmes, y también a «El mundo perdido» (Anaya Tus Libros otra vez, qué gran colección), y de ahí salté a las obras completas en dos tomos de H.G. Wells, en papel biblia, de Plaza & Janés. A esas edades (leí todos estos libros, incluidos los de la lista anterior, antes de los 25 años), los libros se retroalimentan, uno puede llevarte a muchos, a descubrir géneros enteros, pero también te influyen a niveles insospechados.

Por ejemplo, yo nunca quise dedicarme a escribir “en serio”, a pesar de que, desde adolescente, mis profesores me animaban a ello continuamente («Tienes madera para escribir», me repetían con asiduidad), porque desde niño tengo grabada en la mente la imagen de un Emilio Salgari desesperado, rajándose el cuello con una navaja de afeitar, por no poder alimentar a su familia. Esto lo leí en la introducción a una edición de «El Corsario Negro» (otro libro que podría haber puesto en la lista, junto con «Los tigres de Mompracem» —protagonizada por el famoso Sandokan, cuyas aventuras se emitían entonces por televisión— y, en la misma colección, «20.000 leguas de viaje submarino, de Jules Verne) y me impresionó muchísimo. Vamos, que de dedicarme a la literatura, nada; ¡ni loco!

jueves, 6 de febrero de 2014

10 relatos que me dejaron marca

Cristina Jurado, del blog Más ficción que ciencia, me ha contagiado con una “mutación” del meme de los diez libros que más marca han dejado en nuestras vidas. Pide que seleccionemos diez relatos (pueden ser cuentos, relatos breves, novelas cortas... pero no libros completos, ni novelas; es decir, ficciones de menos de 40.000 palabras) que sean importantes en nuestra vida por el impacto que han causado o por la influencia que han ejercido. Como dice Cristina, vamos allá y todo sea por el amor que nos une a la literatura. OUGH YEAGH!

Como siempre, otro día es posible que pusiera una lista diferente. No soy muy de relatos, pero de vez en cuando pico.

  • «Los tres electroguerreros», de Stanislaw Lem.
  • «La perla», de John Steinbeck.
  • «Los crímenes de la Rue Morgue», de Edgar Allan Poe.
  • «El diablo en la botella», de Robert Louis Stevenson.
  • «De brazos cruzados», de Jack Williamson.
  • «Rita Hayworth o la redención de Shawshank», de Stephen King.
  • «La polilla lunar», de Jack Vance.
  • «El fantasma de Kansas», de John Varley.
  • «Desaparición», de Richard Matheson.
  • «La isla a mediodía», de Julio Cortázar.

Y muchos más, claro, pero la lista es de diez. Últimamente he decidido no propagar memes, así que no nombraré a nadie, pero sois libres de dejar un comentario con vuestra lista de diez relatos más influyentes o que hayan tenido más relevancia o impacto en vuestra vida, vuestra forma de ser, de ver el mundo, etc.

miércoles, 5 de febrero de 2014

10 libros que me dejaron marca

Cristina Jurado, del blog Más ficción que ciencia, me pide unirme a un meme consistente en hacer una lista de los diez libros que más me han impactado o influido en mi vida. Otro día podría poner otros 10 que también dejaron su huella en mi existencia con claridad similar, pero de momento estos son los que se me ocurren:

  • «La historia interminable», de Michael Ende.
  • «La isla del tesoro», de Robert Louis Stevenson.
  • «Cartero», de Charles Bukowski.
  • «¡Tierra!», de Stefano Benni.
  • «Historia de la filosofía griega», en dos volúmenes, de Luciano de Crescenzo.
  • «Un ciego con una pistola», de Chester Himes.
  • «Los libros en mi vida», de Henry Miller.
  • «Más allá del bien y del mal», de Friedrich Nietzsche.
  • «Fábulas de robots», de Stanislaw Lem.
  • «Viajes y memorias, Diarios estelares de Ijon Tichy», en dos volúmenes, de Stanislaw Lem.

No sigo con el meme porque últimamente me da por pensar que son una forma de tortura, pero sois libres de contarme cúales son los vuestros en la sección de comentarios.

viernes, 30 de agosto de 2013

«Los Héroes», de Joe Abercrombie

☆☆☆☆½

«Los Héroes» es la quinta novela del escritor británico Joe Abercrombie, del que ya hablé aquí para comentar su novela anterior, «La mejor venganza». Ambas están ambientadas en el mismo universo fantástico que las tres precedentes, que conforman la trilogía de la Primera Ley: «La voz de las espadas», «Antes de que los cuelguen» y «El último argumento de los reyes». Como «La mejor venganza», «Los Héroes» es de lectura independiente, aunque comparte muchos detalles con las anteriores. Además, se ha confirmado la próxima publicación en España de su sexta novela, «Red Country», cuya acción transcurre también en el mismo mundo de ficción. Todas (excepto la última, claro) están editadas por Alianza. ¹

Si la trilogía de la Primera Ley era una fantasía épica pura y dura en clave de low fantasy (en el sentido rolero) con su bárbaro, su mago, su príncipe, su chica guerrera, sus intrigas palaciegas, su espada mágica y su señor oscuro, sus torres, asedios, batallas y demás parafernalia, pero pasada por el filtro realista de Abercrombie, en sus otras novelas el autor británico ha practicado con alegría la mezcla de géneros encontrando su inspiración, principalmente, en las películas de acción de los años 60 y 70.

Así, «La mejor venganza» es, como indica su título español, una clásica historia de venganza inspirada en el hard boiled criminal y el spaguetti western, heredera de “vendettas” cinematográficas como «A quemarropa» (una referencia a la que hizo alusión el propio Abercrombie, en el Festival Celsius 232 celebrado este verano en Avilés), «Coffy», «Lady Snowblood», «De hombre a hombre» o «El gran Silencio». Por su parte, «Red Country» es una especie de western crepuscular que recuerda un poco a «Centauros del desierto», con elementos de las películas de spaguetti western y de exploitation antes mencionadas. Todo ello, naturalmente, en clave de Espada y Brujería; más espada que brujería, eso sí, algo típico de las novelas de Abercrombie. Una mezcla de lo más espectacular.

En «Los Héroes», Abercrombie nos ofrece una novela de guerra inspirada en el cine bélico de los 60 y 70. En todas sus novelas hay ecos del trabajo de directores como Samuel Fuller o Sam Peckinpah pero parece que, en este caso, la inspiración le vino directamente de dos películas basadas en novelas de Cornelius Ryan: «Un puente lejano» (de nuevo mencionada por Abercrombie en su encuentro con los lectores en Avilés) y «El día más largo».

Si habéis leído alguna novela de Cornelius Ryan o James Jones (mi favorito de este género, con obras maestras como «La delgada línea roja» (t.c.c. «Morir o reventar»), «De aquí a la eternidad» o «Silbido», ambientadas en la II Guerra Mundial), podéis haceros alguna idea de lo que os espera en este libro.

«Los Héroes» narra las vicisitudes de un conflicto de tres días entre tropas de la Unión, una civilización de nivel renacentista, y una coalición de hombres del Norte, semibárbaros, liderados por el temible Dow el Negro, un personaje al que conocimos en la trilogía de la Primera Ley. Un punto que tiene en común esta novela con otras de Abercrombie es que suelen compartir personajes, aunque su protagonismo varía mucho de novela en novela. Sin embargo, como en el caso de «La mejor venganza», no es necesario haber leído las anteriores para disfrutar de ella.

En «Los Héroes», la intención del autor era dar un tratamiento más realista a las típicas batallas de fantasía, que generalmente son narradas de manera muy superficial. Desde luego, ha logrado totalmente su objetivo. Aplicar las técnicas narrativas del género bélico al género de la fantasía épica ha sido un gran acierto; creo que nunca se había hecho antes con tanto empeño, y el resultado merece la pena. Personalmente, nunca había visto una batalla tan bien contada en una novela de fantasía.

Otro objetivo de Abercrombie era examinar con atención y detalle el concepto de héroe, un tipo de personaje tradicional en el género de fantasía (de hecho existe todo un subgénero, hermano de la fantasía épica, conocido como fantasía heroica). ²

Una pista del enfoque elegido por Abercrombie nos la da el propio título de la novela. No se refiere a nadie; Los Héroes es el nombre de un monumento lítico que domina una pequeña colina; es un topónimo, como El Álamo (lugar de una importante batalla, crucial en la guerra de independencia de Texas, que tuvo lugar en 1836). En «Los Héroes» no hay héroes de una pieza, a excepción de esos grandes trozos de piedra. El modelo de héroe tradicional de la fantasía épica es diseccionado y analizado en todas sus partes hasta las últimas consecuencias. Abercrombie hace en esta novela un verdadero estudio sobre el heroísmo, explorando y explotando todas sus posibilidades a través de los personajes, con su afán iconoclasta de siempre.

A Joe Abercrombie lo mueve, en buena medida, un impulso de innovación; siempre intenta aportar algo nuevo al género de la fantasía épica. En la trilogía de la Primera Ley quiso aportar un “plus” de verosimilitud en los personajes, los diálogos, los combates, incluso la magia. El resultado es que el esfuerzo que el lector debe hacer para suspender su incredulidad es menor, así que se engancha mucho más a la narración y, cuando lo maravilloso surge, el efecto es mucho más potente.

Joe Abercrombie puebla sus novelas con personajes llenos de vida, con sus complejidades psicológicas y emocionales; la acción, salvaje, soberbiamente narrada, está salpicada de momentos de calma donde brilla el humor negro de los diálogos, frescos y naturales, y todo ello está aliñado con una interesante falta de escrúpulos morales (como la vida misma), algo que para mí siempre es de agradecer. Son novelas corales, en las que el protagonismo se reparte a lo largo de un buen número de páginas (nunca bajan de 700). «Los Héroes» no es una excepción; cumple con todo lo que acabo de referir. Pero, además, el estilo de Abercrombie está más depurado, se nota un progreso en su manera de narrar. Es, creo, su obra más redonda.

¡La recomiendo!



¹ La publicación de «Tierras rojas» (Red Country) está prevista para octubre de este año.

² Aprovecho para insistir en que no se deben confundir ambos términos. En la fantasía heroica (término acuñado por L. Sprague de Camp para designar cierto tipo de historias de espada y brujería, un término acuñado a su vez por Fritz Leiber) siempre hay un héroe principal, protagonista absoluto de la historia (bueno, en las historias de Fafhrd y el Ratonero Gris, de Leiber, son dos; vale, ya me entendéis); en cambio, en la fantasía épica, el protagonismo se reparte y la escala del conflicto entre el “bien” y el “mal” es mucho mayor. Ambos subgéneros tienen otras características peculiares de cada cual que no voy a referir ahora porque no es el momento. Quizá lo deje para otra entrada.

Digo esto porque hasta en Wikipedia mezclan los dos subgéneros (tienen montado un cacao impresionante, dicho sea de paso), y no. Esta confusión data de hace más de 50 años, cuando Michael Moorcock propuso el término “fantasía épica” para el tipo de narraciones de fantasía heroica que escribía Robert E. Howard. Fue entonces cuando Leiber se sacó “espada y brujería” de la chistera. Luego se aprovechó el término propuesto por Moorcock para describir epopeyas fantásticas como «El Señor de los Anillos», enmarcadas en el subgénero High Fantasy. Cuando digo que la trilogía de la Primera Ley es una fantasía épica en clave de low fantasy «en el sentido rolero» es porque los jugadores de rol dan un sentido diferente a estos términos; en realidad, si nos guiamos por criterios estrictamente literarios, la trilogía de la Primera Ley es High Fantasy. También se confunde fantasía épica con High Fantasy, cuando no es más que un subgénero de ésta. En fin, ya digo que no es momento para profundizar en estos asuntos, digamos, “taxonómicos”. Quizá más adelante.

jueves, 15 de agosto de 2013

Origen del fantástico (y V): Primeros ejemplos de literatura fantástica

A lo largo de los siglos II y I a.C. comienzan a aparecer en Occidente, además de versiones e imitaciones de los cuentos milesios, tanto en griego como en latín (pero sobre todo en griego, lengua culta por excelencia durante aquel periodo), crónicas de sucesos, viajes, campañas militares y autobiografías de corte realista, de influencia egipcia, que también contribuirán al desarrollo de la nueva narrativa en ciernes. Recordemos que durante el periodo helenístico, desde Ptolomeo I Sóter, la cultura griega se ha ido mezclando con la egipcia, y en el siglo I. a.C. la última reina de su dinastía, Cleopatra VII Filopátor, se relacionó con los dirigentes romanos Cayo Julio César y Marco Antonio. Así que en Alejandría había una mezcla de lo más interesante.

Causa maravilla pensar en lo que pudo guardar en aquella época, y en las décadas posteriores, la gran biblioteca de Alejandría. Como es sabido, la famosa biblioteca fue expoliada y convertida en cenizas en diferentes asaltos, a lo largo de varios siglos, por diferentes invasores fanáticos, tanto romanos cristianos como árabes musulmanes, hasta hacerla desaparecer completamente. Una pérdida absolutamente lamentable.

De todo ese caldo de cultivo salen los primeros novelistas grecorromanos. El más antiguo del que tenemos constancia fue el griego Caritón de Afrodisias (Caria), nacido a finales del siglo I o comienzos del s. II d.C. Caritón era el secretario del ῥήτωρ Atenágoras, un experto en retórica que trabajaba principalmente como abogado. Su novela «Aventuras de Quéreas y Calírroe» narra las peripecias de dos amantes de Siracusa que sirvieron de inspiración para la tragedia de Shakespeare «Romeo y Julieta», aunque la novela de Caritón tiene un final feliz.

Luego vendría, entre otros, el famosísimo Luciano de Samosata (nacido en 125 y fallecido hacia 181), muy conocido por sus novelas fantásticas y de quien, por fortuna, se conserva casi toda su obra en prosa. La lengua materna de Luciano, romano de origen sirio, era el arameo, pero prefería escribir en griego ático, lengua que dominaba con verdadera maestría. Era un tipo absolutamente genial, de una cultura extraordinaria, y tuvo una enorme influencia en la literatura posterior. Se le considera el gran maestro de la sátira romana.

Para colmo, su «Historia Verdadera» es considerada por muchos como la primera obra de ciencia ficción. En ella describe un viaje a la Luna, donde el protagonista encuentra a una raza de alienígenas selenitas. De tema similar es «Icaromenipo», donde quien viaja a la Luna no es otro que Menipo de Gádara, el cínico inventor de la sátira menipea cuya obra comenté en la entrada anterior.

En «Historia Verdadera», Luciano deja clara cuál es su posición como creador: «Escribo, por tanto, sobre cosas que jamás vi, traté o aprendí de otros, que no existen en absoluto ni por principio pueden existir».

Parece que ya lo tenemos resuelto. Naturalmente, nos faltan muchos datos; de la Antigüedad nos han llegado sólo algunos relatos, a menudo incompletos, y muy pocos nombres. Pero parece que podemos datar el nacimiento de la ficción (y, por ende, de la fantasía como género y, por extensión, del género fantástico) en algún momento de las últimas décadas de la República Romana, en la recién conquistada provincia de Asia Menor, desarrollándose en los inicios del Imperio Romano, en el siglo I, y estallando por fin en el siglo II con el gran Luciano de Samosata.

Sin embargo, nos equivocaríamos.

☼ ☼ ☼

Me temo que he estado mareando un poco la perdiz y jugando al despiste con vosotros, queridos lectores. Porque todo el tiempo he estado hablando del surgimiento de la literatura de ficción en Grecia, lo que me venía de perlas para fundamentar mis argumentos y exponer ejemplos… La Grecia antigua era mi especialidad cuando estudiaba la carrera y, claro, me apetecía lucirme. Pero resulta que, desde el principio, la respuesta estaba en otra parte.

En el primer párrafo os he dado una buena pista.

La respuesta anterior (la Grecia romana del siglo I a.C.) podría valer si la civilización occidental fuera la única existente o, al menos, la primera en alcanzar el nivel de desarrollo necesario para el surgimiento de la literatura de ficción como «producción autoconsciente». Pero resulta que no fue así.

En Egipto ya habían pasado por eso 2000 años antes.

Sí, siendo occidental y europeo cuesta un poco admitirlo, pero Egipto es la verdadera cuna de la narrativa de ficción (como de tantas cosas) y, por extensión, de la literatura fantástica. De hecho, su literatura de ficción es anterior a los mitos helénicos propiamente dichos y a la mismísima formación de la Hélade, que acababa de comenzar. Lo siento por los griegos, que me son mucho más simpáticos, pero así son las cosas.


El cuento egipcio

Dieciocho siglos antes de la aparición de los primeros cuentos milesios, en Egipto, durante la XII dinastía del Imperio Medio, había ya una literatura de ficción bastante desarrollada, con autores reconocidos (escribas de la corte faraónica, generalmente) y temas de corte tanto realista como fantástico, además de crónicas de viajes, sucesos y anécdotas de toda índole, más o menos ficcionalizadas.

Un ejemplo primordial, de obligatoria mención, es la antología de relatos recogida en el llamado papiro de Westcar (por el aventurero británico que lo adquirió hacia 1825). En este libro, cinco hijos del faraón Khufu (más conocido como Keops) son los narradores de sendas historias de magia a cual más maravillosa. Aunque el papiro data aproximadamente del siglo XVI a.C., la composición de los textos indica que se trata de una copia de un libro anterior, seguramente de la XII dinastía.

Otro ejemplo relevante de narrativa egipcia de este periodo es la historia de Sinuhé. Este relato en verso narra en primera persona las peripecias de un alto funcionario del faraón Senusert I (segundo faraón de la XII dinastía del Imperio Medio), caído inesperadamente en desgracia como consecuencia de un complot contra la familia imperial. En general se la considera como la primera novela, pero al ser un relato autobiográfico no tiene demasiada relevancia para el tema que nos ocupa, aparte de dejar constancia de su influencia temática y estilística. Lo mismo se puede decir de relatos de la misma época como la historia de In-pu, el campesino elocuente, crónica del caso de un mercader que sufrió el robo de su caravana y fue asistido por la justicia del faraón, que acogió al mercader, capturó y castigó al ladrón, esclavizándolo y poniéndolo al servicio de su víctima, y le restituyó todos sus bienes.

Hay, sin embargo, excepciones como la historia del pastor de ganado que se encontró con una diosa o la relevante «Historia del marinero náufrago», escrita por el escriba Ameni de Amenaa, que se pueden considerar fantásticas. Aunque a veces intervienen divinidades y criaturas sobrenaturales, no forman parte del corpus mitológico tradicional y parece seguro que fueron concebidos como obras de ficción para deleite de los reyes y sus familiares más cercanos.

Otros ejemplos más recientes, del Imperio Nuevo (pero antiquísimos también, comparados con los griegos; hacia el siglo XIII a.C.), ofrecen la misma mezcla de narraciones realistas, como la historia de la toma de Yapu (la actual Jaffa, en la zona sur de Tel-Aviv, Israel) por el general Yehuti, o el poema de Pentaur sobre la batalla de Qadesh (donde Ramsés II venció a Muwatallis II, rey de los hititas), con otras de corte fantástico como la fabulosa (y, por desgracia, incompleta) historia del príncipe predestinado o la historia de los hermanos An-pu y Bata, escrita por el escriba Ennana hacia el año 1198 antes de Cristo.

Nótese que estamos hablando de obras del Imperio Medio (comienzos del Minoico Medio en Creta, cuando en la isla apenas se había inventado la escritura) y del Imperio Nuevo (contemporáneas del colapso de la civilización micénica), escritas unos cuantos siglos antes de que a Homero le salieran los primeros pelos de la barba.


(Hay un anexo con detalles sobre la «Historia del marinero náufrago», de Ameni de Amenaa, y un comentario comparativo sobre la «Epopeya de Gilgamesh»): [(Anexo): El primer relato de la literatura fantástica.]

miércoles, 14 de agosto de 2013

Origen del fantástico (IV): La literatura en la Grecia antigua y romana

En capítulos anteriores de «Origen del fantástico»...

¿Cuándo nace lo fantástico? Antes de contestar esta pregunta me apetece aclarar otra cuestión: ¿En qué momento surge la narrativa de ficción? Porque al principio fue el mito, y el mito (como todos los mitos, al principio) era creído por todos a pies juntillas. Bueno, por casi todos. Ante las críticas de los primeros filósofos, la interpretación alegórica de los mitos logró prolongar su influencia intelectual y su valor de verdad, apuntalando su función original como explicación de lo real.

Para mí, la ficción surge en el momento en que el autor es consciente de ser el creador de la misma, no un mero vehículo de la expresión divina. Esto requiere del autor la capacidad de reconocer la fantasía como tal y de separarla, en algún grado, de la realidad. Lo fantástico comienza, por tanto, cuando el mito pierde su prestigio y se reconoce su carencia de valor de verdad pero, sin embargo, el narrador decide imitarlo y emplear sus recursos para crear algo diferente que deleite, sorprenda y maraville al receptor de su mensaje: el público, cuyas estructuras mentales, moldeadas en buena parte por el mito, soportan por un tiempo la ficción, por inverosímil que sea, en un fenómeno que hoy en día conocemos, gracias a Coleridge, como “fe poética” o “suspensión de la incredulidad”.

¿Pero cuándo se produce este paso?

En Grecia, el filósofo Demócrito de Abdera había demostrado tener a su alcance las herramientas intelectuales para escribir ficción, pero carecía de la disposición necesaria. Su interés estaba centrado en descubrir las verdades del cosmos, no en inventar nuevas falsedades para disfrute del público. Demócrito era un filósofo, no un cuentacuentos (al menos, que nosotros sepamos; resulta que los seguidores de Platón, un tipo tan altanero como mezquino, tan arrogante como indigno, que odiaba a Demócrito con toda su ψυχή, se encargaron de hacer desaparecer casi todas sus obras).

La pugna entre los intérpretes alegoristas del mito y los filósofos de la naturaleza se prolongó durante siglos, contribuyendo a retrasar el momento, hasta que los mismos defensores de la verdad mítica, en una escalada suicida, se encargaron de echar por tierra sus propias teorías, vencidas por el peso del ridículo. En un esfuerzo por querer interpretar cada detalle de los mitos como una revelación cósmica, muchos llegaron a extremos cada vez más inverosímiles, provocando su propio desprestigio. Otros, como Paléfato, se dedicaron a trivializar los mitos eliminando en su interpretación todo misterio, sin dejar resquicio alguno que permitiera el menor atisbo de lo sobrenatural.

Además de las teorías alegóricas, al mismo tiempo, existió otro factor importante en el retraso de la aparición de la narrativa de ficción: la obsesión por la verdad en el bando de los filósofos. El desprestigio de la poesía (por carecer de valor de verdad) dificultó que surgieran entre sus filas los nuevos narradores. Para los políticos como Pericles, que se apoyaban en los filósofos para auparse al poder, la poesía carecía de sentido práctico y, a causa de ello, fue prácticamente condenada. No estaba el horno para bollos.

Tuvieron que pasar siglos, hasta que la polémica se enfrió (sólo temporalmente, por desgracia), para que aparecieran por fin los primeros ejemplos de narrativa de ficción propiamente dicha (según mi punto de vista, claro) en Occidente.


La narrativa arcaica y clásica

Antes de continuar, demos un somero repaso a los modelos narrativos de la Grecia antigua. Los propios del periodo arcaico son:

  • MITOS: Surgen como explicación del origen y la naturaleza del cosmos.
  • LEYENDAS (epopeyas): Dan cuenta de hechos supuestamente ocurridos en un remoto pasado, a los que la imaginación popular adorna con elementos extraídos de los mitos.
  • FÁBULAS: Historias protagonizadas por animales, a los que muchas veces se da la palabra; tienen una función didáctica, especialmente en materia de ética y moral.
  • CUENTOS TRADICIONALES: Ayudan a retener en la memoria colectiva diversos aspectos de la experiencia humana común y cumplen también una función didáctica. Suelen incluir elementos sobrenaturales, como duendes o demonios, que forman parte de la visión del mundo de la comunidad en la que se originan.

Todos tienen en común su carácter tradicional y sobrenatural. Carecen de autor (al menos, de uno que no tenga asimismo un carácter legendario, como Homero o Esopo) y casi siempre hay en ellos algún elemento maravilloso, portentoso o prodigioso. Además, instruyen deleitando (la mejor manera de educar, en mi opinión).

Más tarde, en la época clásica, surgieron formas literarias como el drama (tragedia y comedia), la poesía lírica y la historiografía, que tuvieron una gran influencia en la literatura posterior. Se reconoce ya a los autores, pero estos no se atreven aún a atribuirse el mérito de la creación de sus obras; dramaturgos y poetas declinan su responsabilidad en supuestas deidades que, según alegan ellos, los inspiran. Los historiógrafos no tienen ese problema; se limitan, según ellos, a registrar los hechos (cosa que en muchos casos es más que discutible) y a mencionar fuentes de variado pelaje (formas ambas de evadir también, en el fondo, su responsabilidad).


Y hasta aquí el resumen de lo expuesto, más o menos. ¡Continuemos!


Las sátiras menipeas

El cínico Menipeo de Gádara, que vivió entre los siglos IV y III antes de Cristo, creó una nueva forma literaria de sátira social y moral, en la que mezclaba verso y prosa (prosimetrum), denominada “sátira menipea” en su honor. En sus obras, Menipo atacaba con afilado verbo, típicamente cínico, las actitudes y costumbres de su época. Se diferenciaba así de escritores satíricos anteriores, como Jenófanes, que en sus obras dirigían sus ataques hacia personas concretas.

Seguido en el siglo I antes de Cristo por admiradores como su paisano Meleagro o el romano Marco Terencio Varrón, que imitó su estilo de sátira con bastante éxito (titulando las suyas, por si había alguna duda, «Sátiras menipeas»), tuvo finalmente una influencia notable en el nacimiento de la novela grecorromana. El estilo provocador de Menipo, su mezcla de cinismo y hedonismo, su uso de la prosa y su descreimiento prefiguran con un par de siglos de antelación el cambio que se avecinaba.

Pero no adelantemos acontecimientos. Antes de comentar la influencia de las sátiras menipeas en el nacimiento de la novela griega y romana, hemos de prestar atención a una verdadera revolución literaria, de base oral y popular, que tuvo lugar dos siglos antes en Asia Menor y que jugó también un papel fundamental.


Los cuentos milesios

Y, según a mí me parece, este género de escritura y composición cae debajo de aquel de las fábulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados, que atienden solamente a deleitar, y no a enseñar: al contrario de lo que hacen las fábulas apólogas, que deleitan y enseñan juntamente.

Miguel de Cervantes, «El Quijote» (primera parte), capítulo XLVII.

A comienzos del siglo II antes de Cristo, en plena época helenística, surge en la costa occidental de la península anatolia una nueva narrativa que difiere en aspectos importantes de casi toda la literatura griega anterior, especialmente de la época arcaica, pero también de la clásica (con la excepción, por supuesto, de Menipo, con quien comparte varios rasgos que se pueden atribuir a su influencia).

El nuevo género, que para mí supone el origen de la ficción propiamente dicha en Occidente —y, de paso, de lo fantástico tal como yo lo entiendo— es el cuento milesio, llamado así por Arístides de Mileto, su principal recopilador y máximo exponente, que vivió hacia el año 100 antes de Cristo.

El cuento milesio nació como un género de literatura oral, popular y anónima de naturaleza satírica, divertida y procaz, a menudo con elementos fantásticos o maravillosos. Pronto su éxito llamó la atención de escritores de la zona que se lanzaron a cultivarlo y difundirlo, alcanzando gran fama. Tal fue el caso de Arístides (antecedente, por dos milenios, de recopiladores como los hermanos Grimm o Aleksandr Afanásiev), que recogió estas expresiones del folklore jonio y milesio en sus «Milesíacas» (Μιλησιακά).

Como bien explicaba aquel buen canónigo de Toledo en «El Quijote», en los cuentos milesios la faceta didáctica queda relegada por la lúdica. Priman los aspectos poéticos y emocionales de la narración; se busca divertir, excitar y entretener más que educar. La prosa crece en importancia frente al verso. Los autores pueden ahora prescindir de lo sobrenatural o recrearse en ello, con total libertad. Pueden desmarcarse de la tradición o servirse de ella en la medida que deseen (o les permitan). Se pretende la originalidad y se pierde por fin el respeto a la verdad.

Pronto aparecen los primeros autores al estilo moderno, creadores que reivindican sus obras, en pos del reconocimiento, se atribuyen todo el mérito y asumen la responsabilidad sobre lo inventado (en grados diversos; ya veremos los distintos métodos que utilizaban para escaquearse, según su conveniencia, dependiendo de lo propicio o adverso del ambiente).

Al fin el autor es consciente de su propia capacidad creativa, del fenómeno mental que es la imaginación, como la concibió Demócrito. Sí, puede que hable todavía de las musas y de la inspiración, como harán aún los creadores durante siglos, pero ya no cree de veras en esas cosas; son simples metáforas. Sencillamente forman parte de su acervo de referencias culturales, son herramientas que los autores utilizan a su conveniencia, un elemento más de su universo expresivo.

Ha nacido la ficción moderna… ¿O no?

Pues no exactamente.


(Continuará). [(V y final): Primeros ejemplos de literatura fantástica.]

miércoles, 8 de mayo de 2013

Origen del fantástico (III): Alegoría

Mi primera entrega de esta serie comenzaba explicando un breve diálogo con mi estimado camarada Ignacio Egea sobre el nacimiento de lo fantástico. A la duda que él planteaba sobre su posible origen en el mito o, por contraste, en su superación filosófica y literaria, replicaba yo que «el fantástico nace en el momento en que el hombre se hace consciente de que posee una imaginación que no tiene por qué explicar el mundo sino que puede ser empleada para crear un cosmos propio y separado de la realidad, o lo que conceptuaba como real», aludiendo con esto último al hecho de que, en la Antigüedad previa al periodo clásico helénico, casi todo el mundo occidental creía a pies juntillas en sus mitos o, como mínimo, evitaba criticarlos como fuente de saber sobre el universo.

Claro está que la ficción no tiene por qué servir para explicar la realidad, pero puede hacerlo. Como a menudo me recuerda mi querido Nacho Illarregui, la ficción —incluyendo la fantástica— también puede servir para ayudar a entender el mundo que nos rodea. Diferentes aspectos del κόσμος pueden ser representados mediante símbolos. El receptor del mensaje sólo debe aprender a identificarlos e interpretarlos, a desentrañar su sentido. Esta teoría no es nueva, ni mucho menos; de hecho, apareció como resultado de la reacción de los sectores más conservadores de la Grecia arcaica a las críticas del mito planteadas por los fundadores de la filosofía.

Los primeros intentos de justificar los mitos racionalmente aparecieron muy temprano, en un esfuerzo, por parte de los defensores de la tradición, de salvaguardar su utilidad como instrumento para explicar la realidad. La culminación de este afán fue la teoría alegórica, formulada en primer lugar por Teágenes de Regio.

Teágenes, considerado desde la Antigüedad como el primer gramático (en el sentido antiguo de “estudioso de la literatura”), fue un agudo comentarista de Homero. Según él, comprender el cosmos a través de los poemas homéricos era posible si admitíamos que tras la aparente falsedad del mito se escondía una verdad relevante sobre la realidad. Los mitos tenían, pues, un significado simbólico; utilizaban metáforas para describir la realidad. Así, las violentas refriegas entre los dioses eran una alegoría de las fuerzas de la naturaleza en conflicto, por ejemplo. La interpretación alegórica de los mitos permitía resolver las incongruencias de la cosmogonía tradicional, justificar el comportamiento inmoral de los dioses y, de paso, las invenciones y falsedades de las narraciones míticas y legendarias.

¿Y quién inspiraba esas alegorías? Las Musas, por supuesto, ¿quién si no?

Las diferentes teorías alegóricas fueron durante siglos un obstáculo importante para el reconocimiento pleno de la creación humana, con valientes excepciones como Demócrito, a quien su ateísmo no dejaba otra salida lógica. Pero, paradójicamente, fue la naturaleza humana de esta teoría (como instrumento, al fin y al cabo, creado por los hombres) lo que conllevó finalmente su superación.¹

La teoría alegórica tiene sentido cuando hay, efectivamente, un sentido oculto, figurado, en la narración. Pero, ¿qué pasa si no lo hay? Si nos obsesionamos en buscar un sentido alegórico en todo, podemos acabar alucinando, viendo cosas donde no las hay. Y eso es justamente lo que ocurrió.

(Continuará). [(IV): La literatura en la Grecia antigua y romana.]


¹ E. L. Doctorow alarga el momento hasta la época isabelina, nada menos, y la verdad es que no le falta mucho fundamento. Pero no adelantemos acontecimientos.

domingo, 5 de mayo de 2013

Origen del fantástico (II): La intervención de los filósofos

En la anterior entrega sobre el origen de la ficción comentaba lo que, para mí, es la diferencia esencial entre mito y ficción pura y dura: que el hombre fuera consciente de sí mismo como creador. Especulaba con la posibilidad de que ese paso se diera en la Grecia arcaica, con las primeras críticas al mito y el nacimiento de la filosofía, pero un examen de las fuentes de la época arrojó un resultado negativo. Incluso después del nacimiento de la tragedia, los poetas seguían creyendo en las musas o, al menos, no se atrevían aún a declarar otra cosa.

Los filósofos, en cambio, eran (con las debidas cautelas, pues rechazar abiertamente la tradición podía llegar a costarles la vida) bastante más osados. Jenófanes de Colofón, por ejemplo, se burla abiertamente de la poesía épica de Homero y Hesíodo, criticando que éstos atribuyeran a los dioses actitudes, comportamientos, sentimientos y defectos morales propios de los humanos. Llega a sugerir que los dioses son creados por los hombres a su imagen y semejanza: los dioses etíopes son negros y tienen la nariz chata, mientras que los dioses tracios tienen los ojos azules y el pelo rojizo, dice Jenófanes, y si los caballos pudieran plasmar en imágenes la figura de sus dioses, pintarían briosos corceles. Otro filósofo arcaico, Hecateo de Mileto, dejó escrito en sus Genealogías que los mitos helénicos le parecían “risibles y contradictorios”, sin utilidad para explicar el mundo.

Pero es Demócrito de Abdera, ya en época clásica, quien por primera vez reconoce su convencimiento de que la inspiración de los poetas no viene de las musas, sino de algún otro mecanismo puramente natural, propio de la naturaleza humana.


Antes y después de Demócrito

Discípulo del físico Leucipo (aunque algunos lo discutan) y contemporáneo de Sócrates y Platón, Demócrito es reconocido en la actualidad por haber servido como primera piedra de toque del idealismo socrático y platónico; fue el primer ateo, el primer materialista escéptico, y el iniciador, a través de Epicuro (que estudió con un discípulo suyo, Eusífanes), de una de las filosofías más influyentes desde la Antigüedad. Sus intuiciones sobre la naturaleza de las cosas, como el átomo, el ser y el no-ser, las relaciones entre azar y necesidad (entre las leyes del caos y las constantes que rigen el universo), la multiplicidad de los mundos y la psique humana siguen teniendo hoy una gran influencia. La ejerció de forma notable en Aristóteles, y por extensión, a través de éste, en toda la historia de la ciencia y la filosofía hasta la Edad Moderna, cuando es de nuevo reivindicado.

Desgraciadamente, de su obra escrita sobre lenguaje y literatura apenas han sobrevivido unos fragmentos (al final Platón, que quería quemar sus obras, consiguió que sus admiradores de los siglos venideros le hicieran el trabajo sucio) y lo poco que sabemos de él lo debemos al celo de unos pocos filósofos honestos interesados en la naturaleza y cuya influencia en la posteridad fue también grande, como Aristóteles y Teofrasto, o de historiadores desprejuiciados como Diógenes Laercio (gracias a quien sabemos que escribió un tratado sobre Homero).

Uno de los comentarios de Demócrito que han sobrevivido hasta nuestros días tiene que ver con la obligación de ser «veraz, no charlatán». Esto no me da muchas esperanzas de que aprobara el concepto de ficción tal como lo entendemos en la actualidad, pero seguro que era capaz de comprenderlo y es posible (¿quién sabe?) que él mismo lo desarrollara en sus obras sobre literatura. Lamentablemente, nos faltan datos.

Lo que sí sabemos (a través de Cicerón) es que Demócrito no atribuye la inspiración a divinidad alguna. Para él, el poeta no es un elegido de las musas sino, simplemente, una persona proclive, por naturaleza, a la fantasía. Los poetas, con su entusiasmo y su extravagancia, no son personas tocadas por la divinidad, sino por «un soplo de locura». La poesía nace, pues, de un cierto estado mental y emocional del poeta.

Este paso conceptual representa un cambio de mentalidad tremendo.


Como cualquier griego de su tiempo, Demócrito conocía las fábulas de Esopo, de las cuales nos han llegado unas setenta. Junto con los poemas épicos homéricos, las fábulas de Esopo constituyen la base principal de la literatura narrativa griega del periodo arcaico. No me cabe duda de que Demócrito tuvo que escribir sobre ellas, pero nuevamente sólo podemos especular al respecto, pues esos escritos, si existieron, se han perdido con todos los demás. Creo, sin embargo, que Demócrito fue el primero capaz de leer una historia sobre animales que hablan y pensar: «esto es ficción; un hombre la elaboró en su interior; es un producto del arte humano».

Pero esto no es más que una especulación mía, sin apenas más base que la intuición. Una creencia elaborada; una especie de mito personal, en el fondo.

(Continuará). [(III): Alegoría.]

domingo, 4 de marzo de 2012

«Naufragio», de Charles Logan

☆☆☆☆☆

Cuando cerré el libro después de leerlo (hace unos 20 años) pensé: «¡Qué suerte tengo!» Esta novela figura en mi «Top Five» particular del género, haciendo compañía a obras de Disch, Lem, Pohl... ¡Y es una opera prima!

Una novela dura, hard en más de un sentido, realista, sin concesiones, sin más diálogo que el del náufrago con su destino. Como dijo Planells, «extrañamente patética», y es que su emotividad no es aquí fruto del empleo de recursos facilones o trampas burdas para buscar la lagrimita, blandenguería chirriante al uso. El náufrago despierta nuestra empatía, nos identificamos con sus sufrimientos y eso es el patetismo bien entendido; sentimos pena porque lo que le pasa al pobre hombre no es para otra cosa...

¡Claro!, es mentira todo, una ficción. Ahí está la magia de Logan: hacérnosla creer, mientras la leemos; mientras la leemos, sentimos, nos emocionamos. Hasta se nos puede escapar una lagrimita.

Se ha criticado que el tema fuera poco original. Pamplinas. Como si no se pudieran escribir historias de náufragos después de Robinson Crusoe. Es más, precisamente resulta muy original por el tratamiento del tema, diferente en todo del que hizo Daniel Defoe.

Charles Logan nació en 1930 y trabajaba como enfermero en un hospital psiquiátrico cuando se publicó Naufragio, que es su única novela. Aparte de eso, sólo escribió dos relatos cortos que siguen inéditos por decisión del autor. No sé por qué decidió no volver a escribir, pero es una verdadera lástima.

martes, 7 de febrero de 2012

Bicentenario de Dickens

It was the best of times,
it was the worst of times,
it was the age of wisdom,
it was the age of foolishness,
it was the epoch of belief,
it was the epoch of incredulity,
it was the season of Light,
it was the season of Darkness,
it was the spring of hope,
it was the winter of despair,

we had everything before us, we had nothing before us, we were all going direct to Heaven, we were all going direct the other way— in short, the period was so far like the present period, that some of its noisiest authorities insisted on its being received, for good or for evil, in the superlative degree of comparison only.


Comienzo de «A Tale of Two Cities» («Historia de dos ciudades», Charles Dickens, 1859.) Sin duda alguna, una de las más importantes novelas de la historia de la literatura occidental.

sábado, 22 de enero de 2011

«La mejor venganza», de Joe Abercrombie

☆☆☆☆

«La mejor venganza» es una novela de fantasía medieval-renacentista (con unos toquecillos de fantasía nada más) escrita por el especialista Joe Abercrombie, autor de la trilogía de «La Primera Ley», a cuyo “universo” pertenece.

Es la primera novela que leí de este autor y debo reconocer que me gustó bastante. Sus más de 800 páginas no me pesaron (bueno, mi muñeca se resintió un poco, pero no me refiero a eso), es bastante entretenida y a ratos incluso divertida, irónica y cruel, con un punto de sangrienta brutalidad que personalmente agradezco. La edición está bien, con poquitas erratas y una traducción del “espadero” Martín Lalanda que, a primera vista (sin cotejarla con la versión inglesa), es más que digna.

La historia gira en torno a una terrible venganza que resulta sólo ligeramente machacona, gracias al oficio del autor, que la adereza con sutil humor y agradable ironía, diálogos chispeantes y un desparpajo a la hora de repartir sangre e intriga que es muy de agradecer.

La acción transcurre años después de los acontecimientos narrados en «La Primera Ley», con la que comparte algunos personajes que en la trilogía eran secundarios y aquí adquieren una mayor dimensión, como el norteño Escalofríos, que en esta ocasión es uno de los protagonistas, el mercenario Nicomo Cosca o la eficiente y letal Vitari. Con esta obra, Abercrombie vuelve a mostrar su habilidad para la creación de personajes, uno de sus puntos más fuertes.

Los que disfruten con esta novela no se pueden perder los tres volúmenes de «La Primera Ley», que es todavía más entretenida, con elementos fantásticos mucho más presentes (magos, semidioses y demonios adornan la trama con papeles destacados) y personajes igual de atractivos.

Título: La mejor venganza
Autor: Joe Abercrombie
Traductor: Javier Martín Lalanda
Editorial: Alianza
Colección: Runas
ISBN 13: 978-84-206-8332-4
Descripción: 824 páginas, 22×15 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
Precio: 20,9 euros en Cyberdark.

jueves, 20 de enero de 2011

«Wild Cards» y los cómics

Seguramente muchos habréis oido hablar ya, a estas alturas, de George R. R. Martin o, por lo menos, os sonará su saga de novelas Canción de Hielo y Fuego. HBO está preparando una superproducción basada en la primera de esas novelas, la estupenda Juego de Tronos, para la televisión.

Yo conozco a Martin literariamente desde hace casi veinte años, desde que leí su cuento «Los reyes de la arena» (también adaptado a la televisión, por cierto, inaugurando la segunda época de The Outer Limits, Más allá del límite en España) en una recopilación de «Los Premios Hugo». El relato hizo doblete ganando el Hugo y el Nébula, entre otros premios. Pero hasta hace pocos años no supe nada de sus labores editoriales.

Descubrí su franquicia Wild Cards por casualidad, investigando para un proyecto propio, uno de esos sueños literarios que llevo siempre arrastrando sin acabar de decidirme a realizarlos. Para mí fue un palo, porque tiene puntos en común importantes con la idea que yo tenía en mente (cosa que me desanimó bastante) pero luego resultó ser un descubrimiento agradable, aunque confieso que al final llegué a hartarme de los libros. ¡Son más de veinte! (Y de calidad bastante irregular, en general, por no decir mala.)

¿Que qué es Wild Cards? Pues Wild Cards es un universo compartido de superhéroes, con la peculiaridad de que nació a partir de un juego de rol y que la mayor parte de su “canon” es puramente literario: cuentos y novelas publicados en una serie de libros por Bantam Books bajo la supervisión de un editor, el gran George R. R. Martin, que también aporta sus granitos de arena como escritor.

Cuenta uno de los fundadores del universo Wild Cards, John J. Miller, que todo comenzó en Albuquerque (Nuevo México, EEUU) a finales de 1983 con una larga partida de Superworld, un juego de rol de la compañía Chaosium creado por Steve Perrin. El director de juego de la campaña era George R. R. Martin y entre los jugadores había varios escritores de ciencia ficción, entre ellos la guionista Melinda M. Snodgrass, el creador de la trilogía Hardwired Walter John Williams (a quien frecuentemente confundo con George Alec Effinger, autor de la llamada “Trilogía Cyberpunk”) y Víctor W. Milán, que inició todo el asunto al regalar a Martin un ejemplar de Superworld por su cumpleaños.

El grupo, que se reunía periódicamente para jugar a La llamada de Cthulhu y a The Morrow Project, pronto se olvidó de estos y se sumergió completamente en Superworld, que se convirtió para sus integrantes en una auténtica obsesión. Bajo la dirección de Martin, llevaron el juego a un alto nivel.

Lo malo es que Martin se apasionó tanto con la campaña y se metió tan a fondo en su tarea de director de juego que ello empezó a afectar a su trabajo como escritor. Sí, amigos, sé lo que estáis pensando... Pero, dándole vueltas al problema, enseguida vio la solución. Siendo escritor y jugando con escritores, qué mejor que utilizar todo ese material para escribir historias que pudiera vender. Así, de paso, se sacarían unos dólares. Dicho y hecho: propuso a sus compañeros la creación de un universo compartido con los personajes que habían creado, en un marco propio, con una visión realista del mundo de los superhéroes. Así nació Wild Cards. Curiosamente fue el primer contrato de la conocida editora Shawna McCarthy en Bantam Books, el día que empezó a currar allí.

La premisa de la historia es relativamente sencilla. En 1946, un virus mutagénico alienígena cae a raudales sobre Nueva York causando un enorme desastre. Decenas de miles de personas son infectadas por el virus y sufren sus efectos de manera fulminante. El 90% de los afectados muere al cabo de unos minutos en una agonía indescriptible. El 90% de los supervivientes sufre grotescas transformaciones convirtiéndose en poco menos que monstruos. El resto, el 1% del total, obtiene algún poder. Y de estos, el 1% consigue un superpoder.

A los pocos años la franquicia era ya muy popular. En 1990 Marvel se interesó por adaptar la historia al cómic y Martin aceptó con la condición de controlar el producto para que no acabara convertido en una chufa deforme. A la miniserie Wild Cards de Marvel se añadieron algunas historias muy cortas en la revista Epic Illustrated y ahí quedó todo.

La miniserie está bastante bien; está ambientada en 1988, entre los libros Down and Dirty y Ace in the Hole, y está hecha un poco como los libros, con la colaboración de muchos escritores y artistas diferentes, algunos buenos como el ya mentado Walter Jon Williams, que también colaboraba con Martin en la serie literaria, y se nota, pero gracias a la labor de Martin no pasa como con otros trabajos colectivos que terminan siendo una cosa informe.

Lo mejor, las partes de Walter Jon Williams; más flojas las de Howard Waldrop, conocido en España por la infame «1999: ¡Guerra Texas-Israel!» y que últimamente (bueno, el año pasado más bien)... parece haber ido ganando puestos en el ranking de escritores de ciencia ficción norteamericanos gracias a sus cuentos. En la parte gráfica hay de todo, pero en general bastante bueno.

La noticia (para mí, que no me había enterado hasta hace unos días) es que la traslación del universo Wild Cards al cómic se ha repetido recientemente dentro de la actual fiebre por adaptar éxitos del fantástico literario al cómic. Wild Cards: The Hard Call es una miniserie de seis comic-books con guión de Daniel Abraham y arte de Eric Battle, publicada casi enteramente por Dabel Brothers (sello especializado en adaptar al cómic importantes obras de la literatura fantástica, incluyendo dos novelas cortas de Martin pertenecientes al universo de Canción de Hielo y Fuego), siendo el sexto y último de la serie publicado por Dynamite, tras cesar Dabel Brothers en su actividad.


Está prevista su edición en formato electrónico para Kindle en Amazon el 17 de agosto y se planea también una edición en tapa dura (formato "novela gráfica") para Navidad del año que viene, según Amazon.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Presentación de «Aquelarre» en la Librería Gil de Santander


El editor de «Salto de Página», Pablo Mazo Agüero, presenta en Santander el libro «Aquelarre. Antología del cuento de terror español actual», una inquietante colección de escalofríos literarios. Para ello contará con la presencia de uno de sus autores, el cántabro Marc R. Soto.

La antología recopila relatos de Alfredo Álamo, Juan Ramón Biedma, Emilio Bueso, Matías Candeira, Santiago Eximeno, Cristina Fernández Cubas, David Jasso, José María Latorre, Alberto López Aroca, Lorenzo Luengo, Ismael Martínez Biurrun, Ángel Olgoso, Félix J. Palma, Pilar Pedraza, Juan José Plans, Miguel Puente, Marc R. Soto, Norberto Luis Romero, Care Santos, José Carlos Somoza, José María Tamparillas, David Torres, José Miguel Vilar-Bou y Marian Womack. Un impresionante elenco de autores para un libro necesario que, sin duda, hará las delicias de los lectores aficionados al horror inteligente.

sábado, 21 de agosto de 2010

«El tapiz del vampiro», de Suzy McKee Charnas

☆☆☆½

Puede que las cuatro estrellas que le puse en aNobii le vayan un poco grandes a este fix-up un tanto irregular (como suele ocurrir con este tipo de novelas, construidas mediante la unión de dos o más cuentos relacionados) protagonizado por un atípico chupasangres, profesor universitario, con problemas existenciales. En conjunto, está más cerca del "bastante bueno" que del "regular". Vamos, que está bien.

En una primera lectura, a mediados de los 90, me pareció aburrida y estuve a punto de abandonarla. Al reeditarla Alamut en 2009, le di otra oportunidad. Quince años después soy un lector bastante más paciente y tanto mi actitud como mis intereses han cambiado, como es lógico. En la relectura me ha resultado bastante interesante, aunque sigo echando de menos algo más de nervio en la narración.

El vampiro de Suzy McKee Charnas constituye una original excepción en el mundillo de la literatura vampírica, como la propia novela, y por las mismas razones. Con un tratamiento casi materialista, más de ciencia ficción que de fantasía, lo fantástico está explicado en clave de anomalía biológica; no hay fenómenos sobrenaturales sino accidentes adaptativos, desprovistos de cualquier carácter mágico-religioso. Además, es una novela profundamente antirromántica, casi tan fría y racionalista como el personaje central, el depredador para quien la emoción humana es un lujo, un lujo que le atrae pero no se puede permitir.

Con partes brillantes y otras un poco más flojas (recordemos que se trata de un fix-up) y hasta aburridas, a veces rozando el ensayo especulativo, no es una novela ligera para adolescentes en busca de emociones de baratillo como "Crepúsculo" y sus secuelas, ni una historia de acción morboerótica como las novelas de Anne Rice. Es una novela sutil, adulta, bastante profunda, realista dentro de lo que cabe esperar de una novela de sus características y, a pesar de esa frialdad que la domina, con picos de emoción y suspense, eficazmente inquietante y hasta perturbadora, que se sigue disfrutando después de la lectura gracias a las reflexiones que promueve, no sólo de carácter especulativo sino también sobre nuestra propia naturaleza.

A destacar, dentro del fix-up, el relato central del mismo: "El tapiz del unicornio", que ganó el premio Nebula a la mejor novela corta.

lunes, 14 de junio de 2010

Presentación de «Los hijos de las tinieblas», de José Antonio Cotrina, en Santander


José Antonio Cotrina presenta en Santander su última novela, Los hijos de las tinieblas, segunda parte de su trilogía de terror adolescente El Ciclo de la Luna Roja, ambientada en la temible ciudad de Rocavarancolia.

Yo ya he apartado el libro que estaba leyendo (la interesante y comprometida novela colectiva Q, de Federico Guglielmi, Giovanni Cattabriga, Luca Di Meo y Roberto Bui, agrupados bajo el seudónimo Luther Blissett dentro del Luther Blissett Project) para ponerme con Los hijos de las tinieblas; así el viernes tendré el cargador lleno de preguntas que dispararle al bueno de Cotrina.

jueves, 7 de enero de 2010

«Marsbound» y «Starbound», de Joe Haldeman

Bueno, no sé si sabréis que Joe Haldeman ha estado pachucho a finales de año. (También puede que no sepáis quién es Joe Haldeman; si es así, pasaos por Wikipedia y volved más tarde).

Todavía está fastidiado, pero mejor; ha salido del hospital y está en su casa. El caso es que, cuando me enteré de que estaba enfermo, me dio un poco de angustia. No sólo porque me gustan sus libros (no soy un gran fan, pero me gustan) sino porque tuve la suerte de conocerlo, charlar con él y comprobar que es una persona estupenda. Es el único autor galardonado con el Grand Master Nebula al que conozco personalmente, y encima le caigo bien. Quiero que siga siendo así.

Afortunadamente Joe y Gay, su mujer, se acordaban de mí cuando reanudé el contacto. Supongo que no era fácil olvidarme considerando que, cuando nos conocimos, yo iba disfrazado de Giles Habibula, orondo personaje de la novela «La Legión del Espacio», de su amigo Jack Williamson.

El caso es que últimamente estoy más al tanto de lo que hace Haldeman. La noticia es que acaba de salir en EEUU la continuación de «Marsbound», que se titula «Starbound» y ha sido editada por Ace Books.

«Marsbound» (☆☆☆½) es una especie de novela juvenil a lo Heinlein; quizá los conocedores del género recuerden «Podkayne de Marte» (también editada como «Hija de Marte» en nuestro país), que es la referencia inmediata, igual que lo fue «Tropas del espacio» cuando Haldeman creó «La guerra interminable», su novela más famosa. Salió al mercado en agosto de 2008.

La protagonista es una jovencita llamada Carmen Dula, cuya familia gana un sorteo para visitar la colonia humana establecida en Marte. Allí hará gala de su rebeldía juvenil y vivirá entretenidas aventuras, con sus dosis de humor y drama, junto a sus amigos los marcianos.

Haldeman no es el único que ha tratado de emular a Heinlein dándole una vuelta de tuerca; es notable el caso de John Varley, uno de los mejores cuentistas de la historia del género, que también ha hecho sus incursiones en la novela juvenil heinleniana con novelas como «Trueno Rojo», aunque no con mucha fortuna; el esfuerzo emulador de Varley es tan grande que éste llega a auto-anularse como autor; es una novela sin personalidad propia, carente de originalidad y en el que la brillantez de Varley como estilista destaca por su ausencia.

Haldeman tiene quizá menos capacidad estilística, pero sin duda sus dotes para la novela, para la narración larga en general, son mayores. El homenaje a Heinlein es más sutil, más de fondo, como en «La guerra interminable» o en la trilogía de los Mundos, a la que recuerda un poco por su estilo inconformista. Y, a pesar de su carácter de obra menor, el resultado es mucho más satisfactorio. Espero que «Starbound» resulte igual de entretenida.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Otra cubierta para AJEC: «Bucéfalo. Memorias del caballo de Alejandro»

Pues esta es la última cubierta que he diseñado para AJEC. Bueno, esto es la parte anterior de la sobrecubierta; las tapas van al cromo, con un diseño similar.

«Bucéfalo. Memorias del caballo de Alejandro», es una novela de Eloy M. Cebrián, un viejo conocido de es.humanidades.literatura (¡el mundo es un pañuelo!), el foro literario de la jerarquía es. de Usenet (donde él, por cierto, usaba el nick “Bucéfalo”) en el que participé asiduamente durante algún tiempo hace unos años, cuando el concepto de “red social” no había llegado aún a la WWW.

No es la primera vez que Cebrián se acerca a la figura de Alejandro. Este libro es fruto de bastantes años dando vueltas al personaje y a su historia, en una constante reelaboración. Una versión anterior fue publicada por Alfaguara como «Vida de Alejandro, por Bucéfalo», dentro de su Serie Roja destinada a un público juvenil.

Os dejo con el texto de la cubierta y la solapa:

«Año 326 antes de Cristo. Bucéfalo, el legendario caballo del rey Alejandro de Macedonia, agoniza por una herida de combate. Consciente de que su fin se acerca, el animal se resigna a morir a un mundo de distancia de la tierra que lo vio nacer. Pero antes de dispone a evocar la aventura de su vida, un viaje fascinante que lo ha conducido desde las tierras de Grecia a Jonia, desde Egipto a Mesopotamia y Persia. Y más allá, mucho más allá, hasta las misteriosas estepas del Asia central y la fabulosa India, donde una flecha enemiga lo aguardaba impaciente.

»Estas páginas constituyen una invitación a recorrer a lomos de Bucéfalo algunas de las páginas más vibrantes de la Historia, una crónica de primera mano del que habría de convertirse en el más glorioso de los reyes y el más invencible de los generales, aquel que sería honrado por la posteridad con el sobrenombre de «El Grande».

»Batallas, aventuras, prodigios, valor, lealtad, ambición, muerte o victoria. Y todo un mundo que conquistar. El precio exigido es enorme, pero también lo es la recompensa: fama perdurable, gloria inmortal.»

«Eloy M. Cebrián (Albacete, 1963) es licenciado en Filología Inglesa y profesor en un instituto de su ciudad natal. Su actividad literaria abarca la narrativa juvenil y la novela para adultos. Para los jóvenes ha escrito Bajo la fría luz de octubre (Premio Jaén 2003) y Operación Beowulf (de próxima aparición). En cuanto a su producción para adultos, cabe destacar El fotógrafo que hacía belenes (VII Premio Francisco Umbral) y Los fantasmas de Edimburgo (finalista de los premios Fernando Lara y Herralde). Ha recibido también importantes galardones como autor de relatos breves. Muchos de esos cuentos se han recogido en las colecciones Las luciérnagas y Comunión. Es, además, colaborador habitual en prensa y traductor literario ocasional, y desde hace una década codirige la revista de creación El Problema de Yorick.

»Estas Memorias del Caballo de Alejandro constituyen su primera incursión en la novela histórica.»

Más información sobre el autor, en http://www.eloymcebrian.com

miércoles, 10 de diciembre de 2008

A la venta «Bebés jugando con cuchillos», de Santiago Eximeno

Desde hace unos días podéis ya comprar esta jugosa antología de ciencia ficción, terror y fantasía de uno de los mejores cuentistas fantásticos españoles (con cubierta diseñada por un servidor, por cierto). Y baratita de precio, además: menos de 10 euros. Una relación calidad-precio muy difícil de mejorar (hoy en día, tal como está el fantástico en España, imposible; bien por el editor).

Edita AJEC y se puede conseguir, entre otros sitios, en Cyberdark.

Yo me “enamoré” de los cuentos de Eximeno con uno de los relatos de la antología, Origami, que leí en el tren de camino a Getafe para asistir a la HispaCon 2003, y que se llevó el premio Ignotus, votado allí por los asistentes. Una auténtica joya, en serio.

En cuanto al libro en sí, por la parte que me toca, estoy muy satisfecho con cómo ha quedado. Al final Raúl se ha decidido, como yo le aconsejaba, por un plastificado brillante que le da más profundidad al negro y resalta los colores; una buena elección de la que me congratulo. Además, la cubierta está francamente bien impresa, los hendidos bien hechos, el lomo bien centradito..., en fin, un buen trabajo.

Lo único que me da rabia es que hasta el lunes que viene no podré empezar a leerlo. Tengo muchas ganas, pero el viernes tengo un examen importante y el fin de semana... Uf...

Ya os contaré lo del fin de semana cuando haya terminado. (¡Si sobrevivo!)