Mostrando entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de febrero de 2024

«La Voz de su Amo», de Stanislaw Lem (1968)

Hay unas cuantas novelas de ciencia ficción que no están ya en mi Top Five de favoritas, pero lo estuvieron en otro tiempo y podrían entrar perfectamente en mi Top Ten. Por ejemplo, La Voz de su Amo.

Ya comenté con entusiasmo esta novela del gran autor polaco en un pequeño texto para C hace un montón de años, en 2006, en el marco de un homenaje que varios escritores, críticos y aficionados (como yo), le dedicamos poco después de su fallecimiento. No voy a repetirme, porque lo compartí aquí hace tiempo, y para lo demás está Wikipedia, que tiene una entrada muy buena sobre esta novela. Lo que pretendo es completar un poco mis impresiones y añadir algo de contexto sobre mi experiencia como lector.

Leí La Voz de su Amo a comienzos de la década de los noventa, en la misma época que Naufragio, de Charles Logan (novela que también estuvo muchos años en mi Top Five, posiblemente más por razones sentimentales, por lo que me hizo sentir en aquel momento, que por su calidad literaria).

Voy a comentar brevemente algo sobre Naufragio, que fue un caso un poco especial. Estaba solo en Murcia, recién llegado de Santander, sin amigos. Mi timidez era grande (no se me curó hasta unos años después, durante mi servicio militar) y mi carácter septentrional, reservado y precavido, chocaba frontalmente con el de la mayoría de la gente de aquella zona (siento generalizar, pero así es como lo recuerdo), cuya franqueza y curiosidad resultaba difícil de tolerar para un Santanderino de Toda la Vida como yo. El protagonista de Naufragio estaba solo y atrapado en otro planeta, como me sentía yo. No me extraña, con la perspectiva que dan los años, que me identificara tanto con el personaje protagonista. Normalmente ando bajo de empatía, pero no pude evitar emocionarme al acabar la novela. Al fin y al cabo, hablaba de mí.

Sobre Naufragio podéis leer en C una visión diferente y menos halagüeña, de Ignacio Illarregui. También está disponible un breve comentario, muy entusiasta (quizá demasiado), que hice en aquí en Cavernalia en 2012.

El caso de La Voz de su Amo es muy diferente, como lo es la emoción que me evoca. La admiración que ya sentía por Lem desde muy niño (os recuerdo que fue el primer autor de ciencia ficción que conocí, aparte de Jules Verne) aumentó drásticamente. Ya he comentado cómo me sentí en su primera lectura, enfrentado a una auténtica avalancha de ideas maravillosas que brotaban por doquier, prácticamente en cada página. A muchos les haría falta un glosario detallado para no perderse; de hecho, yo tuve que hacerme uno y hasta visité una biblioteca (eran otros tiempos, sin Internet) para consultar términos y aprender sobre los conceptos que iba desgranando el autor polaco a lo largo de la novela. Esto es algo que conecta a la mayoría de mis novelas favoritas, como ya he dicho aquí varias veces.

La Voz de su Amo viene a ser un compendio de muchos de los temas tratados por Lem en sus obras, destacando asuntos como la dificultad de entenderse con El Otro tras un primer contacto, las limitaciones humanas a la hora de enfrentarse a misterios de naturaleza posiblemente incognoscible, la crítica a la burocracia...

Ya no me acordaba, pero tengo escrito que, como ocurrió con Naufragio, me puse inmediatamente a releerla. No suele ocurrir, os lo aseguro.

Como siempre, debo recalcar que mi consideración hacia esta novela es subjetiva, y si está tan alta en mi estimación es por razones más personales, y de gusto particular, que por motivos estrictamente literarios. Seguramente podría, si me esfuerzo, encontrarle defectos que poder indicaros. Pero yo, generalmente, no escribo reseñas ni críticas de libros; me limito a comentarlos a mi aire. Y no me apetece desbarrar sobre eso.

Dicho esto, seguramente La Voz de su Amo no es lo mejor para comenzar a leer a Lem, pero resulta excelente para el lector ya iniciado en novelas como Solaris, Fiasco o Edén. Por cierto, últimamente hay disponibles muy buenas ediciones de las obras de Lem con las que poder empezar a familiarizarse con su literatura, incluyendo estas que acabo de mencionar, gracias a la editorial Impedimenta.

miércoles, 23 de noviembre de 2022

Mi «Top Five» de novelas de ciencia ficción (2022)

Siguiendo el ejemplo de mi amigo Ignacio Illarregui (y también de los colaboradores de C Julián Díez, Carlos Morgenroth, Mario Amadas, Adolfina García, Alfonso García, Ekaitz Ortega, Santiago L. Moreno y Fernando Ángel Moreno), he actualizado mi Top Five de novelas de ciencia ficción, que data de 2013.

No incluyo antologías, obviamente, pero sí fix-ups, por los que siempre he tenido cierta debilidad. Dejando también al margen bilogías, trilogías y «enelogías», como los dípticos formados por Hyperion y La caída de Hyperion (Dan Simmons) o La estrella de Pandora y Judas desencadenado (Peter F. Hamilton), la trilogía de Thistledown de Greg Bear (t.c.c. «La Vía», formada por Eón, Eternidad y Legado), la saga del Centro Galáctico (Gregory Benford) o El Libro del Sol Nuevo (Gene Wolfe), entre otras cosas, confeccioné una corta lista de títulos de los últimos 40 años, con el fin de facilitarme la tarea de elegir sustitutas para dos novelas (2) que habían perdido su posición en mi particular ranking de favoritas del género.

Esta vez, la primera elección ha sido fácil; para la segunda, he tenido que repasar y meditar largamente.

Pero vayamos por orden. La última vez que compartí en público mi Top Five, hace nueve años, era así:

  1. «Pensad en Flebas» (Consider Phlebas), de Iain M. Banks (1987).
  2. «Vurt», de Jeff Noon (1993).
  3. «Invernáculo» (Hothouse), de Brian W. Aldiss (1962).
  4. «Naufragio» (Shipwreck), de Charles Logan (1975).
  5. «La mano izquierda de la oscuridad» (The Left Hand of Darkness), de Ursula K. Le Guin (1969).

Para empezar, he dejado caer a Naufragio. Me sigue pareciendo notable y la recuerdo con emoción, pero en la última década he leído unas cuantas que son mejores y, sobre todo, me han gustado más, que es de lo que se trata. En su lugar he elegido un fix-up que me maravilló en su momento y me sigue trayendo gratos recuerdos desde que lo leí, allá por el verano de 2015: Diáspora, de Greg Egan.

Diáspora me parece mejor que Naufragio con diferencia, aunque debo reconocer que al principio me costó entrar en la historia. El comienzo me pareció muy complicado y, francamente, para alguien de letras como yo, un latazo. (Vale, es hard science fiction, o sea, ciencia ficción “dura”..., “durísima”, vamos; yo creo que aquí hard se podría traducir, con más propiedad, como “difícil”).

Afortunadamente, la edición de AJEC se benefició de la corrección de estilo de Sergio Mars. Me imagino que su labor resolvió bastantes problemas; la traducción debió de ser muy compleja y sospecho que, sin la colaboración del escritor valenciano, la cosa podría haber sido un tremendo quilombo.

En fin, menos mal que insistí. Después de los primeros baches teóricos, la historia me fue atrapando más y más, casi sin poder soltar el libro, hasta completar su lectura en una especie de éxtasis místico, completamente encandilado.

Diáspora tiene momentos memorables, desbordantes de maravilla, que agradecí especialmente después de la pequeña decepción de Zendegi (2010), mi anterior lectura de Egan, de la que esperaba mucho más tras leer la excelente Ciudad Permutación (1994) y la antología Axiomático (1995), una de las más importantes de los años 90. Sin entrar en spoilers, flipé con lo de las alfombras de Wang (fascinante), con la estatua de los Transmutadores (me voló la cabeza) y otros portentos imaginativos que se van desgranando en la novela.

Como he señalado, al principio pensé que tendría que estudiar física para poder entenderla, pero Egan se las arregla para ir preparándote a medida que vas leyendo, explicando las cosas sin excesivos info-dumps que, personalmente, suelo detestar (es una de las razones por las que no suelo aguantar a Kim Stanley Robinson, por ejemplo). Egan es de los que instruyen deleitando, al menos en esta novela.

No es una novela perfecta, ni mucho menos; tiene el problemilla del comienzo excesivamente árido, el fix-up impone cambios muy acusados tanto en la trama como en el ritmo, que quizá se acelera demasiado en el último tramo... Pero a mí me encantó.

En fin, tras el primer cambio la cosa quedaba así:

  1. «Pensad en Flebas» (Consider Phlebas), de Iain M. Banks (1987).
  2. «Diáspora» (Diaspora), de Greg Egan (1997).
  3. «Vurt», de Jeff Noon (1993).
  4. «Invernáculo» (Hothouse), de Brian W. Aldiss (1962).
  5. «La mano izquierda de la oscuridad» (The Left Hand of Darkness), de Ursula K. Le Guin (1969).

Después de esta primera enmienda estuve pensando mucho en el asunto, buscando obras que me hubiesen gustado especialmente y tratando de imaginar si las que me entusiasmaron en su día lo harían hoy en la misma medida. Hay libros que, en su momento, no me satisficieron mucho y que, con los años y las relecturas, han acabado pareciéndome magistrales, como Excesión (Excession, 1996), de Iain M. Banks (uno de mis escritores favoritos), y otras que me fliparon de jovencito y ahora me parecen buenas, sí, pero como tantas otras.

Creo que un buen ejemplo de esto último es la primera novela que he retirado en esta ocasión de mi Top Five: Naufragio, de Charles Logan, reemplazada por Diáspora. En su día, siendo aún adolescente, la primera y última novela de Logan me emocionó tanto que, en el instante de acabarla, me puse a releerla. Hoy en día, no estoy seguro de que hubiera reaccionado así. Probablemente, no.

Después de encargarme de Naufragio me quedaba hacer otro cambio, el más difícil: Invernáculo, de Brian W. Aldiss. Sigue siendo una de mis predilectas, pero hay otras que pondría al mismo nivel y que podrían haber estado en su lugar perfectamente.

El primer ejemplo que me viene a la cabeza es El Señor de la Luz, de Roger Zelazny, que ya estuvo en su día (hace muchos años) en mi Top Five. Ahora que lo pienso, podría publicar otra entrada titulada «Novelas de ciencia ficción que no están en mi Top Five de favoritas pero podrían caber perfectamente en mi Top Ten» y meterla ahí. Y otra con el título «Novelas de ciencia ficción que no están en mi Top Ten de favoritas pero podrían caber perfectamente en mi Top Fifty». Y así hasta las 1000. Igual lo hago. (Nope).

Voy a comentar, eso sí, dos de esas novelas que han estado a punto de entrar en mi Top Five; creo que merece la pena detenerse un poco en ellas. Y también, de paso, otro par de obras importantes que, por razones ajenas a su calidad, no han llegado a calarme como podrían haberlo hecho (a pesar de tener todas las cosas que más me suelen gustar) y que, por tanto, no están entre mis cinco preferidas (perdón por insistir, pero os recuerdo que no se trata de las que me parecen mejores, sino de las que más me gustan a mí).

Probablemente la más importante de estas últimas (y una de las mejores, en general) sea Cismatrix, de Bruce Sterling.

No es Cismatrix, soy yo. La novela es fenomenal y tiene todos los ingredientes para encantarme. Estoy seguro de que, si la hubiese leído con 18 años o así, llevaría desde entonces en mi Top Five. De hecho, leí algunos cuentos de Sterling en mi juventud, gracias a la antología Crystal Express (Ultramar, 1992), que siguen siendo de mis favoritos.

Entonces, ¿cuál es el problema? Simplemente, que la pillé muy tarde. Originalmente publicada en 1985, no apareció en España hasta 20 años después. Demasiado tiempo, lamentablemente. En el ínterin, varias novelas grandemente influenciadas por Cismatrix (y también por los cuentos ambientados en el mismo universo) fueron apareciendo en nuestro mercado y, cuando la seminal novela de Sterling apareció por fin, la fiesta ya estaba terminando y mucho nos sonaba a repetido, cuando en realidad, en su momento, fue una gran pionera. Una pena, la verdad.

Otra novela seminal muy importante que no pude apreciar como es debido es ...Y mañana serán clones (The Ophiuchi Hotline, 1977), de John Varley.

En este caso no fue el libro lo que llegó tarde, sino yo. ...Y mañana serán clones es un fix-up de varios relatos y, antes de poder conseguir el libro (cosa que no fue fácil, porque no se había reeditado desde 1978 y los ejemplares disponibles eran muy escasos), ya me había leído casi todo en distintas antologías y revistas. Si no, probablemente sería de mis favoritas, porque tiene también todo lo que me suele entusiasmar. Por ponerle un pero, quizá se le vean demasiado las costuras al fix-up... No sé, realmente no puedo juzgarlo adecuadamente, porque mi lectura de la novela estuvo condicionada por el hecho de haber leído y releído los relatos que la conforman durante más de veinte años. Lo que sí puedo decir es que esos cuentos (y otros trabajos de Varley que no forman parte de su universo de los Ocho Mundos, como la novela corta La persistencia de la visión) me siguen pareciendo de lo mejorcito (mención especial para El fantasma de Kansas, que es uno de mi relatos* favoritos).

[*Aquí uso la palabra «relato» con el sentido de cuento largo, el equivalente a novelette en inglés].

Dicho esto, a modo de justificación, por si alguien se pregunta por qué no están en mi quinteto preferido Cismatrix o cualquier otra novela (generalmente, por haberla leído en condiciones desfavorables o, simplemente, por habérseme escapado), pasemos ahora a esas novelas que sí han estado a punto de reemplazar a Invernáculo en mi Top Five.

Hay muchas novelas magníficas que podría haber escogido. Pensando en ello he recordado un montón de títulos, la mayoría del siglo XX. Sin ir más lejos, las ya mentadas Excesión y Ciudad Permutación. Sin embargo, por mucho apego sentimental que tenga por estas y otras novelas del siglo pasado como Los genocidas (Thomas M. Disch, 1965), Neuromante (William Gibson, 1985), Cyteen (Carolyn J. Cherryh, 1988), Un fuego sobre el abismo (Vernor Vinge, 1992), La Era del Diamante (Neal Stephenson, 1995), La quinta cabeza de Cerbero (Gene Wolfe, 1972) y muchas otras, sobre todo de los años 80 y 90, tengo que reconocer que el presente siglo me ha dado algunas lecturas maravillosas, que no tienen nada que envidiar a sus prestigiosas predecesoras y que, en algún caso, superan a casi todas en mi preferencia.

Una de ellas es El Río de los Dioses (2004), del británico Ian McDonald.

El autor nos pinta un mundo terriblemente fascinante en un entorno bastante exótico, una India futura (el río de los dioses del título, lógicamente, es el Ganges) en la que está a punto de armarse una buena marimorena.

Ian McDonald piensa a lo grande. Movidas tochas, que no falten. Esta novela tiene de todo, pasa de todo, es un no parar. Esta es una de las características que me atraen particularmente, que pasen muchas cosas. Y que haya algo muy gordo en juego, también. Aquí lo hay.

Personajazos que se ven atrapados en la historia, metidos en jaleos, uno detrás de otro. Ritmo frenético. Lucha, conflicto. Drama. Variedad, inventiva. Todo eso me encanta. Todo eso lo hay en Cismatrix (que lamentablemente leí a destiempo, como ya he contado) y en muchas de mis novelas favoritas como, sin ir más lejos, Pensad en Flebas.

Al final todo confluye, como los afluentes de un gran río. Ver cómo el aparente sindiós adquiere sentido es muy satisfactorio. El Río de los Dioses es un follón, sí, pero es un follón maravilloso.

Otra obra del siglo XXI que me encanta es Accelerando (Charles Stross, 2005), quizá mi favorita de las últimas dos décadas. Otro escritor británico, otro fix-up.

Hay novelas que manejan material especulativo como para escribir cinco o diez más. Accelerando es una de ellas. Esta es una de las cosas que más me atraen de la ciencia ficción: la audacia conceptual. Meter un montón de ideas alucinantes en una coctelera literaria y menearla «con alegre desparpajo», como decía el blurb de The Library Journal sobre Accelerando.

Me encanta sentirme arrollado mentalmente, que me secuestren de la realidad suspendiendo mi incredulidad y me vuelen la cabeza saturando mi sentido de la maravilla. En una palabra, flipar.

Recuerdo la primera vez que sentí la emoción de experimentar una gran avalancha imaginativa echándose sobre mi cerebro; fue con La Voz de su Amo, de Stanislaw Lem, que sigue siendo una de mis novelas predilectas desde que la leí allá por 1992.

Muchas de mis favoritas comparten esto, ya digo. Cismatrix (Sterling) e ...Y mañana serán clones (Varley) son así y, si no fuera por lo que ya he explicado, seguramente estarían entre ellas. Ya he hablado de Diáspora y Ciudad Permutación (Egan), otras que tal bailan, y de El río de los dioses (McDonald). Pensad en Flebas y Excesión (Banks) también lo tienen. Desbordan «cienciaficcina», esa sustancia misteriosa repleta de imaginación y especulación que da al género su sabor particular.

El despendole inventivo de Accelerando es impresionante. En 2005, cuando salió (o, mejor dicho, cuando su autor la liberó, porque la compartió gratis en Internet), Stross llevaba un lustro fermentando, en una serie de cuentos, las nociones que acabaría mezclando y sirviendo en la novela. Y vaya mezcla le salió.

Sus temas principales son la singularidad tecnológica y la transhumanidad, en una aventura que parte de lo individual para ir desarrollándose a escala cósmica. Otra coincidencia con otros autores que me entusiasman: Stross piensa a lo grande.

Es compleja, es profunda y, encima, es una novela de aventuras de lo más entretenida.

Con algunas dudas, estuve a punto de meter esta obra en mi Top Five. Quizá Accelerando no concite demasiado consenso, pero (again) esta lista va de novelas que me molan a mí. Al final, me ha dado más satisfacción que otras quizá de más enjundia como Anatema (Neal Stephenson, 2008), La chica mecánica (Paolo Bacigalupi, 2009) o Embassytown: La Ciudad Embajada (China Miéville, 2011) o, incluso, El Río de los Dioses.

¿Más que Invernáculo? Creo que sí. ¿Más que Ciudad Permutación? Por ahí le anda. ¿Más que Excesión? Sinceramente, no.

No creo que os sorprenda, después de haberla mencionado varias veces, y menos si me habéis leído en Facebook. Al final he cedido a la tentación, a costa de repetir autor, y he colocado a Excesión en mi Top Five.


Ya he explicado algunas cosas que me gusta encontrar en una novela de ciencia ficción. Sé lo que me gusta y nunca me canso de ello. Un ejemplo de esto es lo bien que me lo he pasado este año leyendo los diarios de Matabot/Murderbot de Martha Wells; no se me han hecho cansinos en ningún momento. Si algo me gusta, quiero más. Y un escritor que me proporcionaba regularmente buena mercancía era Iain Menzies Banks. Desgraciadamente falleció en 2013, víctima de un raro cáncer de vesícula, y me quedé sin suministro.

Después de las tres primeras novelas de su serie de La Cultura, que fueron publicadas en España por Martínez Roca, Excesión y otras novelas de Banks fueron editadas por La Factoría de Ideas, también conocida como La Fechoría en ciertos círculos, una empresa editorial (EMHO) muy poco seria. A menudo encontramos en sus libros algo que lamentar y, desde luego, este no es una excepción. Aunque tampoco es que las ediciones de Martínez Roca fueran maravillosas, la verdad. Recuerdo un fallo muy gordo justo al principio de Pensad en Flebas que... Bueno, vamos a dejarlo, que ahora no toca.

Como muestra, un botón: En 2010, durante una de mis numerosas relecturas de Excesión, me di cuenta de que se había traducido a partir de un escaneo pirata de la edición original, con erratas de OCR y fallos de maquetación, de un aficionado que se hacía llamar “HugHug”. [Gracias, “HugHug”, que el Monstruo de Espagueti Volador te conserve los ojos (en un tarro con formol, después de arrancártelos con una cuchara)]. Naturalmente, tratándose de una edición de La Factoría de Ideas, los errores de “HugHug” pasaron a la traducción. ¡Vaya tela!

Excesión ya es bastante complicada como para, encima, dificultar más su lectura con la inclusión de errores heredados de un OCR mal hecho, con una maquetación incorrecta y, para más INRI, incómoda de leer, mal diseñada: caja demasiado grande, cuerpo de letra demasiado pequeño... Me entristece que una novela tan estupenda haya sufrido semejante maltrato. Todo por ahorrarse pasta, sobre todo en el papel, que encima es pésimo, bajando de las 450 páginas de la edición original hasta las 350, y eso que los textos en inglés suelen “engordar” al ser traducidos al castellano. Traducción, por otra parte, que no está mal pero podría haberse beneficiado de una buena corrección.

Chapuzas así han sido habituales en La Factoría de Ideas, casi marca de la casa. Recuerdo un caso especialmente sangrante: Galveston, la obra maestra de Sean Stewart ganadora del World Fantasy Award, que la descuidada edición de esta editorial devaluó en gran medida, convirtiéndola prácticamente en un bodrio plagado de erratas y mal escrito. La calidad literaria de la traducción desmerecía mucho la del original y resultaba evidente que no había pasado por el más mínimo filtro profesional (corrección de estilo, ortotipográfica, etc.) que cabe esperar de una editorial seria. Una verdadera lástima.

Por otra parte, tropelías como esas fueron las que me animaron, en buena medida, a leer en inglés (una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida). Otro de los motivos de peso fue, precisamente, poder disfrutar de las novelas de Banks que su muerte había dejado sin publicar en España (obras que, a día de hoy, siguen inéditas en nuestro idioma). Para este comentario he querido volver a la edición española y me ha sido imposible; ya solo ver de nuevo la anchura de la caja de texto, con ese cuerpo de letra minúsculo que hace de cada línea un sufrimiento interminable, me ha disuadido y me ha impulsado a releerlo en su versión original, con lo que gana muchos puntos.

Excesión es una novela exigente. En mi primera lectura no me enteré de la misa ni la mitad, pero no fue culpa del libro (bueno, un poco sí, por lo que ya he comentado; quiero decir que no fue culpa de Banks, sino mía); iba desprevenido y me la pegué. He visto por ahí críticas de que es «un lío»; en realidad no es así ni mucho menos. Tiene una estructura perfecta. Simplemente, hay que estar atento, porque tiene muchísimos detalles, la trama es compleja, tiene muchos personajes y te puedes perder.

No me pasó como con Diáspora, que me resultó difícil de leer solo al principio. Excesión se me resistió todo el rato. Cuando pasé la última página, me quedé algo confuso, con la sensación de haberme perdido muchas cosas. Seguro que la edición tuvo algo que ver en eso, porque la maquetación convierte la lectura de esta novela en una actividad más ardua de lo necesario, pero más tarde me di cuenta de que quizá no la había encarado de la manera más adecuada.

Tuve una reacción parecida después de ver Primer, la película de Shane Carruth sobre viajes en el tiempo, ganadora del Premio del Jurado en el Festival de Cine de Sundance de 2004. En 2008, el crítico Mike D'Angelo escribió en la revista Esquire: «cualquiera que se jacte de entender completamente lo que está pasando en Primer después de verla solo una vez, es un superdotado o un mentiroso». No intento compararlas; la trama de Excesión es enrevesada, pero no tanto. Solo trato de transmitir mi perplejidad después de leerla.

En un principio eché la culpa a la novela. Pero luego me percaté de que, sencillamente, no la había leído bien. Excesión no es la típica space opera llena de batallitas que puedes devorar pasando páginas a toda velocidad y sin pensar. No digo que ese tipo de historia no me mole, ojo; me lo he pasado pipa leyendo series enteras en ese plan como la Saga de Chanur (de la gran C. J. Cherryh), pero esto es otra cosa.

Banks me había pillado desprevenido. Tal vez esperaba algo en la línea de otras obras suyas de ciencia ficción, más asequibles, claras y directas, como mi adorada Pensad en Flebas (para mí, como digo siempre, la space opera definitiva), o El jugador (1988). Fue un error por mi parte. Excesión es una novela sofisticada, para paladares exigentes, un poco en la línea de la aclamada (y, para mí, lo reconozco, no muy satisfactoria) El uso de las armas (1990), pero más refinada, y se merece paladearla y disfrutarla despacito.

Con cada relectura, mi opinión sobre Excesión ha ido mejorando en progresión geométrica.

Así, mi Top Five queda, por ahora, como sigue:

  1. «Pensad en Flebas» (Consider Phlebas), de Iain M. Banks (1987).
  2. «Diáspora» (Diaspora), de Greg Egan (1997).
  3. «Excesión» (Excession), de Iain M. Banks (1996).
  4. «Vurt», de Jeff Noon (1993).
  5. «La mano izquierda de la oscuridad» (The Left Hand of Darkness), de Ursula K. Le Guin (1969).

Ojo, repito una vez más: no son las cinco mejores, sino las que más me han gustado hasta el momento. Y ojalá la lista cambie otra vez, más pronto que tarde; eso implicará haber disfrutado con la lectura de más obras maestras de mi género preferido. Sigue siendo una lista bastante viejuna; la novela más reciente tiene 25 años. Seguro que hay por ahí un montón de ellas capaces de desbancarlas, o eso espero.

lunes, 31 de julio de 2017

«Irontown Blues», de John Varley, a punto de caramelo

Mi última entrada en este blog, aparte de un par dedicadas al sacrosanto Gran Día del Culo Comiquero (a.k.a. Big Culo Day), versaba sobre la esperadísima novela de John Varley Irontown Blues, que debía cerrar su “Trilogía Metálica”, ambientada en su universo de los Ocho Mundos e iniciada en 1992 con Steel Beach («Playa de acero»), a la que siguió The Golden Globe («El Globo de Oro») en 1998. Irontown Blues fue anunciada en una entrevista en la revista «Locus» hace casi veinte años, pero no se puso a escribirla hasta 2015, que es cuando me hice eco de la noticia en Cavernalia: «Irontown Blues, de John Varley, en el horno».

La novedad que justifica mi reaparición en la blogosfera es que Varley por fin envió el primer manuscrito de Irontown Blues a Penguin en mayo, y está anunciada su publicación para el 28 de agosto de 2018, más de veinte años después de cerrar su venta a la editorial. ¡Una gran noticia! Espero que la espera haya merecido la pena y la trilogía remonte tras la interesante «Playa de acero» y la desconcertante «El Globo de Oro», que decepcionó a muchos fans... No a mí, que vi en ella un homenaje más a la obra de Robert A. Heinlein, concretamente a Double Star («Estrella Doble», premiada con el Hugo a la mejor novela en 1956), aunque sí que me quedé un poco descolocado tras su lectura por razones que no viene a cuento explicar ahora.

Me imagino que algunos conoceréis ya estas noticias desde mayo, como yo, a través del blog de John Varley. Estamos a punto de comenzar el mes de agosto y quizá esta entrada llega un poco tarde. Pero al menos ha llegado, ¿no? ¡Regocijaos, frikis míos, regocijaos! X-D

jueves, 8 de octubre de 2015

«Irontown Blues», de John Varley, en el horno

La carrera literaria de John Varley se puede dividir cronológicamente, grosso modo, en dos partes: siglo XX y siglo XXI. Empezó a destacar hacia 1975 y durante los diez años siguientes, más o menos, se convirtió (EMHO) en el rey del cuento de ciencia ficción de aquella época, con una serie de narraciones de calidad y originalidad apabullantes, entre las que destacan las novelas cortas «La persistencia de la visión» y «Pulse Enter █», además de relatos como «El fantasma de Texas» (mi favorito), «El asesino de Barbies», «En el salón de los reyes marcianos»...

Su obra breve recibió grandes y merecidos elogios (y premios importantes) e influyó sobremanera en el género, adelantándose una década a movimientos que deben mucho a su imaginación, como el cyberpunk, por no hablar del “boom” de la temática transhumanista durante los años 80, con Bruce Sterling a la cabeza.

Sin embargo, su carrera como novelista ha sido, desde el principio, tirando a mediocre. Con la excepción de la primera, Y mañana serán clones, que es un fix-up de algunos de sus mejores relatos de los años 70 (y, como es natural, retiene gran parte de su encanto, aunque la endeblez estructural propia de su origen no le hace un favor precisamente), ninguna de sus novelas se acerca a la altura de su obra breve.

La mayor parte de los cuentos que escribió en el siglo pasado están ambientados en un mismo “universo” de ficción, la mar de interesante, denominado «Los Ocho Mundos». A este universo pertenecen también el ya mencionado fix-up, como es lógico, y las novelas Playa de acero (1992) y El Globo de Oro (1998), que forman parte de una trilogía inacabada.

Playa de acero narra las aventuras de una persona dedicada al periodismo, El Globo de Oro cuenta las desventuras de un actor y se supone que la tercera, Irontown Blues, iba a ser la historia de un policía.

A pesar de algún éxito puntual, como Millenium (1983, basada en un interesante relato de 1977, «Incursión aérea»), que se vendió bastante bien, fue finalista del premio Hugo y llegó incluso a tener una versión cinematográfica (por desgracia, totalmente olvidable), está claro que las novelas no son el fuerte de John Varley. Anteriormente había escrito otra trilogía de ciencia ficción, la llamada “Trilogía de Gea”, formada por Titán (1979), La Hechicera (1980) y Daemon (1984, inédita en España), que no goza de muchas simpatías. Playa de acero tiene un nivel bastante digno, pero no llega al notable, y El Globo de Oro es una novela fallida, con algunos puntos de interés, pero intrascendente.

El escaso éxito de El Globo de Oro llevó a Varley a cambiar de rumbo, dejando la trilogía colgada durante más de una década.

Sin embargo, Varley ha insistido en trabajar con este formato y, durante este siglo, se ha dedicado a escribir otro par de medianías en plan best-seller y una serie de novelas de ciencia ficción de corte tirando a juvenil, inspirada en cierta medida en las novelas de este estilo que escribió Robert A. Heinlein para Scribner's (Planeta rojo —el primer libro que leyó Varley, por cierto, a los 12 o 13 años—, Consigue un traje espacial: Viajarás, Ciudadano de la galaxia, etc.). Iniciada con El Trueno Rojo (2003), que descolocó a muchos fans en su momento, esta serie ha recibido en general grandes dosis de desdén. La verdad, no sé qué esperaban los aficionados. Su intención de homenajear a Heinlein, uno de sus autores preferidos, estaba muy clara desde el principio.

Pero ahora me he enterado de que Varley está trabajando en la tercera novela de la trilogía de los Ocho Mundos, Irontown Blues, al menos desde el año pasado. Yo pensaba que ya no la iba a escribir nunca (incluso Varley llegó a dudar de ello en alguna entrevista, por si se moría antes; un cachondo, este hombre). Y me ha hecho ilusión. Tengo ganas de ver si Varley se ha adocenado totalmente o si, en cambio, retiene algo de la imaginación, la garra y la osadía que lo convirtieron en una referencia del género hace 40 años. Y, quién sabe, igual ya ha aprendido a escribir novelas como es debido y nos sorprende con algo realmente bueno. ¡Ojalá!

lunes, 10 de junio de 2013

Mi «Top Five» de novelas de ciencia ficción

Hay que ver lo que nos gusta a los frikis hacer listas. Recuerdo que cuando era un chavalín imberbe recopilaba como loco todos los nombres de autores de ciencia ficción que podía. Los sacaba de catálogos, principalmente, pero aprovechaba cualquier mención en prensa o televisión para añadir más nombres, con el fin de indagar luego sobre ellos en las librerías o en la biblioteca (otra fuente inestimable: las solapas de los libros y las páginas sobrantes dedicadas a publicidad). Todavía conservo esas listas mecanografiadas en mi vieja Olivetti, ¡qué tiempos!

Pero las listas de los cinco mejores de lo que sea, desde luego, se llevan la palma. ¿Recordáis aquella aplicación para Facebook de hace años? Qué gratos momentos haciendo listas de las cinco marcas de cerveza favoritas, las cinco estrellas del porno favoritas de los 80, las cinco estrellas del porno favoritas de los 90...

Hace algo menos de un año publiqué un post sobre mis cinco relatos favoritos de ciencia ficción y, con el correr de los meses, se ha convertido en el más visitado del blog. Así que, para celebrarlo, me he puesto a pensar en mis cinco novelas favoritas de ciencia ficción.

Con las novelas me ha costado bastante decidirme. Las tres primeras las tengo clarísimas, pero los otros puestos se los disputan unas cuantas obras. Si confeccionara este «Top Five» mañana, seguramente el resultado sería diferente.

Naturalmente, ya he hecho este ejercicio anteriormente, varias veces. Con los años la lista ha ido cambiando; se han ido cayendo libros y han ido entrando otros nuevos. Recuerdo que hace diez o quince años Pórtico (de Frederik Pohl), Dune (de Frank Herbert) y Estación de tránsito (de Clifford D. Dimak) ocupaban el podio; sin embargo, ahora no entrarían siquiera en el «Top Ten». Nuevas lecturas y un creciente refinamiento de mis gustos han ido desplazando esos clásicos a puestos inferiores. Por supuesto, me sigue encantando Estación de tránsito, que me parece la obra maestra de Simak; le tengo un cariño especial y la sigo recomendando, igual que las otras. Pero llegaron otros títulos que los fueron desbancando, como la devastadora Los genocidas (Thomas M. Disch), la inteligente Lengua materna (Suzette Haden Elgin), la vibrante Neuromante (William Gibson), la genial La voz de su amo (Stanislaw Lem), la rutilante Hyperion (y su continuación, La caída de Hyperion, de Dan simmons)...

En fin, aquí está mi «Top Five» de novelas de ciencia ficción de hoy, 10 de junio de 2013:


Pensad en Flebas

Pensad en Flebas / Consider Phlebas, de Iain M. Banks (1987).

Para mí, la novela de space opera definitiva. La cumbre del género. Una montaña rusa repleta de sentido de la maravilla, personajes memorables, acción a raudales, humor, violencia, aventura, alienígenas, naves inteligentes, asesinos cibernéticos, persecuciones, suplantaciones de identidad, partidas de cartas mortales, batallas espaciales, tiroteos, explosiones de todo calibre, abordajes, saqueos, asaltos, rescates in extremis, espionaje, tragedia, desesperación, melancolía, choque de civilizaciones, y visto desde el punto de vista del “malo”, uno de los mejores y más carismáticos personajes que ha dado el género.

Pero no es solamente una space opera clásica llena de acción e intriga. Es sorprendentemente profunda (sorprendente la primera vez que lees a Banks, enseguida te acostumbras a su estilo, es lo que tiene lo bueno). Es desvergonzadamente alocada y palpitante, pero también es capaz de sobrecogerte y emocionarte con gran sutileza, está soberbiamente escrita (a diferencia de tantas obras del género) con una prosa deliciosa, diálogos brillantes e imágenes alucinantes. Y todavía le da tiempo a realizar una reflexión sobre la guerra, el fanatismo y el sentido de la vida en un universo en que cualquiera puede vivir el tiempo que quiera en las condiciones que le dé la gana. Lo tiene todo, T-O-D-O.

La space opera es mi debilidad, así que esta tenía que ser la primera. Como muchos sabéis, adoro a Banks, nunca estaré lo bastante agradecido a Miquel Nicolás (Neko en es.rec.ficcion.misc) por dármelo a conocer. Es más, me ha costado no meter más cosas suyas en esta lista.

Cada vez que leo esta novela me reafirmo en lo maravillosa que es. Es mi novela de ciencia ficción ideal.

Unas horas después de escribir las líneas de arriba, me he enterado del fallecimiento de Iain Banks, víctima de un cáncer. Es una gran pérdida. Sólo tenía 59 años. Vaya esta entrada como homenaje temprano a su figura excepcional. Próximamente intentaré dar un repaso a su trayectoria literaria, algo que le debo desde hace muchos años.

Vurt

Vurt, de Jeff Noon (1993).

Poco puedo añadir a lo que ya expuse en mi blog hace ocho años. «Original, salvaje, seductora, tiernamente punk». Ganadora del Arthur C. Clarke Award de 1994 con toda justicia. A pesar del tiempo transcurrido, ninguna obra ha sido capaz de desbancarla de su sitio. Jeff Noon es un auténtigo mago.

Últimamente ha “resucitado” creativamente, después de unos años de confusión y problemas personales que parecen superados, algo de lo que me alegro enormemente. Acaba de presentar una nueva obra, Channel SK1N, que espero leer pronto, y de vez en cuando me alegra el día en Twitter con sus preciosas “microesporas”.

Vurt tiene una secuela, la lisérgica Polen, y una precuela inédita en castellano, Nynphomation, pero aunque están muy bien escritas no son tan arrolladoras como Vurt. Por cierto, esta novela también me la recomendó Miquel Nicolás (gracias, tío).

Vurt

Invernáculo / Hothouse, de Brian W. Aldiss (1962).

Para mí, la mejor novela de ciencia ficción de Brian W. Aldiss, un fix-up compuesto por cinco relatos largos (novelettes) publicados en The Magazine of Fantasy & Science Fiction que, curiosamente, fueron premiados con el Hugo al mejor relato en su conjunto. Yo lo cuento como si le hubieran dado el Hugo a la mejor novela (que ese año ganó Heinlein con Forastero en tierra extraña).

El autor sitúa la acción en un remotísimo futuro, en una Tierra salvaje cuyas formas de vida (humanidad incluida) han evolucionado a formas completamente diferentes de las actuales (en esta novela, los hombrecitos verdes somos nosotros, por la adaptación al medio vegetal circundante). El esfuerzo de imaginación de Aldiss es simplemente abrumador. La ecología que se curra, dominada casi absolutamente por el reino vegetal, es maravillosa. James Blish (autor de la excelente Un caso de conciencia, premio Hugo 1959) señaló una vez, un tanto contrariado, que la configuración del sistema Tierra-Luna-Sol que idea Aldiss no tenía sentido, pero ante una imagen como la que se nos describe, ¡a la porra la física!, ¿qué más da? Así que la novela tiene fallos científicos, de acuerdo. Pero es por un buen motivo: así mola mucho más. :-))

La leí hace diez años y todavía recuerdo lo que sentía haciéndolo, algo muy poco habitual en mí (no tengo muy buena memoria emocional). Aventura, tragedia, imaginación, seres inteligentes no humanos (no los puedo llamar alienígenas porque son terrestres, al fin y al cabo), un toque de melancólico patetismo que siempre agradezco y un notable sentido de la maravilla son ingredientes que también están presentes en Invernáculo.

La mejor novela que leí en 2003, EMHO.

Vurt

Naufragio / Shipwreck, de Charles Logan (1975).

Tenía mis dudas sobre esta novela, pero ayer estuve en la tertulia de Santander (TerSa) y, comentándolas con mis colegas lectores de ciencia ficción, me di cuenta de que no había ningún motivo para bajarla del pedestal. Sigo sintiendo una oleada de entusiasmo al hablar con otros aficionados de esta novela singular (nunca mejor dicho, porque fue la única que escribió su autor). Quizá se debiera a la cerveza, pero lo cierto es que me emocioné recordándola, como ocurre siempre que la saco a colación.

Siempre que comento Naufragio con otros aficionados recuerdo una pequeña anécdota que, no sé por qué, olvidé mencionar en el comentario que hice hace tiempo en este blog. Decía que, al cerrar el libro, me sentía afortunado por haber podido leerla, y así fue. Pero no fue solo eso. Seguí conmocionado un par de minutos, con el libro entre las manos, rememorando lo que acababa de leer.

¡Qué hazaña la de Charles Logan! Me recordaba un poco a lo que Kevin O'Donnell había logrado en ORA:CLE, que con muy pocos personajes y una habitación construyó una novela fascinante. Pero lo de Logan iba más allá, lo superaba con creces. ¡Un solo personaje en todo un planeta!, y sin aburrir en ningún momento. Al contrario, es una aventura apasionante.

Miré el libro que tenía cerrado entre mis manos, lo volví a abrir y lo releí desde el principio.

La mano izquierda de la oscuridad

La mano izquierda de la oscuridad / The Left Hand of Darkness, de Ursula K. Le Guin (1969).

Probablemente es la novela que más tiempo lleva en mi «Top Five». Comparte con el resto de la lista ciertas características que la hacen especialmente atractiva para mí: es una space opera, está muy bien escrita, tiene sus buenas dosis de maravilla, tiene acción, intriga, personajes «más grandes que la vida», bellas descripciones de parajes exóticos (un mundo helado) y también sirve de vehículo para la reflexión. Ganadora de los dos premios mayores del género, el Hugo y el Nebula, y recogida en El Canon Occidental de Harold Bloom, la historia de Genly y Estraven no es sólo una aventura espacial, un canto a la fraternidad por encima de las diferencias y una oda a la supervivencia (otro punto en común con las otras novelas de mi «Top Five»); también es un inteligente ejercicio de especulación social, en este caso sobre los sexos y la identidad sexual, con un toque de amargura y melancolía que, no sé por qué, como ya he comentado, siempre me ha agradado (otro ingrediente común a las cinco novelas del «Top»).

Planetas lejanos, culturas exóticas, reflexiones sobre el poder y el deber, sobre el entendimiento entre gente diferente, lucha por la supervivencia, intrigas palaciegas, mucha originalidad y una historia conmovedora escrita con un estilo literario sencillamente brillante (y, algo que me importa mucho, es emotiva sin resultar en absoluto empalagosa).

Tenía que estar en la lista.

  1. «Pensad en Flebas» (Consider Phlebas), de Iain M. Banks (1987).
  2. «Vurt», de Jeff Noon (1993).
  3. «Invernáculo» (Hothouse), de Brian W. Aldiss (1962).
  4. «Naufragio» (Shipwreck), de Charles Logan (1975).
  5. «La mano izquierda de la oscuridad» (The Left Hand of Darkness), de Ursula K. Le Guin (1969).

domingo, 15 de enero de 2006

La peor novela que he leído en toda mi puta vida

⓪

¿Cuál es la peor novela que has leído jamás? Seguro que os lo han preguntado alguna vez.

Hasta ayer, quien os escribe habría sido incapaz de responder. No porque no exista tal novela sino porque mi sabio superego, cada vez que surgen en alguna conversación el nombre de su perpetrador o alguno de sus títulos (tiene dos, para mayor peligro) envía a mi hipocampo, automáticamente, la orden de borrar con la mayor premura posible cualquier referencia a esos datos.

Nunca soy capaz de recordarlos. Hasta consigo olvidar, con un poco de insistencia, que ese libro existe. Sin programación neurolingüística ni autosugestión ni drogas exóticas. La diosa del olvido, Lete, a menudo tan cruel, a veces se vuelve pía y concede favores semejantes a quien los suplica con suficiente fervor.

Pero ayer, en la TerSa, con la tenue pista de un apellido que me parecía alemán y alguna relación con unos perros, Vicente Gutiérrez Escudero, el poeta santanderino, fue capaz de adivinarlo y recordármelo... (¡Gracias, majo!, te debo una copa... ¡Espero que te guste la cicuta!) Menos mal que también le parece mala... Como a casi todo el mundo.

Sí, casi. Hay gente a la que le gustó. Se ve que hay gente a la que le gusta todo, desde comerse los mocos hasta El índice de Dios, de Roger Wolfe. Como decía mi Mémé Miyenne en su francés de Picardie, hay quien «comería mierda en la cabeza de un tiñoso».


Vuelvo a mirar la memo que abrí en mi PDA. Roger Wolfe. El índice de Dios. Lo apunté, sí. En cuanto Vicente los nombró, pensé: «¡Tengo que anotarlo rápidamente!, antes de que salte mi antivirus mental y se borre de mi memoria».

Hace tres años, en es.rec.cine (foro de la red Usenet dedicado al séptimo arte), el cinéfilo Rafa Morata (fan número uno de Rainer Werner Fassbinder) nombró al autor reviviendo en mi memoria —sometida pero a veces sediciosa— el recuerdo de aquella experiencia atroz:

—Acabo de subir a mi web fassbinderiana —dijo— un magnífico poema dedicado al genio alemán (···), titulado Los ojos de Fassbinder, de Roger Wolfe.

—¡Uy, uy! —exclamé, no menos alarmado que si se hubiera declarado un incendio en mi biblioteca— No sé cómo será como poeta, pero acabais de recordarme una de mis peores experiencias como lector. Y yo que ya había conseguido olvidar el nombre del autor de aquella estafa literaria... Me refiero a su engendro El índice de Dios.

»Es, sin duda, la peor novela que he leído en toda mi vida. Horrorosa, sin ningún valor literario ni de cualquier otro tipo. Tan mala que, unos días después, no soportando más verla tirada por ahí (me resistía a guardarlo con mis otros libros), asqueado por el recuerdo de tanta mediocridad, lo arrojé a la papelera. Cuando el camión de la basura pasó esa noche para vaciar el contenedor, sentí una gran satisfacción; fue un placer oír el run-run de la máquina mientras trituraba y aplastaba su fétido contenido.

»Es la única vez que he tirado un libro a la basura en toda mi vida. Y eso que soy bibliófilo y era un regalo. Antes de leerlo no hubiera concebido la idea de destruir un libro, y menos habiéndomelo dado un amigo. Pero no soportaba tener esa “cosa” ensuciando mi biblioteca ni cometer la crueldad de endosársela a alguien (ni siquiera a un enemigo; mi rencor tiene un límite).

»Si la veis por ahí, ¡huid!

A esto, el bueno de Andrés Acege (uno de mis foreros favoritos de Usenet, por cierto), que había enviado el poema a Rafael, adujo lo siguiente:

—En cuanto a lo que dice Jean, yo también había oído que el Indice... de Wolfe es patético (de hecho creo que no ha vuelto a intentar nada en prosa). Como poeta no corre peligro de ensombrecer a Gil de Biedma, :-DDD pero practica una “poesía de la experiencia” urbana, cínica y canalla, a veces bastante divertida, al menos en los poemarios suyos que he leído (Días Perdidos en los Transportes Públicos, Hablando de Pintura con un Ciego y Arde Babilonia).

No sé cómo será como poeta, repito; me fío de Andrés y Vicente y acepto que pueda ser bueno. Pero esa novela es lo peor que he leído en toda mi vida y os aseguro que he leído mucho y tengo unas tragaderas muy considerables (léase mi reseña de Slan, de A. E. Van Vogt, si alguien lo duda).

Dice el autor que «es un libro sartreano». Podemos omitir a Sartre y dejarlo en “ano”, ya que de sus páginas no sale más que mierda. (Me parece que estoy citando a alguien.) Aunque si Sartre fuera mierda, no podría estar más de acuerdo con él.

Esta abominación de forma y contenido fue un regalo de un buen amigo que osó compararla con American Psycho, de Bret Easton Ellis, novela que me había impresionado (ugh, y a quién no) y hasta gustado (moderadamente). Algo así como equiparar El Beso de Rodin con el vaciado en escayola de una caca de perro pompeyana.

Espero que mi amigo me perdone por tirar su regalo (es probable que se entere pronto; le di la dirección del blog hace poco). Yo le he perdonado por hacérmelo.

No lo pude evitar, fue algo irreprimible y lo siento por mi amigo pero no me arrepiento. Aunque no quisiera, volvería a hacerlo. Mi superego volvería a tomar el control. La papelera volvería a tambalearse con la violencia del impacto. De nuevo mi boca escupiría sobre la cubierta. Sin pensar en el gesto de amistad que representaba ese objeto, me alegraría por su destrucción cuando el camión de la basura pasara a regogerlo, triturarlo y llevárselo muy lejos (cuanto más, mejor). Y sonreiría perversa, cruelmente. Como aquella vez.