Mostrando entradas con la etiqueta literatura fantástica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta literatura fantástica. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de noviembre de 2022

Mi «Top Five» de novelas de ciencia ficción (2022)

Siguiendo el ejemplo de mi amigo Ignacio Illarregui (y también de los colaboradores de C Julián Díez, Carlos Morgenroth, Mario Amadas, Adolfina García, Alfonso García, Ekaitz Ortega, Santiago L. Moreno y Fernando Ángel Moreno), he actualizado mi Top Five de novelas de ciencia ficción, que data de 2013.

No incluyo antologías, obviamente, pero sí fix-ups, por los que siempre he tenido cierta debilidad. Dejando también al margen bilogías, trilogías y «enelogías», como los dípticos formados por Hyperion y La caída de Hyperion (Dan Simmons) o La estrella de Pandora y Judas desencadenado (Peter F. Hamilton), la trilogía de Thistledown de Greg Bear (t.c.c. «La Vía», formada por Eón, Eternidad y Legado), la saga del Centro Galáctico (Gregory Benford) o El Libro del Sol Nuevo (Gene Wolfe), entre otras cosas, confeccioné una corta lista de títulos de los últimos 40 años, con el fin de facilitarme la tarea de elegir sustitutas para dos novelas (2) que habían perdido su posición en mi particular ranking de favoritas del género.

Esta vez, la primera elección ha sido fácil; para la segunda, he tenido que repasar y meditar largamente.

Pero vayamos por orden. La última vez que compartí en público mi Top Five, hace nueve años, era así:

  1. «Pensad en Flebas» (Consider Phlebas), de Iain M. Banks (1987).
  2. «Vurt», de Jeff Noon (1993).
  3. «Invernáculo» (Hothouse), de Brian W. Aldiss (1962).
  4. «Naufragio» (Shipwreck), de Charles Logan (1975).
  5. «La mano izquierda de la oscuridad» (The Left Hand of Darkness), de Ursula K. Le Guin (1969).

Para empezar, he dejado caer a Naufragio. Me sigue pareciendo notable y la recuerdo con emoción, pero en la última década he leído unas cuantas que son mejores y, sobre todo, me han gustado más, que es de lo que se trata. En su lugar he elegido un fix-up que me maravilló en su momento y me sigue trayendo gratos recuerdos desde que lo leí, allá por el verano de 2015: Diáspora, de Greg Egan.

Diáspora me parece mejor que Naufragio con diferencia, aunque debo reconocer que al principio me costó entrar en la historia. El comienzo me pareció muy complicado y, francamente, para alguien de letras como yo, un latazo. (Vale, es hard science fiction, o sea, ciencia ficción “dura”..., “durísima”, vamos; yo creo que aquí hard se podría traducir, con más propiedad, como “difícil”).

Afortunadamente, la edición de AJEC se benefició de la corrección de estilo de Sergio Mars. Me imagino que su labor resolvió bastantes problemas; la traducción debió de ser muy compleja y sospecho que, sin la colaboración del escritor valenciano, la cosa podría haber sido un tremendo quilombo.

En fin, menos mal que insistí. Después de los primeros baches teóricos, la historia me fue atrapando más y más, casi sin poder soltar el libro, hasta completar su lectura en una especie de éxtasis místico, completamente encandilado.

Diáspora tiene momentos memorables, desbordantes de maravilla, que agradecí especialmente después de la pequeña decepción de Zendegi (2010), mi anterior lectura de Egan, de la que esperaba mucho más tras leer la excelente Ciudad Permutación (1994) y la antología Axiomático (1995), una de las más importantes de los años 90. Sin entrar en spoilers, flipé con lo de las alfombras de Wang (fascinante), con la estatua de los Transmutadores (me voló la cabeza) y otros portentos imaginativos que se van desgranando en la novela.

Como he señalado, al principio pensé que tendría que estudiar física para poder entenderla, pero Egan se las arregla para ir preparándote a medida que vas leyendo, explicando las cosas sin excesivos info-dumps que, personalmente, suelo detestar (es una de las razones por las que no suelo aguantar a Kim Stanley Robinson, por ejemplo). Egan es de los que instruyen deleitando, al menos en esta novela.

No es una novela perfecta, ni mucho menos; tiene el problemilla del comienzo excesivamente árido, el fix-up impone cambios muy acusados tanto en la trama como en el ritmo, que quizá se acelera demasiado en el último tramo... Pero a mí me encantó.

En fin, tras el primer cambio la cosa quedaba así:

  1. «Pensad en Flebas» (Consider Phlebas), de Iain M. Banks (1987).
  2. «Diáspora» (Diaspora), de Greg Egan (1997).
  3. «Vurt», de Jeff Noon (1993).
  4. «Invernáculo» (Hothouse), de Brian W. Aldiss (1962).
  5. «La mano izquierda de la oscuridad» (The Left Hand of Darkness), de Ursula K. Le Guin (1969).

Después de esta primera enmienda estuve pensando mucho en el asunto, buscando obras que me hubiesen gustado especialmente y tratando de imaginar si las que me entusiasmaron en su día lo harían hoy en la misma medida. Hay libros que, en su momento, no me satisficieron mucho y que, con los años y las relecturas, han acabado pareciéndome magistrales, como Excesión (Excession, 1996), de Iain M. Banks (uno de mis escritores favoritos), y otras que me fliparon de jovencito y ahora me parecen buenas, sí, pero como tantas otras.

Creo que un buen ejemplo de esto último es la primera novela que he retirado en esta ocasión de mi Top Five: Naufragio, de Charles Logan, reemplazada por Diáspora. En su día, siendo aún adolescente, la primera y última novela de Logan me emocionó tanto que, en el instante de acabarla, me puse a releerla. Hoy en día, no estoy seguro de que hubiera reaccionado así. Probablemente, no.

Después de encargarme de Naufragio me quedaba hacer otro cambio, el más difícil: Invernáculo, de Brian W. Aldiss. Sigue siendo una de mis predilectas, pero hay otras que pondría al mismo nivel y que podrían haber estado en su lugar perfectamente.

El primer ejemplo que me viene a la cabeza es El Señor de la Luz, de Roger Zelazny, que ya estuvo en su día (hace muchos años) en mi Top Five. Ahora que lo pienso, podría publicar otra entrada titulada «Novelas de ciencia ficción que no están en mi Top Five de favoritas pero podrían caber perfectamente en mi Top Ten» y meterla ahí. Y otra con el título «Novelas de ciencia ficción que no están en mi Top Ten de favoritas pero podrían caber perfectamente en mi Top Fifty». Y así hasta las 1000. Igual lo hago. (Nope).

Voy a comentar, eso sí, dos de esas novelas que han estado a punto de entrar en mi Top Five; creo que merece la pena detenerse un poco en ellas. Y también, de paso, otro par de obras importantes que, por razones ajenas a su calidad, no han llegado a calarme como podrían haberlo hecho (a pesar de tener todas las cosas que más me suelen gustar) y que, por tanto, no están entre mis cinco preferidas (perdón por insistir, pero os recuerdo que no se trata de las que me parecen mejores, sino de las que más me gustan a mí).

Probablemente la más importante de estas últimas (y una de las mejores, en general) sea Cismatrix, de Bruce Sterling.

No es Cismatrix, soy yo. La novela es fenomenal y tiene todos los ingredientes para encantarme. Estoy seguro de que, si la hubiese leído con 18 años o así, llevaría desde entonces en mi Top Five. De hecho, leí algunos cuentos de Sterling en mi juventud, gracias a la antología Crystal Express (Ultramar, 1992), que siguen siendo de mis favoritos.

Entonces, ¿cuál es el problema? Simplemente, que la pillé muy tarde. Originalmente publicada en 1985, no apareció en España hasta 20 años después. Demasiado tiempo, lamentablemente. En el ínterin, varias novelas grandemente influenciadas por Cismatrix (y también por los cuentos ambientados en el mismo universo) fueron apareciendo en nuestro mercado y, cuando la seminal novela de Sterling apareció por fin, la fiesta ya estaba terminando y mucho nos sonaba a repetido, cuando en realidad, en su momento, fue una gran pionera. Una pena, la verdad.

Otra novela seminal muy importante que no pude apreciar como es debido es ...Y mañana serán clones (The Ophiuchi Hotline, 1977), de John Varley.

En este caso no fue el libro lo que llegó tarde, sino yo. ...Y mañana serán clones es un fix-up de varios relatos y, antes de poder conseguir el libro (cosa que no fue fácil, porque no se había reeditado desde 1978 y los ejemplares disponibles eran muy escasos), ya me había leído casi todo en distintas antologías y revistas. Si no, probablemente sería de mis favoritas, porque tiene también todo lo que me suele entusiasmar. Por ponerle un pero, quizá se le vean demasiado las costuras al fix-up... No sé, realmente no puedo juzgarlo adecuadamente, porque mi lectura de la novela estuvo condicionada por el hecho de haber leído y releído los relatos que la conforman durante más de veinte años. Lo que sí puedo decir es que esos cuentos (y otros trabajos de Varley que no forman parte de su universo de los Ocho Mundos, como la novela corta La persistencia de la visión) me siguen pareciendo de lo mejorcito (mención especial para El fantasma de Kansas, que es uno de mi relatos* favoritos).

[*Aquí uso la palabra «relato» con el sentido de cuento largo, el equivalente a novelette en inglés].

Dicho esto, a modo de justificación, por si alguien se pregunta por qué no están en mi quinteto preferido Cismatrix o cualquier otra novela (generalmente, por haberla leído en condiciones desfavorables o, simplemente, por habérseme escapado), pasemos ahora a esas novelas que sí han estado a punto de reemplazar a Invernáculo en mi Top Five.

Hay muchas novelas magníficas que podría haber escogido. Pensando en ello he recordado un montón de títulos, la mayoría del siglo XX. Sin ir más lejos, las ya mentadas Excesión y Ciudad Permutación. Sin embargo, por mucho apego sentimental que tenga por estas y otras novelas del siglo pasado como Los genocidas (Thomas M. Disch, 1965), Neuromante (William Gibson, 1985), Cyteen (Carolyn J. Cherryh, 1988), Un fuego sobre el abismo (Vernor Vinge, 1992), La Era del Diamante (Neal Stephenson, 1995), La quinta cabeza de Cerbero (Gene Wolfe, 1972) y muchas otras, sobre todo de los años 80 y 90, tengo que reconocer que el presente siglo me ha dado algunas lecturas maravillosas, que no tienen nada que envidiar a sus prestigiosas predecesoras y que, en algún caso, superan a casi todas en mi preferencia.

Una de ellas es El Río de los Dioses (2004), del británico Ian McDonald.

El autor nos pinta un mundo terriblemente fascinante en un entorno bastante exótico, una India futura (el río de los dioses del título, lógicamente, es el Ganges) en la que está a punto de armarse una buena marimorena.

Ian McDonald piensa a lo grande. Movidas tochas, que no falten. Esta novela tiene de todo, pasa de todo, es un no parar. Esta es una de las características que me atraen particularmente, que pasen muchas cosas. Y que haya algo muy gordo en juego, también. Aquí lo hay.

Personajazos que se ven atrapados en la historia, metidos en jaleos, uno detrás de otro. Ritmo frenético. Lucha, conflicto. Drama. Variedad, inventiva. Todo eso me encanta. Todo eso lo hay en Cismatrix (que lamentablemente leí a destiempo, como ya he contado) y en muchas de mis novelas favoritas como, sin ir más lejos, Pensad en Flebas.

Al final todo confluye, como los afluentes de un gran río. Ver cómo el aparente sindiós adquiere sentido es muy satisfactorio. El Río de los Dioses es un follón, sí, pero es un follón maravilloso.

Otra obra del siglo XXI que me encanta es Accelerando (Charles Stross, 2005), quizá mi favorita de las últimas dos décadas. Otro escritor británico, otro fix-up.

Hay novelas que manejan material especulativo como para escribir cinco o diez más. Accelerando es una de ellas. Esta es una de las cosas que más me atraen de la ciencia ficción: la audacia conceptual. Meter un montón de ideas alucinantes en una coctelera literaria y menearla «con alegre desparpajo», como decía el blurb de The Library Journal sobre Accelerando.

Me encanta sentirme arrollado mentalmente, que me secuestren de la realidad suspendiendo mi incredulidad y me vuelen la cabeza saturando mi sentido de la maravilla. En una palabra, flipar.

Recuerdo la primera vez que sentí la emoción de experimentar una gran avalancha imaginativa echándose sobre mi cerebro; fue con La Voz de su Amo, de Stanislaw Lem, que sigue siendo una de mis novelas predilectas desde que la leí allá por 1992.

Muchas de mis favoritas comparten esto, ya digo. Cismatrix (Sterling) e ...Y mañana serán clones (Varley) son así y, si no fuera por lo que ya he explicado, seguramente estarían entre ellas. Ya he hablado de Diáspora y Ciudad Permutación (Egan), otras que tal bailan, y de El río de los dioses (McDonald). Pensad en Flebas y Excesión (Banks) también lo tienen. Desbordan «cienciaficcina», esa sustancia misteriosa repleta de imaginación y especulación que da al género su sabor particular.

El despendole inventivo de Accelerando es impresionante. En 2005, cuando salió (o, mejor dicho, cuando su autor la liberó, porque la compartió gratis en Internet), Stross llevaba un lustro fermentando, en una serie de cuentos, las nociones que acabaría mezclando y sirviendo en la novela. Y vaya mezcla le salió.

Sus temas principales son la singularidad tecnológica y la transhumanidad, en una aventura que parte de lo individual para ir desarrollándose a escala cósmica. Otra coincidencia con otros autores que me entusiasman: Stross piensa a lo grande.

Es compleja, es profunda y, encima, es una novela de aventuras de lo más entretenida.

Con algunas dudas, estuve a punto de meter esta obra en mi Top Five. Quizá Accelerando no concite demasiado consenso, pero (again) esta lista va de novelas que me molan a mí. Al final, me ha dado más satisfacción que otras quizá de más enjundia como Anatema (Neal Stephenson, 2008), La chica mecánica (Paolo Bacigalupi, 2009) o Embassytown: La Ciudad Embajada (China Miéville, 2011) o, incluso, El Río de los Dioses.

¿Más que Invernáculo? Creo que sí. ¿Más que Ciudad Permutación? Por ahí le anda. ¿Más que Excesión? Sinceramente, no.

No creo que os sorprenda, después de haberla mencionado varias veces, y menos si me habéis leído en Facebook. Al final he cedido a la tentación, a costa de repetir autor, y he colocado a Excesión en mi Top Five.


Ya he explicado algunas cosas que me gusta encontrar en una novela de ciencia ficción. Sé lo que me gusta y nunca me canso de ello. Un ejemplo de esto es lo bien que me lo he pasado este año leyendo los diarios de Matabot/Murderbot de Martha Wells; no se me han hecho cansinos en ningún momento. Si algo me gusta, quiero más. Y un escritor que me proporcionaba regularmente buena mercancía era Iain Menzies Banks. Desgraciadamente falleció en 2013, víctima de un raro cáncer de vesícula, y me quedé sin suministro.

Después de las tres primeras novelas de su serie de La Cultura, que fueron publicadas en España por Martínez Roca, Excesión y otras novelas de Banks fueron editadas por La Factoría de Ideas, también conocida como La Fechoría en ciertos círculos, una empresa editorial (EMHO) muy poco seria. A menudo encontramos en sus libros algo que lamentar y, desde luego, este no es una excepción. Aunque tampoco es que las ediciones de Martínez Roca fueran maravillosas, la verdad. Recuerdo un fallo muy gordo justo al principio de Pensad en Flebas que... Bueno, vamos a dejarlo, que ahora no toca.

Como muestra, un botón: En 2010, durante una de mis numerosas relecturas de Excesión, me di cuenta de que se había traducido a partir de un escaneo pirata de la edición original, con erratas de OCR y fallos de maquetación, de un aficionado que se hacía llamar “HugHug”. [Gracias, “HugHug”, que el Monstruo de Espagueti Volador te conserve los ojos (en un tarro con formol, después de arrancártelos con una cuchara)]. Naturalmente, tratándose de una edición de La Factoría de Ideas, los errores de “HugHug” pasaron a la traducción. ¡Vaya tela!

Excesión ya es bastante complicada como para, encima, dificultar más su lectura con la inclusión de errores heredados de un OCR mal hecho, con una maquetación incorrecta y, para más INRI, incómoda de leer, mal diseñada: caja demasiado grande, cuerpo de letra demasiado pequeño... Me entristece que una novela tan estupenda haya sufrido semejante maltrato. Todo por ahorrarse pasta, sobre todo en el papel, que encima es pésimo, bajando de las 450 páginas de la edición original hasta las 350, y eso que los textos en inglés suelen “engordar” al ser traducidos al castellano. Traducción, por otra parte, que no está mal pero podría haberse beneficiado de una buena corrección.

Chapuzas así han sido habituales en La Factoría de Ideas, casi marca de la casa. Recuerdo un caso especialmente sangrante: Galveston, la obra maestra de Sean Stewart ganadora del World Fantasy Award, que la descuidada edición de esta editorial devaluó en gran medida, convirtiéndola prácticamente en un bodrio plagado de erratas y mal escrito. La calidad literaria de la traducción desmerecía mucho la del original y resultaba evidente que no había pasado por el más mínimo filtro profesional (corrección de estilo, ortotipográfica, etc.) que cabe esperar de una editorial seria. Una verdadera lástima.

Por otra parte, tropelías como esas fueron las que me animaron, en buena medida, a leer en inglés (una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida). Otro de los motivos de peso fue, precisamente, poder disfrutar de las novelas de Banks que su muerte había dejado sin publicar en España (obras que, a día de hoy, siguen inéditas en nuestro idioma). Para este comentario he querido volver a la edición española y me ha sido imposible; ya solo ver de nuevo la anchura de la caja de texto, con ese cuerpo de letra minúsculo que hace de cada línea un sufrimiento interminable, me ha disuadido y me ha impulsado a releerlo en su versión original, con lo que gana muchos puntos.

Excesión es una novela exigente. En mi primera lectura no me enteré de la misa ni la mitad, pero no fue culpa del libro (bueno, un poco sí, por lo que ya he comentado; quiero decir que no fue culpa de Banks, sino mía); iba desprevenido y me la pegué. He visto por ahí críticas de que es «un lío»; en realidad no es así ni mucho menos. Tiene una estructura perfecta. Simplemente, hay que estar atento, porque tiene muchísimos detalles, la trama es compleja, tiene muchos personajes y te puedes perder.

No me pasó como con Diáspora, que me resultó difícil de leer solo al principio. Excesión se me resistió todo el rato. Cuando pasé la última página, me quedé algo confuso, con la sensación de haberme perdido muchas cosas. Seguro que la edición tuvo algo que ver en eso, porque la maquetación convierte la lectura de esta novela en una actividad más ardua de lo necesario, pero más tarde me di cuenta de que quizá no la había encarado de la manera más adecuada.

Tuve una reacción parecida después de ver Primer, la película de Shane Carruth sobre viajes en el tiempo, ganadora del Premio del Jurado en el Festival de Cine de Sundance de 2004. En 2008, el crítico Mike D'Angelo escribió en la revista Esquire: «cualquiera que se jacte de entender completamente lo que está pasando en Primer después de verla solo una vez, es un superdotado o un mentiroso». No intento compararlas; la trama de Excesión es enrevesada, pero no tanto. Solo trato de transmitir mi perplejidad después de leerla.

En un principio eché la culpa a la novela. Pero luego me percaté de que, sencillamente, no la había leído bien. Excesión no es la típica space opera llena de batallitas que puedes devorar pasando páginas a toda velocidad y sin pensar. No digo que ese tipo de historia no me mole, ojo; me lo he pasado pipa leyendo series enteras en ese plan como la Saga de Chanur (de la gran C. J. Cherryh), pero esto es otra cosa.

Banks me había pillado desprevenido. Tal vez esperaba algo en la línea de otras obras suyas de ciencia ficción, más asequibles, claras y directas, como mi adorada Pensad en Flebas (para mí, como digo siempre, la space opera definitiva), o El jugador (1988). Fue un error por mi parte. Excesión es una novela sofisticada, para paladares exigentes, un poco en la línea de la aclamada (y, para mí, lo reconozco, no muy satisfactoria) El uso de las armas (1990), pero más refinada, y se merece paladearla y disfrutarla despacito.

Con cada relectura, mi opinión sobre Excesión ha ido mejorando en progresión geométrica.

Así, mi Top Five queda, por ahora, como sigue:

  1. «Pensad en Flebas» (Consider Phlebas), de Iain M. Banks (1987).
  2. «Diáspora» (Diaspora), de Greg Egan (1997).
  3. «Excesión» (Excession), de Iain M. Banks (1996).
  4. «Vurt», de Jeff Noon (1993).
  5. «La mano izquierda de la oscuridad» (The Left Hand of Darkness), de Ursula K. Le Guin (1969).

Ojo, repito una vez más: no son las cinco mejores, sino las que más me han gustado hasta el momento. Y ojalá la lista cambie otra vez, más pronto que tarde; eso implicará haber disfrutado con la lectura de más obras maestras de mi género preferido. Sigue siendo una lista bastante viejuna; la novela más reciente tiene 25 años. Seguro que hay por ahí un montón de ellas capaces de desbancarlas, o eso espero.

viernes, 8 de abril de 2022

«Invernáculo», de Brian W. Aldiss (1962)

Invernáculo (Hothouse, 1962) es un fix-up compuesto por cinco relatos (cuentos largos o novelettes) publicados en The Magazine of Fantasy & Science Fiction. Curiosamente, fueron premiados con el Hugo a «mejor ficción corta» en su conjunto (entre 1960 y 1966, el premio cambió de «mejor historia corta» a ese formato). Yo lo cuento como si le hubieran dado el Hugo a la mejor novela (que ese año ganó Heinlein con Forastero en tierra extraña).

El autor sitúa la acción en un remotísimo futuro, en una Tierra salvaje cuyas formas de vida (humanidad incluida) han evolucionado a formas completamente diferentes de las actuales (en esta novela, los hombrecitos verdes somos nosotros, por la adaptación al medio vegetal circundante). El esfuerzo de imaginación de Aldiss es simplemente abrumador. La ecología que se curra, dominada casi absolutamente por el reino vegetal, es maravillosa. James Blish (autor de Un caso de conciencia, premio Hugo 1959) señaló una vez, un tanto contrariado, que la configuración del sistema Tierra-Luna-Sol que idea Aldiss no tenía sentido, pero ante una imagen como la que se nos describe, ¡a la porra la física!, ¿qué más da? Así que la novela tiene fallos científicos, de acuerdo. Pero es por un buen motivo: así mola mucho más.

La leí hace casi veinte años y todavía recuerdo lo que sentía haciéndolo, algo muy poco habitual en mí (no tengo muy buena memoria emocional). Aventura, tragedia, imaginación, seres inteligentes no humanos (no los puedo llamar alienígenas porque son terrestres, al fin y al cabo), un toque de melancólico patetismo que siempre agradezco y un notable sentido de la maravilla son ingredientes que también están presentes en Invernáculo. Una de las mejores novelas de ciencia ficción de Brian W. Aldiss, que estuvo hasta hace muy poco tiempo en mi Top Five.

Ilustración de Tim White para Hothouse, 1962.

lunes, 14 de septiembre de 2020

«El Pescador», de John Langan (2016)

Otro libro que ha caído este verano. Esta vez, novela de terror: El Pescador (The Fisherman), de John Langan, ganadora del premio Bram Stoker en el año 2016.

Dividida en tres partes, una introducción que se alarga abarcando el primer cuarto de la novela, una segunda parte que viene a ser una especie de novela dentro de la propia novela, ocupando la mitad de las páginas, y un final en dos tiempos que ocupa el cuarto restante. Al principio se me hizo pesada, cuando no exasperante, pero la segunda parte está bastante bien y la conclusión, aunque previsible (partiendo de que la historia se auto-boicotea en más de una ocasión), tiene una sorpresita final de lo más clásica que deja un agradable regusto malrollero. No sé si la recomendaría, porque la primera parte es un desperdicio de celulosa, el final es un poco “meh” (se ve venir) y, además, la traducción no me ha gustado demasiado (sospecho fuertemente que, en versión original, la prosa gana puntos). Pero bueno, en conjunto no está mal.

Si os va el rollo testimonial y el horror lovecraftiano, puede ser vuestra novela de terror del año. Eso sí, recomiendo la versión original para ahorraros lidiar con la pastosa traducción, en la que una narración oral, tirando a coloquial, se mezcla con repetidas rarezas como “columbrar” y otros cultismos incongruentes (como si “columbrar” no tuviera sinónimos como “entrever” o “vislumbrar”; en fin, es solamente un ejemplo, igual el original va en esa línea, pero me permito sospechar que no, a falta de cotejar las versiones y comprobarlo como es debido).

Si no se hubiera propuesto como lectura compartida en la TerSa (la tertulia de género fantástico de Santander), seguramente nunca me habría fijado en ella, pero tampoco me arrepiento de haberla leído, ojo.

lunes, 10 de junio de 2013

Mi «Top Five» de novelas de ciencia ficción

Hay que ver lo que nos gusta a los frikis hacer listas. Recuerdo que cuando era un chavalín imberbe recopilaba como loco todos los nombres de autores de ciencia ficción que podía. Los sacaba de catálogos, principalmente, pero aprovechaba cualquier mención en prensa o televisión para añadir más nombres, con el fin de indagar luego sobre ellos en las librerías o en la biblioteca (otra fuente inestimable: las solapas de los libros y las páginas sobrantes dedicadas a publicidad). Todavía conservo esas listas mecanografiadas en mi vieja Olivetti, ¡qué tiempos!

Pero las listas de los cinco mejores de lo que sea, desde luego, se llevan la palma. ¿Recordáis aquella aplicación para Facebook de hace años? Qué gratos momentos haciendo listas de las cinco marcas de cerveza favoritas, las cinco estrellas del porno favoritas de los 80, las cinco estrellas del porno favoritas de los 90...

Hace algo menos de un año publiqué un post sobre mis cinco relatos favoritos de ciencia ficción y, con el correr de los meses, se ha convertido en el más visitado del blog. Así que, para celebrarlo, me he puesto a pensar en mis cinco novelas favoritas de ciencia ficción.

Con las novelas me ha costado bastante decidirme. Las tres primeras las tengo clarísimas, pero los otros puestos se los disputan unas cuantas obras. Si confeccionara este «Top Five» mañana, seguramente el resultado sería diferente.

Naturalmente, ya he hecho este ejercicio anteriormente, varias veces. Con los años la lista ha ido cambiando; se han ido cayendo libros y han ido entrando otros nuevos. Recuerdo que hace diez o quince años Pórtico (de Frederik Pohl), Dune (de Frank Herbert) y Estación de tránsito (de Clifford D. Dimak) ocupaban el podio; sin embargo, ahora no entrarían siquiera en el «Top Ten». Nuevas lecturas y un creciente refinamiento de mis gustos han ido desplazando esos clásicos a puestos inferiores. Por supuesto, me sigue encantando Estación de tránsito, que me parece la obra maestra de Simak; le tengo un cariño especial y la sigo recomendando, igual que las otras. Pero llegaron otros títulos que los fueron desbancando, como la devastadora Los genocidas (Thomas M. Disch), la inteligente Lengua materna (Suzette Haden Elgin), la vibrante Neuromante (William Gibson), la genial La voz de su amo (Stanislaw Lem), la rutilante Hyperion (y su continuación, La caída de Hyperion, de Dan simmons)...

En fin, aquí está mi «Top Five» de novelas de ciencia ficción de hoy, 10 de junio de 2013:


Pensad en Flebas

Pensad en Flebas / Consider Phlebas, de Iain M. Banks (1987).

Para mí, la novela de space opera definitiva. La cumbre del género. Una montaña rusa repleta de sentido de la maravilla, personajes memorables, acción a raudales, humor, violencia, aventura, alienígenas, naves inteligentes, asesinos cibernéticos, persecuciones, suplantaciones de identidad, partidas de cartas mortales, batallas espaciales, tiroteos, explosiones de todo calibre, abordajes, saqueos, asaltos, rescates in extremis, espionaje, tragedia, desesperación, melancolía, choque de civilizaciones, y visto desde el punto de vista del “malo”, uno de los mejores y más carismáticos personajes que ha dado el género.

Pero no es solamente una space opera clásica llena de acción e intriga. Es sorprendentemente profunda (sorprendente la primera vez que lees a Banks, enseguida te acostumbras a su estilo, es lo que tiene lo bueno). Es desvergonzadamente alocada y palpitante, pero también es capaz de sobrecogerte y emocionarte con gran sutileza, está soberbiamente escrita (a diferencia de tantas obras del género) con una prosa deliciosa, diálogos brillantes e imágenes alucinantes. Y todavía le da tiempo a realizar una reflexión sobre la guerra, el fanatismo y el sentido de la vida en un universo en que cualquiera puede vivir el tiempo que quiera en las condiciones que le dé la gana. Lo tiene todo, T-O-D-O.

La space opera es mi debilidad, así que esta tenía que ser la primera. Como muchos sabéis, adoro a Banks, nunca estaré lo bastante agradecido a Miquel Nicolás (Neko en es.rec.ficcion.misc) por dármelo a conocer. Es más, me ha costado no meter más cosas suyas en esta lista.

Cada vez que leo esta novela me reafirmo en lo maravillosa que es. Es mi novela de ciencia ficción ideal.

Unas horas después de escribir las líneas de arriba, me he enterado del fallecimiento de Iain Banks, víctima de un cáncer. Es una gran pérdida. Sólo tenía 59 años. Vaya esta entrada como homenaje temprano a su figura excepcional. Próximamente intentaré dar un repaso a su trayectoria literaria, algo que le debo desde hace muchos años.

Vurt

Vurt, de Jeff Noon (1993).

Poco puedo añadir a lo que ya expuse en mi blog hace ocho años. «Original, salvaje, seductora, tiernamente punk». Ganadora del Arthur C. Clarke Award de 1994 con toda justicia. A pesar del tiempo transcurrido, ninguna obra ha sido capaz de desbancarla de su sitio. Jeff Noon es un auténtigo mago.

Últimamente ha “resucitado” creativamente, después de unos años de confusión y problemas personales que parecen superados, algo de lo que me alegro enormemente. Acaba de presentar una nueva obra, Channel SK1N, que espero leer pronto, y de vez en cuando me alegra el día en Twitter con sus preciosas “microesporas”.

Vurt tiene una secuela, la lisérgica Polen, y una precuela inédita en castellano, Nynphomation, pero aunque están muy bien escritas no son tan arrolladoras como Vurt. Por cierto, esta novela también me la recomendó Miquel Nicolás (gracias, tío).

Vurt

Invernáculo / Hothouse, de Brian W. Aldiss (1962).

Para mí, la mejor novela de ciencia ficción de Brian W. Aldiss, un fix-up compuesto por cinco relatos largos (novelettes) publicados en The Magazine of Fantasy & Science Fiction que, curiosamente, fueron premiados con el Hugo al mejor relato en su conjunto. Yo lo cuento como si le hubieran dado el Hugo a la mejor novela (que ese año ganó Heinlein con Forastero en tierra extraña).

El autor sitúa la acción en un remotísimo futuro, en una Tierra salvaje cuyas formas de vida (humanidad incluida) han evolucionado a formas completamente diferentes de las actuales (en esta novela, los hombrecitos verdes somos nosotros, por la adaptación al medio vegetal circundante). El esfuerzo de imaginación de Aldiss es simplemente abrumador. La ecología que se curra, dominada casi absolutamente por el reino vegetal, es maravillosa. James Blish (autor de la excelente Un caso de conciencia, premio Hugo 1959) señaló una vez, un tanto contrariado, que la configuración del sistema Tierra-Luna-Sol que idea Aldiss no tenía sentido, pero ante una imagen como la que se nos describe, ¡a la porra la física!, ¿qué más da? Así que la novela tiene fallos científicos, de acuerdo. Pero es por un buen motivo: así mola mucho más. :-))

La leí hace diez años y todavía recuerdo lo que sentía haciéndolo, algo muy poco habitual en mí (no tengo muy buena memoria emocional). Aventura, tragedia, imaginación, seres inteligentes no humanos (no los puedo llamar alienígenas porque son terrestres, al fin y al cabo), un toque de melancólico patetismo que siempre agradezco y un notable sentido de la maravilla son ingredientes que también están presentes en Invernáculo.

La mejor novela que leí en 2003, EMHO.

Vurt

Naufragio / Shipwreck, de Charles Logan (1975).

Tenía mis dudas sobre esta novela, pero ayer estuve en la tertulia de Santander (TerSa) y, comentándolas con mis colegas lectores de ciencia ficción, me di cuenta de que no había ningún motivo para bajarla del pedestal. Sigo sintiendo una oleada de entusiasmo al hablar con otros aficionados de esta novela singular (nunca mejor dicho, porque fue la única que escribió su autor). Quizá se debiera a la cerveza, pero lo cierto es que me emocioné recordándola, como ocurre siempre que la saco a colación.

Siempre que comento Naufragio con otros aficionados recuerdo una pequeña anécdota que, no sé por qué, olvidé mencionar en el comentario que hice hace tiempo en este blog. Decía que, al cerrar el libro, me sentía afortunado por haber podido leerla, y así fue. Pero no fue solo eso. Seguí conmocionado un par de minutos, con el libro entre las manos, rememorando lo que acababa de leer.

¡Qué hazaña la de Charles Logan! Me recordaba un poco a lo que Kevin O'Donnell había logrado en ORA:CLE, que con muy pocos personajes y una habitación construyó una novela fascinante. Pero lo de Logan iba más allá, lo superaba con creces. ¡Un solo personaje en todo un planeta!, y sin aburrir en ningún momento. Al contrario, es una aventura apasionante.

Miré el libro que tenía cerrado entre mis manos, lo volví a abrir y lo releí desde el principio.

La mano izquierda de la oscuridad

La mano izquierda de la oscuridad / The Left Hand of Darkness, de Ursula K. Le Guin (1969).

Probablemente es la novela que más tiempo lleva en mi «Top Five». Comparte con el resto de la lista ciertas características que la hacen especialmente atractiva para mí: es una space opera, está muy bien escrita, tiene sus buenas dosis de maravilla, tiene acción, intriga, personajes «más grandes que la vida», bellas descripciones de parajes exóticos (un mundo helado) y también sirve de vehículo para la reflexión. Ganadora de los dos premios mayores del género, el Hugo y el Nebula, y recogida en El Canon Occidental de Harold Bloom, la historia de Genly y Estraven no es sólo una aventura espacial, un canto a la fraternidad por encima de las diferencias y una oda a la supervivencia (otro punto en común con las otras novelas de mi «Top Five»); también es un inteligente ejercicio de especulación social, en este caso sobre los sexos y la identidad sexual, con un toque de amargura y melancolía que, no sé por qué, como ya he comentado, siempre me ha agradado (otro ingrediente común a las cinco novelas del «Top»).

Planetas lejanos, culturas exóticas, reflexiones sobre el poder y el deber, sobre el entendimiento entre gente diferente, lucha por la supervivencia, intrigas palaciegas, mucha originalidad y una historia conmovedora escrita con un estilo literario sencillamente brillante (y, algo que me importa mucho, es emotiva sin resultar en absoluto empalagosa).

Tenía que estar en la lista.

  1. «Pensad en Flebas» (Consider Phlebas), de Iain M. Banks (1987).
  2. «Vurt», de Jeff Noon (1993).
  3. «Invernáculo» (Hothouse), de Brian W. Aldiss (1962).
  4. «Naufragio» (Shipwreck), de Charles Logan (1975).
  5. «La mano izquierda de la oscuridad» (The Left Hand of Darkness), de Ursula K. Le Guin (1969).

lunes, 5 de noviembre de 2012

Ken Liu en «Cuentos para Algernon» (y «Terra Nova»)

“Marcheto” estrena Cuentos para Algernon, su blog de traducciones legales de cuentos de género fantástico, con Quedarse atrás (Staying Behind), un emotivo relato de Ken Liu, que se lo ha cedido para el blog. “Marcheto” no se dedica profesionalmente a la traducción, pero tiene muy buen nivel. Vamos, que no son traducciones cutres ni mucho menos. La lectura de Quedarse atrás es totalmente recomendable.

Ken Liu ha triunfado este año en la categoría de relato corto con el Hugo, el Nebula y el World Fantasy por The Paper Menagerie (El zoo de papel,) que publicará en castellano la antología Terra Nova. ¡No os la perdáis! Hoy mismo entra en imprenta y pronto podréis adquirirla (los que no os hayáis suscrito ya; podéis hacerlo hasta el 1 de diciembre, ahorrándoos un euro y recibiéndola en vuestro domicilio) por sólo 16 euros. Incluye también el Hugo de Ted Chiang a mejor novela corta del año pasado, The Lifecycle of Software Objects (El ciclo vital de los objetos de software). Sólo por estas dos obras maestras de la literatura fantástica breve ya merece la pena gastarse el dinero. ¡Un estupendo regalo para las próximas fiestas!

sábado, 6 de octubre de 2012

Origen del fantástico (I): La historia de la ficción

Hace unos años compartí con Ignacio Egea un blog llamado «Mesmeria». La descripción del sitio era escueta pero clara, creo yo: Arte Fantástico: Ilustración e imaginación. Era un intento de mostrar algunos ejemplos de la presencia de lo fantástico en el arte a través de su historia. Por desgracia, lleva varios años inactivo. Me gustaría relanzarlo algún día, quizá con más colaboradores; sigo pensando que la idea es estupenda. Pero de momento no puede ser; ¡apenas puedo con «Cavernalia»!

En los comentarios a una entrada de «Mesmeria» surgió este pequeño intercambio de ideas entre Egea y yo:

I. E.: ¿Cuándo nace lo fantástico? ¿Es la misma percepción mágica y simbólica que acompaña a la Humanidad desde su origen, o debemos esperar a que el realismo como género literario, el racionalismo como pensamiento, surjan, para considerar su aparición?

J. M.: Yo creo que el fantástico nace en el momento en que el hombre se hace consciente de que posee una imaginación que no tiene por qué explicar el mundo sino que puede ser empleada para crear un cosmos propio y separado de la realidad, o lo que conceptuaba como real, incluyendo el corpus de explicaciones inventadas y juicios erróneos que constituye la sustancia del mito.

En un artículo titulado La historia de la ficción. Niveles de realidad en la obra literaria, que viene muy a cuento, E. L. Doctorow escribe, sobre Ricardo III, lo siguiente:

«Los ricardianos aseguraban que su rey no era la criatura deforme que retrató Shakespeare. Decían que los asesinatos atribuidos a Ricardo —específicamente aquel de sus dos sobrinos encerrados en la Torre— son algo de lo que se carece de pruebas. En cambio, hallaron evidencia de que era un buen rey que gobernó sabiamente. Sin embargo, lo que sea que haya sido Ricardo, y cuán injustamente haya sido mitologizado, es ahora, y ha sido por siglos, el polvo al que todos volveremos, y hay una verdad más alta para la autorreflexión de toda la humanidad en la visión shakespeariana de su vida que el que cualquier conjunto de datos puede proveer».

La principal crítica que puedo hacer a mi afirmación de hace un lustro es esta precisamente: la ficción también puede servir para explicar alegóricamente, a través de la metáfora, la realidad. También la ficción fantástica, por supuesto. Esto, que parece tan evidente, no lo tenía yo tan presente por aquel entonces.

Pero, al margen de eso, releyendo aquel breve diálogo, me he dado cuenta de que no respondí adecuadamente la cuestión que Egea planteaba; contesté un poco a la gallega, planteando en realidad una nueva pregunta: ¿Cuándo llega el hombre a distinguir entre lo fáctico y lo ficticio? Sí, en un momento dado se da cuenta de que posee una imaginación que no tiene por qué explicar el mundo sino que puede ser empleada para crear un cosmos propio y separado de la realidad tal como la conoce. Pero, ¿ese instante de claridad tuvo lugar antes de empezar a rechazar el pensamiento mítico, o después?

En las ciudades-estado de la Grecia oriental, situadas en su mayor parte en islas o colonias comerciales de la zona oriental del mar Egeo, se comienza a dudar de la validez de los mitos y a buscar explicaciones alternativas en el siglo VI a.C, con los primeros filósofos. Podría especularse que fue entonces cuando nació la narrativa de ficción (y, simultáneamente, la narrativa fantástica, que se nutre de los restos del universo mítico para explicar la realidad de otra manera, esta vez de manera consciente). ¿Pero cómo podemos saberlo?

Doctorow habla de todo esto en su ya citado artículo sobre la historia de la ficción. Hablando de Homero y su Ilíada, escribe:

«Históricamente, existió algo parecido a una guerra de Troya, incluso, de hecho, a varias guerras de Troya, pero la que escribió Homero en el siglo VIII a. C. es la que nos fascina, porque es ficción. Los arqueólogos dudan de que alguna guerra de Troya haya comenzado porque alguien llamado Paris raptara a alguien llamada Helena en las propias narices de su esposo griego, o de que haya habido un gran caballo de madera repleto de soldados que finalmente salieron de él y vencieron. (...)

»Pero a Homero (o el elenco de poetas que escribieron bajo el nombre de Homero) o bien se le dio por la fantasía politeísta o fue el genial adaptador de un sistema de metáforas cosmológicas que nadie —ni Dante ni Shakespeare ni Cervantes— jamás alcanzó a emular en su pura demencia imaginativa. (...)

»¿Pero quién está dispuesto a otorgarle a La Ilíada crédito histórico? La evidencia sugiere que la epopeya homérica fue transmitida de generación en generación, oralmente. Los hechos históricos que se narran provienen de tiempos remotos y se funden con la enceguecedora revelación del bardo.

(...)

Homero era Homero, un bardo a finales de la Edad de Bronce. En la Edad de Bronce, los relatos eran un medio fundamental para recopilar y transmitir conocimiento: eran la memoria pública; preservaban el pasado, instruían a los jóvenes, y creaban una identidad comunal. Así que estábamos preparados para hacer concesiones. Pero las hacemos también con esos otros escritores de aquella era, los escritores y redactores de la Biblia Hebrea. Para ellos, como para Homero, no existía nada semejante a un estilo puramente fáctico; no había una educada observación del mundo natural que no fuera creencia religiosa, ninguna historia que no fuera leyenda, una información práctica que no resonara en lenguaje elevado. Al mundo se lo percibía encantado. (...)».

La cuestión es, como ya he dicho, si en el mundo anterior a la filosofía pudo darse ese extrañamiento autoconsciente que para mí constituye la diferencia entre mito y ficción. Para mí son dos cosas diferentes, y dependen de lo que el narrador creía cierto, de su conciencia de estar inventando, de recurrir a la propia imaginación para introducir deliberadamente un elemento ficticio, incluso fantástico (ni mítico ni factual, aunque pudiera tomarse prestado de uno u otro ámbito) como ingrediente de las historias que narraba, de sus propias fábulas y cuentos.

No podemos saberlo a ciencia cierta, pero creo que no.

Parece razonable suponer que la narrativa de ficción como «producción autoconsciente» (palabras, de nuevo, de Doctorow) surgió con la crítica del mito y el nacimiento de la filosofía (y, primero al margen y luego dentro de la filosofía, de la teoría literaria y, por extensión, de la estética). Es decir, en la Grecia jónica, en algún momento entre el periodo arcaico y el clásico, digamos que entre los siglos VI y V a.C. Un surgimiento anterior, durante el periodo arcaico, habría requerido la capacidad de desvincularse del conocimiento aceptado que otorgaban los mitos, desvinculación que habría conllevado inmediatamente (creo yo) la aparición de la filosofía. ¿Quién sabe?, quizá incluso una cosa llevó a la otra.



No cabe duda de que los cambios económicos, sociales y políticos que tuvieron lugar en el mundo helénico durante los siglos VII y VI a.C. fueron fundamentales para que la cultura griega se fuera alejando, progresivamente, de sus viejas creencias.

Podemos ver reflejado ese paso en el arte de la época: durante mucho tiempo los escultores esculpieron exclusivamente a los dioses, hasta que, en algún momento, comenzaron a retratar a seres humanos: primero a los muertos; más tarde a los vivos: gobernantes, atletas victoriosos, sabios famosos...

Igualmente, poco a poco, en la literatura se fue volcando el interés de lo divino a lo profano. Hesíodo trató de los dioses en su Teogonía, pero dedicó Los trabajos y los días a la actividad humana cotidiana. Píndaro cantó los triunfos de los competidores en las pruebas deportivas. Arquíloco hizo de su propia persona el tema principal de su poesía.

Pero habría que esperar a la época clásica para que la literatura lograra alcanzar el estatus artístico de disciplinas como la escultura, la arquitectura o la pintura, por no hablar de la consideración de la clase intelectual. Uno de los principales obstáculos para ello fue precisamente la creciente importancia que los griegos fueron otorgando a la verdad (notoriamente ausente en los mitos y la poesía en general). En uno de sus discursos, el gran Pericles llegó a afirmar (según cuenta Tucídides) que Atenas no necesitaba a Homero ni a ningún otro poeta para cantar sus alabanzas; era agradable escuchar sus versos, sí, pero estos no contenían la verdad.

Al principio, esto no había supuesto ningún problema. Los helenos primitivos apreciaban la verdad pero, desgraciadamente, carecían de la disposición psicológica y de las herramientas intelectuales necesarias para discernirla en sus mitos y leyendas. Los primeros poetas, como Homero, creían realmente que los dioses hablaban por sus bocas; afirmaban que las palabras que cantaban provenían de las musas. Es decir, no eran conscientes de estar inventando nada. Pero, con el tiempo, eso fue cambiando.

En un sentido, podría afirmarse que el nacimiento de la ficción se produce en el momento en que los propios poetas comienzan a adquirir cierto sentido crítico y a darse cuenta de que no son puros vehículos de la expresión divina, sino que añaden muchas cosas inventadas. Así ocurrió con los poetas de finales de la época arcaica. «Πολλὰ ψεύδονται ἀοιδοί», afirma Solón: Mucho mienten los aedos. Píndaro reconoce que los mitos contienen «muchas cosas maravillosas» y engañan «adornando con abigarradas mentiras / la fama de los mortales por encima de la verdad». ¹ Hesíodo, por su parte, dice en su Teogonía que, si hay alguna falsedad en la poesía, es porque así lo determinan las musas… como ellas mismas, según dice, se lo han reconocido: «ἴδμεν ψεύδεα πολλὰ λέγειν ἐτύμοισιν ὁμοῖα, / ἴδμεν δ᾽, εὖτ᾽ ἐθέλωμεν, ἀληθέα γηρύσασθαι» (sabemos decir muchas mentiras que parecen ciertas / y sabemos, cuando queremos, proclamar la verdad).

Faltaba, sin embargo, que los autores fuesen conscientes de ser la fuente original de tales ficciones. Y eso ni siquiera el sabio Solón se atrevía a afirmarlo. Todavía los poetas, aunque conscientes ya de las exageraciones, hechos inverosímiles y falsedades que plagan la poesía —a diferencia de Homero, que creía realmente en lo que cantaba—, atribuyen su origen a las musas o a otros dioses. Hasta el dionisíaco Arquíloco, rebelde y orgulloso como era, trasladaba todo el mérito de sus ditirambos al vino que trasegaba antes de entonarlos.

Los griegos no conocen aún el concepto de “imaginación”; el inventor de historias no es consciente de poseer inventiva. No se reconoce capaz de crear por sí mismo, de ser autor, productor único de las ficciones que brotan de su mente. El pensamiento mítico sigue dominando. Hay falsedad en las historias que cuentan los poetas, vale, pero es porque las divinas musas así lo han decidido. Que estos primeros críticos reconocieran en la poesía narrativa de su tiempo la presencia de elementos ficticios no basta, pues, para considerarla como ficción en sí misma, tal como yo la entiendo: el resultado de un acto creativo deliberado.

(Continuará). [(II): La intervención de los filósofos.]


¹ «ἦ θαυματὰ πολλά, καί πού τι καὶ βροτῶν / φάτιν ὑπὲρ τὸν ἀλαθῆ λόγον / δεδαιδαλμένοι ψεύδεσι ποικίλοις / ἐξαπατῶντι μῦθοι. / Χάρις δ', ἅπερ ἅπαντα τεύχει τὰ μείλιχα θνατοῖς, / ἐπιφέροισα τιμὰν καὶ ἄπιστον ἐμήσατο πιστὸν / ἔμμεναι τὸ πολλάκις». Πίνδαρος, Ολυμπιόνικοι, 1 28.

jueves, 5 de julio de 2012

Candidatos a los Premios Ignotus 2012 (XXX HispaCon)


Ricardo Manzanaro ha publicado en el Facebook de Pórtico (Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror) la lista de candidaturas al premio Ignotus (equivalente español del Hugo) en sus diferentes categorías. Los socios de la AEFCFT pueden empezar a votar ya (en cuanto reciban las papeletas); los aficionados que no sean socios de Pórtico podrán hacerlo presencialmente durante la XXX edición de la HispaCon que este año tendrá lugar en Urnieta, Guipúzcoa, del 12 al 14 de octubre.

Entre los candidatos, dos cántabros miembros de la TerSa, Marc R. Soto e Ignacio Illarregui. Marc está “exiliado” en Madrid y Nacho se va a EEUU dentro de nada, pero da igual; aunque se vayan a otra ciudad, otro país u otro planeta, ¡los que han sido de la TerSa son y seguirán siendo de la TerSa!, menos los que deban dinero o hayamos echado por plastas, claro. :-P Bueno, al lío:


Mejor novela:
  • Cuerpos descosidos, de Javier Quevedo Puchal (NGCficción!)
  • Diástole, de Emilio Bueso (Salto de Página)
  • El escondite de Grisha, de Ismael Martínez Biurrun (Salto de página)
  • Fieramente Humano, de Rodolfo Martínez (NGCficción!)
  • La ciudad enmascarada, de Rafael Marín (Grupo AJEC)

Mejor novela corta:
  • Asesinato en el club nudista, de Roberto Malo (Nalvay Ediciones)
  • El largo camino al mar, de Domingo Santos (Crónicas de la Tierra y el Espacio – Juan José Aroz Editor)
  • La textura de tu piel, de David Jasso (Abismos - Grupo AJEC)
  • Largas noches de lluvia, de Marc Rodríguez Soto (Largas noches de lluvia – Viaje a Bizancio Ediciones)
  • Oniromante, de Víctor Conde (Scylabooks)

Mejor cuento:
  • Casa ocupada, de José Ignacio Becerril Polo (El monstruo en mí – Saco de Huesos)
  • El círculo de Krisky, de Miguel Puente Molins (El círculo de Krisky – Grupo AJEC)
  • El huevo, de David Jasso (Abismos – Grupo AJEC)
  • Mytolític, de Sergio Mars (Catarsi 6)
  • Señor del Moncayo, de Fermín Moreno (Nuevas Leyendas Aragonesas – Mira Editores)

Mejor antología:
  • Abismos, de David Jasso (Grupo AJEC)
  • Crónicas de la Tierra y el Espacio, de Domingo Santos (Juan José Aroz Editor)
  • El monstruo en mí, de José Ignacio Becerril Polo (Saco de Huesos)
  • Nuevas Leyendas Aragonesas, de VV. AA. (Mira Editores)
  • Recuerdos de la vieja Tierra, de José Manuel González (Grupo AJEC)

Mejor libro de ensayo:
  • Blade Runner. Lo que Deckard no sabía, de Jesús Alonso Burgos (Akal)
  • James Whale. El padre de Frankenstein, de Juan Andrés Pedrero Santos (Calamar Ediciones)
  • The Twilight Zone, de VV. AA. (SciFiWorld - Sitges)
  • Tras los límites de lo real. Una definición de lo fantástico, de David Roas (Páginas de espuma)

Mejor artículo:

Mejor ilustración:
  • Crónicas de la Tierra y del Espacio, de Koldo Campo (Juan José Aroz Editor)
  • Cuerpos descosidos, de Felideus (NGCficción!)
  • Los horrores del escalpelo, de Alejandro Colucci (Grupo AJEC)
  • Las graves planicies, de Calderón Studio (Grupo AJEC)
  • Noches de sal, de Alejandro Colucci (Grupo AJEC)

Producción audiovisual:
  • Crónicas desde Sepelaci, de Víctor Alós (podcast)
  • Eva, de Kike Maillo (cine)
  • Intruders, de Juan Carlos Fresnadillo (cine)

Mejor tebeo:
  • Aventuras de un oficinista japonés, de José Domingo (Bang!)
  • El héroe, de David Rubin (Astiberri)
  • Las aventuras del Doctor Brande, de Víctor Aguado (La Biblioteca del Laberinto)
  • La muchacha salvaje, de Mireia Pérez (Sins Entido)
  • La protectora, de Keko (De Ponent)

Mejor obra poética:
  • El hacedor (de Borges), Remake, de Agustín Fernández Mallo (Alfaguara)
  • Histerias minúsculas, de Víctor Miguel Gallardo Barragán (Alea Blanca)
  • Porno Ficción, de Diego Doncel (DVD Ediciones)
  • Un extenso poemario sobre la Yihad (Dune), de J. Javier Arnau (Alfa Eridiani 13)

Mejor revista:
  • Calabazas en el trastero (Saco de Huesos Ediciones)
  • Catarsi (Ter Cat)
  • Delirio (La biblioteca del laberinto)
  • Planetas Prohibidos
  • SciFi World (SciFi World)

Mejor novela extranjera:
  • 1Q84, de Haruki Murakami (Tusquets)
  • Accelerando, de Charles Stross (Bibliopólis)
  • Criopólis, Lois McMaster Bujold (Ediciones B)
  • El sueño del androide, John Scalzi (Minotauro)
  • La chica mecánica, de Paolo Bacigalupi (Plaza & Janés)

Mejor cuento extranjero:
  • El bolso de las fadas, de Kelly Link (Magia para lectores – Seix Barral)
  • La carretera de los cráneos, de Iain M. Banks (Última generación – La Factoría de Ideas)
  • Una chica muy especial, de Mike Resnick (Zombimaquia, Antología Z, volumen 4 - Dolmen Editorial)
  • Última generación, de Iain M. Banks (Última generación – La Factoría de Ideas)

Mejor sitio web:

lunes, 18 de junio de 2012

Transhumanidad y posthumanidad en la CF (VI)


Verne

Podría verificarse a través de muchos otros ejemplos que Julio Verne ha sido, como pretende Pierre Louys, un «revolucionario subterráneo»; pero entonces, cómo no recordar de inmediato al prefacio que Nietzsche escribió en 1886 para la edición de Aurora: «En este libro se encontrará un hombre “subterráneo”, un hombre que perfora, roe y cava». Y la hipótesis se verá justificada cuando, un poco más adelante, Nietzsche, empleando términos que recuerdan los de Pierre Louys, habla de su “inflexibilidad” y de «cosas que, siéndole propias, están escondidas y resultan enigmáticas». Ahora bien, desde el momento en que se formula la pregunta: «¿Julio Verne, Nietzsche?», se ven de inmediato surgir toda clase de coincidencias, correlaciones y aun de influencias directas.

Marcel Moré, «Un revolucionario subterráneo», en Cahier de L’Arc 29, 1966, número especial dedicado a Jules Verne, traducción de Noe Jitrik (Verne: un revolucionario subterráneo, Paidós, Buenos Aires, 1968).




En lo relativo al tema que nos ocupa, es especialmente llamativo, por su escasez, el caso de Jules Verne (1828-1905). Llama la atención que al escritor de Nantes, tan preocupado por el futuro, apenas le diera por especular con la evolución futura, tanto física como mental, de nuestra especie. En su vasta obra no se atisba gran cosa sobre el asunto.

Por otra parte, hay un problema importante: los escasos indicios del interés de Verne por estas cuestiones se hallan en obras póstumas que, casi siempre, sufrieron alteraciones importantes por mano de su hijo Michel. En realidad, hay varias obras atribuidas a Jules Verne de las que no se sabe realmente si son suyas o de su hijo, y si son de ambos no se conoce a ciencia cierta qué es de quién. Un inconveniente bastante serio.

Lamentablemente, la obra que presenta el tema de la posthumanidad con más claridad es también una de las de autoría más dudosa. Me refiero al relato «Edom», inédito hasta 1991, que sirvió de base para la póstuma «El eterno Adán» (1910). Al parecer, de «Edom» existen tres versiones, de las cuales se ha publicado una. Pero los herederos guardan los manuscritos bajo siete llaves, lo que impide profundizar en la investigación.

Me limitaré, pues, a señalar asuntos que Jules Verne trató efectivamente y que atañen al tema en cuestión, y dejaré los comentarios sobre obras de autoría dudosa, como «Edom», para después.


A pesar de lo que algunas de sus novelas más conocidas puedan dar a entender, el autor francés no era realmente muy optimista sobre el destino de la humanidad y sus logros futuros, ni el apóstol de la tecnología que muchos, aún hoy, ven en él. En el fondo, era todo lo contrario.

Durante años, Verne se limitó a seguir la corriente a su editor, Pierre-Jules Hetzel (1814-1886), dejándose guiar por él en su carrera. Para Hetzel era importante no importunar al público con historias pesimistas; había que alimentar las ilusiones del público, no destrozarlas con ominosas visiones del futuro. Pero a los 58 años, con la muerte del editor, Verne quedó liberado de su tutela y empezó a trabajar con más libertad, mostrando a menudo cierta desesperanza por el destino de la humanidad.

Durante décadas se pensó que este pesimismo de Verne había sido fruto del desencanto típico de la madurez, acentuado quizá por algún problema personal; una desilusión creciente que llegaría a convertirse en depresión en sus últimos años.¹ Pero en 1989 se produjo un descubrimiento que aniquilaría esa noción, situando su desconfianza hacia la humanidad y sus temores sobre la evolución de la cultura en los mismísimos inicios de su carrera literaria. Me refiero a su novela «París en el siglo XX» (1863), que un bisnieto de Verne halló dentro de una caja fuerte de la familia, y que había permanecido inédita desde que Hetzel la rechazara.


El futuro, aplazado

En «París en el siglo XX», Verne contradice el mensaje, tan repetido en aquella época, de que el progreso tecnológico conduciría a la humanidad a una edad dorada. En cambio, nos presenta cómo falsos progresos pueden conducirnos a graves retrocesos. ¡Y esto en 1863, recién comenzada su carrera! Recordemos que el primero de sus «Viajes extraordinarios», «Cinco semanas en globo», es de ese mismo año.

Se ha especulado con que los optimistas ideales de Pierre-Jules Hetzel, que veía en la educación la vía para un futuro mejor para la humanidad, fueron los que, en realidad, le llevaron a impedir la publicación de esta obra, opuesta a sus convicciones personales y a los principios de la Revolución Industrial que entonces estaban en boga.

En la carta de rechazo no mencionó nada de esto, desde luego. Venía a decirle que la obra era demasiado ambiciosa para el punto en que se encontraba su carrera literaria, restaba mérito al trabajo de Verne (con palabras, a decir verdad, bastante duras) y le recomendaba dejarlo en barbecho e intentarlo veinte años después, cuando estuviera más maduro… Pero, por desgracia, la cosa se fue alargando y, al final, la novela no se publicó hasta más de un siglo después, en 1994. Una verdadera lástima, en mi opinión.


Caballeros extraordinarios

En muchas de las novelas de Verne, el ser humano es el rey de la naturaleza, el animal perfecto. A pesar de las diferencias raciales, en la mentalidad burguesa de la época no entraba que el hombre pudiera cambiar de tal modo que dejara de ser humano. Habría sido una especie de blasfemia antiliberal; la creencia de que los seres humanos son iguales por naturaleza es la base misma de la democracia moderna. La humanidad era, para aquellos hombres, imbuidos de positivismo, algo sagrado. Y Verne, hombre de su tiempo, respetaba generalmente esas nociones.

Por ejemplo, los arborícolas de «El pueblo aéreo» (1901) son diferentes de los europeos, están adaptados a vivir entre las copas de los árboles, pero son totalmente humanos. Lo mismo puede decirse, y se dice explícitamente, de la gente subterránea de «Viaje al centro de la Tierra» (1864), donde habitan numerosas razas, incluyendo una especie de “titanes”.²

Puede que no entrara en sus cabales la idea de que la humanidad mutara de tal modo que dejara de ser propiamente humana, pero aún menos lugar tenía en su fantasía la posibilidad de que pudiera mejorar de alguna manera lo presente.

Con frecuencia, en la ficción (y, lamentablemente, también en la realidad) el concepto de superhombre es utilizado, a favor y en contra (con no poca torpeza, en el caso del superhombre nietzscheano) para apoyar o rechazar la supremacía de una “raza superior”, algo a lo que no ha sido ajena la ciencia ficción. Aparentemente, Jules Verne no aceptaba que se pudiera calificar a ninguna raza de “subhumana” y tampoco entraba en sus esquemas mentales lo contrario, pero era muy consciente de que la idea estaba en el ambiente.

Algo de eso podemos ver en «Los quinientos millones de la Begun» (1879), en la que un malvado racista alemán pretende conquistar el mundo para la raza germana mediante la ciencia, prefigurando un tema clásico del género que atañe directamente a la transhumanidad: el abuso de la tecnología (que en malas manos o aplicada a fines equivocados puede ser terriblemente dañina). Si el Dr. Sarrasin y el Dr. Schultze fueran mutantes, serían el Profesor X y Magneto; el utopista y el belicista.

En esto Verne se parece un poco a Francis Fukuyama, que, como recordaremos, alerta en «El fin del hombre» (y en varios artículos también) sobre los peligros de cualquier intento de forzar la máquina de la evolución y alterar la naturaleza humana.


Los doctores Sarrasin y Schulze son dos buenos ejemplos de “sabios locos”, una figura heroica (en el sentido antiguo de persona capaz de extraordinarias hazañas), típica de la literatura del siglo XIX, a la que Verne recurrió reiteradamente, y que tiene sus orígenes remotos en los filósofos de la antigüedad (especialmente en Thales de Mileto, Pitágoras de Samos y Arquímedes de Siracusa), en los magos y hechiceros de las leyendas, como Merlín, y en renombrados alquimistas de distintas épocas como Flamel o Cornelius Agrippa,³ inspirador del joven Victor en «Frankenstein», un clásico del género que prefigura la nueva forma del arquetipo (el “científico loco”) al que aportó sus rasgos psicológicos más característicos.

En Victor Frankenstein veíamos cómo el joven alquimista se convertía en científico (transición que tuvo lugar realmente en muchos científicos de épocas anteriores, siendo más que notable el caso de Isaac Newton). Los sabios de Verne han abandonado ya todo misticismo, no hay rastro de metafísica en sus artes; son científicos modernos, versados no en la tradición y la superstición, sino en el más riguroso y eficaz método científico. Pero por lo demás siguen fielmente el arquetipo heroico del sabio loco: Pueden ser de naturaleza benigna o malvada, pero de cualquier modo la moral convencional no va mucho con ellos; son bastante rebeldes, independientes. Tienen personalidades obsesivas; su tarea es lo más importante, a costa de lo que sea y caiga quien caiga. Son tan ambiciosos como irresponsables. Etcétera.

Una de las obsesiones clásicas del sabio loco es la creación de vida, a poder ser humanoide y, si es posible, inteligente, es decir, “a su imagen y semejanza”. De ahí la profusión de criaturas humanoides, androides, gólems, Inteligencias Artificiales y demás constructos pseudohumanos o posthumanos tan típicos de la ciencia ficción. El sabio loco, en el fondo, se cree Dios, y quiere hacer lo que Dios hace. En las obras de Verne, esto cambia. Sus obsesiones no tienen esa raíz religiosa; los sabios de Verne son hijos de la revolución francesa, adoradores de la Razón. No se consideran a sí mismos superhombres; son, sí, raros, extraños, escasos, caballeros extraordinarios, pero no se creen dioses. Su megalomanía es más de andar por casa.





¹ Ghislain de Diesbach, por ejemplo, sostuvo esta creencia en «Le Tour de Jules Verne en quatre-vingts libres» (1969), atribuyendo su pesimismo a “un drama misterioso” que habría “golpeado su vida íntima”, supuestamente la muerte de Hetzel.

² …Y de la humanidad del futuro en el relato «Edom», que Michel Verne ampliaría en la póstuma «El eterno Adán» (1910). Más adelante hablaremos de ello.

³ Recordemos que una de las obsesiones de la alquimia era la de crear vida, muchas veces en la forma de “homúnculos”, criaturas humanoides de tamaño reducido. Paracelso (1493-1541) afirmaba haber creado un homúnculo de un pie de altura, capaz de crecer y desarrollar inteligencia, pero había que educarlo con sumo cuidado o se volvería contra su creador y huiría. ¿Os suena?


Homo excelsior
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (I)
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (II)
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (III)
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (IV)
Sobre «Transhumanidad y posthumanidad en la CF»
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (V)
Humanidad y posthumanidad (una aclaración)

martes, 12 de junio de 2012

Los desmanes galácticos de Vértice (V): «Hombre contra mundo»


A pesar de las apariencias externas, esto no es una novela de Isaac Asimov; ni siquiera es una antología de cuentos de Asimov. Se le atribuye el libro en la cubierta (bueno, se atribuye a un tal Isaac A. Asimov; la inicial del medio se la sacaron de la manga, claro) pero no es más que una triquiñuela comercial para engañar al comprador impulsivo. O sea, otro timo.

Ya sabemos que Vértice no destacaba precisamente por su ética profesional y comercial (ver el caso de «Navío estelar» en esta misma colección). Esto ya no roza la estafa; es que lo es. Se trata de un engaño deliberado.

Para más INRI, el verdadero protagonismo del libro, en este caso, corresponde sin lugar a dudas a Theodore Sturgeon, otro cuentista clásico del género (aunque, evidentemente, mucho menos conocido y aún menos en esa época, a mediados de los años sesenta) que aporta nada menos que tres de los cinco relatos que forman el volumen. Sin embargo, en ninguna parte se menciona a otro autor que no sea Isaac Asimov. Sin duda estas omisiones no tenían otra intención que la de engañar a lectores incautos, con la fama de Asimov como gancho para perpetrar el fraude.

Para los incautos que lo compraron creyendo que se llevaban una nueva antología de Isaac Asimov, una burla monumental. Casi me imagino a los responsables riéndose como hienas mientras pergeñaban su alevosa trampa.

lunes, 11 de junio de 2012

Mi «Top Five» de relatos, cuentos largos, «novelettes»... de ciencia ficción

El otro día, sábado 9 de junio, fue el cumpleaños de Joe Haldeman (autor del clásico de la ciencia ficción «La guerra interminable») y me acordé de la conversación que tuve la suerte de tener con él en Gijón hace unos años, durante la Semana Negra. Hablamos un rato de su amigo Jack Williamson, que entonces era el decano indiscutido de la ciencia ficción norteamericana, ya que yo iba disfrazado de un personaje suyo (estábamos en una fiesta de disfraces y, ¡sorpresa!, soy un friki y a veces me disfrazo de legionario del espacio y cosas así). De Jack Williamson es uno de mis relatos favoritos de ciencia ficción: «De brazos cruzados» (1948), del que también hablamos un rato.

Pensando en lo bueno que es «De brazos cruzados», se me ha ocurrido hacer un Top Five de cuentos largos de ciencia ficción, lo que los anglosajones llaman novelettes. Es un formato al que no estoy muy habituado, pero creo que después de los novelones que me he tragado últimamente, es hora de cambiar.

Tengo cientos de relatos en casa sin leer, a montones. Los evité durante años, deliberadamente, esperando que algún día llegaría a cansarme de leer novelas-río y sagas interminables. Hice bien, porque gracias a eso dispongo de material de sobra para contentar mi afición sin empacharme, hasta que vuelva a apetecerme leerme un tocho gordo.

En general, el formato al que me refiero es el americano novelette, entre 7500 y 17500 palabras. Según el “método Edu” (de Eduardo Vaquerizo, que fue quien me lo enseñó), para «De brazos cruzados» me salen unas 15.000 palabras. Es fácil calcularlo; sólo hay que multiplicar el número de páginas del libro que ocupa el relato por 300. Para hacerse una idea va bastante bien.

Aunque «De brazos cruzados» me encanta, mi relato favorito de ciencia ficción en este formato es «El fantasma de Kansas», de John Varley, que tiene unas 40 páginas, o sea, unas 12.000 palabras. Es sencillamente genial. Todavía hoy en día pienso que Varley es el mejor cuentista que ha dado el género.

Los otros tres relatos son estos:

«Segunda variedad», de Philip K. Dick.
«La polilla lunar», de Jack Vance.
«Los reyes de la arena», de George R. R. Martin.

Debo aclarar que es mi Top Five. Ya he dicho que en los últimos años apenas he prestado atención a este formato, así que no me extrañaría encontrar varios igual de buenos en los próximos meses. No digo que estos cinco sean los mejores, pero sí, probablemente, los que más me han impactado (y, sin duda, los que recuerdo mejor).

Se me ocurren más relatos estupendos, como «No tengo boca y debo gritar», de Harlan Ellison, pero no se ajustan a las medidas estándar referidas arriba. Además, en varios casos, creo que si los leyera hoy no me gustarían tanto como hace veinte años. Por ejemplo, «La ciudad-máquina», de Walter M. Miller, Jr., que sí se ajusta al formato y me maravilló en su momento, no sé si habrá envejecido muy bien (ni me atrevo a comprobarlo). Por otra parte, algunos los tengo demasiado recientes para verlos con perspectiva, como los de Greg Egan o Ted Chiang que he leído en los últimos años (la abstinencia no ha sido total).

En próximas entradas hablaré un poco de cada cuento, y espero comentar muchos más este verano. De momento, os animo a soltarme vuestro Top Five de cuentos largos en los comentarios o en vuestros blogs. El mío, por ahora, queda así:

  1. «El fantasma de Kansas», de John Varley (1976).
  2. «De brazos cruzados», de Jack Williamson (1948).
  3. «Segunda variedad», de Philip K. Dick (1953).
  4. «La polilla lunar», de Jack Vance (1961).
  5. «Los reyes de la arena», de George R. R. Martin (1979).

Como veis, ninguno tiene menos de 30 años. Menudo carcamal estoy hecho. :-D


sábado, 21 de agosto de 2010

«El tapiz del vampiro», de Suzy McKee Charnas

☆☆☆½

Puede que las cuatro estrellas que le puse en aNobii le vayan un poco grandes a este fix-up un tanto irregular (como suele ocurrir con este tipo de novelas, construidas mediante la unión de dos o más cuentos relacionados) protagonizado por un atípico chupasangres, profesor universitario, con problemas existenciales. En conjunto, está más cerca del "bastante bueno" que del "regular". Vamos, que está bien.

En una primera lectura, a mediados de los 90, me pareció aburrida y estuve a punto de abandonarla. Al reeditarla Alamut en 2009, le di otra oportunidad. Quince años después soy un lector bastante más paciente y tanto mi actitud como mis intereses han cambiado, como es lógico. En la relectura me ha resultado bastante interesante, aunque sigo echando de menos algo más de nervio en la narración.

El vampiro de Suzy McKee Charnas constituye una original excepción en el mundillo de la literatura vampírica, como la propia novela, y por las mismas razones. Con un tratamiento casi materialista, más de ciencia ficción que de fantasía, lo fantástico está explicado en clave de anomalía biológica; no hay fenómenos sobrenaturales sino accidentes adaptativos, desprovistos de cualquier carácter mágico-religioso. Además, es una novela profundamente antirromántica, casi tan fría y racionalista como el personaje central, el depredador para quien la emoción humana es un lujo, un lujo que le atrae pero no se puede permitir.

Con partes brillantes y otras un poco más flojas (recordemos que se trata de un fix-up) y hasta aburridas, a veces rozando el ensayo especulativo, no es una novela ligera para adolescentes en busca de emociones de baratillo como "Crepúsculo" y sus secuelas, ni una historia de acción morboerótica como las novelas de Anne Rice. Es una novela sutil, adulta, bastante profunda, realista dentro de lo que cabe esperar de una novela de sus características y, a pesar de esa frialdad que la domina, con picos de emoción y suspense, eficazmente inquietante y hasta perturbadora, que se sigue disfrutando después de la lectura gracias a las reflexiones que promueve, no sólo de carácter especulativo sino también sobre nuestra propia naturaleza.

A destacar, dentro del fix-up, el relato central del mismo: "El tapiz del unicornio", que ganó el premio Nebula a la mejor novela corta.