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miércoles, 22 de enero de 2025

Origen del fantástico (anexo): El primer relato de la literatura fantástica

Hace años, en 2013, indagué en los orígenes de la ficción, con especial atención a la ficción fantástica. O, mejor dicho, de la ficción como la concibo yo: la elaborada por un autor plenamente consciente de estar creando una obra original, producto de su propia mente, sin la intervención de entidad sobrenatural alguna, sin musas ni dioses ni demonios que hablasen por su boca, como se creía antiguamente. Ni mitos ni leyendas; obras originales de personas conscientes de su propia creatividad.

En aquella serie de entradas no mencioné la rica literatura mesopotámica, como tampoco las de otras civilizaciones, porque quería centrarme en la tradición occidental, griega y romana. Así, la sorpresa que tenía preparada para el final, tras referir la aparición del gran sirio romano Luciano de Samosata en el siglo II, resaltaría más: La verdadera cuna de la ficción (y también de la ficción fantástica) fue Egipto.

Sin embargo, siento que debería haber dedicado, al menos, unas líneas a Gilgamesh. Seguro que más de uno, leyéndome, se preguntó: «Y Gilgamesh, ¿qué?» Aparentemente, su epopeya rivaliza en antigüedad con los primeros ejemplos conocidos de literatura de ficción en Egipto. En mi entrega final mencionaba algunos que, de hecho, son posteriores a las primeras versiones sumerias de la Epopeya de Gilgamesh (que son, aproximadamente, del año 2100 antes de Cristo, en la Tercera Dinastía de Ur), como los cuentos recogidos en el papiro de Westcar, que son de la XII Dinastía faraónica, algo más tardía (la XII Dinastía arrancó hacia 1985 a. de C.).

De todos modos, la primera obra de ficción propiamente dicha, al menos siguiendo los parámetros establecidos en las primeras entregas de mi serie —básicamente, la condición expresada en el primer párrafo de arriba—, sigue siendo egipcia. Yo la mencioné brevemente entonces, pero visto lo visto, debería haberme explayado un poco más. Se trata de la «Historia del Marinero Náufrago», que está datada alrededor del año 2200 a.C. y es, por tanto, un siglo anterior a las primeras versiones del «Poema de Gilgamesh», aunque también es verdad que algunos investigadores retrasan su creación hasta los inicios de la XII Dinastía. Aún así, si eso fuera cierto, seguiría pensando igual. Ya veréis.

Llevado por las prisas, cuando escribí aquellas entradas sobre el origen del fantástico, no me entretuve demasiado en comentar los relatos en sí. Mi interés estaba centrado en la idea de autoría, de la ficción como fruto de la imaginación humana, y en la precedencia de la literatura egipcia de ficción. Ahora me apetece detenerme a comentar el relato del náufrago egipcio, que tiene una gran importancia, no solo porque es el más antiguo que conozco sino porque, además, también es un relato fantástico. Dudo que realmente fuera el primero, pero sí es el más antiguo que se conserva.

Su antigüedad lo hace acreedor de varios récords, aparte del ya referido; es el primer relato de náufragos que se conoce, por ejemplo. También es la primera narración enmarcada de la ficción (siempre, ojo, siguiendo el criterio ya explicado, que excluye mitos, leyendas y libros sagrados de inspiración “divina”); la historia del náufrago está anidada dentro de otra historia, que narra (muy brevemente, eso sí) el regreso de un príncipe de la corte que ha fracasado en su misión comercial a tierras nubias. El smsu del príncipe (un acompañante designado por el faraón) trata de consolarle contándole la historia de cómo naufragó en un viaje por mar al rico país de Punt (que, según se cree hoy en día, estaba situado en el cuerno de África). Pero eso no es todo; el náufrago, cuya nave se hundió en el Mar Rojo a causa de una tormenta, es arrastrado por las olas hasta una isla maravillosa, donde se encuentra con una poderosa criatura, una especie de serpiente mágica, que lo rescata y le cuenta su propia historia de cómo arribó a ese lugar. Además, es la obra literaria más antigua que se conserva con la firma de su autor: un escriba de la corte faraónica de nombre Ameni, hijo de Amenaa. (Afirmar que Ameni fue el autor de este relato puede ser un poco aventurado, pero a mí me gusta creer que no fue un mero copista y tampoco hay pruebas en contra).

Me queda, además, la duda de si la epopeya de Gilgamesh se puede considerar algo más que una leyenda con elementos míticos, es decir, si merece entrar en la categoría de ficción propiamente dicha, teniendo en cuenta la autoría (ser un creador consciente, etc.), al menos en sus primeras manifestaciones. Digo “manifestaciones” porque no se trataba al principio de una obra unitaria; la versión acadia clásica es un fix-up de cinco poemas sumerios (que sepamos; son los que han llegado hasta nuestros días), compuesto por el escriba y sacerdote acadio Sîn-lēqi-unninni muchos siglos después. Es más, la propia naturaleza de este autor es dudosa, semi-legendaria, un poco a la manera de Homero. Ciertamente, en su remoto origen sumerio, la epopeya de Gilgamesh no tiene pinta de ser una creación original. En cambio, la originalidad de la «Historia del Marinero Náufrago» está bien establecida.

Uno de los poemas sumerios que dieron origen a la Epopeya de Gilgamesh es «Gilgamesh, Enkidu y el inframundo». Este poema parece, a su vez, un fix-up compuesto de varias historias diferentes que probablemente circularon por separado hasta que, en algún momento, se unieron en este primer poema, lo cual nos aleja de la idea de un autor/creador original e independiente de mitos y leyendas. De nuevo, en cambio, la autoría individual de la «Historia del Marinero Náufrago» parece más clara, aunque haya dudas sobre la identidad del creador original (ya que no se puede afirmar categóricamente que fuera fruto de la imaginación de Ameni, el escriba «de hábiles dedos» hijo de Amenaa).

La propia narración de «Gilgamesh, Enkidu y el inframundo» es de naturaleza eminentemente mítica, más que legendaria, y así ocurre con el resto de poemas (menos uno, que luego mencionaré). La alta probabilidad de que el rey Gilgamesh existiera realmente en una época pretérita (quizá hacia el siglo XXVII antes de Cristo, a comienzos del Período Dinástico Temprano) no la convierte en material legendario. Hay que tener en cuenta que Gilgamesh fue deificado y, a raíz de ello, pasó a ser un héroe mitológico por definición. De hecho, la primera parte de este poema, que sirve a modo de prólogo, es puramente mitológica y cosmológica; describe el origen del mundo y de la civilización, refiriendo cómo los dioses se repartieron el pastel. Luego se cuenta un viajecito de Enkidu (el amigo y compañero de Gilgamesh) al Inframundo; más mitología. Luego viene la historia del árbol de Inanna, diosa del amor y la fertilidad (entre otras cosas); más mitología. Y así. No os voy a contar toda la epopeya; os la leéis, si queréis, y ya. Pero es todo muy mítico. De hecho, solo uno de los cinco poemas, «Gilgamesh y Aga», carece de elementos mitológicos. En cambio, los elementos maravillosos de la «Historia del Marinero Náufrago», como la generosa serpiente inteligente o su isla, no pertenecen a la mitología egipcia; son una invención propia de su autor, pura fantasía.

La primera versión combinada de la Epopeya de Gilgamesh, conocida como «La Versión Babilónica Antigua», presenta una historia más elaborada, pero data del siglo XVIII a. de C., y la forma acadia definitiva es aún más inventiva; Sîn-lēqi-unninni añadió muchas cosas de su cosecha y parecía el tipo de autor al que me he ido refiriendo constantemente, pero eso ocurrió muchos siglos después, entre el 1300 y el 1000 a. de C. (no se sabe exactamente de qué época es, ya lo siento).

Por eso, para mí la cosa está clara: el relato más antiguo y el que mejor se ajusta a mi “teoría” es la «Historia del Marinero Náufrago», de Ameni de Amenaa. Y los cuentos del papiro de Westcar también son anteriores, como otros relatos egipcios de la XII Dinastía faraónica, desde ese punto de vista, porque los poemas sumerios, sencillamente, no encajan ni pintan gran cosa aquí.

jueves, 15 de agosto de 2013

Origen del fantástico (y V): Primeros ejemplos de literatura fantástica

A lo largo de los siglos II y I a.C. comienzan a aparecer en Occidente, además de versiones e imitaciones de los cuentos milesios, tanto en griego como en latín (pero sobre todo en griego, lengua culta por excelencia durante aquel periodo), crónicas de sucesos, viajes, campañas militares y autobiografías de corte realista, de influencia egipcia, que también contribuirán al desarrollo de la nueva narrativa en ciernes. Recordemos que durante el periodo helenístico, desde Ptolomeo I Sóter, la cultura griega se ha ido mezclando con la egipcia, y en el siglo I. a.C. la última reina de su dinastía, Cleopatra VII Filopátor, se relacionó con los dirigentes romanos Cayo Julio César y Marco Antonio. Así que en Alejandría había una mezcla de lo más interesante.

Causa maravilla pensar en lo que pudo guardar en aquella época, y en las décadas posteriores, la gran biblioteca de Alejandría. Como es sabido, la famosa biblioteca fue expoliada y convertida en cenizas en diferentes asaltos, a lo largo de varios siglos, por diferentes invasores fanáticos, tanto romanos cristianos como árabes musulmanes, hasta hacerla desaparecer completamente. Una pérdida absolutamente lamentable.

De todo ese caldo de cultivo salen los primeros novelistas grecorromanos. El más antiguo del que tenemos constancia fue el griego Caritón de Afrodisias (Caria), nacido a finales del siglo I o comienzos del s. II d.C. Caritón era el secretario del ῥήτωρ Atenágoras, un experto en retórica que trabajaba principalmente como abogado. Su novela «Aventuras de Quéreas y Calírroe» narra las peripecias de dos amantes de Siracusa que sirvieron de inspiración para la tragedia de Shakespeare «Romeo y Julieta», aunque la novela de Caritón tiene un final feliz.

Luego vendría, entre otros, el famosísimo Luciano de Samosata (nacido en 125 y fallecido hacia 181), muy conocido por sus novelas fantásticas y de quien, por fortuna, se conserva casi toda su obra en prosa. La lengua materna de Luciano, romano de origen sirio, era el arameo, pero prefería escribir en griego ático, lengua que dominaba con verdadera maestría. Era un tipo absolutamente genial, de una cultura extraordinaria, y tuvo una enorme influencia en la literatura posterior. Se le considera el gran maestro de la sátira romana.

Para colmo, su «Historia Verdadera» es considerada por muchos como la primera obra de ciencia ficción. En ella describe un viaje a la Luna, donde el protagonista encuentra a una raza de alienígenas selenitas. De tema similar es «Icaromenipo», donde quien viaja a la Luna no es otro que Menipo de Gádara, el cínico inventor de la sátira menipea cuya obra comenté en la entrada anterior.

En «Historia Verdadera», Luciano deja clara cuál es su posición como creador: «Escribo, por tanto, sobre cosas que jamás vi, traté o aprendí de otros, que no existen en absoluto ni por principio pueden existir».

Parece que ya lo tenemos resuelto. Naturalmente, nos faltan muchos datos; de la Antigüedad nos han llegado sólo algunos relatos, a menudo incompletos, y muy pocos nombres. Pero parece que podemos datar el nacimiento de la ficción (y, por ende, de la fantasía como género y, por extensión, del género fantástico) en algún momento de las últimas décadas de la República Romana, en la recién conquistada provincia de Asia Menor, desarrollándose en los inicios del Imperio Romano, en el siglo I, y estallando por fin en el siglo II con el gran Luciano de Samosata.

Sin embargo, nos equivocaríamos.

☼ ☼ ☼

Me temo que he estado mareando un poco la perdiz y jugando al despiste con vosotros, queridos lectores. Porque todo el tiempo he estado hablando del surgimiento de la literatura de ficción en Grecia, lo que me venía de perlas para fundamentar mis argumentos y exponer ejemplos… La Grecia antigua era mi especialidad cuando estudiaba la carrera y, claro, me apetecía lucirme. Pero resulta que, desde el principio, la respuesta estaba en otra parte.

En el primer párrafo os he dado una buena pista.

La respuesta anterior (la Grecia romana del siglo I a.C.) podría valer si la civilización occidental fuera la única existente o, al menos, la primera en alcanzar el nivel de desarrollo necesario para el surgimiento de la literatura de ficción como «producción autoconsciente». Pero resulta que no fue así.

En Egipto ya habían pasado por eso 2000 años antes.

Sí, siendo occidental y europeo cuesta un poco admitirlo, pero Egipto es la verdadera cuna de la narrativa de ficción (como de tantas cosas) y, por extensión, de la literatura fantástica. De hecho, su literatura de ficción es anterior a los mitos helénicos propiamente dichos y a la mismísima formación de la Hélade, que acababa de comenzar. Lo siento por los griegos, que me son mucho más simpáticos, pero así son las cosas.


El cuento egipcio

Dieciocho siglos antes de la aparición de los primeros cuentos milesios, en Egipto, durante la XII dinastía del Imperio Medio, había ya una literatura de ficción bastante desarrollada, con autores reconocidos (escribas de la corte faraónica, generalmente) y temas de corte tanto realista como fantástico, además de crónicas de viajes, sucesos y anécdotas de toda índole, más o menos ficcionalizadas.

Un ejemplo primordial, de obligatoria mención, es la antología de relatos recogida en el llamado papiro de Westcar (por el aventurero británico que lo adquirió hacia 1825). En este libro, cinco hijos del faraón Khufu (más conocido como Keops) son los narradores de sendas historias de magia a cual más maravillosa. Aunque el papiro data aproximadamente del siglo XVI a.C., la composición de los textos indica que se trata de una copia de un libro anterior, seguramente de la XII dinastía.

Otro ejemplo relevante de narrativa egipcia de este periodo es la historia de Sinuhé. Este relato en verso narra en primera persona las peripecias de un alto funcionario del faraón Senusert I (segundo faraón de la XII dinastía del Imperio Medio), caído inesperadamente en desgracia como consecuencia de un complot contra la familia imperial. En general se la considera como la primera novela, pero al ser un relato autobiográfico no tiene demasiada relevancia para el tema que nos ocupa, aparte de dejar constancia de su influencia temática y estilística. Lo mismo se puede decir de relatos de la misma época como la historia de In-pu, el campesino elocuente, crónica del caso de un mercader que sufrió el robo de su caravana y fue asistido por la justicia del faraón, que acogió al mercader, capturó y castigó al ladrón, esclavizándolo y poniéndolo al servicio de su víctima, y le restituyó todos sus bienes.

Hay, sin embargo, excepciones como la historia del pastor de ganado que se encontró con una diosa o la relevante «Historia del marinero náufrago», escrita por el escriba Ameni de Amenaa, que se pueden considerar fantásticas. Aunque a veces intervienen divinidades y criaturas sobrenaturales, no forman parte del corpus mitológico tradicional y parece seguro que fueron concebidos como obras de ficción para deleite de los reyes y sus familiares más cercanos.

Otros ejemplos más recientes, del Imperio Nuevo (pero antiquísimos también, comparados con los griegos; hacia el siglo XIII a.C.), ofrecen la misma mezcla de narraciones realistas, como la historia de la toma de Yapu (la actual Jaffa, en la zona sur de Tel-Aviv, Israel) por el general Yehuti, o el poema de Pentaur sobre la batalla de Qadesh (donde Ramsés II venció a Muwatallis II, rey de los hititas), con otras de corte fantástico como la fabulosa (y, por desgracia, incompleta) historia del príncipe predestinado o la historia de los hermanos An-pu y Bata, escrita por el escriba Ennana hacia el año 1198 antes de Cristo.

Nótese que estamos hablando de obras del Imperio Medio (comienzos del Minoico Medio en Creta, cuando en la isla apenas se había inventado la escritura) y del Imperio Nuevo (contemporáneas del colapso de la civilización micénica), escritas unos cuantos siglos antes de que a Homero le salieran los primeros pelos de la barba.


(Hay un anexo con detalles sobre la «Historia del marinero náufrago», de Ameni de Amenaa, y un comentario comparativo sobre la «Epopeya de Gilgamesh»): [(Anexo): El primer relato de la literatura fantástica.]

miércoles, 14 de agosto de 2013

Origen del fantástico (IV): La literatura en la Grecia antigua y romana

En capítulos anteriores de «Origen del fantástico»...

¿Cuándo nace lo fantástico? Antes de contestar esta pregunta me apetece aclarar otra cuestión: ¿En qué momento surge la narrativa de ficción? Porque al principio fue el mito, y el mito (como todos los mitos, al principio) era creído por todos a pies juntillas. Bueno, por casi todos. Ante las críticas de los primeros filósofos, la interpretación alegórica de los mitos logró prolongar su influencia intelectual y su valor de verdad, apuntalando su función original como explicación de lo real.

Para mí, la ficción surge en el momento en que el autor es consciente de ser el creador de la misma, no un mero vehículo de la expresión divina. Esto requiere del autor la capacidad de reconocer la fantasía como tal y de separarla, en algún grado, de la realidad. Lo fantástico comienza, por tanto, cuando el mito pierde su prestigio y se reconoce su carencia de valor de verdad pero, sin embargo, el narrador decide imitarlo y emplear sus recursos para crear algo diferente que deleite, sorprenda y maraville al receptor de su mensaje: el público, cuyas estructuras mentales, moldeadas en buena parte por el mito, soportan por un tiempo la ficción, por inverosímil que sea, en un fenómeno que hoy en día conocemos, gracias a Coleridge, como “fe poética” o “suspensión de la incredulidad”.

¿Pero cuándo se produce este paso?

En Grecia, el filósofo Demócrito de Abdera había demostrado tener a su alcance las herramientas intelectuales para escribir ficción, pero carecía de la disposición necesaria. Su interés estaba centrado en descubrir las verdades del cosmos, no en inventar nuevas falsedades para disfrute del público. Demócrito era un filósofo, no un cuentacuentos (al menos, que nosotros sepamos; resulta que los seguidores de Platón, un tipo tan altanero como mezquino, tan arrogante como indigno, que odiaba a Demócrito con toda su ψυχή, se encargaron de hacer desaparecer casi todas sus obras).

La pugna entre los intérpretes alegoristas del mito y los filósofos de la naturaleza se prolongó durante siglos, contribuyendo a retrasar el momento, hasta que los mismos defensores de la verdad mítica, en una escalada suicida, se encargaron de echar por tierra sus propias teorías, vencidas por el peso del ridículo. En un esfuerzo por querer interpretar cada detalle de los mitos como una revelación cósmica, muchos llegaron a extremos cada vez más inverosímiles, provocando su propio desprestigio. Otros, como Paléfato, se dedicaron a trivializar los mitos eliminando en su interpretación todo misterio, sin dejar resquicio alguno que permitiera el menor atisbo de lo sobrenatural.

Además de las teorías alegóricas, al mismo tiempo, existió otro factor importante en el retraso de la aparición de la narrativa de ficción: la obsesión por la verdad en el bando de los filósofos. El desprestigio de la poesía (por carecer de valor de verdad) dificultó que surgieran entre sus filas los nuevos narradores. Para los políticos como Pericles, que se apoyaban en los filósofos para auparse al poder, la poesía carecía de sentido práctico y, a causa de ello, fue prácticamente condenada. No estaba el horno para bollos.

Tuvieron que pasar siglos, hasta que la polémica se enfrió (sólo temporalmente, por desgracia), para que aparecieran por fin los primeros ejemplos de narrativa de ficción propiamente dicha (según mi punto de vista, claro) en Occidente.


La narrativa arcaica y clásica

Antes de continuar, demos un somero repaso a los modelos narrativos de la Grecia antigua. Los propios del periodo arcaico son:

  • MITOS: Surgen como explicación del origen y la naturaleza del cosmos.
  • LEYENDAS (epopeyas): Dan cuenta de hechos supuestamente ocurridos en un remoto pasado, a los que la imaginación popular adorna con elementos extraídos de los mitos.
  • FÁBULAS: Historias protagonizadas por animales, a los que muchas veces se da la palabra; tienen una función didáctica, especialmente en materia de ética y moral.
  • CUENTOS TRADICIONALES: Ayudan a retener en la memoria colectiva diversos aspectos de la experiencia humana común y cumplen también una función didáctica. Suelen incluir elementos sobrenaturales, como duendes o demonios, que forman parte de la visión del mundo de la comunidad en la que se originan.

Todos tienen en común su carácter tradicional y sobrenatural. Carecen de autor (al menos, de uno que no tenga asimismo un carácter legendario, como Homero o Esopo) y casi siempre hay en ellos algún elemento maravilloso, portentoso o prodigioso. Además, instruyen deleitando (la mejor manera de educar, en mi opinión).

Más tarde, en la época clásica, surgieron formas literarias como el drama (tragedia y comedia), la poesía lírica y la historiografía, que tuvieron una gran influencia en la literatura posterior. Se reconoce ya a los autores, pero estos no se atreven aún a atribuirse el mérito de la creación de sus obras; dramaturgos y poetas declinan su responsabilidad en supuestas deidades que, según alegan ellos, los inspiran. Los historiógrafos no tienen ese problema; se limitan, según ellos, a registrar los hechos (cosa que en muchos casos es más que discutible) y a mencionar fuentes de variado pelaje (formas ambas de evadir también, en el fondo, su responsabilidad).


Y hasta aquí el resumen de lo expuesto, más o menos. ¡Continuemos!


Las sátiras menipeas

El cínico Menipeo de Gádara, que vivió entre los siglos IV y III antes de Cristo, creó una nueva forma literaria de sátira social y moral, en la que mezclaba verso y prosa (prosimetrum), denominada “sátira menipea” en su honor. En sus obras, Menipo atacaba con afilado verbo, típicamente cínico, las actitudes y costumbres de su época. Se diferenciaba así de escritores satíricos anteriores, como Jenófanes, que en sus obras dirigían sus ataques hacia personas concretas.

Seguido en el siglo I antes de Cristo por admiradores como su paisano Meleagro o el romano Marco Terencio Varrón, que imitó su estilo de sátira con bastante éxito (titulando las suyas, por si había alguna duda, «Sátiras menipeas»), tuvo finalmente una influencia notable en el nacimiento de la novela grecorromana. El estilo provocador de Menipo, su mezcla de cinismo y hedonismo, su uso de la prosa y su descreimiento prefiguran con un par de siglos de antelación el cambio que se avecinaba.

Pero no adelantemos acontecimientos. Antes de comentar la influencia de las sátiras menipeas en el nacimiento de la novela griega y romana, hemos de prestar atención a una verdadera revolución literaria, de base oral y popular, que tuvo lugar dos siglos antes en Asia Menor y que jugó también un papel fundamental.


Los cuentos milesios

Y, según a mí me parece, este género de escritura y composición cae debajo de aquel de las fábulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados, que atienden solamente a deleitar, y no a enseñar: al contrario de lo que hacen las fábulas apólogas, que deleitan y enseñan juntamente.

Miguel de Cervantes, «El Quijote» (primera parte), capítulo XLVII.

A comienzos del siglo II antes de Cristo, en plena época helenística, surge en la costa occidental de la península anatolia una nueva narrativa que difiere en aspectos importantes de casi toda la literatura griega anterior, especialmente de la época arcaica, pero también de la clásica (con la excepción, por supuesto, de Menipo, con quien comparte varios rasgos que se pueden atribuir a su influencia).

El nuevo género, que para mí supone el origen de la ficción propiamente dicha en Occidente —y, de paso, de lo fantástico tal como yo lo entiendo— es el cuento milesio, llamado así por Arístides de Mileto, su principal recopilador y máximo exponente, que vivió hacia el año 100 antes de Cristo.

El cuento milesio nació como un género de literatura oral, popular y anónima de naturaleza satírica, divertida y procaz, a menudo con elementos fantásticos o maravillosos. Pronto su éxito llamó la atención de escritores de la zona que se lanzaron a cultivarlo y difundirlo, alcanzando gran fama. Tal fue el caso de Arístides (antecedente, por dos milenios, de recopiladores como los hermanos Grimm o Aleksandr Afanásiev), que recogió estas expresiones del folklore jonio y milesio en sus «Milesíacas» (Μιλησιακά).

Como bien explicaba aquel buen canónigo de Toledo en «El Quijote», en los cuentos milesios la faceta didáctica queda relegada por la lúdica. Priman los aspectos poéticos y emocionales de la narración; se busca divertir, excitar y entretener más que educar. La prosa crece en importancia frente al verso. Los autores pueden ahora prescindir de lo sobrenatural o recrearse en ello, con total libertad. Pueden desmarcarse de la tradición o servirse de ella en la medida que deseen (o les permitan). Se pretende la originalidad y se pierde por fin el respeto a la verdad.

Pronto aparecen los primeros autores al estilo moderno, creadores que reivindican sus obras, en pos del reconocimiento, se atribuyen todo el mérito y asumen la responsabilidad sobre lo inventado (en grados diversos; ya veremos los distintos métodos que utilizaban para escaquearse, según su conveniencia, dependiendo de lo propicio o adverso del ambiente).

Al fin el autor es consciente de su propia capacidad creativa, del fenómeno mental que es la imaginación, como la concibió Demócrito. Sí, puede que hable todavía de las musas y de la inspiración, como harán aún los creadores durante siglos, pero ya no cree de veras en esas cosas; son simples metáforas. Sencillamente forman parte de su acervo de referencias culturales, son herramientas que los autores utilizan a su conveniencia, un elemento más de su universo expresivo.

Ha nacido la ficción moderna… ¿O no?

Pues no exactamente.


(Continuará). [(V y final): Primeros ejemplos de literatura fantástica.]

miércoles, 8 de mayo de 2013

Origen del fantástico (III): Alegoría

Mi primera entrega de esta serie comenzaba explicando un breve diálogo con mi estimado camarada Ignacio Egea sobre el nacimiento de lo fantástico. A la duda que él planteaba sobre su posible origen en el mito o, por contraste, en su superación filosófica y literaria, replicaba yo que «el fantástico nace en el momento en que el hombre se hace consciente de que posee una imaginación que no tiene por qué explicar el mundo sino que puede ser empleada para crear un cosmos propio y separado de la realidad, o lo que conceptuaba como real», aludiendo con esto último al hecho de que, en la Antigüedad previa al periodo clásico helénico, casi todo el mundo occidental creía a pies juntillas en sus mitos o, como mínimo, evitaba criticarlos como fuente de saber sobre el universo.

Claro está que la ficción no tiene por qué servir para explicar la realidad, pero puede hacerlo. Como a menudo me recuerda mi querido Nacho Illarregui, la ficción —incluyendo la fantástica— también puede servir para ayudar a entender el mundo que nos rodea. Diferentes aspectos del κόσμος pueden ser representados mediante símbolos. El receptor del mensaje sólo debe aprender a identificarlos e interpretarlos, a desentrañar su sentido. Esta teoría no es nueva, ni mucho menos; de hecho, apareció como resultado de la reacción de los sectores más conservadores de la Grecia arcaica a las críticas del mito planteadas por los fundadores de la filosofía.

Los primeros intentos de justificar los mitos racionalmente aparecieron muy temprano, en un esfuerzo, por parte de los defensores de la tradición, de salvaguardar su utilidad como instrumento para explicar la realidad. La culminación de este afán fue la teoría alegórica, formulada en primer lugar por Teágenes de Regio.

Teágenes, considerado desde la Antigüedad como el primer gramático (en el sentido antiguo de “estudioso de la literatura”), fue un agudo comentarista de Homero. Según él, comprender el cosmos a través de los poemas homéricos era posible si admitíamos que tras la aparente falsedad del mito se escondía una verdad relevante sobre la realidad. Los mitos tenían, pues, un significado simbólico; utilizaban metáforas para describir la realidad. Así, las violentas refriegas entre los dioses eran una alegoría de las fuerzas de la naturaleza en conflicto, por ejemplo. La interpretación alegórica de los mitos permitía resolver las incongruencias de la cosmogonía tradicional, justificar el comportamiento inmoral de los dioses y, de paso, las invenciones y falsedades de las narraciones míticas y legendarias.

¿Y quién inspiraba esas alegorías? Las Musas, por supuesto, ¿quién si no?

Las diferentes teorías alegóricas fueron durante siglos un obstáculo importante para el reconocimiento pleno de la creación humana, con valientes excepciones como Demócrito, a quien su ateísmo no dejaba otra salida lógica. Pero, paradójicamente, fue la naturaleza humana de esta teoría (como instrumento, al fin y al cabo, creado por los hombres) lo que conllevó finalmente su superación.¹

La teoría alegórica tiene sentido cuando hay, efectivamente, un sentido oculto, figurado, en la narración. Pero, ¿qué pasa si no lo hay? Si nos obsesionamos en buscar un sentido alegórico en todo, podemos acabar alucinando, viendo cosas donde no las hay. Y eso es justamente lo que ocurrió.

(Continuará). [(IV): La literatura en la Grecia antigua y romana.]


¹ E. L. Doctorow alarga el momento hasta la época isabelina, nada menos, y la verdad es que no le falta mucho fundamento. Pero no adelantemos acontecimientos.

domingo, 5 de mayo de 2013

Origen del fantástico (II): La intervención de los filósofos

En la anterior entrega sobre el origen de la ficción comentaba lo que, para mí, es la diferencia esencial entre mito y ficción pura y dura: que el hombre fuera consciente de sí mismo como creador. Especulaba con la posibilidad de que ese paso se diera en la Grecia arcaica, con las primeras críticas al mito y el nacimiento de la filosofía, pero un examen de las fuentes de la época arrojó un resultado negativo. Incluso después del nacimiento de la tragedia, los poetas seguían creyendo en las musas o, al menos, no se atrevían aún a declarar otra cosa.

Los filósofos, en cambio, eran (con las debidas cautelas, pues rechazar abiertamente la tradición podía llegar a costarles la vida) bastante más osados. Jenófanes de Colofón, por ejemplo, se burla abiertamente de la poesía épica de Homero y Hesíodo, criticando que éstos atribuyeran a los dioses actitudes, comportamientos, sentimientos y defectos morales propios de los humanos. Llega a sugerir que los dioses son creados por los hombres a su imagen y semejanza: los dioses etíopes son negros y tienen la nariz chata, mientras que los dioses tracios tienen los ojos azules y el pelo rojizo, dice Jenófanes, y si los caballos pudieran plasmar en imágenes la figura de sus dioses, pintarían briosos corceles. Otro filósofo arcaico, Hecateo de Mileto, dejó escrito en sus Genealogías que los mitos helénicos le parecían “risibles y contradictorios”, sin utilidad para explicar el mundo.

Pero es Demócrito de Abdera, ya en época clásica, quien por primera vez reconoce su convencimiento de que la inspiración de los poetas no viene de las musas, sino de algún otro mecanismo puramente natural, propio de la naturaleza humana.


Antes y después de Demócrito

Discípulo del físico Leucipo (aunque algunos lo discutan) y contemporáneo de Sócrates y Platón, Demócrito es reconocido en la actualidad por haber servido como primera piedra de toque del idealismo socrático y platónico; fue el primer ateo, el primer materialista escéptico, y el iniciador, a través de Epicuro (que estudió con un discípulo suyo, Eusífanes), de una de las filosofías más influyentes desde la Antigüedad. Sus intuiciones sobre la naturaleza de las cosas, como el átomo, el ser y el no-ser, las relaciones entre azar y necesidad (entre las leyes del caos y las constantes que rigen el universo), la multiplicidad de los mundos y la psique humana siguen teniendo hoy una gran influencia. La ejerció de forma notable en Aristóteles, y por extensión, a través de éste, en toda la historia de la ciencia y la filosofía hasta la Edad Moderna, cuando es de nuevo reivindicado.

Desgraciadamente, de su obra escrita sobre lenguaje y literatura apenas han sobrevivido unos fragmentos (al final Platón, que quería quemar sus obras, consiguió que sus admiradores de los siglos venideros le hicieran el trabajo sucio) y lo poco que sabemos de él lo debemos al celo de unos pocos filósofos honestos interesados en la naturaleza y cuya influencia en la posteridad fue también grande, como Aristóteles y Teofrasto, o de historiadores desprejuiciados como Diógenes Laercio (gracias a quien sabemos que escribió un tratado sobre Homero).

Uno de los comentarios de Demócrito que han sobrevivido hasta nuestros días tiene que ver con la obligación de ser «veraz, no charlatán». Esto no me da muchas esperanzas de que aprobara el concepto de ficción tal como lo entendemos en la actualidad, pero seguro que era capaz de comprenderlo y es posible (¿quién sabe?) que él mismo lo desarrollara en sus obras sobre literatura. Lamentablemente, nos faltan datos.

Lo que sí sabemos (a través de Cicerón) es que Demócrito no atribuye la inspiración a divinidad alguna. Para él, el poeta no es un elegido de las musas sino, simplemente, una persona proclive, por naturaleza, a la fantasía. Los poetas, con su entusiasmo y su extravagancia, no son personas tocadas por la divinidad, sino por «un soplo de locura». La poesía nace, pues, de un cierto estado mental y emocional del poeta.

Este paso conceptual representa un cambio de mentalidad tremendo.


Como cualquier griego de su tiempo, Demócrito conocía las fábulas de Esopo, de las cuales nos han llegado unas setenta. Junto con los poemas épicos homéricos, las fábulas de Esopo constituyen la base principal de la literatura narrativa griega del periodo arcaico. No me cabe duda de que Demócrito tuvo que escribir sobre ellas, pero nuevamente sólo podemos especular al respecto, pues esos escritos, si existieron, se han perdido con todos los demás. Creo, sin embargo, que Demócrito fue el primero capaz de leer una historia sobre animales que hablan y pensar: «esto es ficción; un hombre la elaboró en su interior; es un producto del arte humano».

Pero esto no es más que una especulación mía, sin apenas más base que la intuición. Una creencia elaborada; una especie de mito personal, en el fondo.

(Continuará). [(III): Alegoría.]

sábado, 6 de octubre de 2012

Origen del fantástico (I): La historia de la ficción

Hace unos años compartí con Ignacio Egea un blog llamado «Mesmeria». La descripción del sitio era escueta pero clara, creo yo: Arte Fantástico: Ilustración e imaginación. Era un intento de mostrar algunos ejemplos de la presencia de lo fantástico en el arte a través de su historia. Por desgracia, lleva varios años inactivo. Me gustaría relanzarlo algún día, quizá con más colaboradores; sigo pensando que la idea es estupenda. Pero de momento no puede ser; ¡apenas puedo con «Cavernalia»!

En los comentarios a una entrada de «Mesmeria» surgió este pequeño intercambio de ideas entre Egea y yo:

I. E.: ¿Cuándo nace lo fantástico? ¿Es la misma percepción mágica y simbólica que acompaña a la Humanidad desde su origen, o debemos esperar a que el realismo como género literario, el racionalismo como pensamiento, surjan, para considerar su aparición?

J. M.: Yo creo que el fantástico nace en el momento en que el hombre se hace consciente de que posee una imaginación que no tiene por qué explicar el mundo sino que puede ser empleada para crear un cosmos propio y separado de la realidad, o lo que conceptuaba como real, incluyendo el corpus de explicaciones inventadas y juicios erróneos que constituye la sustancia del mito.

En un artículo titulado La historia de la ficción. Niveles de realidad en la obra literaria, que viene muy a cuento, E. L. Doctorow escribe, sobre Ricardo III, lo siguiente:

«Los ricardianos aseguraban que su rey no era la criatura deforme que retrató Shakespeare. Decían que los asesinatos atribuidos a Ricardo —específicamente aquel de sus dos sobrinos encerrados en la Torre— son algo de lo que se carece de pruebas. En cambio, hallaron evidencia de que era un buen rey que gobernó sabiamente. Sin embargo, lo que sea que haya sido Ricardo, y cuán injustamente haya sido mitologizado, es ahora, y ha sido por siglos, el polvo al que todos volveremos, y hay una verdad más alta para la autorreflexión de toda la humanidad en la visión shakespeariana de su vida que el que cualquier conjunto de datos puede proveer».

La principal crítica que puedo hacer a mi afirmación de hace un lustro es esta precisamente: la ficción también puede servir para explicar alegóricamente, a través de la metáfora, la realidad. También la ficción fantástica, por supuesto. Esto, que parece tan evidente, no lo tenía yo tan presente por aquel entonces.

Pero, al margen de eso, releyendo aquel breve diálogo, me he dado cuenta de que no respondí adecuadamente la cuestión que Egea planteaba; contesté un poco a la gallega, planteando en realidad una nueva pregunta: ¿Cuándo llega el hombre a distinguir entre lo fáctico y lo ficticio? Sí, en un momento dado se da cuenta de que posee una imaginación que no tiene por qué explicar el mundo sino que puede ser empleada para crear un cosmos propio y separado de la realidad tal como la conoce. Pero, ¿ese instante de claridad tuvo lugar antes de empezar a rechazar el pensamiento mítico, o después?

En las ciudades-estado de la Grecia oriental, situadas en su mayor parte en islas o colonias comerciales de la zona oriental del mar Egeo, se comienza a dudar de la validez de los mitos y a buscar explicaciones alternativas en el siglo VI a.C, con los primeros filósofos. Podría especularse que fue entonces cuando nació la narrativa de ficción (y, simultáneamente, la narrativa fantástica, que se nutre de los restos del universo mítico para explicar la realidad de otra manera, esta vez de manera consciente). ¿Pero cómo podemos saberlo?

Doctorow habla de todo esto en su ya citado artículo sobre la historia de la ficción. Hablando de Homero y su Ilíada, escribe:

«Históricamente, existió algo parecido a una guerra de Troya, incluso, de hecho, a varias guerras de Troya, pero la que escribió Homero en el siglo VIII a. C. es la que nos fascina, porque es ficción. Los arqueólogos dudan de que alguna guerra de Troya haya comenzado porque alguien llamado Paris raptara a alguien llamada Helena en las propias narices de su esposo griego, o de que haya habido un gran caballo de madera repleto de soldados que finalmente salieron de él y vencieron. (...)

»Pero a Homero (o el elenco de poetas que escribieron bajo el nombre de Homero) o bien se le dio por la fantasía politeísta o fue el genial adaptador de un sistema de metáforas cosmológicas que nadie —ni Dante ni Shakespeare ni Cervantes— jamás alcanzó a emular en su pura demencia imaginativa. (...)

»¿Pero quién está dispuesto a otorgarle a La Ilíada crédito histórico? La evidencia sugiere que la epopeya homérica fue transmitida de generación en generación, oralmente. Los hechos históricos que se narran provienen de tiempos remotos y se funden con la enceguecedora revelación del bardo.

(...)

Homero era Homero, un bardo a finales de la Edad de Bronce. En la Edad de Bronce, los relatos eran un medio fundamental para recopilar y transmitir conocimiento: eran la memoria pública; preservaban el pasado, instruían a los jóvenes, y creaban una identidad comunal. Así que estábamos preparados para hacer concesiones. Pero las hacemos también con esos otros escritores de aquella era, los escritores y redactores de la Biblia Hebrea. Para ellos, como para Homero, no existía nada semejante a un estilo puramente fáctico; no había una educada observación del mundo natural que no fuera creencia religiosa, ninguna historia que no fuera leyenda, una información práctica que no resonara en lenguaje elevado. Al mundo se lo percibía encantado. (...)».

La cuestión es, como ya he dicho, si en el mundo anterior a la filosofía pudo darse ese extrañamiento autoconsciente que para mí constituye la diferencia entre mito y ficción. Para mí son dos cosas diferentes, y dependen de lo que el narrador creía cierto, de su conciencia de estar inventando, de recurrir a la propia imaginación para introducir deliberadamente un elemento ficticio, incluso fantástico (ni mítico ni factual, aunque pudiera tomarse prestado de uno u otro ámbito) como ingrediente de las historias que narraba, de sus propias fábulas y cuentos.

No podemos saberlo a ciencia cierta, pero creo que no.

Parece razonable suponer que la narrativa de ficción como «producción autoconsciente» (palabras, de nuevo, de Doctorow) surgió con la crítica del mito y el nacimiento de la filosofía (y, primero al margen y luego dentro de la filosofía, de la teoría literaria y, por extensión, de la estética). Es decir, en la Grecia jónica, en algún momento entre el periodo arcaico y el clásico, digamos que entre los siglos VI y V a.C. Un surgimiento anterior, durante el periodo arcaico, habría requerido la capacidad de desvincularse del conocimiento aceptado que otorgaban los mitos, desvinculación que habría conllevado inmediatamente (creo yo) la aparición de la filosofía. ¿Quién sabe?, quizá incluso una cosa llevó a la otra.



No cabe duda de que los cambios económicos, sociales y políticos que tuvieron lugar en el mundo helénico durante los siglos VII y VI a.C. fueron fundamentales para que la cultura griega se fuera alejando, progresivamente, de sus viejas creencias.

Podemos ver reflejado ese paso en el arte de la época: durante mucho tiempo los escultores esculpieron exclusivamente a los dioses, hasta que, en algún momento, comenzaron a retratar a seres humanos: primero a los muertos; más tarde a los vivos: gobernantes, atletas victoriosos, sabios famosos...

Igualmente, poco a poco, en la literatura se fue volcando el interés de lo divino a lo profano. Hesíodo trató de los dioses en su Teogonía, pero dedicó Los trabajos y los días a la actividad humana cotidiana. Píndaro cantó los triunfos de los competidores en las pruebas deportivas. Arquíloco hizo de su propia persona el tema principal de su poesía.

Pero habría que esperar a la época clásica para que la literatura lograra alcanzar el estatus artístico de disciplinas como la escultura, la arquitectura o la pintura, por no hablar de la consideración de la clase intelectual. Uno de los principales obstáculos para ello fue precisamente la creciente importancia que los griegos fueron otorgando a la verdad (notoriamente ausente en los mitos y la poesía en general). En uno de sus discursos, el gran Pericles llegó a afirmar (según cuenta Tucídides) que Atenas no necesitaba a Homero ni a ningún otro poeta para cantar sus alabanzas; era agradable escuchar sus versos, sí, pero estos no contenían la verdad.

Al principio, esto no había supuesto ningún problema. Los helenos primitivos apreciaban la verdad pero, desgraciadamente, carecían de la disposición psicológica y de las herramientas intelectuales necesarias para discernirla en sus mitos y leyendas. Los primeros poetas, como Homero, creían realmente que los dioses hablaban por sus bocas; afirmaban que las palabras que cantaban provenían de las musas. Es decir, no eran conscientes de estar inventando nada. Pero, con el tiempo, eso fue cambiando.

En un sentido, podría afirmarse que el nacimiento de la ficción se produce en el momento en que los propios poetas comienzan a adquirir cierto sentido crítico y a darse cuenta de que no son puros vehículos de la expresión divina, sino que añaden muchas cosas inventadas. Así ocurrió con los poetas de finales de la época arcaica. «Πολλὰ ψεύδονται ἀοιδοί», afirma Solón: Mucho mienten los aedos. Píndaro reconoce que los mitos contienen «muchas cosas maravillosas» y engañan «adornando con abigarradas mentiras / la fama de los mortales por encima de la verdad». ¹ Hesíodo, por su parte, dice en su Teogonía que, si hay alguna falsedad en la poesía, es porque así lo determinan las musas… como ellas mismas, según dice, se lo han reconocido: «ἴδμεν ψεύδεα πολλὰ λέγειν ἐτύμοισιν ὁμοῖα, / ἴδμεν δ᾽, εὖτ᾽ ἐθέλωμεν, ἀληθέα γηρύσασθαι» (sabemos decir muchas mentiras que parecen ciertas / y sabemos, cuando queremos, proclamar la verdad).

Faltaba, sin embargo, que los autores fuesen conscientes de ser la fuente original de tales ficciones. Y eso ni siquiera el sabio Solón se atrevía a afirmarlo. Todavía los poetas, aunque conscientes ya de las exageraciones, hechos inverosímiles y falsedades que plagan la poesía —a diferencia de Homero, que creía realmente en lo que cantaba—, atribuyen su origen a las musas o a otros dioses. Hasta el dionisíaco Arquíloco, rebelde y orgulloso como era, trasladaba todo el mérito de sus ditirambos al vino que trasegaba antes de entonarlos.

Los griegos no conocen aún el concepto de “imaginación”; el inventor de historias no es consciente de poseer inventiva. No se reconoce capaz de crear por sí mismo, de ser autor, productor único de las ficciones que brotan de su mente. El pensamiento mítico sigue dominando. Hay falsedad en las historias que cuentan los poetas, vale, pero es porque las divinas musas así lo han decidido. Que estos primeros críticos reconocieran en la poesía narrativa de su tiempo la presencia de elementos ficticios no basta, pues, para considerarla como ficción en sí misma, tal como yo la entiendo: el resultado de un acto creativo deliberado.

(Continuará). [(II): La intervención de los filósofos.]


¹ «ἦ θαυματὰ πολλά, καί πού τι καὶ βροτῶν / φάτιν ὑπὲρ τὸν ἀλαθῆ λόγον / δεδαιδαλμένοι ψεύδεσι ποικίλοις / ἐξαπατῶντι μῦθοι. / Χάρις δ', ἅπερ ἅπαντα τεύχει τὰ μείλιχα θνατοῖς, / ἐπιφέροισα τιμὰν καὶ ἄπιστον ἐμήσατο πιστὸν / ἔμμεναι τὸ πολλάκις». Πίνδαρος, Ολυμπιόνικοι, 1 28.