jueves, 5 de julio de 2012

Candidatos a los Premios Ignotus 2012 (XXX HispaCon)


Ricardo Manzanaro ha publicado en el Facebook de Pórtico (Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror) la lista de candidaturas al premio Ignotus (equivalente español del Hugo) en sus diferentes categorías. Los socios de la AEFCFT pueden empezar a votar ya (en cuanto reciban las papeletas); los aficionados que no sean socios de Pórtico podrán hacerlo presencialmente durante la XXX edición de la HispaCon que este año tendrá lugar en Urnieta, Guipúzcoa, del 12 al 14 de octubre.

Entre los candidatos, dos cántabros miembros de la TerSa, Marc R. Soto e Ignacio Illarregui. Marc está “exiliado” en Madrid y Nacho se va a EEUU dentro de nada, pero da igual; aunque se vayan a otra ciudad, otro país u otro planeta, ¡los que han sido de la TerSa son y seguirán siendo de la TerSa!, menos los que deban dinero o hayamos echado por plastas, claro. :-P Bueno, al lío:


Mejor novela:
  • Cuerpos descosidos, de Javier Quevedo Puchal (NGCficción!)
  • Diástole, de Emilio Bueso (Salto de Página)
  • El escondite de Grisha, de Ismael Martínez Biurrun (Salto de página)
  • Fieramente Humano, de Rodolfo Martínez (NGCficción!)
  • La ciudad enmascarada, de Rafael Marín (Grupo AJEC)

Mejor novela corta:
  • Asesinato en el club nudista, de Roberto Malo (Nalvay Ediciones)
  • El largo camino al mar, de Domingo Santos (Crónicas de la Tierra y el Espacio – Juan José Aroz Editor)
  • La textura de tu piel, de David Jasso (Abismos - Grupo AJEC)
  • Largas noches de lluvia, de Marc Rodríguez Soto (Largas noches de lluvia – Viaje a Bizancio Ediciones)
  • Oniromante, de Víctor Conde (Scylabooks)

Mejor cuento:
  • Casa ocupada, de José Ignacio Becerril Polo (El monstruo en mí – Saco de Huesos)
  • El círculo de Krisky, de Miguel Puente Molins (El círculo de Krisky – Grupo AJEC)
  • El huevo, de David Jasso (Abismos – Grupo AJEC)
  • Mytolític, de Sergio Mars (Catarsi 6)
  • Señor del Moncayo, de Fermín Moreno (Nuevas Leyendas Aragonesas – Mira Editores)

Mejor antología:
  • Abismos, de David Jasso (Grupo AJEC)
  • Crónicas de la Tierra y el Espacio, de Domingo Santos (Juan José Aroz Editor)
  • El monstruo en mí, de José Ignacio Becerril Polo (Saco de Huesos)
  • Nuevas Leyendas Aragonesas, de VV. AA. (Mira Editores)
  • Recuerdos de la vieja Tierra, de José Manuel González (Grupo AJEC)

Mejor libro de ensayo:
  • Blade Runner. Lo que Deckard no sabía, de Jesús Alonso Burgos (Akal)
  • James Whale. El padre de Frankenstein, de Juan Andrés Pedrero Santos (Calamar Ediciones)
  • The Twilight Zone, de VV. AA. (SciFiWorld - Sitges)
  • Tras los límites de lo real. Una definición de lo fantástico, de David Roas (Páginas de espuma)

Mejor artículo:

Mejor ilustración:
  • Crónicas de la Tierra y del Espacio, de Koldo Campo (Juan José Aroz Editor)
  • Cuerpos descosidos, de Felideus (NGCficción!)
  • Los horrores del escalpelo, de Alejandro Colucci (Grupo AJEC)
  • Las graves planicies, de Calderón Studio (Grupo AJEC)
  • Noches de sal, de Alejandro Colucci (Grupo AJEC)

Producción audiovisual:
  • Crónicas desde Sepelaci, de Víctor Alós (podcast)
  • Eva, de Kike Maillo (cine)
  • Intruders, de Juan Carlos Fresnadillo (cine)

Mejor tebeo:
  • Aventuras de un oficinista japonés, de José Domingo (Bang!)
  • El héroe, de David Rubin (Astiberri)
  • Las aventuras del Doctor Brande, de Víctor Aguado (La Biblioteca del Laberinto)
  • La muchacha salvaje, de Mireia Pérez (Sins Entido)
  • La protectora, de Keko (De Ponent)

Mejor obra poética:
  • El hacedor (de Borges), Remake, de Agustín Fernández Mallo (Alfaguara)
  • Histerias minúsculas, de Víctor Miguel Gallardo Barragán (Alea Blanca)
  • Porno Ficción, de Diego Doncel (DVD Ediciones)
  • Un extenso poemario sobre la Yihad (Dune), de J. Javier Arnau (Alfa Eridiani 13)

Mejor revista:
  • Calabazas en el trastero (Saco de Huesos Ediciones)
  • Catarsi (Ter Cat)
  • Delirio (La biblioteca del laberinto)
  • Planetas Prohibidos
  • SciFi World (SciFi World)

Mejor novela extranjera:
  • 1Q84, de Haruki Murakami (Tusquets)
  • Accelerando, de Charles Stross (Bibliopólis)
  • Criopólis, Lois McMaster Bujold (Ediciones B)
  • El sueño del androide, John Scalzi (Minotauro)
  • La chica mecánica, de Paolo Bacigalupi (Plaza & Janés)

Mejor cuento extranjero:
  • El bolso de las fadas, de Kelly Link (Magia para lectores – Seix Barral)
  • La carretera de los cráneos, de Iain M. Banks (Última generación – La Factoría de Ideas)
  • Una chica muy especial, de Mike Resnick (Zombimaquia, Antología Z, volumen 4 - Dolmen Editorial)
  • Última generación, de Iain M. Banks (Última generación – La Factoría de Ideas)

Mejor sitio web:

miércoles, 4 de julio de 2012

Manga: La RAE recula ante la avalancha de justas críticas a su última cagada lexicográfica

manga³.

(Del jap. manga).

  1. m. Cómic de origen japonés.

  2. m. Género correspondiente al manga.

  3. adj. Perteneciente o relativo al manga. Videos, estética manga.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados


Sigue siendo cutre (la segunda acepción es claramente inadecuada, aparte de resultar un tanto oscura), pero al menos se ha corregido la indignante chapuza anterior. Desde luego, la lexicografía no pasa por su mejor momento en la RAE. Una pena.

lunes, 25 de junio de 2012

Vaya churro, señores

manga³.

(Del jap. manga).

  1. m. Género de cómic de origen japonés, de dibujos sencillos, en el que predominan los argumentos eróticos, violentos y fantásticos.

  2. adj. Perteneciente o relativo al manga. Videos, estética manga.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados


PFFT × 10 = PFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFT

viernes, 22 de junio de 2012

¡Por fin!

friki.

(Del ingl. freaky).

  1. adj. coloq. Extravagante, raro o excéntrico.

  2. com. coloq. Persona pintoresca y extravagante.

  3. com. coloq. Persona que practica desmesurada y obsesivamente una afición.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados

lunes, 18 de junio de 2012

Transhumanidad y posthumanidad en la CF (VI)


Verne

Podría verificarse a través de muchos otros ejemplos que Julio Verne ha sido, como pretende Pierre Louys, un «revolucionario subterráneo»; pero entonces, cómo no recordar de inmediato al prefacio que Nietzsche escribió en 1886 para la edición de Aurora: «En este libro se encontrará un hombre “subterráneo”, un hombre que perfora, roe y cava». Y la hipótesis se verá justificada cuando, un poco más adelante, Nietzsche, empleando términos que recuerdan los de Pierre Louys, habla de su “inflexibilidad” y de «cosas que, siéndole propias, están escondidas y resultan enigmáticas». Ahora bien, desde el momento en que se formula la pregunta: «¿Julio Verne, Nietzsche?», se ven de inmediato surgir toda clase de coincidencias, correlaciones y aun de influencias directas.

Marcel Moré, «Un revolucionario subterráneo», en Cahier de L’Arc 29, 1966, número especial dedicado a Jules Verne, traducción de Noe Jitrik (Verne: un revolucionario subterráneo, Paidós, Buenos Aires, 1968).




En lo relativo al tema que nos ocupa, es especialmente llamativo, por su escasez, el caso de Jules Verne (1828-1905). Llama la atención que al escritor de Nantes, tan preocupado por el futuro, apenas le diera por especular con la evolución futura, tanto física como mental, de nuestra especie. En su vasta obra no se atisba gran cosa sobre el asunto.

Por otra parte, hay un problema importante: los escasos indicios del interés de Verne por estas cuestiones se hallan en obras póstumas que, casi siempre, sufrieron alteraciones importantes por mano de su hijo Michel. En realidad, hay varias obras atribuidas a Jules Verne de las que no se sabe realmente si son suyas o de su hijo, y si son de ambos no se conoce a ciencia cierta qué es de quién. Un inconveniente bastante serio.

Lamentablemente, la obra que presenta el tema de la posthumanidad con más claridad es también una de las de autoría más dudosa. Me refiero al relato «Edom», inédito hasta 1991, que sirvió de base para la póstuma «El eterno Adán» (1910). Al parecer, de «Edom» existen tres versiones, de las cuales se ha publicado una. Pero los herederos guardan los manuscritos bajo siete llaves, lo que impide profundizar en la investigación.

Me limitaré, pues, a señalar asuntos que Jules Verne trató efectivamente y que atañen al tema en cuestión, y dejaré los comentarios sobre obras de autoría dudosa, como «Edom», para después.


A pesar de lo que algunas de sus novelas más conocidas puedan dar a entender, el autor francés no era realmente muy optimista sobre el destino de la humanidad y sus logros futuros, ni el apóstol de la tecnología que muchos, aún hoy, ven en él. En el fondo, era todo lo contrario.

Durante años, Verne se limitó a seguir la corriente a su editor, Pierre-Jules Hetzel (1814-1886), dejándose guiar por él en su carrera. Para Hetzel era importante no importunar al público con historias pesimistas; había que alimentar las ilusiones del público, no destrozarlas con ominosas visiones del futuro. Pero a los 58 años, con la muerte del editor, Verne quedó liberado de su tutela y empezó a trabajar con más libertad, mostrando a menudo cierta desesperanza por el destino de la humanidad.

Durante décadas se pensó que este pesimismo de Verne había sido fruto del desencanto típico de la madurez, acentuado quizá por algún problema personal; una desilusión creciente que llegaría a convertirse en depresión en sus últimos años.¹ Pero en 1989 se produjo un descubrimiento que aniquilaría esa noción, situando su desconfianza hacia la humanidad y sus temores sobre la evolución de la cultura en los mismísimos inicios de su carrera literaria. Me refiero a su novela «París en el siglo XX» (1863), que un bisnieto de Verne halló dentro de una caja fuerte de la familia, y que había permanecido inédita desde que Hetzel la rechazara.


El futuro, aplazado

En «París en el siglo XX», Verne contradice el mensaje, tan repetido en aquella época, de que el progreso tecnológico conduciría a la humanidad a una edad dorada. En cambio, nos presenta cómo falsos progresos pueden conducirnos a graves retrocesos. ¡Y esto en 1863, recién comenzada su carrera! Recordemos que el primero de sus «Viajes extraordinarios», «Cinco semanas en globo», es de ese mismo año.

Se ha especulado con que los optimistas ideales de Pierre-Jules Hetzel, que veía en la educación la vía para un futuro mejor para la humanidad, fueron los que, en realidad, le llevaron a impedir la publicación de esta obra, opuesta a sus convicciones personales y a los principios de la Revolución Industrial que entonces estaban en boga.

En la carta de rechazo no mencionó nada de esto, desde luego. Venía a decirle que la obra era demasiado ambiciosa para el punto en que se encontraba su carrera literaria, restaba mérito al trabajo de Verne (con palabras, a decir verdad, bastante duras) y le recomendaba dejarlo en barbecho e intentarlo veinte años después, cuando estuviera más maduro… Pero, por desgracia, la cosa se fue alargando y, al final, la novela no se publicó hasta más de un siglo después, en 1994. Una verdadera lástima, en mi opinión.


Caballeros extraordinarios

En muchas de las novelas de Verne, el ser humano es el rey de la naturaleza, el animal perfecto. A pesar de las diferencias raciales, en la mentalidad burguesa de la época no entraba que el hombre pudiera cambiar de tal modo que dejara de ser humano. Habría sido una especie de blasfemia antiliberal; la creencia de que los seres humanos son iguales por naturaleza es la base misma de la democracia moderna. La humanidad era, para aquellos hombres, imbuidos de positivismo, algo sagrado. Y Verne, hombre de su tiempo, respetaba generalmente esas nociones.

Por ejemplo, los arborícolas de «El pueblo aéreo» (1901) son diferentes de los europeos, están adaptados a vivir entre las copas de los árboles, pero son totalmente humanos. Lo mismo puede decirse, y se dice explícitamente, de la gente subterránea de «Viaje al centro de la Tierra» (1864), donde habitan numerosas razas, incluyendo una especie de “titanes”.²

Puede que no entrara en sus cabales la idea de que la humanidad mutara de tal modo que dejara de ser propiamente humana, pero aún menos lugar tenía en su fantasía la posibilidad de que pudiera mejorar de alguna manera lo presente.

Con frecuencia, en la ficción (y, lamentablemente, también en la realidad) el concepto de superhombre es utilizado, a favor y en contra (con no poca torpeza, en el caso del superhombre nietzscheano) para apoyar o rechazar la supremacía de una “raza superior”, algo a lo que no ha sido ajena la ciencia ficción. Aparentemente, Jules Verne no aceptaba que se pudiera calificar a ninguna raza de “subhumana” y tampoco entraba en sus esquemas mentales lo contrario, pero era muy consciente de que la idea estaba en el ambiente.

Algo de eso podemos ver en «Los quinientos millones de la Begun» (1879), en la que un malvado racista alemán pretende conquistar el mundo para la raza germana mediante la ciencia, prefigurando un tema clásico del género que atañe directamente a la transhumanidad: el abuso de la tecnología (que en malas manos o aplicada a fines equivocados puede ser terriblemente dañina). Si el Dr. Sarrasin y el Dr. Schultze fueran mutantes, serían el Profesor X y Magneto; el utopista y el belicista.

En esto Verne se parece un poco a Francis Fukuyama, que, como recordaremos, alerta en «El fin del hombre» (y en varios artículos también) sobre los peligros de cualquier intento de forzar la máquina de la evolución y alterar la naturaleza humana.


Los doctores Sarrasin y Schulze son dos buenos ejemplos de “sabios locos”, una figura heroica (en el sentido antiguo de persona capaz de extraordinarias hazañas), típica de la literatura del siglo XIX, a la que Verne recurrió reiteradamente, y que tiene sus orígenes remotos en los filósofos de la antigüedad (especialmente en Thales de Mileto, Pitágoras de Samos y Arquímedes de Siracusa), en los magos y hechiceros de las leyendas, como Merlín, y en renombrados alquimistas de distintas épocas como Flamel o Cornelius Agrippa,³ inspirador del joven Victor en «Frankenstein», un clásico del género que prefigura la nueva forma del arquetipo (el “científico loco”) al que aportó sus rasgos psicológicos más característicos.

En Victor Frankenstein veíamos cómo el joven alquimista se convertía en científico (transición que tuvo lugar realmente en muchos científicos de épocas anteriores, siendo más que notable el caso de Isaac Newton). Los sabios de Verne han abandonado ya todo misticismo, no hay rastro de metafísica en sus artes; son científicos modernos, versados no en la tradición y la superstición, sino en el más riguroso y eficaz método científico. Pero por lo demás siguen fielmente el arquetipo heroico del sabio loco: Pueden ser de naturaleza benigna o malvada, pero de cualquier modo la moral convencional no va mucho con ellos; son bastante rebeldes, independientes. Tienen personalidades obsesivas; su tarea es lo más importante, a costa de lo que sea y caiga quien caiga. Son tan ambiciosos como irresponsables. Etcétera.

Una de las obsesiones clásicas del sabio loco es la creación de vida, a poder ser humanoide y, si es posible, inteligente, es decir, “a su imagen y semejanza”. De ahí la profusión de criaturas humanoides, androides, gólems, Inteligencias Artificiales y demás constructos pseudohumanos o posthumanos tan típicos de la ciencia ficción. El sabio loco, en el fondo, se cree Dios, y quiere hacer lo que Dios hace. En las obras de Verne, esto cambia. Sus obsesiones no tienen esa raíz religiosa; los sabios de Verne son hijos de la revolución francesa, adoradores de la Razón. No se consideran a sí mismos superhombres; son, sí, raros, extraños, escasos, caballeros extraordinarios, pero no se creen dioses. Su megalomanía es más de andar por casa.





¹ Ghislain de Diesbach, por ejemplo, sostuvo esta creencia en «Le Tour de Jules Verne en quatre-vingts libres» (1969), atribuyendo su pesimismo a “un drama misterioso” que habría “golpeado su vida íntima”, supuestamente la muerte de Hetzel.

² …Y de la humanidad del futuro en el relato «Edom», que Michel Verne ampliaría en la póstuma «El eterno Adán» (1910). Más adelante hablaremos de ello.

³ Recordemos que una de las obsesiones de la alquimia era la de crear vida, muchas veces en la forma de “homúnculos”, criaturas humanoides de tamaño reducido. Paracelso (1493-1541) afirmaba haber creado un homúnculo de un pie de altura, capaz de crecer y desarrollar inteligencia, pero había que educarlo con sumo cuidado o se volvería contra su creador y huiría. ¿Os suena?


Homo excelsior
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (I)
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (II)
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (III)
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (IV)
Sobre «Transhumanidad y posthumanidad en la CF»
Transhumanidad y posthumanidad en la CF (V)
Humanidad y posthumanidad (una aclaración)

viernes, 15 de junio de 2012

Humanidad y posthumanidad (una aclaración)


¿Es la Criatura del doctor Frankenstein un ser humano reformado quirúrgicamente a partir de órganos humanos y devuelto a la vida por la ciencia médica, o es otra cosa?

En otras palabras: el posthumano, ¿es aún humano?, ¿ha dejado ya de serlo, o qué?


En el centro de toda la polémica transhumanista sobre la posthumanidad yace esta simple cuestión: ¿Qué es la humanidad? Pero no hay una sola respuesta.

Enseguida, al examinar el asunto desde una perspectiva antropológica (el primer paso a dar, según yo lo entiendo), surgen las primeras complicaciones. Por una parte, tenemos la humanidad como pertenencia a un género animal, Homo. Por otra parte, tenemos la humanidad como pertenencia a una especie animal concreta, Homo sapiens sapiens. Cuando uno se centra en esta segunda acepción, tiende a olvidarse de la primera y aparecen las confusiones: Si humanidad es pertenencia a la especie Homo sapiens sapiens, entonces, ¿acaso el Homo erectus no era humano? Para los antropólogos, que tienen en cuenta la primera acepción (al menos, la mayoría de ellos), los individuos pertenecientes a la especie Homo erectus eran humanos. Si la especie Homo sapiens sapiens es humana es, lógicamente, porque pertenece al género Homo. Pero el caso es que, actualmente, la especie Homo sapiens sapiens es la única especie humana existente; las otras están extintas, así que es fácil caer en el error de concebir la humanidad exclusivamente como pertenencia a esta especie.

Es un error muy extendido. En realidad es un error lógico, es decir, un sofisma, resultado de una premisa falsa. Sin meternos en temas de lógica cuantificacional, es fácil ver el fallo a que puede dar lugar esa premisa. Veamos… Aquí llega Aristóteles para echarnos una mano con el resumen del problema:

Todos los humanos son Homo sapiens sapiens

¡Alto! Bueno, sí, actualmente eso es verdad. Pero no siempre lo ha sido, y eso es algo que nos conviene recordar.

Una especie que evolucione a partir de la nuestra, por anagénesis o por el mecanismo de especiación que sea, no será ya Homo sapiens sapiens, pero seguirá perteneciendo al mismo género y, por tanto, será humana.

Entonces, ¿a qué nos referimos con la palabra “posthumano”? ¿Tiene algún sentido referirnos a una nueva especie humana como posthumana? Desde el punto de vista antropológico, aparentemente no. Sin embargo…

Hay dos problemas principales, derivados de lo que los filósofos llaman “la naturaleza humana”, pero se pueden resumir en uno: la gente no se lo traga, se empecina en caer en el error.

En nuestra arrogancia, nos creemos prácticamente el colmo de la evolución, la etapa final. Homo sapiens sapiens, nuestra especie, es la única superviviente del género humano. Somos el humano definitivo, o eso creen muchos (posiblemente, la mayoría). Y, francamente, la antropología les da igual; no sólo somos humanos, somos los humanos, los de verdad; los otros eran sólo versiones beta. La humanidad que cuenta es la nuestra. Lo que venga después tendrá que buscarse su propia denominación; nadie nos va a “robar” lo que somos.

Para otros, por el contrario, ser humano no es gran cosa. Hay, incluso, quien se avergüenza de ello. Hemos manchado tanto el nombre de la humanidad con nuestros “pecados” que los seres del futuro no querrán tener nada que ver con ella. En su deseo de dejarnos atrás, de superarnos, renegarán de su pasado (como algunas personas, de hecho, reniegan ya de su presente). Nuestros sustitutos en la senda de la evolución, dicen, deberían ser mejores que nosotros, más que humanos.

Hay justificaciones para todos los gustos, pero al final, para todos los que, en el fondo, no acaban de asimilar que las personas pueden ser diferentes a nosotros sin dejar de ser humanas, la necesidad de encontrar un término para nuestros sucesores resulta imperiosa. De ahí la acuñación de esta palabra, “posthumanidad” (básicamente, lo que viene después de nosotros), que al final ha acabado abarcando un montón de conceptos.


Para aclararnos un poco, basta ver qué tenemos hoy los humanos y qué nos falta. Tenemos, por lo general, cinco dedos en cada mano. Pero podemos tener seis y no por eso dejamos de ser humanos, ¿no? Sobre esto hay un extendido consenso. La amputación de un miembro no nos hace menos humanos tampoco, ¿verdad? Verdad, acordaremos la mayoría. Los humanos tenemos inteligencia, pero a una persona con inteligencia reducida no dejamos de considerarla humana, ¿a que no? Pues no.

Sin embargo, siempre habrá quien ponga pegas.

Siempre hay una minoría que cree que humanos son sólo ellos y los que son como ellos. Con cinco dedos en cada mano y pie, por supuesto. Pero para cierto tipo de gente, eso no basta. Al fin y al cabo, también los simios tienen cinco dedos en cada mano y pie. El problema es que esas minorías siempre llevan los hechos diferenciales al extremo de considerarse humanos ellos solos. Así, para algunos, los humanos deben ser también altos, rubios y de piel blanquecina, por ejemplo. Para este tipo de minorías excluyentes, un mutante con seis dedos en cada mano se convierte automáticamente en un “fenómeno” o un “monstruo”. Y el Homo erectus, con sus cinco dedos en manos y pies, pero algo corto de entendederas, en un ser “subhumano”. Es el peligro de la estandarización. ¿Quiénes somos para definir qué es ser humano y qué no? ¡Eso es puro nazismo!

No es lo que tenemos (y otros no) lo que nos iguala como especie, sino lo que ninguno tenemos, lo que nunca hemos tenido. Ninguno tenemos agallas para respirar bajo el agua. Ninguno tenemos la capacidad de izar una roca de una tonelada sobre nuestras cabezas por nosotros mismos. Así que fabricamos herramientas, escafandras y grúas, que cualquiera con la adecuada formación puede utilizar.

Ahora bien, ¿y si unos lograran adquirir esas capacidades, sin necesidad de usar herramientas para respirar bajo el agua o levantar una tonelada? “Posthumanos”, “metahumanos”… Da igual. No dejan de ser simples etiquetas.

En el momento que un ser humano adquiere una capacidad física hasta entonces inexistente en la especie, la incorpora a la humanidad; no se excluye él de la especie, sino que la especie adquiere un rasgo nuevo. Esta es mi manera de verlo, al menos. Pero las etiquetas tienen su utilidad. Porque, claramente, hay una línea de separación entre el hombre que no era capaz de modificarse a sí mismo, dotándose de capacidades nuevas o superiores por medio de la tecnología, y el que sí. El hombre natural y el adulterado (es decir, en mayor o menor medida, artificial). Al hombre fruto de ese cambio, de esa tecnología, lo llamo posthumano. Por convención. Podría llamarlo de otra manera; “neohumano”, “Homo sapiens novus”, por ejemplo. ¿Pero para qué, si ya existe ese otro término sobre el que ya hay tanto consenso?


Homo excelsior
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jueves, 14 de junio de 2012

El que avisa no es traidor: Bookcrossing de «Danza de dragones»


Santander ha sido una de las ciudades elegidas para liberar unos cuantos ejemplares de la nueva entrega novelística de la saga «Canción de Hielo y Fuego» de George R. R. Martin, «Danza de dragones» (en una edición especial para la campaña promocional de Gigamesh). En www.danzadedragones.com podréis encontrar pistas para encontrarlos, así como en Twitter (con el hashtag #cazaDdD) y en Facebook. Esta actividad, una variedad de BookCrossing sui generis, se llevará a cabo también en A Coruña, Barcelona, Gijón, Madrid, Sevilla, Valencia y Vitoria. Será el próximo domingo, 17 de junio. ¡Estad atentos!