miércoles, 8 de mayo de 2013

Origen del fantástico (III): Alegoría

Mi primera entrega de esta serie comenzaba explicando un breve diálogo con mi estimado camarada Ignacio Egea sobre el nacimiento de lo fantástico. A la duda que él planteaba sobre su posible origen en el mito o, por contraste, en su superación filosófica y literaria, replicaba yo que «el fantástico nace en el momento en que el hombre se hace consciente de que posee una imaginación que no tiene por qué explicar el mundo sino que puede ser empleada para crear un cosmos propio y separado de la realidad, o lo que conceptuaba como real», aludiendo con esto último al hecho de que, en la Antigüedad previa al periodo clásico helénico, casi todo el mundo occidental creía a pies juntillas en sus mitos o, como mínimo, evitaba criticarlos como fuente de saber sobre el universo.

Claro está que la ficción no tiene por qué servir para explicar la realidad, pero puede hacerlo. Como a menudo me recuerda mi querido Nacho Illarregui, la ficción —incluyendo la fantástica— también puede servir para ayudar a entender el mundo que nos rodea. Diferentes aspectos del κόσμος pueden ser representados mediante símbolos. El receptor del mensaje sólo debe aprender a identificarlos e interpretarlos, a desentrañar su sentido. Esta teoría no es nueva, ni mucho menos; de hecho, apareció como resultado de la reacción de los sectores más conservadores de la Grecia arcaica a las críticas del mito planteadas por los fundadores de la filosofía.

Los primeros intentos de justificar los mitos racionalmente aparecieron muy temprano, en un esfuerzo, por parte de los defensores de la tradición, de salvaguardar su utilidad como instrumento para explicar la realidad. La culminación de este afán fue la teoría alegórica, formulada en primer lugar por Teágenes de Regio.

Teágenes, considerado desde la Antigüedad como el primer gramático (en el sentido antiguo de “estudioso de la literatura”), fue un agudo comentarista de Homero. Según él, comprender el cosmos a través de los poemas homéricos era posible si admitíamos que tras la aparente falsedad del mito se escondía una verdad relevante sobre la realidad. Los mitos tenían, pues, un significado simbólico; utilizaban metáforas para describir la realidad. Así, las violentas refriegas entre los dioses eran una alegoría de las fuerzas de la naturaleza en conflicto, por ejemplo. La interpretación alegórica de los mitos permitía resolver las incongruencias de la cosmogonía tradicional, justificar el comportamiento inmoral de los dioses y, de paso, las invenciones y falsedades de las narraciones míticas y legendarias.

¿Y quién inspiraba esas alegorías? Las Musas, por supuesto, ¿quién si no?

Las diferentes teorías alegóricas fueron durante siglos un obstáculo importante para el reconocimiento pleno de la creación humana, con valientes excepciones como Demócrito, a quien su ateísmo no dejaba otra salida lógica. Pero, paradójicamente, fue la naturaleza humana de esta teoría (como instrumento, al fin y al cabo, creado por los hombres) lo que conllevó finalmente su superación.¹

La teoría alegórica tiene sentido cuando hay, efectivamente, un sentido oculto, figurado, en la narración. Pero, ¿qué pasa si no lo hay? Si nos obsesionamos en buscar un sentido alegórico en todo, podemos acabar alucinando, viendo cosas donde no las hay. Y eso es justamente lo que ocurrió.

(Continuará.)


¹ E. L. Doctorow alarga el momento hasta la época isabelina, nada menos, y la verdad es que no le falta mucho fundamento. Pero no adelantemos acontecimientos.

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