Hace años, en 2013, indagué en los orígenes de la ficción, con especial atención a la ficción fantástica. O, mejor dicho, de la ficción como la concibo yo: la elaborada por un autor plenamente consciente de estar creando una obra original, producto de su propia mente, sin la intervención de entidad sobrenatural alguna, sin musas ni dioses ni demonios que hablasen por su boca, como se creía antiguamente. Ni mitos ni leyendas; obras originales de personas conscientes de su propia creatividad.
En aquella serie de entradas no mencioné la rica literatura mesopotámica, como tampoco las de otras civilizaciones, porque quería centrarme en la tradición occidental, griega y romana. Así, la sorpresa que tenía preparada para el final, tras referir la aparición del gran sirio romano Luciano de Samosata en el siglo II, resaltaría más: La verdadera cuna de la ficción (y también de la ficción fantástica) fue Egipto.
Sin embargo, siento que debería haber dedicado, al menos, unas líneas a Gilgamesh. Seguro que más de uno, leyéndome, se preguntó: «Y Gilgamesh, ¿qué?» Aparentemente, su epopeya rivaliza en antigüedad con los primeros ejemplos conocidos de literatura de ficción en Egipto. En mi entrega final mencionaba algunos que, de hecho, son posteriores a las primeras versiones sumerias de la Epopeya de Gilgamesh (que son, aproximadamente, del año 2100 antes de Cristo, en la Tercera Dinastía de Ur), como los cuentos recogidos en el papiro de Westcar, que son de la XII Dinastía faraónica, algo más tardía (la XII Dinastía arrancó hacia 1985 a. de C.).
De todos modos, la primera obra de ficción propiamente dicha, al menos siguiendo los parámetros establecidos en las primeras entregas de mi serie —básicamente, la condición expresada en el primer párrafo de arriba—, sigue siendo egipcia. Yo la mencioné brevemente entonces, pero visto lo visto, debería haberme explayado un poco más. Se trata de la «Historia del Marinero Náufrago», que está datada alrededor del año 2200 a.C. y es, por tanto, un siglo anterior a las primeras versiones del «Poema de Gilgamesh», aunque también es verdad que algunos investigadores retrasan su creación hasta los inicios de la XII Dinastía. Aún así, si eso fuera cierto, seguiría pensando igual. Ya veréis.
Llevado por las prisas, cuando escribí aquellas entradas sobre el origen del fantástico, no me entretuve demasiado en comentar los relatos en sí. Mi interés estaba centrado en la idea de autoría, de la ficción como fruto de la imaginación humana, y en la precedencia de la literatura egipcia de ficción. Ahora me apetece detenerme a comentar el relato del náufrago egipcio, que tiene una gran importancia, no solo porque es el más antiguo que conozco sino porque, además, también es un relato fantástico. Dudo que realmente fuera el primero, pero sí es el más antiguo que se conserva.
Su antigüedad lo hace acreedor de varios récords, aparte del ya referido; es el primer relato de náufragos que se conoce, por ejemplo. También es la primera narración enmarcada de la ficción (siempre, ojo, siguiendo el criterio ya explicado, que excluye mitos, leyendas y libros sagrados de inspiración “divina”); la historia del náufrago está anidada dentro de otra historia, que narra (muy brevemente, eso sí) el regreso de un príncipe de la corte que ha fracasado en su misión comercial a tierras nubias. El smsu del príncipe (un acompañante designado por el faraón) trata de consolarle contándole la historia de cómo naufragó en un viaje por mar al rico país de Punt (que, según se cree hoy en día, estaba situado en el cuerno de África). Pero eso no es todo; el náufrago, cuya nave se hundió en el Mar Rojo a causa de una tormenta, es arrastrado por las olas hasta una isla maravillosa, donde se encuentra con una poderosa criatura, una especie de serpiente mágica, que lo rescata y le cuenta su propia historia de cómo arribó a ese lugar. Además, es la obra literaria más antigua que se conserva con la firma de su autor: un escriba de la corte faraónica de nombre Ameni, hijo de Amenaa. (Afirmar que Ameni fue el autor de este relato puede ser un poco aventurado, pero a mí me gusta creer que no fue un mero copista y tampoco hay pruebas en contra).
Me queda, además, la duda de si la epopeya de Gilgamesh se puede considerar algo más que una leyenda con elementos míticos, es decir, si merece entrar en la categoría de ficción propiamente dicha, teniendo en cuenta la autoría (ser un creador consciente, etc.), al menos en sus primeras manifestaciones. Digo “manifestaciones” porque no se trataba al principio de una obra unitaria; la versión acadia clásica es un fix-up de cinco poemas sumerios (que sepamos; son los que han llegado hasta nuestros días), compuesto por el escriba y sacerdote acadio Sîn-lēqi-unninni muchos siglos después. Es más, la propia naturaleza de este autor es dudosa, semi-legendaria, un poco a la manera de Homero. Ciertamente, en su remoto origen sumerio, la epopeya de Gilgamesh no tiene pinta de ser una creación original. En cambio, la originalidad de la «Historia del Marinero Náufrago» está bien establecida.
Uno de los poemas sumerios que dieron origen a la Epopeya de Gilgamesh es «Gilgamesh, Enkidu y el inframundo». Este poema parece, a su vez, un fix-up compuesto de varias historias diferentes que probablemente circularon por separado hasta que, en algún momento, se unieron en este primer poema, lo cual nos aleja de la idea de un autor/creador original e independiente de mitos y leyendas. De nuevo, en cambio, la autoría individual de la «Historia del Marinero Náufrago» parece más clara, aunque haya dudas sobre la identidad del creador original (ya que no se puede afirmar categóricamente que fuera fruto de la imaginación de Ameni, el escriba «de hábiles dedos» hijo de Amenaa).
La propia narración de «Gilgamesh, Enkidu y el inframundo» es de naturaleza eminentemente mítica, más que legendaria, y así ocurre con el resto de poemas (menos uno, que luego mencionaré). La alta probabilidad de que el rey Gilgamesh existiera realmente en una época pretérita (quizá hacia el siglo XXVII antes de Cristo, a comienzos del Período Dinástico Temprano) no la convierte en material legendario. Hay que tener en cuenta que Gilgamesh fue deificado y, a raíz de ello, pasó a ser un héroe mitológico por definición. De hecho, la primera parte de este poema, que sirve a modo de prólogo, es puramente mitológica y cosmológica; describe el origen del mundo y de la civilización, refiriendo cómo los dioses se repartieron el pastel. Luego se cuenta un viajecito de Enkidu (el amigo y compañero de Gilgamesh) al Inframundo; más mitología. Luego viene la historia del árbol de Inanna, diosa del amor y la fertilidad (entre otras cosas); más mitología. Y así. No os voy a contar toda la epopeya; os la leéis, si queréis, y ya. Pero es todo muy mítico. De hecho, solo uno de los cinco poemas, «Gilgamesh y Aga», carece de elementos mitológicos. En cambio, los elementos maravillosos de la «Historia del Marinero Náufrago», como la generosa serpiente inteligente o su isla, no pertenecen a la mitología egipcia; son una invención propia de su autor, pura fantasía.
La primera versión combinada de la Epopeya de Gilgamesh, conocida como «La Versión Babilónica Antigua», presenta una historia más elaborada, pero data del siglo XVIII a. de C., y la forma acadia definitiva es aún más inventiva; Sîn-lēqi-unninni añadió muchas cosas de su cosecha y parecía el tipo de autor al que me he ido refiriendo constantemente, pero eso ocurrió muchos siglos después, entre el 1300 y el 1000 a. de C. (no se sabe exactamente de qué época es, ya lo siento).
Por eso, para mí la cosa está clara: el relato más antiguo y el que mejor se ajusta a mi “teoría” es la «Historia del Marinero Náufrago», de Ameni de Amenaa. Y los cuentos del papiro de Westcar también son anteriores, como otros relatos egipcios de la XII Dinastía faraónica, desde ese punto de vista, porque los poemas sumerios, sencillamente, no encajan ni pintan gran cosa aquí.
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