sábado, 6 de octubre de 2012

Origen del fantástico (I): La historia de la ficción

Hace unos años compartí con Ignacio Egea un blog llamado «Mesmeria». La descripción del sitio era escueta pero clara, creo yo: Arte Fantástico: Ilustración e imaginación. Era un intento de mostrar algunos ejemplos de la presencia de lo fantástico en el arte a través de su historia. Por desgracia, lleva varios años inactivo. Me gustaría relanzarlo algún día, quizá con más colaboradores; sigo pensando que la idea es estupenda. Pero de momento no puede ser; ¡apenas puedo con «Cavernalia»!

En los comentarios a una entrada de «Mesmeria» surgió este pequeño intercambio de ideas entre Egea y yo:

I. E.: ¿Cuándo nace lo fantástico? ¿Es la misma percepción mágica y simbólica que acompaña a la Humanidad desde su origen, o debemos esperar a que el realismo como género literario, el racionalismo como pensamiento, surjan, para considerar su aparición?

J. M.: Yo creo que el fantástico nace en el momento en que el hombre se hace consciente de que posee una imaginación que no tiene por qué explicar el mundo sino que puede ser empleada para crear un cosmos propio y separado de la realidad, o lo que conceptuaba como real, incluyendo el corpus de explicaciones inventadas y juicios erróneos que constituye la sustancia del mito.

En un artículo titulado La historia de la ficción. Niveles de realidad en la obra literaria, que viene muy a cuento, E. L. Doctorow escribe, sobre Ricardo III, lo siguiente:

«Los ricardianos aseguraban que su rey no era la criatura deforme que retrató Shakespeare. Decían que los asesinatos atribuidos a Ricardo —específicamente aquel de sus dos sobrinos encerrados en la Torre— son algo de lo que se carece de pruebas. En cambio, hallaron evidencia de que era un buen rey que gobernó sabiamente. Sin embargo, lo que sea que haya sido Ricardo, y cuán injustamente haya sido mitologizado, es ahora, y ha sido por siglos, el polvo al que todos volveremos, y hay una verdad más alta para la autorreflexión de toda la humanidad en la visión shakespeariana de su vida que el que cualquier conjunto de datos puede proveer».

La principal crítica que puedo hacer a mi afirmación de hace un lustro es esta precisamente: la ficción también puede servir para explicar alegóricamente, a través de la metáfora, la realidad. También la ficción fantástica, por supuesto. Esto, que parece tan evidente, no lo tenía yo tan presente por aquel entonces.

Pero, al margen de eso, releyendo aquel breve diálogo, me he dado cuenta de que no respondí adecuadamente la cuestión que Egea planteaba; contesté un poco a la gallega, planteando en realidad una nueva pregunta: ¿Cuándo llega el hombre a distinguir entre lo fáctico y lo ficticio? Sí, en un momento dado se da cuenta de que posee una imaginación que no tiene por qué explicar el mundo sino que puede ser empleada para crear un cosmos propio y separado de la realidad tal como la conoce. Pero, ¿ese instante de claridad tuvo lugar antes de empezar a rechazar el pensamiento mítico, o después?

El hombre comienza a dudar de la validez de los mitos y a buscar explicaciones alternativas con los primeros filósofos, en el siglo VI a.C. Podría especularse que fue entonces cuando nació la narrativa de ficción (y, simultáneamente, la narrativa fantástica, que se nutre de los restos del universo mítico para explicar la realidad de otra manera, esta vez de manera consciente). ¿Pero cómo podemos saberlo?

Doctorow habla de todo esto en su ya citado artículo sobre la historia de la ficción. Hablando de Homero y su Ilíada, escribe:

«Históricamente, existió algo parecido a una guerra de Troya, incluso, de hecho, a varias guerras de Troya, pero la que escribió Homero en el siglo VIII a. C. es la que nos fascina, porque es ficción. Los arqueólogos dudan de que alguna guerra de Troya haya comenzado porque alguien llamado Paris raptara a alguien llamada Helena en las propias narices de su esposo griego, o de que haya habido un gran caballo de madera repleto de soldados que finalmente salieron de él y vencieron. (...)

»Pero a Homero (o el elenco de poetas que escribieron bajo el nombre de Homero) o bien se le dio por la fantasía politeísta o fue el genial adaptador de un sistema de metáforas cosmológicas que nadie —ni Dante ni Shakespeare ni Cervantes— jamás alcanzó a emular en su pura demencia imaginativa. (...)

»¿Pero quién está dispuesto a otorgarle a La Ilíada crédito histórico? La evidencia sugiere que la epopeya homérica fue transmitida de generación en generación, oralmente. Los hechos históricos que se narran provienen de tiempos remotos y se funden con la enceguecedora revelación del bardo.

(...)

Homero era Homero, un bardo a finales de la Edad de Bronce. En la Edad de Bronce, los relatos eran un medio fundamental para recopilar y transmitir conocimiento: eran la memoria pública; preservaban el pasado, instruían a los jóvenes, y creaban una identidad comunal. Así que estábamos preparados para hacer concesiones. Pero las hacemos también con esos otros escritores de aquella era, los escritores y redactores de la Biblia Hebrea. Para ellos, como para Homero, no existía nada semejante a un estilo puramente fáctico; no había una educada observación del mundo natural que no fuera creencia religiosa, ninguna historia que no fuera leyenda, una información práctica que no resonara en lenguaje elevado. Al mundo se lo percibía encantado. (...)».

La cuestión es, como ya he dicho, si en el mundo anterior a la filosofía pudo darse ese extrañamiento autoconsciente que para mí constituye la diferencia entre mito y ficción. Para mí son dos cosas diferentes, y dependen de lo que el narrador creía cierto, de su conciencia de estar inventando, de recurrir a la propia imaginación para introducir deliberadamente un elemento ficticio, incluso fantástico (ni mítico ni factual, aunque pudiera tomarse prestado de uno u otro ámbito) como ingrediente de las historias que narraba, de sus propias fábulas y cuentos.

No podemos saberlo a ciencia cierta, pero creo que no.

Parece razonable suponer que la narrativa de ficción como «producción autoconsciente» (palabras, de nuevo, de Doctorow) surgió con la crítica del mito y el nacimiento de la filosofía (y, primero al margen y luego dentro de la filosofía, de la teoría literaria y, por extensión, de la estética). Es decir, en la Grecia jónica, en algún momento entre el periodo arcaico y el clásico, digamos que entre los siglos VI y V a.C. Un surgimiento anterior, durante el periodo arcaico, habría requerido la capacidad de desvincularse del conocimiento aceptado que otorgaban los mitos, desvinculación que habría conllevado inmediatamente (creo yo) la aparición de la filosofía. ¿Quién sabe?, quizá incluso una cosa llevó a la otra.



No cabe duda de que los cambios económicos, sociales y políticos que tuvieron lugar en el mundo helénico durante los siglos VII y VI a.C. fueron fundamentales para que la cultura griega se fuera alejando, progresivamente, de sus viejas creencias.

Podemos ver reflejado ese paso en el arte de la época: durante mucho tiempo los escultores esculpieron exclusivamente a los dioses, hasta que, en algún momento, comenzaron a retratar a seres humanos: primero a los muertos; más tarde a los vivos: gobernantes, atletas victoriosos, sabios famosos...

Igualmente, poco a poco, en la literatura se fue volcando el interés de lo divino a lo profano. Hesíodo trató de los dioses en su Teogonía, pero dedicó Los trabajos y los días a la actividad humana cotidiana. Píndaro cantó los triunfos de los competidores en las pruebas deportivas. Arquíloco hizo de su propia persona el tema principal de su poesía.

Pero habría que esperar a la época clásica para que la literatura lograra alcanzar el estatus artístico de disciplinas como la escultura, la arquitectura o la pintura, por no hablar de la consideración de la clase intelectual. Uno de los principales obstáculos para ello fue precisamente la creciente importancia que los griegos fueron otorgando a la verdad (notoriamente ausente en los mitos y la poesía en general). En uno de sus discursos, el gran Pericles llegó a afirmar (según cuenta Tucídides) que Atenas no necesitaba a Homero ni a ningún otro poeta para cantar sus alabanzas; era agradable escuchar sus versos, sí, pero estos no contenían la verdad.

Al principio, esto no había supuesto ningún problema. Los helenos primitivos apreciaban la verdad pero, desgraciadamente, carecían de la disposición psicológica y de las herramientas intelectuales necesarias para discernirla en sus mitos y leyendas. Los primeros poetas, como Homero, creían realmente que los dioses hablaban por sus bocas; afirmaban que las palabras que cantaban provenían de las musas. Es decir, no eran conscientes de estar inventando nada. Pero, con el tiempo, eso fue cambiando.

En un sentido, podría afirmarse que el nacimiento de la ficción se produce en el momento en que los propios poetas comienzan a adquirir cierto sentido crítico y a darse cuenta de que no son puros vehículos de la expresión divina, sino que añaden muchas cosas inventadas. Así ocurrió con los poetas de finales de la época arcaica. «Πολλὰ ψεύδονται ἀοιδοί», afirma Solón: Mucho mienten los aedos. Píndaro reconoce que los mitos contienen «muchas cosas maravillosas» y engañan «adornando con abigarradas mentiras / la fama de los mortales por encima de la verdad». ¹ Hesíodo, por su parte, dice en su Teogonía que, si hay alguna falsedad en la poesía, es porque así lo determinan las musas… como ellas mismas, según dice, se lo han reconocido: «ἴδμεν ψεύδεα πολλὰ λέγειν ἐτύμοισιν ὁμοῖα, / ἴδμεν δ᾽, εὖτ᾽ ἐθέλωμεν, ἀληθέα γηρύσασθαι» (sabemos decir muchas mentiras que parecen ciertas / y sabemos, cuando queremos, proclamar la verdad).

Faltaba, sin embargo, que los autores fuesen conscientes de ser la fuente original de tales ficciones. Y eso ni siquiera el sabio Solón se atrevía a afirmarlo. Todavía los poetas, aunque conscientes ya de las exageraciones, hechos inverosímiles y falsedades que plagan la poesía —a diferencia de Homero, que creía realmente en lo que cantaba—, atribuyen su origen a las musas o a otros dioses. Hasta el dionisíaco Arquíloco, rebelde y orgulloso como era, trasladaba todo el mérito de sus ditirambos al vino que trasegaba antes de entonarlos.

El hombre no conoce aún el concepto de “imaginación”; no es consciente de ser él mismo el productor de esas ficciones. El pensamiento mítico sigue dominando la narrativa; hay falsedad en ella, pero es porque las divinas musas así lo han decidido. Que estos primeros críticos reconocieran en la poesía narrativa de su tiempo la presencia de elementos ficticios no basta, pues, para considerarla como ficción en sí misma, tal como yo la entiendo: el resultado de un acto creativo deliberado.

(Continuará.)


¹ «ἦ θαυματὰ πολλά, καί πού τι καὶ βροτῶν / φάτιν ὑπὲρ τὸν ἀλαθῆ λόγον / δεδαιδαλμένοι ψεύδεσι ποικίλοις / ἐξαπατῶντι μῦθοι. / Χάρις δ', ἅπερ ἅπαντα τεύχει τὰ μείλιχα θνατοῖς, / ἐπιφέροισα τιμὰν καὶ ἄπιστον ἐμήσατο πιστὸν / ἔμμεναι τὸ πολλάκις». Πίνδαρος, Ολυμπιόνικοι, 1 28.

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