lunes, 10 de junio de 2013

Mi «Top Five» de novelas de ciencia ficción

Hay que ver lo que nos gusta a los frikis hacer listas. Recuerdo que cuando era un chavalín imberbe recopilaba como loco todos los nombres de autores de ciencia ficción que podía. Los sacaba de catálogos, principalmente, pero aprovechaba cualquier mención en prensa o televisión para añadir más nombres, con el fin de indagar luego sobre ellos en las librerías o en la biblioteca (otra fuente inestimable: las solapas de los libros y las páginas sobrantes dedicadas a publicidad). Todavía conservo esas listas mecanografiadas en mi vieja Olivetti, ¡qué tiempos!

Pero las listas de los cinco mejores de lo que sea, desde luego, se llevan la palma. ¿Recordáis aquella aplicación para Facebook de hace años? Qué gratos momentos haciendo listas de las cinco marcas de cerveza favoritas, las cinco estrellas del porno favoritas de los 80, las cinco estrellas del porno favoritas de los 90...

Hace algo menos de un año publiqué un post sobre mis cinco relatos favoritos de ciencia ficción y, con el correr de los meses, se ha convertido en el más visitado del blog. Así que, para celebrarlo, me he puesto a pensar en mis cinco novelas favoritas de ciencia ficción.

Con las novelas me ha costado bastante decidirme. Las tres primeras las tengo clarísimas, pero los otros puestos se los disputan unas cuantas obras. Si confeccionara este «Top Five» mañana, seguramente el resultado sería diferente.

Naturalmente, ya he hecho este ejercicio anteriormente, varias veces. Con los años la lista ha ido cambiando; se han ido cayendo libros y han ido entrando otros nuevos. Recuerdo que hace diez o quince años Pórtico (de Frederik Pohl), Dune (de Frank Herbert) y Estación de tránsito (de Clifford D. Dimak) ocupaban el podio; sin embargo, ahora no entrarían siquiera en el «Top Ten». Nuevas lecturas y un creciente refinamiento de mis gustos han ido desplazando esos clásicos a puestos inferiores. Por supuesto, me sigue encantando Estación de tránsito, que me parece la obra maestra de Simak; le tengo un cariño especial y la sigo recomendando, igual que las otras. Pero llegaron otros títulos que los fueron desbancando, como la devastadora Los genocidas (Thomas M. Disch), la inteligente Lengua materna (Suzette Haden Elgin), la vibrante Neuromante (William Gibson), la genial La voz de su amo (Stanislaw Lem), la rutilante Hyperion (y su continuación, La caída de Hyperion, de Dan simmons)...

En fin, aquí está mi «Top Five» de novelas de ciencia ficción de hoy, 10 de junio de 2013:


Pensad en Flebas

Pensad en Flebas / Consider Phlebas, de Iain M. Banks (1987).

Para mí, la novela de space opera definitiva. La cumbre del género. Una montaña rusa repleta de sentido de la maravilla, personajes memorables, acción a raudales, humor, violencia, aventura, alienígenas, naves inteligentes, asesinos cibernéticos, persecuciones, suplantaciones de identidad, partidas de cartas mortales, batallas espaciales, tiroteos, explosiones de todo calibre, abordajes, saqueos, asaltos, rescates in extremis, espionaje, tragedia, desesperación, melancolía, choque de civilizaciones, y visto desde el punto de vista del “malo”, uno de los mejores y más carismáticos personajes que ha dado el género.

Pero no es solamente una space opera clásica llena de acción e intriga. Es sorprendentemente profunda (sorprendente la primera vez que lees a Banks, enseguida te acostumbras a su estilo, es lo que tiene lo bueno). Es desvergonzadamente alocada y palpitante, pero también es capaz de sobrecogerte y emocionarte con gran sutileza, está soberbiamente escrita (a diferencia de tantas obras del género) con una prosa deliciosa, diálogos brillantes e imágenes alucinantes. Y todavía le da tiempo a realizar una reflexión sobre la guerra, el fanatismo y el sentido de la vida en un universo en que cualquiera puede vivir el tiempo que quiera en las condiciones que le dé la gana. Lo tiene todo, T-O-D-O.

La space opera es mi debilidad, así que esta tenía que ser la primera. Como muchos sabéis, adoro a Banks, nunca estaré lo bastante agradecido a Miquel Nicolás (Neko en es.rec.ficcion.misc) por dármelo a conocer. Es más, me ha costado no meter más cosas suyas en esta lista.

Cada vez que leo esta novela me reafirmo en lo maravillosa que es. Es mi novela de ciencia ficción ideal.

Unas horas después de escribir las líneas de arriba, me he enterado del fallecimiento de Iain Banks, víctima de un cáncer. Es una gran pérdida. Sólo tenía 59 años. Vaya esta entrada como homenaje temprano a su figura excepcional. Próximamente intentaré dar un repaso a su trayectoria literaria, algo que le debo desde hace muchos años.

Vurt

Vurt, de Jeff Noon (1993).

Poco puedo añadir a lo que ya expuse en mi blog hace ocho años. «Original, salvaje, seductora, tiernamente punk». Ganadora del Arthur C. Clarke Award de 1994 con toda justicia. A pesar del tiempo transcurrido, ninguna obra ha sido capaz de desbancarla de su sitio. Jeff Noon es un auténtigo mago.

Últimamente ha “resucitado” creativamente, después de unos años de confusión y problemas personales que parecen superados, algo de lo que me alegro enormemente. Acaba de presentar una nueva obra, Channel SK1N, que espero leer pronto, y de vez en cuando me alegra el día en Twitter con sus preciosas “microesporas”.

Vurt tiene una secuela, la lisérgica Polen, y una precuela inédita en castellano, Nynphomation, pero aunque están muy bien escritas no son tan arrolladoras como Vurt. Por cierto, esta novela también me la recomendó Miquel Nicolás (gracias, tío).

Vurt

Invernáculo / Hothouse, de Brian W. Aldiss (1962).

Para mí, la mejor novela de ciencia ficción de Brian W. Aldiss, un fix-up compuesto por cinco relatos largos (novelettes) publicados en The Magazine of Fantasy & Science Fiction que, curiosamente, fueron premiados con el Hugo al mejor relato en su conjunto. Yo lo cuento como si le hubieran dado el Hugo a la mejor novela (que ese año ganó Heinlein con Forastero en tierra extraña).

El autor sitúa la acción en un remotísimo futuro, en una Tierra salvaje cuyas formas de vida (humanidad incluida) han evolucionado a formas completamente diferentes de las actuales (en esta novela, los hombrecitos verdes somos nosotros, por la adaptación al medio vegetal circundante). El esfuerzo de imaginación de Aldiss es simplemente abrumador. La ecología que se curra, dominada casi absolutamente por el reino vegetal, es maravillosa. James Blish (autor de la excelente Un caso de conciencia, premio Hugo 1959) señaló una vez, un tanto contrariado, que la configuración del sistema Tierra-Luna-Sol que idea Aldiss no tenía sentido, pero ante una imagen como la que se nos describe, ¡a la porra la física!, ¿qué más da? Así que la novela tiene fallos científicos, de acuerdo. Pero es por un buen motivo: así mola mucho más. :-))

La leí hace diez años y todavía recuerdo lo que sentía haciéndolo, algo muy poco habitual en mí (no tengo muy buena memoria emocional). Aventura, tragedia, imaginación, seres inteligentes no humanos (no los puedo llamar alienígenas porque son terrestres, al fin y al cabo), un toque de melancólico patetismo que siempre agradezco y un notable sentido de la maravilla son ingredientes que también están presentes en Invernáculo.

La mejor novela que leí en 2003, EMHO.

Vurt

Naufragio / Shipwreck, de Charles Logan (1975).

Tenía mis dudas sobre esta novela, pero ayer estuve en la tertulia de Santander (TerSa) y, comentándolas con mis colegas lectores de ciencia ficción, me di cuenta de que no había ningún motivo para bajarla del pedestal. Sigo sintiendo una oleada de entusiasmo al hablar con otros aficionados de esta novela singular (nunca mejor dicho, porque fue la única que escribió su autor). Quizá se debiera a la cerveza, pero lo cierto es que me emocioné recordándola, como ocurre siempre que la saco a colación.

Siempre que comento Naufragio con otros aficionados recuerdo una pequeña anécdota que, no sé por qué, olvidé mencionar en el comentario que hice hace tiempo en este blog. Decía que, al cerrar el libro, me sentía afortunado por haber podido leerla, y así fue. Pero no fue solo eso. Seguí conmocionado un par de minutos, con el libro entre las manos, rememorando lo que acababa de leer.

¡Qué hazaña la de Charles Logan! Me recordaba un poco a lo que Kevin O'Donnell había logrado en ORA:CLE, que con muy pocos personajes y una habitación construyó una novela fascinante. Pero lo de Logan iba más allá, lo superaba con creces. ¡Un solo personaje en todo un planeta!, y sin aburrir en ningún momento. Al contrario, es una aventura apasionante.

Miré el libro que tenía cerrado entre mis manos, lo volví a abrir y lo releí desde el principio.

La mano izquierda de la oscuridad

La mano izquierda de la oscuridad / The Left Hand of Darkness, de Ursula K. Le Guin (1969).

Probablemente es la novela que más tiempo lleva en mi «Top Five». Comparte con el resto de la lista ciertas características que la hacen especialmente atractiva para mí: es una space opera, está muy bien escrita, tiene sus buenas dosis de maravilla, tiene acción, intriga, personajes «más grandes que la vida», bellas descripciones de parajes exóticos (un mundo helado) y también sirve de vehículo para la reflexión. Ganadora de los dos premios mayores del género, el Hugo y el Nebula, y recogida en El Canon Occidental de Harold Bloom, la historia de Genly y Estraven no es sólo una aventura espacial, un canto a la fraternidad por encima de las diferencias y una oda a la supervivencia (otro punto en común con las otras novelas de mi «Top Five»); también es un inteligente ejercicio de especulación social, en este caso sobre los sexos y la identidad sexual, con un toque de amargura y melancolía que, no sé por qué, como ya he comentado, siempre me ha agradado (otro ingrediente común a las cinco novelas del «Top»).

Planetas lejanos, culturas exóticas, reflexiones sobre el poder y el deber, sobre el entendimiento entre gente diferente, lucha por la supervivencia, intrigas palaciegas, mucha originalidad y una historia conmovedora escrita con un estilo literario sencillamente brillante (y, algo que me importa mucho, es emotiva sin resultar en absoluto empalagosa).

Tenía que estar en la lista.

  1. «Pensad en Flebas» (Consider Phlebas), de Iain M. Banks (1987).
  2. «Vurt», de Jeff Noon (1993).
  3. «Invernáculo» (Hothouse), de Brian W. Aldiss (1962).
  4. «Naufragio» (Shipwreck), de Charles Logan (1975).
  5. «La mano izquierda de la oscuridad» (The Left Hand of Darkness), de Ursula K. Le Guin (1969).

Iain Banks (1954-2013)

Iain Banks

Mi escritor favorito de ciencia ficción falleció ayer por la mañana, víctima de un cáncer. Pensar que no habrá más obras de Iain Banks es demasiado triste. Precisamente hoy estuve escribiendo sobre mis cinco novelas favoritas del género para este blog y mi preferida de todas es suya. Aprendí a leer en inglés con sus obras y fue el que mejor conectó, a través de ellas, con mi manera de ser y de pensar. Lo voy a echar de menos.

Puto cáncer.

jueves, 6 de junio de 2013

Show me your boo... ks, meme

En el (magnífico) blog de la fantascopista Leticia Lara «Fantástica–Ficción» ha surgido un meme curioso que consiste en un ejercicio de reportaje gráfico bastante particular: fotografiar las estanterías repletas de libros que hay por casa.

El shelf porn es una actividad especialmente grata para la mayoría de los frikilectores, que gustan de enseñar sus antros de perversión (el famoso «rincón del vicio») urbi et orbi desde que el friki es friki. Yo, lo primero que hago cuando un amigo friki visita mi casa por primera vez, es enseñarle las estanterías. Siempre.

Llevo mucho tiempo detrás de unas Billy de IKEA para tener mi biblioteca en condiciones a bajo coste, pero la jodía me pilla a 100 km. Tengo diseñadas unas para hacerlas en una fresadora de mesa, pero necesito una máquina que corte piezas de más de 240 cm. En fin, que de momento se quedan mis horriblemente variopintas librerías donde están. Qué se le va a hacer.


De la A de Juan Miguel Aguilera a la D de Arthur Conan Doyle.


De la E de Greg Egan a la P de Terry Pratchett.


De la P de Christopher Priest a la Z de David Zindell y un montoncito de antologías.


Básicamente, fantasía y terror.

Falta otro estante pero está muy desordenado y sólo contiene unos pocos libros de terror, tecnothrillers de dudosa clasificación, una the pila de libros cochambrosos de la colección Galaxia, unos cuantos repetidos y los tres primeros tomos de Caballo de Troya, que vale que confiese tenerlos pero tampoco es como para andar enseñándolos. Además, lo tapa la tele.

Aquí os muestro solamente lo de género fantástico, porque si no me tiraría toda la tarde haciendo fotos en el salón, en el cuarto de invitados, en el ático, en el altillo del garaje..., y no es plan. Tampoco he puesto los comics, que están en el ático.

En mis estanterías de anobii.com podéis fisgar buena parte de lo que muestro en las fotografías.

En esta primera ronda de exhibicionismo bibliófilo se han unido al desparrame estanteril los siguientes blogs:

jueves, 30 de mayo de 2013

Frikisubastas (4): Ilustración de «El rey de amarillo», de Robert W. Chambers

Esta mañana he visto en la tele cómo subastaban la ilustración de cubierta original de El rey de amarillo, la famosa antología de Robert W. Chambers, que él mismo realizó hacia 1895.

Estuvo durante muchos años en la colección de Forrest J. Ackerman. Cuando se murió pensé que sería una pena que sus cosas acabaran desperdigadas por todo el mundo llenando los bolsillos de subastadores y especuladores. Por desgracia veo que mis temores se están haciendo realidad.

Una maravilla que debería estar en un museo, subastada al mejor postor. Me ha dado mucha pena.

El heredero de Ackerman ofreció la pieza a la casa de subastas especializada en “frikicosas” Profiles In History, que tiene su propio programa de televisión en el canal Syfy. Joe Maddalena, el subastador, no tenía ni puta idea de lo que tenía delante; está acostumbrado a vender piezas de atrezzo y vestuario de películas y series de televisión. Lo valoró en 400 o 600 dólares, una auténtica locura. ¡Menudo incompetente! Al final se vendió por 7000 dólares, pero creo que en una casa de subastas decente habría alcanzado fácilmente los 12.000 $, incluso más.

Lo dicho.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Origen del fantástico (III): Alegoría

Mi primera entrega de esta serie comenzaba explicando un breve diálogo con mi estimado camarada Ignacio Egea sobre el nacimiento de lo fantástico. A la duda que él planteaba sobre su posible origen en el mito o, por contraste, en su superación filosófica y literaria, replicaba yo que «el fantástico nace en el momento en que el hombre se hace consciente de que posee una imaginación que no tiene por qué explicar el mundo sino que puede ser empleada para crear un cosmos propio y separado de la realidad, o lo que conceptuaba como real», aludiendo con esto último al hecho de que, en la Antigüedad previa al periodo clásico helénico, casi todo el mundo occidental creía a pies juntillas en sus mitos o, como mínimo, evitaba criticarlos como fuente de saber sobre el universo.

Claro está que la ficción no tiene por qué servir para explicar la realidad, pero puede hacerlo. Como a menudo me recuerda mi querido Nacho Illarregui, la ficción —incluyendo la fantástica— también puede servir para ayudar a entender el mundo que nos rodea. Diferentes aspectos del κόσμος pueden ser representados mediante símbolos. El receptor del mensaje sólo debe aprender a identificarlos e interpretarlos, a desentrañar su sentido. Esta teoría no es nueva, ni mucho menos; de hecho, apareció como resultado de la reacción de los sectores más conservadores de la Grecia arcaica a las críticas del mito planteadas por los fundadores de la filosofía.

Los primeros intentos de justificar los mitos racionalmente aparecieron muy temprano, en un esfuerzo, por parte de los defensores de la tradición, de salvaguardar su utilidad como instrumento para explicar la realidad. La culminación de este afán fue la teoría alegórica, formulada en primer lugar por Teágenes de Regio.

Teágenes, considerado desde la Antigüedad como el primer gramático (en el sentido antiguo de “estudioso de la literatura”), fue un agudo comentarista de Homero. Según él, comprender el cosmos a través de los poemas homéricos era posible si admitíamos que tras la aparente falsedad del mito se escondía una verdad relevante sobre la realidad. Los mitos tenían, pues, un significado simbólico; utilizaban metáforas para describir la realidad. Así, las violentas refriegas entre los dioses eran una alegoría de las fuerzas de la naturaleza en conflicto, por ejemplo. La interpretación alegórica de los mitos permitía resolver las incongruencias de la cosmogonía tradicional, justificar el comportamiento inmoral de los dioses y, de paso, las invenciones y falsedades de las narraciones míticas y legendarias.

¿Y quién inspiraba esas alegorías? Las Musas, por supuesto, ¿quién si no?

Las diferentes teorías alegóricas fueron durante siglos un obstáculo importante para el reconocimiento pleno de la creación humana, con valientes excepciones como Demócrito, a quien su ateísmo no dejaba otra salida lógica. Pero, paradójicamente, fue la naturaleza humana de esta teoría (como instrumento, al fin y al cabo, creado por los hombres) lo que conllevó finalmente su superación.¹

La teoría alegórica tiene sentido cuando hay, efectivamente, un sentido oculto, figurado, en la narración. Pero, ¿qué pasa si no lo hay? Si nos obsesionamos en buscar un sentido alegórico en todo, podemos acabar alucinando, viendo cosas donde no las hay. Y eso es justamente lo que ocurrió.

(Continuará). [(IV): La literatura en la Grecia antigua y romana.]


¹ E. L. Doctorow alarga el momento hasta la época isabelina, nada menos, y la verdad es que no le falta mucho fundamento. Pero no adelantemos acontecimientos.

domingo, 5 de mayo de 2013

Origen del fantástico (II): La intervención de los filósofos

En la anterior entrega sobre el origen de la ficción comentaba lo que, para mí, es la diferencia esencial entre mito y ficción pura y dura: que el hombre fuera consciente de sí mismo como creador. Especulaba con la posibilidad de que ese paso se diera en la Grecia arcaica, con las primeras críticas al mito y el nacimiento de la filosofía, pero un examen de las fuentes de la época arrojó un resultado negativo. Incluso después del nacimiento de la tragedia, los poetas seguían creyendo en las musas o, al menos, no se atrevían aún a declarar otra cosa.

Los filósofos, en cambio, eran (con las debidas cautelas, pues rechazar abiertamente la tradición podía llegar a costarles la vida) bastante más osados. Jenófanes de Colofón, por ejemplo, se burla abiertamente de la poesía épica de Homero y Hesíodo, criticando que éstos atribuyeran a los dioses actitudes, comportamientos, sentimientos y defectos morales propios de los humanos. Llega a sugerir que los dioses son creados por los hombres a su imagen y semejanza: los dioses etíopes son negros y tienen la nariz chata, mientras que los dioses tracios tienen los ojos azules y el pelo rojizo, dice Jenófanes, y si los caballos pudieran plasmar en imágenes la figura de sus dioses, pintarían briosos corceles. Otro filósofo arcaico, Hecateo de Mileto, dejó escrito en sus Genealogías que los mitos helénicos le parecían “risibles y contradictorios”, sin utilidad para explicar el mundo.

Pero es Demócrito de Abdera, ya en época clásica, quien por primera vez reconoce su convencimiento de que la inspiración de los poetas no viene de las musas, sino de algún otro mecanismo puramente natural, propio de la naturaleza humana.


Antes y después de Demócrito

Discípulo del físico Leucipo (aunque algunos lo discutan) y contemporáneo de Sócrates y Platón, Demócrito es reconocido en la actualidad por haber servido como primera piedra de toque del idealismo socrático y platónico; fue el primer ateo, el primer materialista escéptico, y el iniciador, a través de Epicuro (que estudió con un discípulo suyo, Eusífanes), de una de las filosofías más influyentes desde la Antigüedad. Sus intuiciones sobre la naturaleza de las cosas, como el átomo, el ser y el no-ser, las relaciones entre azar y necesidad (entre las leyes del caos y las constantes que rigen el universo), la multiplicidad de los mundos y la psique humana siguen teniendo hoy una gran influencia. La ejerció de forma notable en Aristóteles, y por extensión, a través de éste, en toda la historia de la ciencia y la filosofía hasta la Edad Moderna, cuando es de nuevo reivindicado.

Desgraciadamente, de su obra escrita sobre lenguaje y literatura apenas han sobrevivido unos fragmentos (al final Platón, que quería quemar sus obras, consiguió que sus admiradores de los siglos venideros le hicieran el trabajo sucio) y lo poco que sabemos de él lo debemos al celo de unos pocos filósofos honestos interesados en la naturaleza y cuya influencia en la posteridad fue también grande, como Aristóteles y Teofrasto, o de historiadores desprejuiciados como Diógenes Laercio (gracias a quien sabemos que escribió un tratado sobre Homero).

Uno de los comentarios de Demócrito que han sobrevivido hasta nuestros días tiene que ver con la obligación de ser «veraz, no charlatán». Esto no me da muchas esperanzas de que aprobara el concepto de ficción tal como lo entendemos en la actualidad, pero seguro que era capaz de comprenderlo y es posible (¿quién sabe?) que él mismo lo desarrollara en sus obras sobre literatura. Lamentablemente, nos faltan datos.

Lo que sí sabemos (a través de Cicerón) es que Demócrito no atribuye la inspiración a divinidad alguna. Para él, el poeta no es un elegido de las musas sino, simplemente, una persona proclive, por naturaleza, a la fantasía. Los poetas, con su entusiasmo y su extravagancia, no son personas tocadas por la divinidad, sino por «un soplo de locura». La poesía nace, pues, de un cierto estado mental y emocional del poeta.

Este paso conceptual representa un cambio de mentalidad tremendo.


Como cualquier griego de su tiempo, Demócrito conocía las fábulas de Esopo, de las cuales nos han llegado unas setenta. Junto con los poemas épicos homéricos, las fábulas de Esopo constituyen la base principal de la literatura narrativa griega del periodo arcaico. No me cabe duda de que Demócrito tuvo que escribir sobre ellas, pero nuevamente sólo podemos especular al respecto, pues esos escritos, si existieron, se han perdido con todos los demás. Creo, sin embargo, que Demócrito fue el primero capaz de leer una historia sobre animales que hablan y pensar: «esto es ficción; un hombre la elaboró en su interior; es un producto del arte humano».

Pero esto no es más que una especulación mía, sin apenas más base que la intuición. Una creencia elaborada; una especie de mito personal, en el fondo.

(Continuará). [(III): Alegoría.]

miércoles, 1 de mayo de 2013

«La voz de su amo», de Stanislaw Lem

☆☆☆☆½

(Publicado originalmente el 8 mayo de 2006 en «C». Revisado para su reedición en «Cavernalia».)

En una de las últimas entrevistas que concedió antes de fallecer, Stanislaw Lem realizó unas declaraciones que no ponían en muy buen lugar la literatura de ciencia ficción. Estas opiniones del gran autor europeo del género, publicadas póstumamente, causaron cierto revuelo en el mundillo. Sin embargo, no eran nada nuevas en él; ya en La voz de su amo, escrita en 1967, Lem había dejado bien clara (a través de su “alter ego” en la novela, el científico Peter E. Hogarth) su parecer sobre este asunto:

   Empecé a visitar más a menudo al doctor Rappaport, mi vecino, y a veces conversábamos horas enteras. Sobre el código estelar hablábamos rara vez y brevemente. Un día lo encontré en medio de grandes paquetes de los que salían atractivos y brillantes libros en rústica con cubiertas en las que aparecían motivos míticos. Había intentado utilizar como “generadores de ideas” —porque estábamos quedándonos sin ellas— esas obras de literatura fantástica, ese género popular (especialmente en los Estados Unidos) llamado, por persistente error, “ciencia ficción”. Hasta entonces, él nunca había leído este tipo de libros; estaba molesto —e incluso indignado—, porque había esperado variedad y había encontrado monotonía.
   —Tienen de todo, salvo fantasía —dijo. Una equivocación, sin duda. Los autores de estos cuentos de hadas pseudocientíficos suministran al público lo que éste quiere: tópicos, clichés, estereotipos, y todo ello lo suficientemente engalanado y vuelto “maravilloso” como para que el lector pueda sumirse en un estado de sorpresa sin riesgos y, al mismo tiempo, no se conmueva la filosofía que tiene de la vida. Si hay progreso en una cultura, dicho progreso es sobre todo conceptual, pero la literatura, y en especial la ciencia ficción, nada tiene que ver con él.

(La voz de su amo, capítulo nueve.)

Estas opiniones, repetidas en aquella entrevista que mencioné al principio, parecieron sorprender —y hasta escandalizar— a bastantes aficionados. Pero, en general, este rechazo de Lem a la literatura de ciencia ficción (que, según él, le valió la expulsión de la SFWA) fue muy malinterpretado. Stanislaw Lem se desmarcó de la ciencia ficción como realidad literaria, no como género en sí. Esto último habría sido absurdo; él mismo la cultivó durante cuarenta años; no iba a tirar piedras contra su propio tejado. Pero una parte considerable del público ha interpretado estas declaraciones como un ataque a la ciencia ficción en sí.

No es así, repito. Lem rechaza la ciencia ficción no como concepto sino como realidad escrita y publicada, en una generalización no muy diferente de la que hiciera Sturgeon con su famoso porcentaje («Yeah, ninety-five percent of science fiction is crud; but then, ninety-five percent of everything is crud»).

Pero no sólo se desmarca de la literatura de ciencia ficción de palabra, sino con sus obras. Si analizamos La voz de su amo a la luz de las palabras de Lem/Hogarth al comienzo del capítulo nueve, vemos que es justamente la antítesis de la ciencia ficción que él critica: no da al público lo que quiere, sino lo que siente que puede necesitar, y está especialmente ausente de tópicos, clichés y estereotipos (precisamente una de las mejores cosas de la novela es cómo retrata a los científicos, cada uno con sus obsesiones, personalidades y motivos), todo ello descrito con acerba y desafiante ironía, rebosando ideas y variedad temática en cada página, y tocando asuntos que afectan directa y lisamente a los fundamentos de nuestra visión del mundo y de la vida.

La voz de su amo es, para mí, la novela definitiva de Stanislaw Lem. En sus páginas reúne temas y características de todo el resto de su producción “seria”, desde la crítica feroz a la burocracia (que desarrolló en Memorias encontradas en una bañera) a la imposibilidad de comunicarse con inteligencias alienígenas (Solaris, Fiasco), pasando por la cibernética, la teoría de la información, el antiquísimo conflicto entre libertad y necesidad, la psicología, el conflicto entre fe y razón, la ética científica, la posición del hombre y de lo humano en el universo…

Leí esta novela hace veinte años, dos veces seguidas. La segunda vez empecé a anotar uno por uno los temas que iba tratando Lem en la novela. A las pocas páginas, la lista era tan larga que tuve que dejarlo, agotado. Desde entonces, es uno de mis libros favoritos.

La galería de personajes es impresionante, desde el mismo narrador, el profesor Hogarth, que abre la novela con un autorretrato estremecedor, hasta el genial doctor Rappaport: físicos, matemáticos, biólogos, especialistas en todo tipo de ciencias y pseudociencias, filósofos, filólogos, burócratas, telepredicadores, militares y agentes de la CIA que se reúnen en un aislado paraje del desierto de Mojave, desfilan y se toman de la mano en un frustrante baile de dos años de duración al son de un supuesto mensaje extraterrestre, captado accidentalmente en el observatorio de Monte Palomar.

El plan ultrasecreto que surge para descifrarlo, y que da nombre a la novela, es el caldo de cultivo ideal para la mejor literatura de Lem, que explora sus temas favoritos desde perspectivas diferentes, desde el realismo hasta el absurdo, que va impregnando la narración a medida que el proyecto se empantana en la más abyecta incomprensión.

Un libro indispensable para cualquiera que desee adentrarse en el mundo de Stanislaw Lem; hay que ir por sus páginas a machetazos, es como una jungla de ideas, pero el viaje merece mucho la pena.