FrankensteinNadie puede concebir la variedad de sentimientos que, en el primer entusiasmo por el éxito, me espoleaban como un huracán. La vida y la muerte me parecían fronteras imaginarias que yo rompería el primero, con el fin de desparramar después un torrente de luz por nuestro tenebroso mundo. Una nueva especie me bendeciría como a su creador, muchos seres felices y maravillosos me deberían su existencia. Ningún padre podía reclamar tan completamente la gratitud de sus hijos como yo merecería la de éstos.
Victor Frankenstein en Frankenstein o El moderno Prometeo (1818), de Mary W. Shelley
El creadorVictor Frankenstein es un sabio suizo del siglo XVIII, criado en un ambiente selecto, en plena Ilustración. Su interés por la “filosofía natural”, por las ciencias naturales, comienza siendo casi un niño cuando, por casualidad, descubre las obras del alquimista Cornelius Agrippa, que su padre rechaza como “tonterías”. Sigue el jovencito Frankenstein, sin embargo, animado por un punto de rebeldía juvenil, leyendo las fascinantes tonterías que serán la base ideológica de sus futuras obsesiones:
Puede parecer extraño que en el siglo XVIII surja un discípulo de Alberto Magno, pero nuestra familia no era científica, y yo no había asistido a ninguna de las clases que se daban en la universidad de Ginebra. Así pues, mis sueños no se veían turbados por la realidad, y me lancé con enorme diligencia a la búsqueda de la piedra filosofal y el elixir de la vida. Pero era esto último lo que recibía mi más completa atención: la riqueza era un objetivo inferior; pero ¡qué fama rodearía al descubrimiento si yo pudiera eliminar de la humanidad toda enfermedad y hacer invulnerables a los hombres a todo salvo a la muerte violenta!
La longevidad y la inmunidad ante las enfermedades son, por cierto, dos de las principales obsesiones del transhumanismo; es más, para la mayoría de los transhumanistas actuales, la vejez es una enfermedad.
Años después, recién llegado a la Universidad de Ingolstadt, Victor se entrevista con el profesor Krempe, que le pregunta qué sabe sobre filosofía natural. El muchacho le habla de los libros de alquimia que ha estado estudiando. El asombro de Krempe es monumental. No sin cierta indignación, le recrimina sus lecturas tachándolas de inútil pérdida de tiempo; Paracelso y Alberto Magno no tienen lugar en la Era de la Ilustración. El jovencito Frankenstein tendrá que empezar de nuevo sus estudios.
Así lo hace. Años después, Victor ya ha logrado su gran hazaña —la creación de un ser vivo a su imagen y semejanza— y se recupera, en compañía de su amigo Henri Clerval, de la crisis nerviosa que la sucedió. Krempe, que ignora lo ocurrido, se encuentra con ellos casualmente y lo elogia con viveza:
—¡Maldito chico! —exclamó—. Le aseguro, señor Clerval, que nos ha superado a todos. Piense lo que quiera, pero así es. Este chiquillo, que hace poco creía en Cornelius Agrippa como en los evangelios, se ha puesto a la cabeza de la universidad. Y si no lo echamos pronto, nos dejará en ridículo a todos...
Victor Frankenstein es un genio científico. Y, como muchos genios científicos enamorados de su trabajo, un absoluto necio en todo lo demás; cree saberlo todo sobre la vida pero en verdad es tan ciego como un topo miope a sus realidades. Su ceguera, su estupidez, su criminal irresponsabilidad, le pasarán una terrible factura.
Ha jugado a ser Dios. Ha cometido
hybris y ya las Erinias se abalanzan sobre él.
La CriaturaLa Criatura de Frankenstein despierta a la conciencia en soledad, como Hayy en
El filósofo autodidacto de Ibn Tufayl. Pero no tiene tanto tiempo como Hayy para dedicarlo a meditar sobre su situación y la soledad no le durará demasiado. Está inmerso en la humanidad que lo rodea e interfiere en sus pensamientos y sentimientos, moldeándolos, corrompiendo su inhumana inocencia.
Su primer contacto con la humanidad es desalentador. Los habitantes de un pueblo lo reciben a pedradas. Pero luego encuentra refugio en las proximidades de una familia a la que espía y de la que aprende muchas cosas, incluido el propio concepto de familia. Esto le lleva a preguntarse quién es:
Ningún padre había vigilado mi niñez, ninguna madre me había prodigado sus cariños y sonrisas; en caso de que hubiera ocurrido, mi vida pasada se había convertido para mí en un borrón, un vacío en el que no distinguía nada. Me recordaba desde siempre con la misma estatura y proporción. No había visto aún ningún ser que se me pareciera o que me exigiera tener con él alguna relación. ¿Qué era entonces? La pregunta surgía una y otra vez sin que pudiera responder a ella más que con lamentaciones.
Pronto se percata de que es diferente a los humanos que ha ido encontrando y conociendo. Para empezar, la Criatura es un gigante; mide unos dos metros y medio (su creador había pensado que sería más fácil ensamblar sus componentes si estos eran grandes). Además, su rostro es muy feo, arrugado, pálido, en contraste con el largo cabello negro que lo enmarca; sus claros ojos se hunden en sus cuencas, inexpresivos; sus labios son finos y negruzcos. Su aspecto es, como él mismo reconoce, repulsivo.
Su velocidad y fuerza son sobrehumanas. Su poderosa inteligencia le permite adquirir conocimientos y procesarlos a una velocidad impresionante. No es simplemente inhumano; es más que humano, un metahumano.
MetahumanidadEl transhumanismo, como corriente filosófica, sólo tiene una visión de la posthumanidad: es superior, mejor que la humanidad “de toda la vida”, más que humana. Los posthumanos son superhombres. Están más allá de la humanidad. Son metahumanos.
(Evidentemente, no tiene por qué ser así y la ciencia ficción ha explorado también esas otras posibilidades de posthumanidad, que ya comentaré. De momento, me limito a introducir el concepto de metahumanidad.)El término
metahumano (acuñado en la miniserie
Invasion! de DC Comics, posiblemente por Keith Giffen) implica una mejora sobre las habilidades humanas normales. La Criatura de Frankenstein no tiene capacidades anormales; no vuela como Superman, por ejemplo. Un hombre normal puede hacer las mismas cosas, pero el metahumano las hace mejor. La Criatura levanta más peso, corre más rápido, tiene mejores reflejos y su cerebro es más potente que el de un hombre normal.
La Criatura de Frankenstein es uno de los primeros metahumanos de la literatura moderna. Un dios surgido de entre los hombres; no sólo surgido entre ellos, sino creado por uno de ellos. Asistimos así no sólo a una inversión del orden natural, como comentábamos en la introducción, sino a una inversión del orden sobrenatural, metafísico: el hombre crea al dios, la humanidad da origen a la divinidad.
Nietzsche bate palmas.
Para muchos, esto es una blasfemia. Un síntoma del síndrome que parece aquejar a los conservadores detractores del transhumanismo, muchos de los cuales son religiosos fundamentalistas: el llamado “complejo de Frankenstein”.
El complejo de FrankensteinEn los relatos de robots de Isaac Asimov, la humanidad, hacinada en la Tierra, siente un miedo y una desconfianza crecientes hacia sus esclavos mecánicos. A esta aversión la bautizó Asimov como “complejo de Frankenstein”. Un nombre bastante adecuado.
La idea es que las personas temen que la criatura se vuelva contra su creador, como ocurre en la novela de Mary Shelley. Esto es imposible en el caso de los robots asimovianos, programados con unas estrictas leyes que les impiden absolutamente causar algún daño a alguien. Son simples herramientas, como se esfuerzan en explicar los personajes principales de estas historias, con Susan Calvin a la cabeza: no suponen amenaza alguna, tan sólo han de ser utilizados como es debido. (Por suerte, Asimov se las arreglaba siempre para que alguien los utilizase mal, con consecuencias de lo más entretenidas.)
Sin embargo, la mayoría de los terrestres, hacinados en sus
Cavernas de acero, ignorantes, supersticiosos, siguen temiendo a los robots. Porque los robots son, en muchos sentidos, superiores a ellos. El hombre teme instintivamente lo que es más fuerte que él. Sólo la razón, sentada en el trono de la mente, puede contrarrestar ese sentimiento. Si no fuera por nuestra humana racionalidad, estaríamos siempre acojonados por algo. :-))
¿Y si los robots tuvieran libre albedrío, si fuesen capaces de actuar según su soberana voluntad, liberados de alguna manera de su estricto código de conducta? ¿Y si pudieran sentir y sintieran rencor, odio o furor, deseos de venganza o muerte? ¡Ah, el horror!... ¡Cuidado con
Robbie, el robot asesino! :-D
La criatura de Frankenstein —a quien llamaremos simplemente “la Criatura” a partir de ahora—, no es una simple herramienta ni está sujeto a ley alguna; es autónomo y perfectamente capaz de causar daño, como su irresponsable creador tendrá ocasión de comprobar. No le faltan motivos para estar cabreado, para desear que su creador sufra. Y, en efecto, su odio se desata y causa a Victor Frankenstein (y al cautivo lector) un indecible horror.
Ya hemos comentado los temores de Fukuyama y el resto de anti-transhumanistas hacia la posibilidad de que la transhumanidad llegue a cuajar. Sufren el complejo de Frankenstein pero esta vez no es una mera ficción, es casi una realidad, está a la vuelta de la esquina.
Las referencias de los detractores del transhumanismo a este gran clásico del género fantástico no son nada casuales. En efecto, la Criatura es un posthumano, superior a su creador en muchos sentidos. Es el primero de una nueva raza. ¡Y es un monstruo!
El primer posthumano de la ficción modernaCreo que es necesario hacer una precisión sobre los llamados
posthumanos.
Hay quien puede pensar, al oir la palabra, que se refiere a los futuros sucesores de una humanidad obsoleta o extinta. No tiene por qué ser así, como el caso de la Criatura deja en evidencia. Los posthumanos son
posthumanos porque su aparición es posterior a la de la humanidad, simplemente.
Nuestra especie,
Homo sapiens sapiens, ha convivido antes con otras “humanidades” (que sepamos, el hombre de Neanderthal y el hombre de Flores). Probablemente, si la transhumanidad se produce, será un proceso lento. En tal caso, nuestra especie tendrá que convivir durante un tiempo con una o más especies posthumanas.
La Criatura, decíamos, es un posthumano. Más alto, más fuerte, más rápido... más inteligente y más feo que nadie.
El mismo concepto de humanidad entra en jaque con su aparición. ¿Qué es la humanidad para que excluyamos de ella a seres tan semejantes a nosotros, con las que compartimos tantos rasgos y cualidades? La respuesta es peliaguda, menos sencilla de lo que parece. El debate sobre esta cuestión está en el centro de toda la polémica transhumana.
Dios enloquecido, el monstruo definitivo.Los anti-transhumanos como Francis Fukuyama temen que las bases de igualdad que sostienen nuestro sistema sociopolítico vuelen por los aires con la aparición de los posthumanos, cuyas diferencias radicales respecto de la humanidad la apartan de la misma.
Lo cuenta el especialista Bart Simon en su introducción al especial sobre posthumanismo de la revista
Cultural Critique, comentando la obra de Fukuyama: «Mientras que el progreso científico es necesario y deseable para el bien de todos, si no se controla, si se desata, ese progreso amenaza con alterar las condiciones de nuestra común humanidad con terribles costes sociales en perspectiva. Esta amenaza es fundamental para Fukuyama: la tecnología genética alterará las bases materiales y biológicas de la natural igualdad humana que sirve como base de la igualdad política y los derechos humanos. “¿Qué pasará con los derechos políticos cuando seamos capaces, en realidad, de criar a gente con sillas de montar en sus espaldas y a otros con botas y espuelas incorporadas?”, se pregunta Fukuyama. (
Our Posthuman Future: Consequences of the Biotechnology Revolution).»
Lo aterrador, en realidad, es perder lo que nos hace humanos: el control de las emociones, la razón. Nuestro lado salvaje, descontrolado. El instinto salido de rosca, la emoción desatada, el libre albedrío esclavo de uno u otra, son las que convierten a los avanzados y eficientes
Nexus 6 de
Blade Runner en monstruos, las que vuelven peligrosa a la Criatura de Frankenstein. Son, en fin, las que nos hacen peligrosos y terroríficos a los humanos. Lo que hace peligroso a Victor Frankenstein.
Pero el ser creado por Frankenstein, aunque es un producto de la tecnología humana, no es una herramienta. No nació para cumplir ninguna función; es un capricho científico.
Esta diferencia entre él y otros monstruos producidos por el hombre es esencial para entender el complejo de Frankenstein. Los anti-transhumanistas temen el capricho y la irresponsabilidad humanas, y no les falta parte de razón, sobre todo si pensamos en Victor Frankenstein y su Criatura.
Homo excelsiorTranshumanidad y posthumanidad en la CF (I)Transhumanidad y posthumanidad en la CF (III)Transhumanidad y posthumanidad en la CF (IV)Sobre «Transhumanidad y posthumanidad en la CF»Transhumanidad y posthumanidad en la CF (V)Humanidad y posthumanidad (una aclaración)